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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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jueves, 8 de marzo de 2012

PERFIL DE UNA SANTIDAD POLÍTICA

Jon Sobrino
Aparición original: «Concilium» 183(marzo 1983)335-344

I. Relación entre santidad y política
La expresión santidad política (1) puede parecer todavía hoy una expresión desconcertante por relacionar dos realidades que se presumen normalmente separadas de hecho y de derecho, y es una expresión ambigua mientras no se concretice qué se entiende por ambas cosas. De forma muy general, pero suficiente para este trabajo, entendemos por santidad una realización notable de la fe, esperanza y, sobre todo, de la caridad y de las virtudes que genera el seguimiento de Jesús. Entendemos por política aquella práctica dirigida a transformar estructuralmente la sociedad en la dirección del reino de Dios, en que se haga justicia a las mayorías pobres y oprimidas y en que éstas encuentren vida y salvación histórica.
Relacionar ambas cosas supone una doble novedad. La primera consiste en presentar un nuevo ámbito para la santidad como posible y necesaria. A lo largo de la historia de la Iglesia se ha presupuesto que ese ámbito es la ascesis personal, la contemplación, el ejercicio de la caridad en su forma asistencial o promocional. En la actualidad, debido a la toma de conciencia de la miseria y opresión de las mayorías y a los procesos de liberación que se han desencadenado en el Tercer Mundo (con sus analogías en el Primer Mundo en resistencia a las dictaduras, en esfuerzos de democratización, etcétera), el ámbito de lo político aparece para los cristianos como ámbito para la santidad, que no excluye otros posibles ámbitos, pero que se ofrece como una posibilidad e históricamente como una necesidad, según los signos de los tiempos.
La segunda novedad, más reciente y surgida de la propia experiencia del compromiso político de los cristianos, es que no se trata ya de relacionar solo fe y política, cristianismo y política, de analizar su compatibilidad teórica, la exigencia del compromiso político en nombre de la fe, sino de relacionar santidad y política. Esto se debe, creemos, a una doble constatación:
a) para mantener una vida cristiana política no basta con la lucidez teórica sobre su posibilidad y legitimidad, sino que se necesita la realización notable de valores específicamente cristianos;
b) una realización santa de la acción política es necesaria para evitar los subproductos negativos inherentes a ésta e incluso para potenciarla en su eficacia histórica.
La política ofrece hoy, por tanto, una materialidad para la santidad, y la santidad permite una acción política más humanizadora para quien la realiza y para el proyecto político que se impulsa. Esto es lo que pretendemos mostrar a continuación a partir de la realidad existente de ese tipo de santidad y no solo de un análisis meramente conceptual.
II. Una santidad que exige la política
Tiene que crear conflictos en un país como el nuestro, donde impera la injusticia social» (Mons. Romero, 15-2-1980) (2).
1. El desarrollo de la santidad cristiana presupone siempre que es respuesta a la voluntad de Dios. Esta puede ser diferenciada con relación a las personas concretas, pero debe incluir esencialmente lo que es clara voluntad de Dios en un determinado momento de la historia. En la actualidad, como lo recuerda Medellín y Puebla, esa voluntad primaria de Dios es que las mayorías pobres tengan vida, que <<Ese amor político tiene unas características específicas que lo diferencian de otras formas del amor. En primer lugar, supone una metanoia para ver la verdad del mundo tal cual es, en las manifestaciones visibles de la muerte y sus causas estructurales, que se ocultan y buscan ocultarse, para ver en esa muerte generalizada el hecho mayor y el problema más grave de la humanidad, lo que mis cuestiona el sentido de la historia y del hombre, para no aprisionar la verdad de las cosas con la injusticia (Rm 1,18). Supone las entrañas de misericordia ante el dolor no acallado ni acallable de las mayorías oprimidas, el <responsabilidad ante la pregunta <<¿qué has hecho de tu hermano?» (Gn 4,9s) y de corresponsabilidad hacia su suerte y destine; en esta corresponsabilidad, además, puede el hombre llegar simplemente a serlo recobrando su dignidad en la participación del dolor de la humanidad.
El amor político busca ser eficaz. Debe ser por ello proporcionado a la muerte que se quiere erradicar y a la vida de los pobres que se quiere implantar. Para entender la eficacia que se busca hay que tener en cuenta en primer lugar al destinatario de ese amor. Estos son los pobres considerados como colectividad, grupo o clase social; en cualquier caso, no es el individuo pobre, sino la polis, el mundo de los pobres. Son, además, los pobres materiales; lo que hay que erradicar, por tanto, no es sólo la indignidad interior a la que están sujetos, sino la pobreza material. Además, los pobres, a causa de los poderosos y en contradicción con ellos, son dialécticamente pobres y por su misma existencia conflictivos (3).
