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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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domingo, 26 de febrero de 2012

CON MEDELLÍN DIOS PASÓ POR AMÉRICA LATINA. ¿CON QUIÉN PASA AHORA?

Reflexión para la Cuaresma 2012JON SOBRINO, jsobrino@cmr.uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 23/02/12.- Los diez años de Medellín (1968) a Puebla (1979) fueron únicos en la época moderna dela Iglesia católica en América Latina. Después comenzó un declive al que Aparecida (2007) quiso poner freno, aunque hasta ahora queda mucho por hacer.

Al hacer este juicio, no nos fijarnos en la iglesia tal como la analizan los sociólogos, sino que nos fijamos en “el paso de Dios”. Sin duda es más difícil de calibrar, pero toca la dimensión más honda dela Iglesia, y al servicio de qué debe estar. En definitiva qué aporta a los seres humanos y al mundo como un todo. Y obviamente hay que preguntarse “qué Dios” es el que pasa por la historia en un momento dado.

Medellín

Fue un salto cualitativo. Irrumpieron los pobres, y en ellos irrumpió Dios. Fue un hecho fundante que penetró en la fe de muchos y configuró ala Iglesia.

Sorprendentemente, para la asamblea de obispos la prioridad no la tuvo la Iglesiaen sí misma, sino el mundo de pobres y víctimas, es decir la creación de Dios. Sus primeras palabras proclaman la realidad del continente: “una pobreza masiva producto de la injusticia”. Los obispos actuaron, ante todo, como seres humanos, y dejaron hablar a la realidad que clamaba al cielo. Son los clamores que Dios escuchó en el éxodo, le hicieron salir de sí mismo y entró decididamente en la historia. De igual modo, con Medellín Dios entró en la historia latinoamericana.

Desde esa irrupción de los pobres, y de Dios en ellos, Medellín pensó qué es ser Iglesia, cuál es su identidad y misión fundamental, y cuál debe ser su modo de estar en un mundo de pobres. La respuesta fue “una iglesia de los pobres”, semejante a la ilusión que tuvo Juan XXIII y el cardenal Lercaro. En el concilio no prosperó, en Medellín sí.La Iglesiasintió compasión por los oprimidos y decidió trabajar por su liberación. Por muchos, con mayor o menor conciencia explícita, fue acogida como bendición. Por otros, fue percibida, con razón, como grave peligro.

Muy pronto reaccionó el poder. En 1968 Nelson Rockefeller escribió un informe sobre lo que estaba ocurriendo, y esa Iglesia, nueva y peligrosa, tenía que ser debilitada y frenada, y lo mismo ocurrió al comienzo de la administración Reagan. Oligarquías con el capital, ejércitos, escuadrones de la muerte, desencadenaron una persecución contrala Iglesia, desconocida en la historia de América Latina. La persecución, y el mantenerse firme en ella, dejó en claro lo novedoso y evangélico que estaba ocurriendo:la Iglesiade Medellín estaba con el pueblo pobre y perseguido, y corrió su misma suerte. Miles fueron asesinados, entre ellos media docena de obispos, decenas de sacerotes, religiosos y religiosas, y multitud de laicos, mujeres y varones. Con limitaciones, errores y pecados, era una Iglesia mucho más casta que meretriz, mucho más evangélica que mundana.

Al interior dela Iglesiacatólica, Pablo VI propició y animó esta nueva Iglesia, pero altos personeros de la curia romana, y de otras curias locales, la descualificaron, trataron mal e injustamente a sus representantes señeros, también a obispos, y diseñaron una iglesia alternativa, diferente y aun contraria, más devocional, intimista, de movimientos, sumisos a y defensores de la jerarquía. Y lo que había que evitar era quela Iglesiavolviese a entrar en conflicto con los poderosos. La iglesia popular, nacida alrededor de Medellín, creyente y lúcida, de comunidades de base, que vivía la pobreza del continente, sufrió la doble persecución del mundo opresor, y, con alguna frecuencia, de la propia iglesia.

