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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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viernes, 3 de junio de 2011

Otra Iglesia es necesaria y posible

Volver a Medellín

Jon Sobrino


1. La profecía: «otra Iglesia es necesaria»

Hay muchas cosas buenas en la Iglesia de América Latina: recientes encuentros en Ecuador en recuerdo de Leonidas Proaño; en Chiapas, celebración con don Samuel Ruiz; en San Salvador en el XXX aniversario del martirio de Monseñor Romero. Y sobre todo la vida el trabajo, la entrega, el aguante, la esperanza y la fe de innumerables personas y comunidades.

Pero es también inocultable el deterioro en la Iglesia y su declinar comparándola con Medellín. Para que otra Iglesia sea posible, antes es necesaria la conversión, buscar fuentes de aguas vivas y, cuando las ha habido, volver a ellas. Entre nosotros, volver a Medellín. Allí y entonces tuvo lugar una irrupción de los pobres y de Dios en ellos. Eso dio a luz a una nueva Iglesia, comunidades, obispos y sacerdotes, vida religiosa, seminarios, movimientos de laicos y laicas, teología, pastoral, liturgia y sobre todo mártires que recordaban a Jesús. Nunca había ocurrido cosa igual.

Medellín no ha desaparecido del todo, pero en su conjunto, sobre todo en su dimensión institucional y jerárquica, la Iglesia se ha ido distanciando de él, cuando no le ha dado la espalda, con notables excepciones. Más bien han proliferado movimientos espiritualistas e integristas, mundanos y ajenos al Jesús del evangelio.

Por sus exigencias no es fácil mantener vivo a «Medellín», como no lo es mantener vivo el evangelio. Pero además, en su contra ha habido campañas, duras y duraderas, por parte de los poderosos del mundo, y a veces de la Iglesia institucional. En los setenta se le declaró la guerra. Puebla logró mantenerlo con dignidad. En Santo Domingo el olvido se hizo inocultable. En Aparecida, se dieron pasos para la reversión. Algo se ha recuperado su aliento, no suficientemente.

La conversión a Medellín debe ser historizada, sin duda. Los pobres que irrumpen hoy no son sólo carentes, sino excluidos, indígenas y afroamericanos, cada vez más mujeres y niños. El Dios que irrumpe es el de Jesús, pero con sumo respeto a los de otras religiones. Esta historización es necesaria, pero no hace obsoleto a Medellín: en el pobre y en el crucificado, y junto a ellos, está Dios. Como en Isaías y Amós los oprimidos están en el centro, unifican todos sus oráculos. Medellín no suprimió nada, pero, como Jesús, puso a todo en su verdadero lugar.

La exigencia de volver a Medellín, puede parecer desatino. Dados los cambios históricos, ningún mimetismo es posible, y además no es deseable, pues acaba con la esperanza siempre nueva. Pero hay que recordar tres cosas. 1. Salvadas las distancias también sería desatino intentar volver a la pascua de Jesús, sobre todo volver al crucificado -lo que ocurre con mucha dificultad, no por ser pasado, sino por ser cruz-.
 2. Al soñar un futuro mejor, los profetas se remitían al origen, no por ocurrir en el pasado, sino por ser principio que principió realidades salvíficas. Hablaban así de un nuevo éxodo, recordando la realidad y las exigencias que acompañaron al antiguo. 3. Nunca como en Medellín -y Monseñor Romero- la Iglesia ha superado con mayor eficacia las tentaciones que la amenazan desde el principio: el docetismo, es decir, la irrealidad en su estar en el mundo; y el gnosticismo, es decir, la irrealidad en ofrecer salvación, tentación que Marcos vio con toda claridad desde el principio y por eso presentó a un Jesús inmanipulablemente real. Ni siquiera en el concilio la Iglesia fue tan real como en «Medellín». Y no hay que olvidar lo que dice Comblin: «otro Medellín puede ocurrir».