El amor político que quiere transformar la situación de esos pobres debe tener sus mecanismos específicos, distintos a los de otras formas del amor; debe buscar una eficacia estructural. Para ello debe denunciar la opresión y desenmascarar sus causas estructurales, abogar por sus derechos básicos, humanos, sociales y políticos, propiciar los cambios estructurales.
Debe ver además en los pobres no solo el destinatario de una acción política benéfica, sino también -sobre todo en los actuales momentos de muchos países del Tercer Mundo- los gestores de su propio destino como pueblo, quienes luchan por su liberación, llevan la mayor carga en esa lucha y la orientan objetivamente a la creación de una nueva sociedad. Por esa razón el amor político debe también llevar a participar -aunque las formas puedan ser diversas- en la lucha de los pobres, que alcanza el nivel ideológico y social, pero también el nivel político y -en casos verdaderamente límite- el militar (4).
2. Ese amor político es la materia fundamental de la santidad política. Pero además la práctica del amor político ofrece un cauce estructural que propicia virtudes especificas, más difícilmente conseguibles en otros cauces. Propicia una ascesis especifica que remite a la ascesis fundamental cristiana: la kénosis y el abajamiento al mundo de la pobreza y de los pobres, como despojo de uno mismo; la ascesis necesaria para la denuncia y el desenmascaramiento, para mantener la paciencia histórica y la solidaridad con los pobres. Propicia el crecimiento de una fe y esperanza maduras que -de mantenerse y crecer- lo hacen desde el lugar también para su máxima tentación. Propicia la creatividad cristiana (pastoral, litúrgica, teológica, espiritual), que se genera desde el abajo de la historia.
Propicia, sobre todo, quasi ex opere operato la persecución. La profecía de Jesús se cumple en esto inexorablemente. Un amor político, a diferencia de otras formas del amor, desencadena el especifico sufrimiento de la persecución por parte de todos los poderes de este mundo. No cualquier tipo de cristianos, pero si los cristianos políticos son atacados, difamados, amenazados, expulsados, capturados, torturados y asesinados.
Esta persecución verifica que ha habido un amor fundamental; mantenerse en ella significa un notable ejercicio de la fortaleza cristiana y un notable testimonio de la fe. Si la persecución lleva a ofrendar la propia vida, si en esa ofrenda esta presente el amor a las mayorías pobres que origina todo el proceso del amor político, entonces la ofrenda de la vida se convierte en martirio. Con ello se da el testimonio del mayor amor a los pobres y se testimonia también objetivamente al Dios de la vida. Su muerte es por causa de la justicia; pero, explícita o anónimamente, por causa de la justicia de Dios. Por ello se debe hablar de martirio. Una cosa es, ciertamente, que todos y cada uno de los que han caído o han sido asesinados por causas políticas sean perfectos en todos los órdenes de la vida cristiana; pero otra cosa seria negar el amor fundamental y mayor en quienes dan la vida. Como decía monseñor Romero a propósito de un sacerdote asesinado:
La masividad de estas muertes es, en último término, lo que no sólo permite hablar a priori de la posibilidad de una santidad política, sino lo que fuerza a hablar de ella a posteriori. Si tanta sangre derramada de obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas, delegados de la palabra y también de cristianos que son campesinos, obreros, sindicalistas y combatientes no convenciera de que lo político es un ámbito propio para la santidad; más aún, de que en la actualidad la santidad pasa normalmente político, no habría discurso teológico capaz de convencer de ello (6). Pero quien no se convenciera, al menos ante algunos casos evidentes, tampoco podría interpretar la muerte de Jesús como la muerte del justo, sino que sólo le quedaría la alternativa de interpretarla como la muerte de un blasfemo y subversivo, tal como deseaban los poderosos de su tiempo.
3. Esta santidad política es la que hoy da estructuralmente testimonio de la santidad de Dios en su formalidad encarnatoria. Dios es el misterio santo y, en cuanto misterio, el que siempre esta más allá del hombre y de la historia; de ahí que se haya llegado a definir la esencia de la santidad como separación y distanciamiento de lo profano. Pero desde Jesús esto debe ser corregido.
El Dios que es misterio santo se ha acercado al hombre, ha roto la simetría de ser posiblemente salvación o condenación. Y ese acercamiento es doblemente escandaloso: es acercamiento del misterio de Dios y es acercamiento parcial a los pobres y oprimidos. Porque los ama (Puebla, n. 1142), Dios ha salido en su defensa, lucha contra los ídolos de la muerte y se muestra claramente como el Dios de la justicia que quiere en verdad la vida de los pobres. En eso consiste desde Jesús la nueva y escandalosa santidad de Dios: en acercarse salvíficamente a los pobres y llegar a compartir su misma suerte en la cruz de Jesús.