Una Iglesia así fue testigo y seguidora de Jesús de Nazaret. Encarnada, defensora y compañera de los pobres, cargaba con la cruz y con frecuencia moría en ella. Anunció una Buena Noticia como Jesús en la sinagoga de Nazaret. Tuvo sus “doce apóstoles”, los Padres de la iglesia latinoamericana con don Hélder Camara uno de los pioneros, con Enrique Angelelli, don Sergio Mendez Arceo, Leonidas Proaño, con monseñor Romero, pastor y mártir del continente, y otros. Llegó a ser ekklesia, en la que mujeres y varones, religiosas y laicos, latinoamericanos y venidos de fuera, llegaron a formar cuerpo eclesial, una gran comunidad de vida y misión. Entre los de casa y los de lejos se generó una solidaridad nunca vista: se llevaban mutuamente. Creció la esperanza y el gozo. Y del amor de los mártires nació una brisa de resurrección, ajena a toda alienación, que volvía a remitir a la historia para vivir en ella como resucitados.
En esa Iglesia soplaba el Espíritu, el espíritu de Jesús y el espíritu de los pobres. Ese espíritu inspiraba oración, liturgia, música, arte. Y también inspiraba homilías proféticas, cartas pastorales lúcidas, textos teológicos de casa, no textos simplemente importados que no habían pasado por el crisol de Medellín.

En el centro de todo estaba el evangelio de Jesús. Lucas 4, 16: “He venido a anunciar la buena noticia a los pobres, a liberar a los cautivos”. Mateo 25, 36-41: “Tuve hambre y me dieron de comer”. Juan 15, 13: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por los hermanos”. Y Jesús de Nazaret, el crucificado resucitado, Hechos 2, 23: “A quien ustedes dieron muerte Dios le devolvió a la vida”.

¿Y ahora?

Encuestas, estudios sociológicos y antropológicos, económicos y políticos, ofrecen datos y suministran explicaciones sobrela Iglesiacatólica y otras iglesias cristianas. Nos dicen si subimos o bajamos en número y en influjo en la sociedad. Desde esa perspectiva nada tengo que añadir. Y estrictamente hablando, tampoco es mi mayor preocupación cuál será el futuro de lo que llamamos “Iglesia”, aunque en ella he vivido y vivo, y me he acostumbrado a pertenecer a la familia.

Lo que me interesa, y me alegra, es que “Dios pase por este mundo”. Y la razón es sencilla. El mundo está “gravemente enfermo”, decía Ellacuría, “enfermo de muerte”, dice Jean Ziegler. Es decir, necesita salvación y sanación. Por ello, como creyente y como ser humano, deseo que “Dios pase por este mundo”, pues ese paso siempre trae salvación a las personas y al mundo en su conjunto. Tuvimos la dicha de sentir ese paso de Dios con Medellín, con Monseñor Romero, con muchas comunidades populares. Con muchas personas buenas, sencillas en su mayoría. Con una pléyade de mártires. Y también, aunque eso solo se puede sentir “en un difícil acto de fe”, como decía Ellacuría al explicar la salvación que trae el siervo sufriente de Isaías, con el pueblo crucificado.

¿Cómo estamos hoy? Sería cometer un grave error caer en simplismos en cosas tan serias. Sería injusto no ver lo bueno que, de muchas formas, existe en las iglesias. Y sería arrogante no intentar descubrirlo, aunque a veces se esconda tras una corteza que no remite con claridad a Jesús de Nazaret. En cualquier caso, el paso de “Dios” siempre será misterio inescrutable, y sólo de puntillas y con máximo respeto a todos los seres humanos podemos hablar sobre ello. Pero con todas estas cautelas algo se puede decir.

Mencionaremos las realidades de los fieles y sus comunidades, pero tenemos en mente sobre todo a las instancias, altas en jerarquía, históricamente muy responsables de lo que ocurre, y a las que no se puede pedir cuenta con eficacia. Con sencillez doy mi visión personal.