2. La utopía: «otra Iglesia es posible»

También hay esperanza, pero no de cualquier Iglesia otra.. Mencionamos algunas dimensiones de esa Iglesia, por la que hay que trabajar, insistiendo, dialécticamente, sólo en algunos puntos que implican conversión y utopía.

a) Una Iglesia de pobres sufrientes. Es el principio. fundacional. Una Iglesia latinoamericana, inserta, de mestizos, indígenas y afroamericanos, junto con europeos. Iglesia local con su propia cultura, abierta a otras, más a las de África y Asia. Evangelizadora, movida por el Espíritu a anunciar a los pobres la buena noticia, y -sin ignorar el espíritu del año de gracia- a amenazar con malas noticias a los poderosos y opresores, de modo que Lc 6, 20-26 impida volatilizar a Mt 5, 3-11, y sean los pobres con espíritu. Evangelizadora en pobreza, sin poder y despojada de la arrogancia ante otras iglesias y religiones. Que religiosos y religiosas tomen en serio la pobreza que prometieron, y que su jerarquía se pregunte, como lo hizo en Medellín, si vive o no en pobreza. Una Iglesia respetuosa y amiga de la razón y de la libertad de los pobres, sin infantilizarlos para que una fe adulta no ponga en peligro su introyectada sumisión a la autoridad eclesiástica. Y sobre todo, una Iglesia que entre en el mundo de los pobres, se conmueva con sus sufrimientos, los haga suyos, los considere como algo último, toque lo último histórico y sea así teologal.

b) Una Iglesia del pueblo. «Difícil hablar de Monseñor Romero sin hablar del pueblo», decía Ellacuría. Que la Iglesia sea ella misma pueblo, no institución. Cercana a todos, pero más a grupos populares. Que considere a los pobres gestores de su destino, conscientes, organizados y activos para luchar por la verdad y la justicia, también junto con universidades, ojalá con seminarios. Iglesia profeta, con la ayuda de la doctrina social, pero teniendo antes la vista en el sufrimiento de los oprimidos. Iglesia que unifica a Dios y al pueblo, como Monseñor Romero en su última homilía en catedral: «En nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos: les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión».

c) Una Iglesia de mujeres. Dejar y fomentar que hablen, aunque duela lo que dicen, precisamente porque es verdad. Sin las mujeres se hunde la Iglesia -y muchas veces el país entero-. Ofrecen una entrega, finura y sencillez de las que hay déficit en la institución. No irrespetarlas con exégesis simplistas para seguir como estamos, y para hacer monopolio de varones el poder sagrado que otorga el ministerio.

d) Una Iglesia de «buenos pastores» -problema inocultable- con nuevas actitudes que configuren a la jerarquía: fraternidad, libertad y gozo en contra de sometimiento, imposición y miedo a Roma; el sabor del «pacto de las catacumbas»; ir de la mano de los pobres, no de los potentados. Y la colegialidad primera, la de la amistad entre ellos, como en Ríobamba en 1976, y en la calle Washington, Puebla, en 1979. Con el agradecimiento a sus hermanos, «padres de la Iglesia latinoamericana», cuatro de ellos mártires: Angelelli, Ponce de León, Romero, Ramos -don Hélder y Casaldáliga, se salvaron por error de los asesinos-. Y con el agradecimiento a Pablo VI en Mosquera y Medellín.

e) Una Iglesia de Jesús, el de Nazaret, que no quede diluido en medio de devociones de todo tipo. Que siga vivo el Jesús que irrumpió con los pobres y con su Dios, que tanto gozo causó a los pobres y tanto miedo a sus opresores. Y que no ocurra lo que dijo el gran inquisidor: «Vete y no vuelvas más». A ese Jesús hay que seguir. Es camino al Cristo y la salvaguarda de que Cristo no acabe siendo otro símbolo de poder.

f) Una Iglesia de Dios, el de estas citas. Guamán Poma: «Dios, del más chiquito guarda memoria». Puebla: por ser pobres «Dios los defiende y los ama». Monseñor Romero: «Quién me diera, hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez». Casaldáliga: «Todo es relativo menos Dios y el hambre».