Eso es, en último término, lo que hoy dice con más claridad el santo político. Este no pretende más que repetir el gesto de Dios de acercarse liberadoramente a las mayorías pobres y asumir el destino de ese acercamiento. Por esa última razón teológica la santidad política es una posibilidad e históricamente una necesidad. No hay otra manera de decir hoy al mundo que Dios ama en verdad a las mayorías pobres.
III. Una política que exige santidad
Yo creo, hermanos, que los santos han sido los hombres más ambiciosos. Eso es lo que yo ambiciono para todos ustedes y para mi: que seamos grandes, ambiciosamente grandes, porque somos imágenes de Dios y no nos podemos contentar con grandezas mediocres» (Mons. Romero, 23-9-1979).
·  1. El ámbito de lo político es necesario para la santidad, pero sigue siendo un ámbito creado; es, por tanto, un ámbito limitado, que ofrece su propia tentación y tiende a su propia pecaminosidad, porque sobre todo en él esta implicado el uso del poder.
Existen limitaciones históricas -no necesariamente éticas para mantener en un justo proyecto político para los pobres la simultaneidad de revolución y reconciliación, justicia y libertad, nuevas estructuras y nuevos hombres, ideal mesiánico y la realidad que lo mitiga. Existe además, ahora ya al nivel ético, la propia concupiscencia actuante en quien, aun con la intención anteriormente descrita, practica la acción política. Por su misma naturaleza ésta puede tentar, en mayor o menor medida, a sustituir la liberación de los pobres por el triunfo de lo que se ha convertido en causa propia, personal o grupal, el dolor de los pobres por la pasión que genera la política, el servicio por la hegemonía, la verdad por la propaganda, la humildad por la prepotencia, la gratuidad por la superioridad ética. Existe el peligro de absolutizar una de las esferas de la realidad en la que más se desarrolla la lucha por la liberación: social, política o militar, abandonando otras esferas importantes de la realidad -también del pueblo pobre-, que tarde o temprano se vengan de la absolutización. Existe, por último, la dificultad de mantener el amor político antes descrito hasta sus últimas consecuencias por los conflictos en que introduce y los riesgos que genera.
Esta limitación y concupiscencia del ámbito político para nada quita validez y necesidad a que sea ámbito para la santidad; también los otros ámbitos (ascesis personal, oración, práctica de la caridad) -cosa que no se suele recalcar suficientemente- son limitados y con su propia concupiscencia. Pero apuntan a la necesidad de vivir lo político con espíritu para que el amor político sea y se mantenga como amor y los proyectos políticos liberadores se mantengan siempre abiertos al reino de Dios.
·  2. Esa necesidad es hoy constatada históricamente; pero no sólo -aunque también- porque la necesidad de espíritu le viene al hombre por el mero hecho de serlo y en cualquiera de los ámbitos de su práctica, sino porque así lo exigen los cristianos que más honradamente practican el amor político.
También en la acción política se necesita el espíritu de Jesús y en aquellas áreas que más tienen que ver con lo político. Se necesita la limpieza de corazón para ver la verdad de las cosas, analizar con sinceridad éxitos y fracasos en las luchas y proyectos de liberación, mantener como criterio de acción lo que más convenga a las mayorías pobres, superar la tentación del dogmatismo, tan cercana al quehacer político. Se necesita la búsqueda de la paz aun en medio de la necesaria lucha, sin hacer de la violencia, aun cuando ésta sea justa y legítima, una mística, ni depositar en ella toda la confianza para resolver los problemas objetivos, ni ignorar otros medios de lucha más pacíficos con anterioridad y simultáneamente a la lucha armada. Se necesitan entrañas de misericordia para no relativizar desproporcionadamente el dolor del pueblo y reducirlo a necesario coste social, para no cerrar futuro al enemigo, para no ahogar la difícil posibilidad del perdón y la reconciliación. Se necesita la humildad de saberse en el fondo.
·  3. Ese espíritu es la santidad que exige la acción política para mantenerse y crecer como amor. Su realización es difícil personalmente y utópica estructuralmente. Pero no por ello esa santidad es idealista; más aún, es eficaz históricamente.
Esa santidad en lo político es lo que hoy da testimonio de la santidad de Dios en su formalidad escatológica. El Dios cercano del que antes se hablaba sigue siendo el Dios trascendente a la historia pero no como puro más allá, sino como principio utópico. En cuanto utopía su realidad no es nunca adecuadamente realizable, pero en cuanto principio inicia realidades históricas. La reserva escatológica no relativiza por igual todas las realidades históricas y todas las acciones políticas, sino que es la verdadera reserva de la historia para que ésta más de sí y la acción política tenga siempre un norte hacia donde deba orientarse.
