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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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jueves, 18 de agosto de 2011

¿QUE ES EL EXORCISMO?


Para poder entender qué es el exorcismo, se debe partir de Jesús y de su misma praxis. Jesucristo vino al mundo y a los hombres para anunciar e inaugurar el reino de Dios. Los hombres poseen una innata capacidad para recibir a Dios en su corazón (cf. Rm 5, 5). Sin embargo, esta capacidad para acoger a Dios es ofuscada por el pecado, y en algunas ocasiones el mal ocupa en el hombre el puesto que sólo le corresponde a Dios. Por ello, Jesucristo vino a liberar al hombre del mal y del pecado, y también de todas las formas de dominación del maligno, es decir, del diablo y de sus espíritus malignos, llamados demonios, que quieren pervertir el sentido de la vida del hombre. Por esta razón, Jesucristo expulsaba los demonios y liberaba a los hombres de la posesión de los espíritus malignos, para hallar cabida en el corazón del hombre y darle la posibilidad de conseguir la libertad ante Dios, que quiere darle su Espíritu Santo, para que se convierta en su templo vivo (cf. 1 Co 6, 19; 1 P 2, 5) y dirija sus pasos hacia el camino de la paz y de la salvación (cf. Rm 8, 1-17; 1 Co 12, 1-11; Ga 5, 16-26).

La Iglesia está llamada a seguir a Jesucristo y ha recibido, de Cristo mismo, el poder de continuar, en su nombre, su misión. De aquí que la acción de Cristo para liberar al hombre del mal se ejercita a través del servicio de la Iglesia y de sus ministros ordenados, delegados por el obispo para cumplir los ritos sagrados dirigidos a librar a los hombres de la posesión del maligno.

El exorcismo constituye una antigua y particular forma de oración que la Iglesia emplea contra el poder del diablo. He aquí cómo explica el Catecismo de la Iglesia católica en qué consiste el exorcismo y cómo se lleva a cabo: «Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra la influencia del maligno y substraído a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (cf. Mc 1, 25 ss); de él deriva a la Iglesia el poder y la tarea de exorcizar (cf. Mc 3, 15; 6, 7. 13; 16, 17). De una manera simple, el exorcismo se practica durante la celebración del bautismo. El exorcismo solemne, llamado «gran exorcismo», puede ser practicado sólo por un presbítero y con el permiso del obispo. En esta materia es necesario proceder con prudencia, observando rigurosamente las normas establecidas por la Iglesia. El exorcismo tiene como objeto expulsar a los demonios o liberar de la influencia demoníaca, mediante la autoridad que Jesús ha dado a su Iglesia. Muy diferente es el caso de enfermedades, sobre todo psíquicas, cuya curación pertenece al campo de la ciencia médica. Es importante, por lo tanto, asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, que se trate de una presencia del maligno y no de una enfermedad (cf. Código de derecho canónico, c. 1172)» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1673).

La sagrada Escritura nos enseña que los espíritus malignos, enemigos de Dios y del hombre, realizan su acción de modos diversos; entre éstos se señala la obsesión diabólica, llamada también posesión diabólica. Sin embargo, la obsesión diabólica no constituye la manera más frecuente como el espíritu de las tinieblas ejerce su influjo. La obsesión tiene características de espectacularidad; en ella el demonio se apropia, en cierto modo, de las fuerzas y de la actividad física de la persona que sufre la posesión.

No obstante esto, el demonio no puede adueñarse de la libre voluntad del sujeto, lo que impide el compromiso de la libre voluntad del poseído, hasta el punto de hacerlo pecar. Sin embargo, la violencia física que el diablo ejerce sobre el obseso constituye un incentivo al pecado, que es lo que él quisiera obtener. El ritual del exorcismo señala diversos criterios e indicios que permiten llegar, con prudente certeza, a la convicción de que se está ante una posesión diabólica. Es solamente entonces cuando el exorcista autorizado puede realizar el solemne rito del exorcismo. Entre estos criterios indicados se encuentran: el hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas; desvelar cosas escondidas o distantes; demostrar fuerzas superiores a la propia condición física, y todo ello juntamente con una aversión vehemente hacia Dios, la santísima Virgen, los santos, la cruz y las sagradas imágenes.