g) Una Iglesia de mártires, de misericordia consecuente con los pobres. Es lo que más ha caracterizado a la Iglesia de Medellín. Con ello se cierra el círculo que comenzó con el sufrimiento de los pobres: una inmensa nube de testigos, obispos, sacerdotes, religiosas, innumerables laicos y laicas, cristianos y cristianas admirables. El martirio es el «mayor amor» y no se puede ir más allá, pero se puede precisar. En América Latina, no han dado la vida por cualquier amor sino por defender a víctimas, mayorías pobres, inocentes, indefensas. Esa Iglesia ha sido martirial por ser, como Jesús, misericordiosa hasta el final. Los mártires son los consecuentemente misericordiosos, los padres y madres de la Iglesia latinoamericana. Hacen que el deterioro no sea mayor, y de ellos y ellas sigue viviendo lo mejor de nuestra Iglesia. Cambian los tiempos, pero sigue siendo necesario el temple martirial: la decisión a arriesgar y a no rehuir conflictos por defender a millones de víctimas.

Dios sabe en qué medida «otra Iglesia es posible», pero Ellacuría sí tuvo esperanza hasta el final en una civilización de la pobreza y en una Iglesia de los pobres. Y en Dios. «Hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente, aunque siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador».

Jon Sobrino
San Salvador, El Salvador

viernes, 27 de mayo de 2011

LA NECESIDAD DE VOLVER A LA IGLESIA DE LOS POBRES, "EL PACTO DE LAS CATACUMBAS"

LA NECESIDAD DE VOLVER A LA IGLESIA DE LOS POBRES

JON SOBRINO


Ver a la Iglesia "en pobreza y sin poder" nunca ha tenido mucho éxito, y si se hace de ello algo central ni siquiera en el Vaticano II, tan importante y decisivo en muchas otras cosas. Sí lo tuvo en Medellín, y en Puebla todavía pudo salir con bien ante graves maniobras en su contra.


Pero desde hace tres décadas el deterioro es inocultable. Dice Comblin: "Después de Puebla comenzó la Iglesia del silencio. La Iglesia empezó a no tener nada que decir". Y aunque Aparecida ha supuesto un pequeño freno, en la Iglesia no ha ocurrido todavía aquel "revertir la historia" que exigía Ellacuría para sanar una sociedad gravemente enferma. La conclusión es que hay que volver a una Iglesia de los pobres, y trabajar por ello. En El Salvador, después de Monseñor Romero, el deterioro es claro, y de ahí la necesidad de recomposición eclesial`.

El Vaticano II. Juan XXIII deseaba que el Concilio reconociese que la Iglesia es "una Iglesia de los pobres". El cardenal Lercaro tuvo un emotivo y lúcido discurso sobre ello al final de la primera sesión en 1962, y Monseñor Himmer pidió con toda claridad: "hay que reservar a los pobres el primer puesto en la Iglesia". Pero ya en octubre de 1963 el obispo Gerlier se quejaba de la poca importancia que se estaba dando a los pobres en el esquema sobre la Iglesia. También los obispos latinoamericanos más lúcidos captaron pronto que a la inmensa mayoría del Concilio el tema les era muy lejano, aunque siempre se mantuvo un grupo que querían seguir la inspiración de Juan XXIII, entre ellos un buen número de latinoamericanos. Se reunieron confidencialmente y con regularidad en Domus Mariae, para tratar el tema "la pobreza de la Iglesia".

El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron "ser fieles al espíritu de Jesús", y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron "el pacto de las catacumbas".

El "pacto" es un desafío a los "hermanos en el episcopado" a llevar una "vida de pobreza" y a ser una Iglesia "servidora y pobre" como lo quería Juan XXIII. Los signatarios -entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros- se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral. El texto tendría un fuerte influjo en la teología de la liberación que despuntaría pocos años después.

Uno de los propulsores del pacto fue Dom Helder Camara. Este año celebramos el centenario de su nacimiento, el 7 de febrero de 1909 en Fortaleza, Ceará, en el Nordeste de Brasil. Como homenaje a su persona y exigencia a nosotros, publicamos a continuación el texto.

"El pacto de las catacumbas: una Iglesia servidora y pobre"

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Cfr. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Cfr. Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Cfr. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Cfr. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Cfr. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Cfr. Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Cfr. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.
Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Cfr. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Cfr. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:
* a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
* a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.


12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,
* nos esforzaremos para "revisar nuestra vida" con ellos;
* buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
* nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Cfr. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.