El santo político es el que una y otra vez echa mano del ideal del reino de Dios y del Dios del reino para configurar la historia y su propia práctica. A pesar de su dificultad, mantiene siempre la ultimidad de la primariedad de la vida, de la justicia, de la necesaria lucha, de las necesarias revoluciones y reformas estructurales; pero mantiene también la necesidad de la plenificación de la vida, de la verdad y la libertad, de la reconciliación, de cambiar el corazón del hombre. Mantiene ademas la aún más difícil simultaneidad de ambos tipos de ideales.
Esta santidad es repetir en la historia el gesto del Dios que es santo escatológicamente. - Es necesaria para que el cristiano mantenga su especificidad en la acción política, pero también para que ésta sea más eficaz y con más dificultad sucumba a sus tentaciones. A la corta, esta santidad puede parecer una rémora por dedicar energías a lo que no es puramente acción política, y puede parecer idealista por su intrínseca dificultad. Pero a la larga es fructífera también históricamente, como lo demostró ejemplarmente monseñor Romero (7). Con su palabra y ejemplo introdujo espíritu en la realidad y lucha del pueblo salvadoreño; con ello lo hizo más decidido a su liberación, más eficaz políticamente y más atento a cualquier desviación de la acción política que no tomase absolutamente en serio el beneficio de las mayorías pobres.
IV. Necesidad e importancia de la santidad política
Los santos políticos son una realidad. Los pueblos que sufren reconocen como santos a quienes por amor se encarnan en lo político y sólo reconocen como santos de hoy a quienes asumen el riesgo de esa encarnación. Esto se podrá hacer -y la ofrenda de la vida les otorga su última justificación- de diversas formas: en el trabajo pastoral de las cuatro misioneras estadounidenses Maura, Ita, Jean y Kathy, en el trabajo ministerial de monseñor Romero o en el compromiso explícitamente revolucionario de Gaspar García Laviana. En la actualidad, además, habrá que hablar no solo de santos individuales, sino de colectividades de pobres, de pueblos enteros que participan de la santidad política cuando luchan por la liberación de los pobres, llenan de espíritu cristiano esas luchas y cuando, en cualquier caso, participan de la suerte del Siervo de Yahvé en su misma materialidad de pueblos crucificados.
Esa santidad admite, por supuesto, diversos grados; no tiene por qué coincidir con lo que la Iglesia entiende todavía por santidad en los procesos de canonización, y en el fondo sólo Dios conoce la medida del amor real de estos nuevos santos. Pero nada de esto debe hacer ignorar este hecho nuevo, sorprendente y masivo ni dejar de valorarlo en toda su importancia. La santidad política es hoy históricamente necesaria para que los pobres capten la buena noticia y la historia se encamine hacia el reino de Dios dando más de sí. Es importante además para la Iglesia misma, para que en su interior recobre la verdad del evangelio y haga de éste fundamento de su misión y para que al exterior tenga y mantenga la credibilidad que, en la humanidad actual, sólo le otorgara un amor eficaz a los pobres. Sólo de esta forma, además, encarará el reto que supone para el futuro de la fe la aparición de otras instancias salvadoras de los pobres que no aceptan o no explicitan al Dios de Jesucristo.
Mantener la santidad política en los dos aspectos considerados y su simultaneidad es difícil. Pero es una necesidad actual y, sin ningún matiz falsamente espiritualista, un don de Dios. Así lo vio monseñor Romero. Unas frases suyas pueden servir mejor que muchos análisis para entender qué es la santidad política, cómo asegurarla y cómo agradecerla:
Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres» (15-7-1979).
Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo» (24.6.1979)
Notas:
·  (1) Sobre la temática general de este artículo, cf. L. Boff, La le en la periferia del mundo (Santander 1981) 209-262; el número monográfico dedicado a espiritualidad de la liberación, en «Christus» (México 1979-1980) 529s.
·  (2) Mons. Romero elaboró su pensamiento sobre este punto en La dimensión política de la desde la opción por los pobres, publicado en J. Sobrino, I. Martín Baró, R. Cardenal, La voz de los sin voz (San Salvador 1980) 163-183.
·  (3) Cf. I. Ellacuría, Los pobres, lugar teológico en América Latina: <
·  (4) Cf. cartas pastorales de Mons. Romero en La voz de los sin voz, cit., 93-172; para su tratamiento de la violencia, cf. ibid., 113-119, 156-159, 435-445.
·  (5) Cf. Juan Hernández Pico, El martirio hoy en América Latina: escándalo, locura y fuerza de Dios, <Resurrección de la verdadera Iglesia (Santander 1981) 177-209, 243-266; Persecución a la Iglesia en Centroamérica: «Estudios Centroamericanos» (ECA) 393 (San Salvador 1981) 645-664.
·  (6) Sobre la problemática de los combatientes como posibles mártires, cf. Juan Hernández Pico, op., cit.; J. Sobrino, Resurrección de la verdadera Iglesia, cit., 197ss.
·  (7) Cf. I. Ellacuría, El verdadero pueblo de Dios según Mons. Romero: ECA 392 (1981) 529-554
http://www.servicioskoinonia.org/

