Anglocatólico

COMUNIDAD ECUMÉNICA MISIONERA LA ANUNCIACIÓN. CEMLA
Palabra + Espíritu + Sacramento + Misión
Evangelizar + Discipular + Enviar


“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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jueves, 10 de abril de 2014

CELEBRACIÓN PENITENCIAL PARA CUARESMA

Ritos Iniciales
Mientras él (o los) ministro (s) ingresa (n), se sugiere un canto adecuado.

Celebrante: Hermanos y hermanas, la gracia, el amor y la paz de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor, que se entregó a sí mismo a la muerte por nuestros pecados y nos rescató con su gracia, esté con todos ustedes.
R. Amén.



Guía: Disponibles a la acción de Dios por medio de su Espíritu, nos reunimos como comunidad creyente en esta renovación espiritual, incorporándonos al misterio de la Pascua de Cristo, por medio de la conversión. Intensificamos en nosotros el cambio de mentalidad, de voluntad y corazón, para dar Paso al hombre nuevo, es decir, a la victoria de la Vida sobre la muerte.



Celebrante: Oremos hermanos y hermanas, para que Dios, que nos llama a la conversión, nos conceda la gracia de una verdadera vida y una auténtica reconciliación.

Todos oran en silencio durante algunos momentos. Luego, el celebrante recita la siguiente plegaria.

Celebrante: Padre de toda misericordia y Dios de todo consuelo, que no te complaces en la muerte del pecador sino en que se convierta y viva. Auxilia a tu pueblo para que vuelva a ti su rostro y seamos todos hermanos de un mismo Padre. Ayúdanos a escuchar tu palabra, confesar nuestros pecados y darte gracias por el perdón que nos otorgas. Haz que, realizando el sacramento de la reconciliación: la verdad nos ilumine, el amor nos plenifique y hagamos crecer todas las cosas en Cristo tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra


Guía: La Palabra del Señor viene a iluminar nuestras tinieblas, a sanar nuestros corazones heridos, a devolvernos la libertad. Escuchemos con atención la voz del Padre misericordioso que nos espera con los brazos abiertos para darnos su amor:

1ra Lectura



Deut 5, 1-3. 6-7. 11-12. 16-21a; 6, 4-6.
Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón.




Salmo responsorial



Sal 50, 12-13. 14-15. 18-19.


R. Piedad Señor, pecamos contra ti.

2da Lectura:



Ef 5, 1-14.
Caminen en el amor, como Cristo nos amó.




Antífona antes del Evangelio:



Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; quien me sigue tendrá la luz de la vida.





Evangelio



Mt 22, 34-40 o Jn 13, 34-35; 15, 10-13.
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.




Homilía

Examen de conciencia



Se guarda un tiempo de silencio para examinar la conciencia, se puede ayudar a los fieles con breves pensamientos, preces litánicas.







I. Dice el Señor: Amarás a tu Dios con todo el corazón
1) ¿He amado a Dios sobre TODO? ¿O he amado de manera interesada para sacar provecho?

2) ¿He hecho de mi familia, trabajo, apostolados, programas, ideas u otras cosas buenas mi primer amor?

3) ¿He profesado siempre, con vigor y sin temores, mi fe en Dios? ¿He manifestado mi condición de cristiano en la vida pública y privada?

4) ¿He amado a Dios Padre como hijo, correspondiendo a su amor gratuito y permanente?

5) ¿He puesto en él toda mi confianza? ¿Recurrí a la superstición, espiritismo, magia, u otra práctica religiosa ajena al cristianismo?

6) ¿Guardo los domingos y días de fiesta de la Iglesia participando activa, atenta y piadosamente en la celebración litúrgica, sobre todo en la Misa, como medio para crecer en el amor a Dios?

II. Dice el Señor: Ámense los unos a los otros como yo los he amado



1) ¿Amo de corazón a mi prójimo como a mí mismo y como Jesús me pide que lo ame?

2) ¿En mi familia colaboro en crear un clima de reconciliación con paciencia y espíritu de servicio?

3) ¿Comparto mis bienes y mi tiempo con los más pobres?, ¿soy egoísta e indiferente al dolor de los demás?

4) ¿He hecho algún daño físico o moral a otros? ¿Me he enemistado? ¿He buscado perdonar a mi prójimo?

5) ¿He sido honesto, justo en mi trabajo? ¿He sido fiel a los compromisos con mis hermanos?

6) ¿He atentado contra la vida? ¿He apoyado al aborto, al suicidio, la agresión, la violencia, el conducir sin cuidado?

III. Cristo, el Señor, nos dice: Sean perfectos como el Padre de ustedes es perfecto



1) ¿Cuál es la dirección fundamental de mi vida? ¿Me esfuerzo por superar mis resistencias, egoísmos y resentimientos?

2) ¿He buscado crecer en las virtudes y valores contrarios a los pecados capitales como la humildad contra la soberbia, la generosidad contra la avaricia, el respeto contra la lujuria, la templanza contra la gula, la caridad contra la envidia, la diligencia contra la pereza, la paciencia contra la ira?

3) ¿Qué he hecho con el uso del tiempo, he multiplicado mis talentos, he perfeccionado los dones recibidos para la gloria de Dios y el servicio a mis hermanos?

4) ¿He sido pobre de espíritu, manso, misericordioso, limpio de corazón?

5) ¿Me esfuerzo por avanzar en la vida espiritual, por medio de la oración, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, y la participación en los sacramentos?

6) ¿Cómo vivo en la vida cotidiana mi compromiso bautismal, de renuncia a las obras del mal, y mi testimonio de ser sal y luz en mi ambiente familiar y social? ¿Me esfuerzo para que Cristo sea conocido y amado por todos?

Rito de Reconciliación


Confesión General de los Pecados. Se recita la confesión general (el "Yo pecador", por ejemplo).






Guía: Hermanos y hermanas, confesemos nuestros pecados y oremos los unos por los otros.



Todos: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión...



Celebrante: Señor, escucha las oraciones de tu pueblo que gime en el dolor y quiere volver a tus brazos. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.