Se subraya que para llevar a cabo el exorcismo es necesaria la autorización del obispo diocesano. Autorización que puede ser concedida para un caso específico o de un modo general y permanente al sacerdote que ejerce en la diócesis el ministerio de exorcista.

El Ritual romano contenía, en un capítulo especial, las indicaciones y el texto litúrgico de los exorcismos. Este capítulo era el último, y había quedado sin ser revisado después del concilio Vaticano II. La redacción final del Rito de los exorcismos ha requerido muchos estudios, revisiones, renovaciones y modificaciones, consultas a las diversas Conferencias episcopales; todo ello analizado por parte de una Asamblea ordinaria de la Congregación para el culto divino. El trabajo ha costado diez años de esfuerzos, dando como resultado el texto actual, aprobado por el Sumo Pontífice, que hoy se hace público y se pone a disposición de los pastores y de los fieles de la Iglesia. Resta, no obstante, un trabajo que incumbe a las respectivas Conferencias episcopales: la traducción de este Ritual a las lenguas habladas en sus respectivos territorios. Estas traducciones deben ser exactas y fieles al original latino, y deben ser sometidas, según la norma canónica, a la recognitio de la Congregación para el culto divino.

En el Ritual que hoy presentamos se encuentra, sobre todo, el rito del exorcismo propiamente dicho, que debe realizarse sobre la persona obsesa. Siguen las oraciones que debe decir públicamente un sacerdote, con el permiso del obispo, cuando se juzga prudentemente que existe un influjo de Satanás sobre lugares, objetos o personas, sin llegar al nivel de una posesión propiamente dicha. Contiene, además, una serie de oraciones que pueden ser dichas privadamente por los fieles, cuando sospechan con fundamento que están sujetos a influjos diabólicos.

El exorcismo tiene como punto de partida la fe de la Iglesia, según la cual existen Satanás y los otros espíritus malignos, y que su actividad consiste en alejar a los hombres del camino de la salvación. La doctrina católica nos enseña que los demonios son ángeles caídos a causa del propio pecado; que son seres espirituales con gran inteligencia y poder: «El poder de Satanás, sin embargo, no es infinito. Éste no es sino una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del reino de Dios. Aunque Satanás actúe en el mundo por odio contra Dios y su reino en Cristo Jesús, y su acción cause graves daños –de naturaleza espiritual e, indirectamente, también de naturaleza física- a cada hombre y a la sociedad, esta acción es permitida por la divina Providencia, que guía la historia del hombre y del mundo con fuerza y suavidad. La permisión por parte de Dios de la actividad diabólica constituye un misterio grande, sin embargo nosotros sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman (Rm 8, 28)» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 395).

Quisiera subrayar que el influjo nefasto del demonio y de sus secuaces es habitualmente ejercitado a través del engaño, la mentira y la confusión. Así como Jesús es la Verdad (cf. Jn 8, 44), el diablo es el mentiroso por excelencia. Desde siempre, desde el inicio, la mentira ha sido su estrategia preferida. No hay lugar a dudas de que el diablo tiene la capacidad de atrapar a muchas personas en las redes de las mentiras, pequeñas o grandes. Engaña a los hombres haciéndoles creer que no tienen necesidad de Dios y que son autosuficientes, sin necesitar ni la gracia ni la salvación. Logra engañar a los hombres amortiguando en ellos, e incluso haciendo desaparecer, el sentido del pecado, sustituyendo la ley de Dios como criterio de moralidad por las costumbres o consensos de la mayoría. Persuade a los niños para que crean que la mentira constituye una forma adecuada para resolver diversos problemas, y de esta manera se forma entre los hombres, poco a poco, una atmósfera de desconfianza y de sospecha. Detrás de las mentiras, que llevan el sello del gran mentiroso, se desarrollan las incertidumbres, las dudas, un mundo donde ya no existe ninguna seguridad ni verdad, y en el cual reina, en cambio, el relativismo y la convicción de que la libertad consiste en hacer lo que da la gana. De esta manera no se logra entender que la verdadera libertad consiste en la identificación con la voluntad de Dios, fuente del bien y de la única felicidad posible.