jueves, 18 de agosto de 2011

LO CONCERNIENTE AL EXORCISMO



La práctica de ahuyentar espíritus malignos por medio de la oración y fórmulas establecidas reciben su autoridad del mismo Señor quien identificó estos actos como señales de su mesianismo. A principios de la vida de la Iglesia, el desarrollo y práctica de tales ritos eran reservados para el Obispo, quien a su discreción podía delegar la práctica a presbíteros seleccionados y a otras personas que creyera competentes.

De acuerdo con esta tradición establecida, los que tengan necesidad de tal ministerio, deberán notificarlo al obispo mediante el presbítero de la parroquia, con el fin de que el obispo determine la necesidad del exorcismo, la persona que ha de celebrar el rito y las oraciones y otras fórmulas que han de emplearse.

RITOS PASTORALES
Ritual para Ocasiones Especiales p.205.
Iglesia Episcopal USA

El exorcismo es una antigua y particular forma de oración que hace un ministro ordenado de la Iglesia, en nombre de Jesucristo y por el poder que Jesucristo ha otorgado a su Iglesia para liberar del poder de Satanás, demonio. Por lo tanto no es oración personal sino de la Iglesia.

SÚPLICAS QUE PUEDEN SER EMPLEADAS  PRIVADAMENTE POR LOS FIELES EN LA LUCHA CONTRA LAS POTESTADES DE LAS TINIEBLAS
Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos

Del ‘RITUAL ROMANO DE LOS EXORCISMOS’
(APÉNDICE II)

 Oraciones

Señor Dios, ten misericordia de mí, tu siervo,
que por la multitud de las asechanzas
estoy como un vaso resquebrajado;
líbrame de la mano de mis enemigos,
asísteme para que busque al que está perdido,
lo pueda encontrar y restituirlo para ti,
lo pueda restituir y entregártelo para que no lo abandones.
Concédeme que te agrade en todo
ya que he podido conocerte y saber que me has redimido.
Amén.

Dios omnipotente,
que a los abandonados los haces habitar en tu casa,
y concedes la felicidad a los cautivos,
mira mi aflicción
y ven en mi auxilio,
vence al enemigo inicuo;
de modo que, superada la presencia del adversario,
mi libertad alcance su descanso
y restituido a la tranquila devoción
pueda confesar que eres admirable
y que concediste a tu pueblo la fuerza.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Dios, creador y defensor del género humano
tú formaste al hombre a tu imagen
y lo recreaste admirablemente con la gracia del Bautismo;
vuelve tu mirada sobre este siervo tuyo,
y escucha bondadosamente mis súplicas.
Te pido que brote en mi corazón el esplendor de tu gloria
para que, eliminado todo terror, miedo y temor,
sereno en mente y alma
junto a los hermanos en tu Iglesia
pueda alabarte eternamente. Amén.


Padre Dios, autor de la misericordia y de todo amor,
que quisiste que tu Hijo sufriera por nosotros el patíbulo de la Cruz
para expulsar de nosotros el poder del enemigo,
mira atentamente mi humillación y dolor,
y mantente firme, te pido,
para que a quien renovaste en la fuente del Bautismo
vencido el combate del Maligno,
lo llenes con la gracia de tu bendición.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia
y quisiste que fuera hijo de la luz,
concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios
y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Invocaciones a la Santísima Trinidad

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

Honor y gloria al único Dios.