Guía: A cada petición aclamamos: Te rogamos, óyenos.
* Que quienes nos hemos apartado de la santidad de la Iglesia, consigamos el perdón de nuestras faltas. Oremos.
* Que quienes con el pecado nos hemos apartado de Dios y de la comunidad, nos devuelvas a la comunión de vida. Oremos.
* Que, al acercarnos de nuevo a tu altar santo, seamos transformados por la esperanza de la vida eterna. Oremos.
* Que permanezcamos, de aquí en adelante, con esta entrega sincera, fieles a tus sacramentos, y mostremos siempre nuestra adhesión a ti y al compromiso con nuestro prójimo. Oremos.
* Que, renovados en la caridad, seamos testigos de tu amor en el mundo. Oremos.
* Que perseveremos fieles en el camino de tu gracia y lleguemos a una vida plena. Oremos.

Con las palabras que Cristo nos enseñó, pidamos a Dios Padre que perdone nuestros pecados y nos libre de todo mal:


Todos: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre…



Celebrante: Escucha Señor a tus siervos, que se reconocen pecadores; y haz que, liberados por tu Iglesia de toda culpa, merezcan darte gracias con un corazón renovado. Por Jesucristo nuestro Señor.

Confesión y Absolución individual



A continuación, los fieles se acercan a la confesión de sus pecados (se puede ambientar con una música para la meditación).

Acción de Gracias por la Misericordia de Dios

Finalizada las confesiones, se canta la acción de gracias, para proclamar el poder y la misericordia de Dios; puede ser el "Magnificat –Lc 1,
46-55" o el "Salmo 135".

Celebrante: Padre Santo, tú nos has renovado a imagen de tu Hijo; concédenos tu misericordia, para que seamos testigos de tu amor en el mundo. Por Jesucristo nuestro Señor.



Todos: Amén.



Celebrante: El Señor dirija sus corazones en la caridad de Dios y en la espera de Cristo. R. Amén.
Para que puedan caminar en una vida nueva y agradar a Dios en todas las cosas. R. Amén.
Y que los bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo @ y Espíritu Santo. R. Amén.

El Señor ha perdonado sus pecados. Pueden ir en paz.






Todos: Demos gracias a Dios.

martes, 8 de abril de 2014

NUESTRA MISIÓN COMO COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE EN EL SALVADOR

IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA DE EL SALVADOR +COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE+ 
ESCRITURA + ESPÍRITU + SACRAMENTOS + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma

“Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15.)

Este mandato, que resume la misión que Cristo dio a los apóstoles, expresa también con claridad el sentido y los alcances de la misión que el Señor nos ha confiado.

“‘El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.’
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó.
Todos los que estaban allí tenían la vista fija en él.
Él comenzó a hablar, diciendo:—Hoy mismo  se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír.”
 (Lc 4,18-21.)

El corazón de nuestra misión consiste en redescubrir, asumir, implementar y promover incansablemente a la iglesia que nació a partir de la proclamación del primer kerigma y de la vivencia y la confesión de la fe en Jesucristo; que se desarrolló en los primeros siglos del cristianismo y que se ha mantenido íntegra a través del tiempo, en la Tradición viva y en el genuino sentir de fe del Pueblo de Dios.

NUESTRA PROYECCIÓN MISIONERA.

Nuestra misión es la misma misión que el Padre le confió a Cristo y la capacidad que nos ha dado para cumplirla, es la misma capacidad que dio a los apóstoles. Las palabras del evangelio de Juan, tienen que resonar en nuestros oídos y en nuestros corazones con toda la fuerza e incidencia que lo hicieron sobre los primeros apóstoles: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes. Y sopló sobre ellos, y les dijo:—Reciban el Espíritu Santo.”( Jn 20,20-22) Es sentir de fe de nuestras comunidades que el Señor nos ha dado el Espíritu Santo. Eso exige que asumamos como nuestra, la misión que el Padre le dio al Señor. Y, ¿en qué consiste esta misión? Recordemos la forma como el Evangelio de Marcos la formula: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.”(Mc 16,15).

Se trata de ir a todas partes y de anunciar a todas las personas el evangelio, es decir, la llegada del Reino de Dios en medio de nosotros, por la efusión del Espíritu Santo

Indudablemente ante los alcances de esta misión pueden surgir interrogantes. ¿No será esto una forma de proselitismo? ¿No será faltar el respeto a los demás y obstaculizar el ecumenismo?

El testimonio que estamos llamados a dar es totalmente opuesto al proselitismo. El proselitismo es una actitud sectaria en donde se presentan las propias convicciones y la propia organización como lo único que vale, como el camino de la salvación; y, con cierta frecuencia, se atrae ofreciendo prebendas que nada tienen que ver con el mensaje anunciado y se promueven sentimientos de culpa, ansias y temores que limitan la capacidad de hacer una opción serena y libre.

Nuestro testimonio, en cambio, se dirige a la proclamación del kerigma, actualizado y hecho real en nuestra vida personal y eclesial. En la medida en que ese testimonio sea auténtico, es decir, que provenga de un corazón que realmente ha experimentado lo que proclama y que sea propuesto con toda la sencillez y la fuerza del Espíritu, producirá en quienes lo reciban, lo mismo que sucedió entre quienes escuchaban a los apóstoles; (Hech 2-4) es decir, se recibirá la iluminación interior y la capacidad de hacer un discernimiento libre. La meta del testimonio es que quienes nos escuchen crean que “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creyendo tengan vida por medio de él.”(Jn 20,30 )

Si eso les lleva a incorporarse a una de nuestras comunidades, porque descubren allí el espacio propicio para vivir la fe, no será fruto de una presión o de un condicionamiento sino del ejercicio de la propia libertad, guiada por la luz del Espíritu. El hecho de que en nuestro testimonio nos dirijamos a todos, no puede ir en contra de un genuino ecumenismo. Si quienes nos escuchan y reciben nuestro testimonio están viviendo en sus comunidades eclesiales la misma fe viva y transformadora que les proclamamos, lejos de separarse de ellas, se sentirán impulsados a comprometerse con mayor generosidad dentro de las mismas. Pero si al escucharnos descubren que lo que llamaban fe eran simplemente creencias que les mantenían en la esclavitud, en la oscuridad, el temor y la sumisión, no seremos nosotros, sino la fuerza del Espíritu, quien les atraiga y les dé la gracia para pasar de la esclavitud a la libertad; de la oscuridad  a la luz; del temor a la confianza y de la sumisión a la participación creativa. En este caso, lejos de obstaculizar el ecumenismo, estamos siendo instrumentos de que, por la comunión con el Espíritu Santo, se vaya manifestando y creciendo en la verdadera unidad de la iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu.