La presencia del diablo y de su acción explica la advertencia del Catecismo de la Iglesia católica: «La dramática condición del mundo que "yace" todo él "bajo el poder del maligno" (1 Jn 5, 19), hace que la vida del hombre sea una lucha: "Toda la historia humana se encuentra envuelta en una tremenda lucha contra el poder de las tinieblas; lucha que comenzó ya en el origen del mundo, y que durará, como dice el Señor, hasta el último día. Inserto en esta batalla, el hombre debe combatir sin descanso para poder mantenerse unido al bien; no puede conseguir su unidad interior si no es al precio de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios" (Gaudium et spes, 37, 2)» (n. 409).

La Iglesia está segura de la victoria final de Cristo y, por tanto, no se deja arrastrar por el miedo o por el pesimismo; al mismo tiempo, sin embargo, es consciente de la acción del maligno, que trata de desanimarnos y de sembrar la confusión. «Tengan confianza -dice el Señor-; yo he vencido al mundo» (Jn 8, 33). En este marco encuentran su justo lugar los exorcismos, expresión importante, pero no la única, de la lucha contra el
maligno.

Card. Jorge A. MEDINA ESTÉVEZ
Prefecto

LO CONCERNIENTE AL EXORCISMO



La práctica de ahuyentar espíritus malignos por medio de la oración y fórmulas establecidas reciben su autoridad del mismo Señor quien identificó estos actos como señales de su mesianismo. A principios de la vida de la Iglesia, el desarrollo y práctica de tales ritos eran reservados para el Obispo, quien a su discreción podía delegar la práctica a presbíteros seleccionados y a otras personas que creyera competentes.

De acuerdo con esta tradición establecida, los que tengan necesidad de tal ministerio, deberán notificarlo al obispo mediante el presbítero de la parroquia, con el fin de que el obispo determine la necesidad del exorcismo, la persona que ha de celebrar el rito y las oraciones y otras fórmulas que han de emplearse.

RITOS PASTORALES
Ritual para Ocasiones Especiales p.205.
Iglesia Episcopal USA

El exorcismo es una antigua y particular forma de oración que hace un ministro ordenado de la Iglesia, en nombre de Jesucristo y por el poder que Jesucristo ha otorgado a su Iglesia para liberar del poder de Satanás, demonio. Por lo tanto no es oración personal sino de la Iglesia.

SÚPLICAS QUE PUEDEN SER EMPLEADAS  PRIVADAMENTE POR LOS FIELES EN LA LUCHA CONTRA LAS POTESTADES DE LAS TINIEBLAS
Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos

Del ‘RITUAL ROMANO DE LOS EXORCISMOS’
(APÉNDICE II)

 Oraciones

Señor Dios, ten misericordia de mí, tu siervo,
que por la multitud de las asechanzas
estoy como un vaso resquebrajado;
líbrame de la mano de mis enemigos,
asísteme para que busque al que está perdido,
lo pueda encontrar y restituirlo para ti,
lo pueda restituir y entregártelo para que no lo abandones.
Concédeme que te agrade en todo
ya que he podido conocerte y saber que me has redimido.
Amén.

Dios omnipotente,
que a los abandonados los haces habitar en tu casa,
y concedes la felicidad a los cautivos,
mira mi aflicción
y ven en mi auxilio,
vence al enemigo inicuo;
de modo que, superada la presencia del adversario,
mi libertad alcance su descanso
y restituido a la tranquila devoción
pueda confesar que eres admirable
y que concediste a tu pueblo la fuerza.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Dios, creador y defensor del género humano
tú formaste al hombre a tu imagen
y lo recreaste admirablemente con la gracia del Bautismo;
vuelve tu mirada sobre este siervo tuyo,
y escucha bondadosamente mis súplicas.
Te pido que brote en mi corazón el esplendor de tu gloria
para que, eliminado todo terror, miedo y temor,
sereno en mente y alma
junto a los hermanos en tu Iglesia
pueda alabarte eternamente. Amén.