13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles

La Iglesia de Monseñor Romero

Leído hoy el pacto, llama la atención que, en lo fundamental, trata un solo tema: la pobreza. Pero por ser ése el quicio alrededor del cual giraba todo -no, por ejemplo, la administración de los sacramentos-, el pacto de las catacumbas produjo frutos importantes en Medellín y, poco a poco, en otras Iglesias. Históricamente, llevó a la lucha por la justicia y la liberación. Eclesialmente, a la opción por los pobres. Teologalmente, al Dios de los pobres. Todo eso llegó a El Salvador, y Monseñor Romero lo puso a producir y lo bendijo, junto a la novedad salvadoreña de los mártires.

Monseñor conoció en Puebla a aquellos obispos del pacto y de Medellín y regresó muy contento. "Me acuerdo de una de las primeras noches de la reunión de Puebla, cuando conocí a Monseñor Helder Cámara y a Monseñor Proaño y al Cardenal Arns del Brasil. Cuando supieron que yo era el arzobispo de San Salvador me decían: ‘Usted tiene mucho que contarnos. Sepa que lo sabemos y que ese pueblo es admirable, y que sigan siendo fieles al Evangelio como han sido hasta ahora’". Es evidente la admiración que sentían por Monseñor, y la que Monseñor sentía por ellos.

En la actualidad también hay "pactos". Pedro Casaldáliga en es su portavoz más elocuente. En su circular del 2009 escribe: "pacto".

Dom Hélder Câmara era uno de los principales animadores del grupo profético. Hoy, nosotros, en la convulsa coyuntura actual, profesamos la vigencia de muchos sueños, sociales, políticos, eclesiales, a los que de ningún modo podemos renunciar. Seguimos rechazando el capitalismo neoliberal, el neoimperialismo del dinero y de las armas, una economía de mercado y de consumismo que sepulta en la pobreza y en el hambre a una gran mayoría de la Humanidad. Y seguiremos rechazando toda discriminación por motivos de género, de cultura, de raza. Exigimos la transformación sustancial de los organismos mundiales (ONU, FMI, Banco Mundial, OMC…). Nos comprometemos a vivir una "ecológica profunda e integral", propiciando una política agraria-agrícola alternativa a la política depredadora del latifundio, del monocultivo, del agrotóxico. Participaremos en las transformaciones sociales, políticas y económicas, para una democracia de "alta intensidad".

Como Iglesia queremos vivir, a la luz del Evangelio, la pasión obsesiva de Jesús, el Reino. Queremos ser Iglesia de la opción por los pobres, comunidad ecuménica y macroecuménica también. El Dios en quien creemos, el Abbá de Jesús, no puede ser de ningún modo causa de fundamentalismos, de exclusiones, de inclusiones absorbentes, de orgullo proselitista. Ya basta con hacer de nuestro Dios el único Dios verdadero. "Mi Dios, ¿me deja ver a Dios?". Con todo respeto por la opinión del Papa Benedicto XVI, el diálogo interreligioso no sólo es posible, es necesario. Haremos de la corresponsabilidad eclesial la expresión legítima de una fe adulta.

Exigiremos, corrigiendo siglos de discriminación, la plena igualdad de la mujer en la vida y en los ministerios de la Iglesia. Estimularemos la libertad y el servicio reconocido de nuestros teólogos y teólogas. La Iglesia será una red de comunidades orantes, servidoras, proféticas, testigos de la Buena Nueva: una Buena Nueva de vida, de libertad, de comunión feliz. Una Buena Nueva de misericordia, de acogida, de perdón, de ternura, samaritana a la vera de todos los caminos de la Humanidad.

Seguiremos haciendo que se viva en la práctica eclesial la advertencia de Jesús: "No será así entre vosotros" (Mt 21, 26). Sea la autoridad servicio. El Vaticano dejará de ser Estado y el Papa no será más Jefe de Estado. La Curia habrá de ser profundamente reformada y las Iglesias locales cultivarán la inculturación del Evangelio y la ministerialidad compartida. La Iglesia se comprometerá, sin miedo, sin evasiones, en las grandes causas de la justicia y de la paz, de los derechos humanos y de la igualdad reconocida de todos los pueblos. Será profecía de anuncio, de denuncia, de consolación.

Jon Sobrino
UCA de San Salvador