La realización de esta tarea implica un claro desafío para cada una de nuestras comunidades y de quienes las forman. El compromiso tiene que involucrar a todos, pues el Espíritu ha sido dado a todos y, por lo mismo, cada uno ha sido elegido y capacitado para cumplir la misión.

Prepararse para la misión y preparar el terreno en el que se debe misionar ha de ser uno de los aspectos privilegiados de empeño para todos: ministros ordenados, servidores y miembros de las comunidades. Se requiere preparación. Sobre todo la que se da una fe robusta e inquebrantable, que se va fortaleciendo y madurando a través de la oración y del ayuno y, ante la cual, no hay nada ni nadie que pueda resistir.( Mt 17,14-21; Lc 9,37-43).

Es entonces  cuando nuestro miedo inicial, similar al de Jeremías: “¡Ay, Señor! ¡Yo soy muy joven y no sé hablar!”; es transformado. Pues, al igual que el profeta llegamos a escuchar en el interior del corazón la voz del Señor que nos habla: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene. No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra.” Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: ‘Yo pongo mis palabras en tus labios. Hoy te doy plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar’.”(Jer 1,6-10).

Por lo mismo hermanos, conscientes de la misión que el Señor nos ha confiado; sabiendo que se trata de que su iglesia una, santa, católica y apostólica resplandezca en nuestra iglesia, en cada una de nuestras comunidades y en toda la creación “gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa y perfecta”(Ef 5,27) y que “nos ha capacitado para ser servidores de una nueva alianza, basada no en una ley, sino en la acción del Espíritu”,(2Cor 3,6) tenemos que renovar nuestro compromiso y nuestra entrega, sin ahorrar esfuerzos y utilizando todos los medios que el Señor ponga a nuestro alcance.

Que Santa María, la llena de gracia;(Lc 1,28)  y a quien Cristo dejó como madre de la nueva creación,(Jn 19,26) interceda por nosotros para que, asumiendo una actitud como la suya,(Lc 1,38) respondamos a la elección que el Señor nos ha hecho y cumplamos con fidelidad la misión que nos ha confiado. En el nombre del Señor, les reitero una vez más a que, sin retrasos, sin ambigüedades, sin miedo, sabiendo que “la noche está muy avanzada, y se acerca el día; revestidos de la luz,  como un soldado se reviste de su armadura”(Rom 13,12 ) “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.” (Mc 16,15).

EL COMPROMISO POR VIVIR LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

Padre: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí.”( Jn 17,21-23).   

Estas palabras del evangelio de Juan, nos indican con toda claridad en donde se encuentra el fundamento de la unidad de la iglesia y el dinamismo que ésta tiene. La fe cristiana unánimemente proclama que el estar del Padre en el Hijo y del Hijo en el Padre es fruto de la acción del Espíritu Santo. Por eso, tenemos que entender que al afirmarse que a los creyentes Cristo les da “la misma gloria” que recibió del Padre, para poder llegar a ser perfectamente uno, se está refiriendo a la presencia dinámica del Espíritu Santo que ha sido derramado en sus corazones para constituirse en la base de la unidad eclesial. 
                                            
Pablo igualmente insiste en que la unidad de la iglesia se fundamenta en el Espíritu, que es el que capacita para que ésta se exprese dentro de la comunidad: “Mantengan la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu.” (Ef 4,3-4).  Tanto en Juan como en Pablo, sin embargo, la unidad implica un proceso dinámico: se trata de llegar a ser “perfectamente uno.” (Ef 2,21-22; Jn 17,23) Ese proceso de crecimiento en la unidad es fruto del crecimiento que se va dando en la “vida en el Espíritu Santo”. De allí que asumir e ir creciendo en la unidad que Cristo quiere para la iglesia implica el compromiso incansable de conversión, para que la vida de Cristo, por medio del Espíritu Santo, vaya siendo cada vez más la vida de cada miembro de nuestra iglesia y de cada comunidad, hasta que lleguemos a poder afirmar, tanto personal como comunitariamente, junto a Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí.”(Gal 2,20) En la medida en que vamos creciendo en la vida en el Espíritu, no solo nos vamos uniendo más profundamente a Cristo, cabeza de la iglesia, sino también nos vamos identificando más profundamente con cada uno de los miembros del cuerpo; tanto de aquellos que se reconocen activamente dentro del mismo, como de quienes, por diversas razones, están alejados o incluso ignoran o rechazan su existencia.  Por lo mismo, nuestra fe en que la iglesia es una, conlleva la exigencia de que cada miembro, cada comunidad y cada instancia organizativa de la iglesia nos comprometamos a poner todos los medios a nuestro alcance para ir creciendo en la vida en el Espíritu. El resultado de ello tendrá que ser el experimentar que, efectivamente, estamos caminando para “llegar a ser perfectamente uno”. Y, este crecimiento en la unidad no se limitará al ámbito de nuestra organización eclesial sino, progresivamente, nos llevará a reconocer y a experimentar la comunión viva y la unidad con todo ser humano y con toda la creación


REDESCUBRIR E IMPLEMENTAR LA CATOLICIDAD.

“Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús.”(Lc 24, 31-31)

Es en el momento de la Fracción del Pan o Eucaristía cuando la presencia del Señor glorioso y transformador de los corazones es reconocida en medio de la iglesia local. Las comunidades, diseminadas por muchas partes del orbe e iluminadas por la Palabra, encontraban en la celebración sacramental, el medio para reconocerse en comunión con el cuerpo total de Cristo, es decir, con la iglesia universal –católica– y para recibir la efusión del Espíritu Santo, capaz de disipar sus dudas y su decepción, (Lc 24,21 70) de alejar sus temores (Lc 24,29) y de convertirse en testigos intrépidos de la resurrección.(Lc 24,33-35)

Es por la celebración Eucarística como la presencia de Cristo se hace eclesialmente eficaz y como el Espíritu, también en forma comunitaria, va guiando a la iglesia y proveyéndola de abundantes carismas y como la catolicidad se convierte en una experiencia eclesial. Dentro de la Tradición cristiana primitiva se va reconociendo progresivamente que para la celebración de ciertos sacramentosespecíficamente la Eucaristía, la Reconciliación, la Unción de enfermos y la Confirmaciónes necesaria la presidencia de un ministro ordenado, presbítero u obispo. La razón que explica esta exigencia –que se mantiene inalterada en todas las iglesias católicas hasta nuestros tiempos–, es la convicción de que para poder celebrar dichos sacramentos es indispensable que, de alguna forma, esté presente y actuando sacramentalmente la totalidad de la iglesia, cuerpo de Cristo.

A través del sacramento del orden es como se realiza esta presencia sacramental de la totalidad del cuerpo. Por medio de la ordenación sacramental, el ministro ordenado –presbítero u obispo, según sea el caso–, recibe la capacidad de conectar misteriosamente a cada comunidad local que celebra los sacramentos, con la totalidad del cuerpo de Cristo, garantizando y actualizando, de tal manera, su catolicidad. Esto también explica porqué, en la tradición genuinamente católica, se reconocerá el carácter plenamente sacramental del orden sagrado y cómo, al perder este sentido del ministerio, para reconocerle simplemente como una función pastoral delegada por la comunidad local, se pierde también el sentido sacramental de la catolicidad.

Este don conferido al obispo y al presbítero, sin embargo, no es  un privilegio personal sino un carisma ministerial en y para la comunidad eclesial; por lo  que ejercido al margen de ésta, pierde su sentido sacramental y su eficacia. “Hay un solo cuerpo  y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. Pero cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo le ha querido dar. Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo.”(Ef 4, 4-7.12)  Este texto no lo podemos entender reducido únicamente a quienes se reconocen ya como parte activa del cuerpo de Cristo, sino abarca a la totalidad de la creación. El cuerpo de Cristo, de una forma misteriosa, incluye a toda la humanidad y, por medio del Espíritu Santo, actúa en todo: he aquí otra de las implicaciones que tiene la afirmación de que la iglesia es católica. Sin embargo, esa catolicidad de la iglesia, establecida por la muerte y resurrección de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo, está orientada a expresarse en todo el mundo. Por eso, en la segunda parte del texto mencionado se afirma que el Señor prepara a los miembros de su pueblo santo –con carismas–, para el servicio de edificación del cuerpo de Cristo.  Esto tiene consecuencias prácticas de relevancia en lo que se refiere a nuestras relaciones internas y a nuestra organización eclesial. Una comunidad auténticamente católica, tiene necesariamente que constituirse como “espacio” en el que cada uno de sus miembros es reconocido con sus características e identidad específicas y en el que se abren oportunidades para que cada quien descubra, desarrolle y ejerza los dones específicos que ha recibido del Señor, para la edificación de la comunidad.

Esto exige que nos cuestionemos acerca de muchos prejuicios culturales y religiosos que tienden a marginar –o incluso a excluir– a las minorías, de cualquier tipo que estas sean. Una comunidad genuinamente católica tiene que estar abierta a acoger la participación y la expresión de cada persona y de cada categoría de personas; especialmente los que, por cualquier causa, puedan considerarse más vulnerables a la marginación y a la exclusión. Mujeres, jóvenes, niños, grupos especiales…: a todos se les debe reconocer la posibilidad de involucrarse creativamente en la edificación de la comunidad. Desde una actitud genuinamente católica, la diversidad y el pluralismo no solo no son fuente de desorden ni de división sino sirven para que se exprese y consolide la auténtica unidad. Finalmente la actitud de genuina catolicidad implica asumir la conciencia de que se es enviado como testigo del Reino a toda persona y realidad.  Yendo sin concepciones preconcebidas y sin la pretensión de tener la verdad y de llevarla a quienes aún no la han encontrado, la actitud genuinamente católica es la que es capaz de reconocer que el “Dios y Padre de todos, está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos”, por lo que  la misión consiste, ante todo, en reconocer y venerar con fascinación y humildad esa presencia de Dios en cada persona y realidad. Es desde esa actitud de aprecio y respeto, como se anima a que, quienes aún no han descubierto que ya tienen la presencia viva de Dios, se abran a la fe y al testimonio del Espíritu de Cristo en sus vidas. Es en esta actitud de catolicidad, la que se expresa en la bienaventuranza: “Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios.” ( Mt 5,8).  

LA APOSTOLICIDAD COMO CONTINUIDAD CON LA VIDA Y TESTIMONIO DE LOS APÓSTOLES.

Todos los creyentes “eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles.”( Hech 2,42 )

Y la enseñanza consistía fundamentalmente en la oración y el testimonio: “Nosotros seguiremos orando y proclamando el mensaje de Dios.” (Hech 6,4) Contrariamente a lo que con frecuencia se ha tendido a pensar, la apostolicidad de la iglesia no puede ser reducida a la supuesta correspondencia doctrinal y a la pretendida continuidad histórico-ritual con los apóstoles.

Sin ignorar estos elementos, la apostolicidad consiste ante todo, en la continuidad con el estilo de vida de los apóstoles, que se describe como “seguir orando” y con el testimonio que dieron, que implica la proclamación del Evangelio de que el Reino ha llegado hasta nosotros. La oración en el contexto que es referida a los apóstoles, no puede ser considerada como una actividad sino como una actitud. No se trata de los “rezos” que más o menos frecuentemente y de forma más o menos prolongada pudieran hacer. Se refiere a la “comunión” constante e ininterrumpida con el Señor resucitado, por medio del Espíritu Santo.  El testimonio es consecuencia de la experiencia de oración. El evangelio no es una doctrina y el Reino de Dios que se proclama no se refiere al anuncio de una utopía. El evangelio consiste en el testimonio de que, por la acción del Espíritu, el Señor resucitado vive realmente en medio de su pueblo, al que pastorea y sostiene en medio de las tormentas cotidianas.