Bendigamos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
alabémoslo y exaltémoslo por los siglos.

Te invocamos, te alabamos, te adoramos, oh bienaventurada Trinidad.
Esperanza nuestra, salvación nuestra, honor nuestro, oh bienaventurada Trinidad.
Líbrame, sálvame, vivifícame, oh bienaventurada Trinidad.

Santo, Santo, Santo, Señor Dios omnipotente
el que es, el que era y el que vendrá.

A ti la honra y el imperio, oh bienaventurada Trinidad.
A ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh bienaventurada Trinidad.
Santo Dios, Santo y fuerte, Santo e inmortal, ten compasión de mí.

Invocaciones a nuestro Señor Jesucristo

a.
Jesús, Hijo del Dios vivo,                                           ten misericordia de mí.
Jesús, imagen del Padre,                                           ten misericordia de mí.
Jesús, Sabiduría eterna,                                             ten misericordia de mí.
Jesús, esplendor de la luz eterna,                          ten misericordia de mí.
Jesús, Palabra de Vida,                                                               ten misericordia de mí.
Jesús, Hijo de la Virgen María,                                                ten misericordia de mí.
Jesús, Dios y hombre,                                                  ten misericordia de mí.
Jesús, Sumo Sacerdote,                                              ten misericordia de mí.
Jesús, heraldo del Reino de Dios,                          ten misericordia de mí.
Jesús, camino, verdad y vida,                                   ten misericordia de mí.
Jesús, pan de Vida,                                                       ten misericordia de mí.
Jesús, Vida verdadera,                                                                ten misericordia de mí.
Jesús, hermano de los pobres,                                                ten misericordia de mí.
Jesús, amigo de los pecadores,                               ten misericordia de mí.
Jesús, médico del alma y del cuerpo,                   ten misericordia de mí.
Jesús, salvación de los oprimidos,                         ten misericordia de mí.
Jesús, consuelo de los abandonados,                   ten misericordia de mí.
Tú, que viniste a este mundo,                                 ten misericordia de mí.
Tú, que libraste a los oprimidos por el Diablo,                 ten misericordia de mí.
Tú, que pendiste de la Cruz,                                     ten misericordia de mí.
Tú, que aceptaste la muerte por nosotros,        ten misericordia de mí.
Tú, que yaciste en el sepulcro,                                                ten misericordia de mí.
Tú, que descendiste a los infiernos,                     ten misericordia de mí.
Tú, que resucitaste de entre los muertos,          ten misericordia de mí.
Tú, que ascendiste a los cielos,                               ten misericordia de mí.
Tú, que enviaste el Espíritu Santo a los Apóstoles,        ten misericordia de mí.
Tú, que estás sentado a la derecha del Padre,                 ten misericordia de mí.
Tú, que has de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, ten misericordia de mí.

b.
Por tu encarnación,                                       líbrame, Señor.
Por tu nacimiento,                                        líbrame, Señor.
Por tu bautismo y tu santo ayuno,          líbrame, Señor.
Por tu Cruz y tu Pasión,                               líbrame, Señor.
Por tu muerte y resurrección,                  líbrame, Señor.
Por tu admirable ascensión,                     líbrame, Señor.
Por la efusión del Espíritu Santo,            líbrame, Señor.
Por tu gloriosa venida,                                                líbrame, Señor.

c.
Sálvame, Cristo Salvador, por la fuerza
de tu Cruz + [El fiel puede signarse]
tú que salvaste a Pedro en el mar,
ten misericordia de mí.

Por el signo de la Cruz +
líbranos de nuestros enemigos, Dios nuestro.

Por tu Cruz + sálvanos, Cristo redentor,
que muriendo destruiste nuestra muerte
y resucitando restauraste la vida.

Honramos tu Cruz +, Señor,
recordamos tu gloriosa Pasión,
ten compasión de nosotros,
tú que padeciste por nosotros.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
que por tu santa Cruz + redimiste al mundo.

viernes, 3 de junio de 2011

Otra Iglesia es necesaria y posible

Volver a Medellín

Jon Sobrino


1. La profecía: «otra Iglesia es necesaria»

Hay muchas cosas buenas en la Iglesia de América Latina: recientes encuentros en Ecuador en recuerdo de Leonidas Proaño; en Chiapas, celebración con don Samuel Ruiz; en San Salvador en el XXX aniversario del martirio de Monseñor Romero. Y sobre todo la vida el trabajo, la entrega, el aguante, la esperanza y la fe de innumerables personas y comunidades.