De diversas formas abunda el pentecostalismo, como forma de iglesia distante de los problemas reales de vida y muerte de las mayorías, aunque trae ánimo y consuelo a los pobres, lo que no es desdeñar cuando no tienen dónde agarrarse para que su vida tenga sentido -distinta es la situación en clases más acomodadas. Prolifera un gran número de movimientos, docenas de ellos, proliferan los medios de comunicación de las iglesias, emisoras de radio y televisión, sumisos en exceso a ideales y normas que provienen de curias, sin dar sensación de libertad para tomar ellos mismos en sus manos un evangelio que anuncia la buena nueva para los pobres, en forma de justicia, y sin sospechar la necesidad de un estudio, reflexivo, mínimamente científico, dela Palabrade Dios, y en general de la teología que propició el Vaticano II y Medellín. Proliferan devociones de todo tipo, las de antes y las de ahora. Jesús de Nazaret, el que pasó haciendo el bien y murió crucificado, es dejado de lado con facilidad en favor del niño Jesús, sea de Atocha, de Praga, el Dios niño, dicho con gran respeto. Con facilidad se diluye el Jesús recio de Galilea, del Jordán, el profeta de denuncias alrededor del templo de Jerusalén, en favor de devociones, basadas en apariciones con un trasfondo sentimental y melifluo en exceso. Por decirlo con sencillez, la divina providencia puede atraer más que el Padre de Jesús, el Hijo que es Jesús de Nazaret, el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida, y Padre de los pobres como se canta en el himno de Pentecostés.

En su conjunto cuesta hoy encontrar enla Iglesiala libertad de los hijos e hijas de Dios, la libertad ante el poder, que no por ser sagrado deja de ser poder. Se nota excesiva obsecuencia y sumisión hacia todo lo que sea jerarquía, lo que llega a convertirse en miedo paralizante. Desde las instancias de poder eclesial apunta el triunfalismo, y lo que he llamado la pastoral de la apoteosis, multitudinaria, mediática. En muchos seminarios el discurrir y pensar es sustituido por el memorizar. En las reuniones del clero, por lo que sabemos, las preguntas, la discusión y el debate son sustituidas por el silencio. Las cartas pastorales de los años setenta y ochenta -verdadero orgullo de las iglesias, que reverdecen en ocasiones, en Guatemala por ejemplo- son sustituidas por breves mensajes, modosos y comedidos, con argumentos tomados de las últimas encíclicas del papa. El centro institucional no parece estar ya en América Latina, sino en la distante Roma. Todo esto está dicho con respeto.

Cómo será el paso de Dios por América Latina y con quién pasará está por ver, y en definitiva es cosa de Dios. Pero es cosa nuestra anhelarlo, trabajar por ello, y aprender de cómo ocurrió en el pasado alrededor de Medellín.

Bueno es saber y analizar los vaivenes de la membresía y el influjo de las Iglesias en la sociedad. Por lo que dicen los datos, en ambas cosasla Iglesiacatólica va a menos. Pero más presentes hay que tener las raíces de cuya savia ha vivido el paso de Dios. Y regarla humildemente, con aguas vivas.

Qué le ocurrirá a nuestra iglesia, y a todas las iglesias, está por ver. Mi deseo es que, ocurra lo que ocurra en lo exterior, sea por ponerse al servicio del paso de Dios por este mundo, el Dios de Jesús, compasivo, profeta y crucificado. Y el Dios dador de esperanza.

Estas son preguntas que podemos hacerlas siempre. Pero quizás es bueno hacerlas al comienzo de cuaresma. Este tiempo nos exige reciedumbre para caminar a Jerusalén. Y nos ofrece esperanza de encontrarnos allí con Jesús crucificado y resucitado. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

http://eclesalia.wordpress.com/2012/02/23/con-medellin-dios-paso-por-america-latina-con-quien-pasa-ahora/

viernes, 3 de junio de 2011

Otra Iglesia es necesaria y posible

Volver a Medellín

Jon Sobrino


1. La profecía: «otra Iglesia es necesaria»

Hay muchas cosas buenas en la Iglesia de América Latina: recientes encuentros en Ecuador en recuerdo de Leonidas Proaño; en Chiapas, celebración con don Samuel Ruiz; en San Salvador en el XXX aniversario del martirio de Monseñor Romero. Y sobre todo la vida el trabajo, la entrega, el aguante, la esperanza y la fe de innumerables personas y comunidades.