El testimonio de que el Reino de Dios ha llegado se fundamenta en la experiencia compartida de que se ha “recibido el Espíritu que nos hace hijos de Dios; y por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!”; y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio  de que ya somos hijos de Dios; y puesto que somos sus hijos, también tenemos parte en la herencia que Dios nos ha prometido.”(Rom 8,14-17) Como resultado de la experiencia de la llegada del Reino, se logra reconocer que “ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos.” (Rm 14,7-8 ) Si el testimonio apostólico tiene la eficacia que se nos presenta en los escritos del Nuevo Testamento es porque no consiste en la predicación de ocurrencias ni sistemas doctrinales sino en la proclamación algo que es real, accesible y experimentable por todos los que llegan a la fe.
                                             
Por eso para nosotros la conciencia de que nuestra iglesia es “apostólica nos debe llevar a asumir una actitud de vida personal y comunitaria y un estilo de ministerio misionero acorde al de los apóstoles. En medio de los avatares de la vida, se trata de mantener una constante actitud contemplativa. Como el árbol que entre más alto y vistoso es ante el mundo, más profundamente hunde sus raíces en las entrañas de la tierra; así también la fidelidad a la apostolicidad requiere que, entre mayor sea la responsabilidad que se recibe, más profundamente tengamos que arraigarnos en la comunión con el Señor resucitado y con su cuerpo, por la acción del Espíritu. Y el testimonio apostólico tiene que ser la expresión de la experiencia personal y eclesial de la realidad del Evangelio y de la presencia eficaz del Reino entre nosotros. Presupuesta la continuidad vivencial y testimonial con las enseñanzas de los apóstoles, no podemos tampoco olvidar la importancia de asumir, dinámica e integralmente, los elementos que la tradición ha considerado como identificadores comunes de la permanencia en la apostolicidad: el asumir íntegramente los Símbolos Ecuménicos de Fe como expresión común de la fe que profesamos; y el mantener nuestra conexión histórica con los orígenes, a través de cuanto comúnmente es reconocido como Sucesión Apostólica ininterrumpida, a través del ministerio del obispo y de los presbíteros.


Iglesia Católica Antigua Comunidad Ecuménica de Fe
Jurisdicción Nacional Autónoma
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
+ Gabriel Orellana.
Obispo 
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.
.
E-mail: obispo.gabriel@yahoo.com
Whatsapp: +503 74357721


EN LA FE DE LOS APÓSTOLES...!


PROFESION DE FE

CREDO BAUTISMAL

 ¿Creen en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?  

 Sí, creo.

¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre? 

 Sí, creo. 

 Creen en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?  

Sí, creo. 

 ¡Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! 

 
CREDO DE LOS APÓSTOLES

 Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. 

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

 Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.   

 
CREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO

 Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
 
Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos: padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

 Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

 Amén.

SOBRE EL CATOLICISMO ANTIGUO


El Catolicismo antiguo afirma la, la fe apostólica ortodoxa y la tradición de la Iglesia indivisa del primer milenio, donde las diversas iglesias locales y sus obispos eran autónomos. Por lo tanto, al igual que con la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Católica Antigua reconoce los primeros siete concilios ecuménicos y la doctrina aceptada por la Iglesia universal antes del Gran Cisma de 1054.

Una iglesia antigua y apostólica

La Iglesia Católica Antigua ha mantenido su sucesión apostólica, y sus obispos y sacramentos son reconocidos como válidos por la Iglesia Católica Romana, la Iglesia Ortodoxa, las Iglesias de la Comunión Anglicana y por toda la comunidad cristiana. Por lo tanto, la Iglesia Católica Antigua se encuentra en un estado de inter-comunión con la Sede de Roma y todas las Iglesias en la unión con Roma, en virtud de su sucesión apostólica y de la Eucaristía.

La antigua sede de Utrecht en los Países Bajos y sus obispos eran esencialmente independientes de Roma hasta 1702. Los obispos y arzobispos de la Sede de Utrecht fueron elegidos libremente por los canónigos locales, que fueron tomados entre el clero local. Debido a la confusión y el caos originado por la Reforma en los Países Bajos, la Sede de Utrecht fue colocada directamente bajo el control de Roma y su existencia de forma independiente fue disuelta. A pesar de la inhibición del Arzobispo de Utrecht Peter Codde en 1702 y la amenaza papal de “degradar” a la provincia de Utrecht a un territorio misionero – anulando así la Sede de Utrecht y de los derechos de su capítulo – el capítulo de canónigos de la Sede de Utrecht decidió valer sus derechos ancestrales en la Iglesia Católica, y en 1723, el cabildo de canónigos eligió al Rev. Cornelius Steenhoven como arzobispo de Utrecht, el cual fue ordenado obispo por el misionero francés, obispo Dominique Varlet. Por lo tanto, la sucesión apostólica se conserva en la Iglesia Católica Antigua.


LA IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA DE EL SALVADOR
+COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE+ 
ICAESCEF
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma

La ICAESCEF continúa con la antigua fe apostólica y con el derecho que posee el obispado católico independiente de aferrarse a las creencias y prácticas de la patrística de la Iglesia primitiva no dividida, cuya cabeza es Jesucristo. El adjetivo “Antigua” proviene de la creencia de que los católicos antiguos permanecen con la “antigua” (que significa original) enseñanza de la Iglesia católica y apostólica indivisa – negando los “nuevos dogmas” de la supremacía e infalibilidad papal, los cuales se deben entender como una ruptura con la continuidad de la tradición ortodoxa cristiana y no pueden ser consideradas como verdaderamente católicas en ningún sentido.

Cuando en 1870 Roma reunió al Concilio Vaticano I y promulgó como dogma la doctrina de la supremacía papal (jurisdicción universal) y la doctrina de la infalibilidad papal en cuestiones de fe y moral, muchos católicos rechazaron estas enseñanzas por no estar apoyadas en las Escrituras ni en la tradición. Muchos católicos-laicos como clérigos que no podían por conciencia aceptar estos nuevos dogmas, fueron excomulgados (es decir, excluidos de los sacramentos de la Iglesia), y eran, por lo tanto, obligados a formar una Iglesia católica independiente bajo la dirección de sus obispos. Así, como los católicos antiguos, seguimos aferrándonos a la fe y tradición antigua católica y apostólica.