Pero es también inocultable el deterioro en la Iglesia y su declinar comparándola con Medellín. Para que otra Iglesia sea posible, antes es necesaria la conversión, buscar fuentes de aguas vivas y, cuando las ha habido, volver a ellas. Entre nosotros, volver a Medellín. Allí y entonces tuvo lugar una irrupción de los pobres y de Dios en ellos. Eso dio a luz a una nueva Iglesia, comunidades, obispos y sacerdotes, vida religiosa, seminarios, movimientos de laicos y laicas, teología, pastoral, liturgia y sobre todo mártires que recordaban a Jesús. Nunca había ocurrido cosa igual.

Medellín no ha desaparecido del todo, pero en su conjunto, sobre todo en su dimensión institucional y jerárquica, la Iglesia se ha ido distanciando de él, cuando no le ha dado la espalda, con notables excepciones. Más bien han proliferado movimientos espiritualistas e integristas, mundanos y ajenos al Jesús del evangelio.

Por sus exigencias no es fácil mantener vivo a «Medellín», como no lo es mantener vivo el evangelio. Pero además, en su contra ha habido campañas, duras y duraderas, por parte de los poderosos del mundo, y a veces de la Iglesia institucional. En los setenta se le declaró la guerra. Puebla logró mantenerlo con dignidad. En Santo Domingo el olvido se hizo inocultable. En Aparecida, se dieron pasos para la reversión. Algo se ha recuperado su aliento, no suficientemente.

La conversión a Medellín debe ser historizada, sin duda. Los pobres que irrumpen hoy no son sólo carentes, sino excluidos, indígenas y afroamericanos, cada vez más mujeres y niños. El Dios que irrumpe es el de Jesús, pero con sumo respeto a los de otras religiones. Esta historización es necesaria, pero no hace obsoleto a Medellín: en el pobre y en el crucificado, y junto a ellos, está Dios. Como en Isaías y Amós los oprimidos están en el centro, unifican todos sus oráculos. Medellín no suprimió nada, pero, como Jesús, puso a todo en su verdadero lugar.

La exigencia de volver a Medellín, puede parecer desatino. Dados los cambios históricos, ningún mimetismo es posible, y además no es deseable, pues acaba con la esperanza siempre nueva. Pero hay que recordar tres cosas. 1. Salvadas las distancias también sería desatino intentar volver a la pascua de Jesús, sobre todo volver al crucificado -lo que ocurre con mucha dificultad, no por ser pasado, sino por ser cruz-.
 2. Al soñar un futuro mejor, los profetas se remitían al origen, no por ocurrir en el pasado, sino por ser principio que principió realidades salvíficas. Hablaban así de un nuevo éxodo, recordando la realidad y las exigencias que acompañaron al antiguo. 3. Nunca como en Medellín -y Monseñor Romero- la Iglesia ha superado con mayor eficacia las tentaciones que la amenazan desde el principio: el docetismo, es decir, la irrealidad en su estar en el mundo; y el gnosticismo, es decir, la irrealidad en ofrecer salvación, tentación que Marcos vio con toda claridad desde el principio y por eso presentó a un Jesús inmanipulablemente real. Ni siquiera en el concilio la Iglesia fue tan real como en «Medellín». Y no hay que olvidar lo que dice Comblin: «otro Medellín puede ocurrir».

2. La utopía: «otra Iglesia es posible»

También hay esperanza, pero no de cualquier Iglesia otra.. Mencionamos algunas dimensiones de esa Iglesia, por la que hay que trabajar, insistiendo, dialécticamente, sólo en algunos puntos que implican conversión y utopía.

a) Una Iglesia de pobres sufrientes. Es el principio. fundacional. Una Iglesia latinoamericana, inserta, de mestizos, indígenas y afroamericanos, junto con europeos. Iglesia local con su propia cultura, abierta a otras, más a las de África y Asia. Evangelizadora, movida por el Espíritu a anunciar a los pobres la buena noticia, y -sin ignorar el espíritu del año de gracia- a amenazar con malas noticias a los poderosos y opresores, de modo que Lc 6, 20-26 impida volatilizar a Mt 5, 3-11, y sean los pobres con espíritu. Evangelizadora en pobreza, sin poder y despojada de la arrogancia ante otras iglesias y religiones. Que religiosos y religiosas tomen en serio la pobreza que prometieron, y que su jerarquía se pregunte, como lo hizo en Medellín, si vive o no en pobreza. Una Iglesia respetuosa y amiga de la razón y de la libertad de los pobres, sin infantilizarlos para que una fe adulta no ponga en peligro su introyectada sumisión a la autoridad eclesiástica. Y sobre todo, una Iglesia que entre en el mundo de los pobres, se conmueva con sus sufrimientos, los haga suyos, los considere como algo último, toque lo último histórico y sea así teologal.