Pero es también inocultable el deterioro en la Iglesia y su declinar comparándola con Medellín. Para que otra Iglesia sea posible, antes es necesaria la conversión, buscar fuentes de aguas vivas y, cuando las ha habido, volver a ellas. Entre nosotros, volver a Medellín. Allí y entonces tuvo lugar una irrupción de los pobres y de Dios en ellos. Eso dio a luz a una nueva Iglesia, comunidades, obispos y sacerdotes, vida religiosa, seminarios, movimientos de laicos y laicas, teología, pastoral, liturgia y sobre todo mártires que recordaban a Jesús. Nunca había ocurrido cosa igual.

Medellín no ha desaparecido del todo, pero en su conjunto, sobre todo en su dimensión institucional y jerárquica, la Iglesia se ha ido distanciando de él, cuando no le ha dado la espalda, con notables excepciones. Más bien han proliferado movimientos espiritualistas e integristas, mundanos y ajenos al Jesús del evangelio.

Por sus exigencias no es fácil mantener vivo a «Medellín», como no lo es mantener vivo el evangelio. Pero además, en su contra ha habido campañas, duras y duraderas, por parte de los poderosos del mundo, y a veces de la Iglesia institucional. En los setenta se le declaró la guerra. Puebla logró mantenerlo con dignidad. En Santo Domingo el olvido se hizo inocultable. En Aparecida, se dieron pasos para la reversión. Algo se ha recuperado su aliento, no suficientemente.

La conversión a Medellín debe ser historizada, sin duda. Los pobres que irrumpen hoy no son sólo carentes, sino excluidos, indígenas y afroamericanos, cada vez más mujeres y niños. El Dios que irrumpe es el de Jesús, pero con sumo respeto a los de otras religiones. Esta historización es necesaria, pero no hace obsoleto a Medellín: en el pobre y en el crucificado, y junto a ellos, está Dios. Como en Isaías y Amós los oprimidos están en el centro, unifican todos sus oráculos. Medellín no suprimió nada, pero, como Jesús, puso a todo en su verdadero lugar.

La exigencia de volver a Medellín, puede parecer desatino. Dados los cambios históricos, ningún mimetismo es posible, y además no es deseable, pues acaba con la esperanza siempre nueva. Pero hay que recordar tres cosas. 1. Salvadas las distancias también sería desatino intentar volver a la pascua de Jesús, sobre todo volver al crucificado -lo que ocurre con mucha dificultad, no por ser pasado, sino por ser cruz-.
 2. Al soñar un futuro mejor, los profetas se remitían al origen, no por ocurrir en el pasado, sino por ser principio que principió realidades salvíficas. Hablaban así de un nuevo éxodo, recordando la realidad y las exigencias que acompañaron al antiguo. 3. Nunca como en Medellín -y Monseñor Romero- la Iglesia ha superado con mayor eficacia las tentaciones que la amenazan desde el principio: el docetismo, es decir, la irrealidad en su estar en el mundo; y el gnosticismo, es decir, la irrealidad en ofrecer salvación, tentación que Marcos vio con toda claridad desde el principio y por eso presentó a un Jesús inmanipulablemente real. Ni siquiera en el concilio la Iglesia fue tan real como en «Medellín». Y no hay que olvidar lo que dice Comblin: «otro Medellín puede ocurrir».

2. La utopía: «otra Iglesia es posible»

También hay esperanza, pero no de cualquier Iglesia otra.. Mencionamos algunas dimensiones de esa Iglesia, por la que hay que trabajar, insistiendo, dialécticamente, sólo en algunos puntos que implican conversión y utopía.

a) Una Iglesia de pobres sufrientes. Es el principio. fundacional. Una Iglesia latinoamericana, inserta, de mestizos, indígenas y afroamericanos, junto con europeos. Iglesia local con su propia cultura, abierta a otras, más a las de África y Asia. Evangelizadora, movida por el Espíritu a anunciar a los pobres la buena noticia, y -sin ignorar el espíritu del año de gracia- a amenazar con malas noticias a los poderosos y opresores, de modo que Lc 6, 20-26 impida volatilizar a Mt 5, 3-11, y sean los pobres con espíritu. Evangelizadora en pobreza, sin poder y despojada de la arrogancia ante otras iglesias y religiones. Que religiosos y religiosas tomen en serio la pobreza que prometieron, y que su jerarquía se pregunte, como lo hizo en Medellín, si vive o no en pobreza. Una Iglesia respetuosa y amiga de la razón y de la libertad de los pobres, sin infantilizarlos para que una fe adulta no ponga en peligro su introyectada sumisión a la autoridad eclesiástica. Y sobre todo, una Iglesia que entre en el mundo de los pobres, se conmueva con sus sufrimientos, los haga suyos, los considere como algo último, toque lo último histórico y sea así teologal.