Una Iglesia Episcopal-Sinodal
En la Iglesia Católica Antigua de El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF, los obispos son elegidos Sinodalmente por los laicos y clérigos de la Iglesia Local y con el Consentimiento de los Obispos de las Iglesias hermanas. El Sínodo es el órgano supremo de gobierno de la Iglesia, y el obispo local tiene la autoridad final en su respectiva diócesis. A nivel parroquial, el Consejo Pastoral Parroquial es el órgano de toma de decisiones (no es únicamente consultivo)  elige al párroco, representantes diocesanos y Planifica, Organiza y evalúa el Plan Misionero y Pastoral de la Comunidad Parroquial, los aspectos económicos, físicos de la parroquia o en las misiones. Sin embargo, el Pastor y Cabeza de la Comunidad Parroquial es el Párroco (elegido por el Consejo Pastoral Parroquial y nombrado por el Obispo) es la autoridad final de la parroquia en lo que respecta a la liturgia, los sacramentos y la vida espiritual de la parroquia.

Por lo tanto, como una Iglesia Episcopal-Sinodal, el Catolicismo Antiguo es más democrático de naturaleza, ya que creemos que la Iglesia no puede existir fuera de la sucesión apostólica y del episcopado histórico. Además, se procura que todos los miembros de la Iglesia estén involucrados en el proceso de toma de decisiones, por ejemplo, los obispos y los párrocos son elegidos y no nombrados, los hombres casados pueden recibir el sacramento del Orden, y algunas posiciones de autoridad en la Iglesia pueden ser asumidas por el pueblo Laico. Además, como católicos antiguos, estamos firmemente arraigados a la tradición católica de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, cuya fe y creencias no son negociables. Los concilios universales de la Iglesia Primitiva son como siempre el fundamento de nuestra fe y la comprensión de la Iglesia. Por lo tanto, el Sínodo no es el lugar donde se debaten los artículos de la fe o la moral: Esta facultad pertenece exclusivamente a un concilio universal de la Iglesia.

Una Iglesia Ecuménica
Como Iglesia Ecuménica, damos la bienvenida a todos los cristianos bautizados que creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía para recibir la Santa Comunión durante la Divina Liturgia, el Santo Sacrificio de la Misa. Además, desde 1931, las Iglesias Católicas Antiguas de la Unión de Utrecht han estado en plena comunión con la Sede de Canterbury (la Iglesia de Inglaterra) y la Comunión Anglicana mundial, en los términos del Acuerdo de Bonn. Obispos Católicos Antiguos de la Unión participan en los órganos anglicanos, como lo son las Conferencias de Lambeth y el Consejo Consultivo Anglicano, se mantienen relaciones con las iglesias anglicanas de todo el mundo, incluida la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos. Sin embargo, la Iglesia Católica Antigua en El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF no está bajo la autoridad de la Unión de Utrecht, ya que somos una jurisdicción nacional autónoma en comunión espiritual con las Iglesias que forman parte del Consejo Mundial de Iglesias CMI y con la Iglesia de Roma.

La Iglesia Católica Antigua en El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF, entiende el catolicismo Antiguo como ortodoxia occidental, que abarca las Sagradas Escrituras, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia para interpretar la Escritura y la Sagrada Tradición, los primeros siete concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa, el Credo Niceno-Constantinopolitano en su antigua fórmula, los siete Sacramentos y el gobierno episcopal-sinodal de la Iglesia. Afirmando la idea patrística del obispo, respetamos el ministerio y la dignidad del Papa como obispo de Roma y “primus inter pares” entre las antiguas sedes patriarcales y los obispos cristianos de todo el mundo. Como católicos antiguos, somos ortodoxos, cristianos católicos de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica preservando la tradición viva de la Iglesia antigua, la fe apostólica, la Santa Tradición y Cánones.
Como Iglesia sacramental, ofrecemos los Ritos de Iniciación Cristiana de Bautismo, Crismación (Confirmación) y la Sagrada Comunión a los niños y adultos siguiendo la antigua práctica ortodoxa. También como ortodoxos, ordenamos a nuestros nuevos clérigos. Siguiendo el ejemplo de Cristo y la tradición apostólica de la Iglesia Primitiva, ordenamos a los hombres casados y célibes al diaconado, al sacerdocio y al episcopado. Además, hemos restaurado la solemnidad y el misticismo propio de la celebración de la divina liturgia y del sacrificio en la Santa Eucaristía. 

La Iglesia Católica Antigua en El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF,  también valora el llamado al celibato y el significado de la vida monástica (religiosa-consagrada) en la formación del cristianismo y la espiritualidad cristiana. Por lo tanto, si nuestros ministros ordenados están casados o célibes, todos miramos a la vida monástica como un ejemplo de la perfección cristiana. Por lo tanto, tenemos monjes católicos antiguos, canónigos y religiosos por la tradición benedictina, dominica, franciscana y carmelita


+Gabriel Orellana
Obispo
Email: obispo.gabriel@yahoo.com
Whatsapp: +503 74357721




lunes, 25 de noviembre de 2013

ÓRDENES APOSTÓLICAS VÁLIDAS

CATÓLICA ANTIGUA, VIEJO CATÓLICOS, VETERO CATÓLICOS

El diccionario católico romano [pre conciliar] de Addison dice: 'ellos (los Viejo Católicos) poseen órdenes apostólicas válidas.'

En una guía católica para el código de Ley canónica de THOMAS P DOYLEY, OP. Página 44, se lee: 'Cuando un sacro ministro católico romano no puede ser llamado, y hay urgente necesidad espiritual, los católicos deben recibir el viático, la confesión, o la unción, de ministros consagrados de denominaciones no católicas romanas cuyas órdenes sean estimadas válidas por la iglesia católica romana. Aquí se incluyen todos los ministros de la ortodoxia oriental como los sacerdotes de las iglesias viejo católicas, o la iglesia nacional de Polonia.'