b) Una Iglesia del pueblo. «Difícil hablar de Monseñor Romero sin hablar del pueblo», decía Ellacuría. Que la Iglesia sea ella misma pueblo, no institución. Cercana a todos, pero más a grupos populares. Que considere a los pobres gestores de su destino, conscientes, organizados y activos para luchar por la verdad y la justicia, también junto con universidades, ojalá con seminarios. Iglesia profeta, con la ayuda de la doctrina social, pero teniendo antes la vista en el sufrimiento de los oprimidos. Iglesia que unifica a Dios y al pueblo, como Monseñor Romero en su última homilía en catedral: «En nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos: les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión».

c) Una Iglesia de mujeres. Dejar y fomentar que hablen, aunque duela lo que dicen, precisamente porque es verdad. Sin las mujeres se hunde la Iglesia -y muchas veces el país entero-. Ofrecen una entrega, finura y sencillez de las que hay déficit en la institución. No irrespetarlas con exégesis simplistas para seguir como estamos, y para hacer monopolio de varones el poder sagrado que otorga el ministerio.

d) Una Iglesia de «buenos pastores» -problema inocultable- con nuevas actitudes que configuren a la jerarquía: fraternidad, libertad y gozo en contra de sometimiento, imposición y miedo a Roma; el sabor del «pacto de las catacumbas»; ir de la mano de los pobres, no de los potentados. Y la colegialidad primera, la de la amistad entre ellos, como en Ríobamba en 1976, y en la calle Washington, Puebla, en 1979. Con el agradecimiento a sus hermanos, «padres de la Iglesia latinoamericana», cuatro de ellos mártires: Angelelli, Ponce de León, Romero, Ramos -don Hélder y Casaldáliga, se salvaron por error de los asesinos-. Y con el agradecimiento a Pablo VI en Mosquera y Medellín.

e) Una Iglesia de Jesús, el de Nazaret, que no quede diluido en medio de devociones de todo tipo. Que siga vivo el Jesús que irrumpió con los pobres y con su Dios, que tanto gozo causó a los pobres y tanto miedo a sus opresores. Y que no ocurra lo que dijo el gran inquisidor: «Vete y no vuelvas más». A ese Jesús hay que seguir. Es camino al Cristo y la salvaguarda de que Cristo no acabe siendo otro símbolo de poder.

f) Una Iglesia de Dios, el de estas citas. Guamán Poma: «Dios, del más chiquito guarda memoria». Puebla: por ser pobres «Dios los defiende y los ama». Monseñor Romero: «Quién me diera, hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez». Casaldáliga: «Todo es relativo menos Dios y el hambre».

g) Una Iglesia de mártires, de misericordia consecuente con los pobres. Es lo que más ha caracterizado a la Iglesia de Medellín. Con ello se cierra el círculo que comenzó con el sufrimiento de los pobres: una inmensa nube de testigos, obispos, sacerdotes, religiosas, innumerables laicos y laicas, cristianos y cristianas admirables. El martirio es el «mayor amor» y no se puede ir más allá, pero se puede precisar. En América Latina, no han dado la vida por cualquier amor sino por defender a víctimas, mayorías pobres, inocentes, indefensas. Esa Iglesia ha sido martirial por ser, como Jesús, misericordiosa hasta el final. Los mártires son los consecuentemente misericordiosos, los padres y madres de la Iglesia latinoamericana. Hacen que el deterioro no sea mayor, y de ellos y ellas sigue viviendo lo mejor de nuestra Iglesia. Cambian los tiempos, pero sigue siendo necesario el temple martirial: la decisión a arriesgar y a no rehuir conflictos por defender a millones de víctimas.

Dios sabe en qué medida «otra Iglesia es posible», pero Ellacuría sí tuvo esperanza hasta el final en una civilización de la pobreza y en una Iglesia de los pobres. Y en Dios. «Hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente, aunque siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador».

Jon Sobrino
San Salvador, El Salvador