b) Una Iglesia del pueblo. «Difícil hablar de Monseñor Romero sin hablar del pueblo», decía Ellacuría. Que la Iglesia sea ella misma pueblo, no institución. Cercana a todos, pero más a grupos populares. Que considere a los pobres gestores de su destino, conscientes, organizados y activos para luchar por la verdad y la justicia, también junto con universidades, ojalá con seminarios. Iglesia profeta, con la ayuda de la doctrina social, pero teniendo antes la vista en el sufrimiento de los oprimidos. Iglesia que unifica a Dios y al pueblo, como Monseñor Romero en su última homilía en catedral: «En nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos: les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión».

c) Una Iglesia de mujeres. Dejar y fomentar que hablen, aunque duela lo que dicen, precisamente porque es verdad. Sin las mujeres se hunde la Iglesia -y muchas veces el país entero-. Ofrecen una entrega, finura y sencillez de las que hay déficit en la institución. No irrespetarlas con exégesis simplistas para seguir como estamos, y para hacer monopolio de varones el poder sagrado que otorga el ministerio.

d) Una Iglesia de «buenos pastores» -problema inocultable- con nuevas actitudes que configuren a la jerarquía: fraternidad, libertad y gozo en contra de sometimiento, imposición y miedo a Roma; el sabor del «pacto de las catacumbas»; ir de la mano de los pobres, no de los potentados. Y la colegialidad primera, la de la amistad entre ellos, como en Ríobamba en 1976, y en la calle Washington, Puebla, en 1979. Con el agradecimiento a sus hermanos, «padres de la Iglesia latinoamericana», cuatro de ellos mártires: Angelelli, Ponce de León, Romero, Ramos -don Hélder y Casaldáliga, se salvaron por error de los asesinos-. Y con el agradecimiento a Pablo VI en Mosquera y Medellín.

e) Una Iglesia de Jesús, el de Nazaret, que no quede diluido en medio de devociones de todo tipo. Que siga vivo el Jesús que irrumpió con los pobres y con su Dios, que tanto gozo causó a los pobres y tanto miedo a sus opresores. Y que no ocurra lo que dijo el gran inquisidor: «Vete y no vuelvas más». A ese Jesús hay que seguir. Es camino al Cristo y la salvaguarda de que Cristo no acabe siendo otro símbolo de poder.

f) Una Iglesia de Dios, el de estas citas. Guamán Poma: «Dios, del más chiquito guarda memoria». Puebla: por ser pobres «Dios los defiende y los ama». Monseñor Romero: «Quién me diera, hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez». Casaldáliga: «Todo es relativo menos Dios y el hambre».

g) Una Iglesia de mártires, de misericordia consecuente con los pobres. Es lo que más ha caracterizado a la Iglesia de Medellín. Con ello se cierra el círculo que comenzó con el sufrimiento de los pobres: una inmensa nube de testigos, obispos, sacerdotes, religiosas, innumerables laicos y laicas, cristianos y cristianas admirables. El martirio es el «mayor amor» y no se puede ir más allá, pero se puede precisar. En América Latina, no han dado la vida por cualquier amor sino por defender a víctimas, mayorías pobres, inocentes, indefensas. Esa Iglesia ha sido martirial por ser, como Jesús, misericordiosa hasta el final. Los mártires son los consecuentemente misericordiosos, los padres y madres de la Iglesia latinoamericana. Hacen que el deterioro no sea mayor, y de ellos y ellas sigue viviendo lo mejor de nuestra Iglesia. Cambian los tiempos, pero sigue siendo necesario el temple martirial: la decisión a arriesgar y a no rehuir conflictos por defender a millones de víctimas.

Dios sabe en qué medida «otra Iglesia es posible», pero Ellacuría sí tuvo esperanza hasta el final en una civilización de la pobreza y en una Iglesia de los pobres. Y en Dios. «Hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente, aunque siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador».

Jon Sobrino
San Salvador, El Salvador