Un diccionario católico, de Donald Attwater, que lleva el imprimátur del Cardenal Hayes de Nueva York, manifiesta, 'sus órdenes (Viejo Católicos) y Sacramentos, son válidos.'

La obra 'Denominaciones Cristianas,' impresa en 1948 por el Reverendo Honrad Algermisson, y que lleva el imprimatur de John Cardinal Glennon, de St. Louis, Missouri, Estados Unidos, en la página 363 dice: 'La Iglesia Viejo Católica preserva sus órdenes episcopales válidas.'

La publicación 'Lejano Oriente,' fechada en junio de 1928, publicada por los Padres de San Columbano, en Nebraska, Estados Unidos, en respuesta a una inquietud sobre la Iglesia Viejo Católica, manifiesta: 'sus órdenes apostólicas son válidas.'

Reconocida asimismo por las Iglesias Ortodoxas de Oriente, la sucesión viejo católica fue reafirmada en 1911 por las labores del Arzobispo Viejo Católico ARNOLD HARRIS MATTHEW, quien firmó un Acta de Unión con el Patriarcado Ortodoxo de Antioquia, y otra similar con el Patriarcado Ortodoxo de Alejandría en 1912. Tales Actas jamás fueron cuestionadas, y permanecen como sólido fundamento a nuestra fundación Apostólica Histórica.

Por lo tanto EL MINISTERIO EN NUESTRA IGLESIA ANTIGUA, fiel a la Palabra y Los Sacramentos, Los Credos Históricos, La Doctrina de los Concilios y de los Padres de la Ortodoxia de todos los tiempos, es uno apto para enfrentar las necesidades de una sociedad desesperada y agónica; una sociedad ahogada por la cultura de la muerte, como presencia en el mundo entero, presagiando los albores de la parusía. Las Iglesias Viejo Católicas, al ser pequeñas, pueden brindar atención especial a las necesidades espirituales, y desarrollar una cercanía única para salir al encuentro y dar compañía a esas necesidades.

jueves, 5 de mayo de 2011

DOCTRINA Y SACRAMENTOS DE ICAC

IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA CENTROAMERICANA
ICAC

I.                      SOBRE LA FE CATOLICA EN GENERAL

1.       La IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA profesa firme e íntegramente la fe católica, como está testimoniada en la Sagrada Escritura, en los Credos Apostólico y Niceno-Constantinopolitano, en los siete primeros Concilios Ecuménicos y en la Tradición de la Iglesia indivisa.
2.       Por lo mismo, con Vicente de Lérins afirmamos que: “Reconocemos como fe verdadera y específicamente católica, aquello que ha sido creído por todos, en todas partes y en todos los tiempos”.
3.       Todos los demás postulados doctrinales, creencias y prácticas, que son aceptados por otras IGLESIAS LOCALES o por los fieles de nuestra iglesia, con tal que no sean contrarios a la fe católica, no son vinculantes para nadie y, por lo tanto, las consideramos como creencias y devociones privadas.


II.                    SOBRE LA IGLESIA

1.       Reconocemos que la IGLESIA LOCAL es la realidad visible y sacramental en la que se hace presente la totalidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, fundada por Jesucristo.
2.       Por IGLESIA LOCAL entendemos al Pueblo de Dios que se organiza como comunión de comunidades que:
a. Profesa la fe de acuerdo al testimonio de las Sagradas Escrituras y del Credo o Símbolos Ecuménicos.
b. Que celebra la liturgia a través de la oración y de la vida sacramental, alcanzando su culmen en la celebración de la Eucaristía.
c. Que da testimonio del Evangelio como fruto de la experiencia de los dones del Espíritu que dan la vida nueva y la capacidad de amar.
d. Que reconoce como signo visible de su unidad al obispo que la preside en forma sinodal, junto al presbiterio, con la participación de todo el pueblo de Dios;
e. Que, a través del obispo, se encuentra en comunión con otras iglesias locales.


III.                  SOBRE LA SACRAMENTALIDAD DE LA IGLESIA EN GENERAL Y LA ADMINISTRACION DE LOS SACRAMENTOS.

1.       Aceptamos y administramos los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de la Eucaristía, de la Reconciliación, de la Unción de los Enfermos, del Orden Ministerial y del Matrimonio.
2.       Consideramos, en consonancia con la Tradición de la Iglesia indivisa, que la validez y eficacia de cada uno de los sacramentos es participación y expresión de la sacramentalidad de toda la Iglesia.
3.       Creemos que es en la Iglesia local en donde esta sacramentalidad se expresa, la administración de los sacramentos encuentra su verdadero significado y eficacia únicamente cuando se administran dentro y para la edificación de la iglesia local.
4.       Creemos que cada Provincia Eclesial tiene la facultad de determinar su propio ritual para la celebración de los sacramentos, de acuerdo a la situación y contexto cultural en que se viva, con tal que:
a. Se mantengan íntegros todos los elementos considerados como esenciales para la celebración válida de los mismos, de acuerdo a la tradición católica, tanto ortodoxa como latina.
b. Se evite cuidadosamente introducir elementos ambiguos, para no caer en ninguna forma de sincretismo y mantener íntegra la tradición cristiana.
5.       Reconocemos como ministros que válidamente pueden administrar los sacramentos los siguientes:
a. Para el Sacramento del Bautismo: son ministros ordinarios el obispo, el presbítero y el diácono. Es ministro extraordinario, en caso de grave necesidad, cualquier fiel cristiano.
b. Para el Sacramento de la Confirmación: es ministro competente únicamente el obispo.
c. Para el Sacramento de la Reconciliación: son ministros competentes únicamente el obispo y el presbítero.
d. Para el Sacramento de la Eucaristía: son ministros competentes únicamente el obispo y el presbítero.
e. Para el Sacramento de Unción de los enfermos son ministros competentes únicamente el obispo y el presbítero.
f. Para el Sacramento del Orden Ministerial: es ministro competente exclusivamente el obispo.
g. Para el Sacramento del Matrimonio: los ministros son los mismos contrayentes que expresan su consentimiento matrimonial; aunque para que éste sea expresado válidamente se requiere la presencia de testigos. Son testigos oficiales el obispo, el presbítero y el diácono. En casos extraordinarios, ante la imposibilidad de la presencia de un ministro ordenado por un tiempo prolongado, dos fieles pueden ser testigos para que el consentimiento matrimonial sea expresado válidamente.

IV.                 SOBRE LA EUCARISTIA.

1.       Reconocemos en la Eucaristía el centro y culmen del culto de la Iglesia.
2.       En su celebración la iglesia local se actualiza y se realiza como presencia sacramental de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
3.       Creemos firmemente que por la acción del Espíritu Santo, dentro de la celebración Eucarística presidida por el obispo o un presbítero, a través de la Anámnesis y la Epíklesis el pan y el vino se transforman sacramental, real y efectivamente en el cuerpo y la sangre de Jesucristo.
4.       Confesamos que aunque Cristo se ofreció, de una vez para siempre, como sacrificio expiatorio para toda la humanidad en el ara de la cruz, sin embargo la Eucaristía es verdadero sacrificio, porque en ella el único sacrificio de Cristo no solo se conmemora sino se actualiza y, por la acción del Espíritu Santo, el Reino de Dios se hace presente y la nueva creación de amor y comunión, se va manifestando en la historia y en la vida de nuestras comunidades.

V.                   SOBRE EL SACRAMENTO DEL ORDEN.

1.       El sacramento del orden se articula en tres grados: diaconado, presbiterado y episcopado.
2.       Es indispensable haber sido ordenado en el grado inferior, para poder recibir válidamente el grado superior del sacramento del orden.
3.    En consonancia con la tradición milenaria de la Iglesia indivisa, reconocemos que los cristianos varones CASADOS y en excepciones célibes, pueden ser válidamente ordenados como diáconos, presbíteros y obispos.

VI.                 SOBRE EL CONCEPTO INTEGRAL DE SUCESION APOSTOLICA.

1.       Es nuestra intención reconocer y asumir plenamente el concepto aceptado por la Tradición Apostólica y vivido por la Iglesia indivisa durante el primer milenio a este respecto.
2.       Por lo mismo, creemos que es desde la IGLESIA LOCAL, como Pueblo de Dios,2 que se estructura en forma sinodal y participativa3, con diversidad de carismas y ministerios, entre los que se encuentra el ministerio ordenado, compuesto por diáconos, presbíteros y el obispo, que tenemos que llegar a entender los alcances, el ejercicio y la transmisión de la sucesión apostólica.
3.       El ministerio ordenado nunca se puede comprender como algo que está encima de la comunidad sino como un don que, concedido por el Espíritu Santo,4 es reconocido por la comunidad5 y está al servicio y para la edificación de ésta.6
4.       De esto resulta que la capacidad ministerial proveniente de la ordenación diaconal, presbiteral o episcopal, no se puede ejercer como poder o privilegio personal en forma autónoma y, hasta cierto punto, arbitraria; sino que su validez sacramental está subordinada a que se ejerza dentro de un contexto eclesial que refleje cuanto se testimonia en el Nuevo Testamento y se realizó en la Iglesia primitiva.
5.       En el caso de la transmisión de la sucesión apostólica al ordenar a un obispo, es indispensable:
a. Que el candidato haya sido elegido sinodalmente por el Pueblo de Dios y por el presbiterio que constituyen una iglesia local legítimamente constituida y reconocida, para presidirla, apoyarla en su vida de fe y ser vínculo de comunión con otras iglesias locales.
b. Que el obispo primado, junto a los demás obispos que constituyen la Provincia Eclesial en donde se encuentra la iglesia local, ratifiquen la elección legítimamente hecha por la iglesia local.
c. Que el colegio de obispos que ratificó la elección proceda a la consagración episcopal, de acuerdo al ritual legítimamente aprobado por dicha provincia eclesial.
d. Que en el ritual de consagración se mantenga íntegro cuanto se refiere a la imposición de las manos, a la oración consagratoria y a los otros elementos considerados como esenciales por la tradición católica, tanto ortodoxa como latina.
e. Toda consagración episcopal hecha fuera del contexto eclesial integral presentado en los cuatro incisos precedentes, deberá ser discernida y regularizada (re-ordenación “bajo condición”) para ser reconocida su validez sacramental.

2 Cf. Ro 1,6-7; 1Cor 1,2; Ap 21,3
3 Cf. Hch 15,6-22.
4 Cf. Hch 20,28
5 Cf. 1 Tim 4, 14; Hch 1,12-26
6 Cf. Ef 4,11-13

VII.                SOBRE EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO.

1.       Reconocemos que el sacramento del matrimonio es la alianza pública y solemne que se establece entre un varón y una mujer.
2.       La alianza matrimonial tiene la finalidad de establecer la comunión de vida exclusiva y permanente entre los cónyuges, con vistas a formar una familia.
3.       El sacramento del matrimonio se celebra a través del consentimiento mutuo de los cónyuges, manifestado legítimamente y confirmado por la efusión del Espíritu Santo.


VIII.               SOBRE LA COMUNION DE LA IGLESIA LOCAL CON OTRAS IGLESIAS.

1.       Consideramos que como fruto de su dimensión católica, toda IGLESIA LOCAL, manteniendo su necesaria autonomía proveniente de su apostolicidad, está llamada a estar en comunión orgánica e interdependencia con otras iglesias locales.
2.       Toda iglesia local hace parte de una Provincia Eclesial, la cual reconoce a un OBISPO PRIMADO.
3.       Los obispos que presiden iglesias dentro de una Provincia Eclesial, forman un COLEGIO DE OBISPOS    y, a través del mismo y de la preocupación por las otras iglesias locales, expresan la conciencia de catolicidad de su iglesia.
4.       Las Provincias Eclesiales pueden organizarse en Organismos Superiores de Comunión.
5.       Cada Iglesia Local, Provincia Eclesial y Organismo Superior de Comunión debe tener como preocupación y meta alcanzar la unidad ecuménica de todas las iglesias locales. Para esto, es indispensable que se mantenga una sensibilidad ecuménica y se emprendan iniciativas que promuevan el diálogo y conduzcan a alcanzar la unidad visible y orgánica, capaz de reflejar y testimoniar la unidad fundamental e inquebrantable que, por la acción del Espíritu Santo, existe en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.