Padre Dios, autor de la misericordia y de todo amor,
que quisiste que tu Hijo sufriera por nosotros el patíbulo de la Cruz
para expulsar de nosotros el poder del enemigo,
mira atentamente mi humillación y dolor,
y mantente firme, te pido,
para que a quien renovaste en la fuente del Bautismo
vencido el combate del Maligno,
lo llenes con la gracia de tu bendición.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia
y quisiste que fuera hijo de la luz,
concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios
y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Invocaciones a la Santísima Trinidad

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

Honor y gloria al único Dios.

Bendigamos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
alabémoslo y exaltémoslo por los siglos.

Te invocamos, te alabamos, te adoramos, oh bienaventurada Trinidad.
Esperanza nuestra, salvación nuestra, honor nuestro, oh bienaventurada Trinidad.
Líbrame, sálvame, vivifícame, oh bienaventurada Trinidad.

Santo, Santo, Santo, Señor Dios omnipotente
el que es, el que era y el que vendrá.

A ti la honra y el imperio, oh bienaventurada Trinidad.
A ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh bienaventurada Trinidad.
Santo Dios, Santo y fuerte, Santo e inmortal, ten compasión de mí.

Invocaciones a nuestro Señor Jesucristo

a.
Jesús, Hijo del Dios vivo,                                           ten misericordia de mí.
Jesús, imagen del Padre,                                           ten misericordia de mí.
Jesús, Sabiduría eterna,                                             ten misericordia de mí.
Jesús, esplendor de la luz eterna,                          ten misericordia de mí.
Jesús, Palabra de Vida,                                                               ten misericordia de mí.
Jesús, Hijo de la Virgen María,                                                ten misericordia de mí.
Jesús, Dios y hombre,                                                  ten misericordia de mí.
Jesús, Sumo Sacerdote,                                              ten misericordia de mí.
Jesús, heraldo del Reino de Dios,                          ten misericordia de mí.
Jesús, camino, verdad y vida,                                   ten misericordia de mí.
Jesús, pan de Vida,                                                       ten misericordia de mí.
Jesús, Vida verdadera,                                                                ten misericordia de mí.
Jesús, hermano de los pobres,                                                ten misericordia de mí.
Jesús, amigo de los pecadores,                               ten misericordia de mí.
Jesús, médico del alma y del cuerpo,                   ten misericordia de mí.
Jesús, salvación de los oprimidos,                         ten misericordia de mí.
Jesús, consuelo de los abandonados,                   ten misericordia de mí.
Tú, que viniste a este mundo,                                 ten misericordia de mí.
Tú, que libraste a los oprimidos por el Diablo,                 ten misericordia de mí.
Tú, que pendiste de la Cruz,                                     ten misericordia de mí.
Tú, que aceptaste la muerte por nosotros,        ten misericordia de mí.
Tú, que yaciste en el sepulcro,                                                ten misericordia de mí.
Tú, que descendiste a los infiernos,                     ten misericordia de mí.
Tú, que resucitaste de entre los muertos,          ten misericordia de mí.
Tú, que ascendiste a los cielos,                               ten misericordia de mí.
Tú, que enviaste el Espíritu Santo a los Apóstoles,        ten misericordia de mí.
Tú, que estás sentado a la derecha del Padre,                 ten misericordia de mí.
Tú, que has de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, ten misericordia de mí.

b.
Por tu encarnación,                                       líbrame, Señor.
Por tu nacimiento,                                        líbrame, Señor.
Por tu bautismo y tu santo ayuno,          líbrame, Señor.
Por tu Cruz y tu Pasión,                               líbrame, Señor.
Por tu muerte y resurrección,                  líbrame, Señor.
Por tu admirable ascensión,                     líbrame, Señor.
Por la efusión del Espíritu Santo,            líbrame, Señor.
Por tu gloriosa venida,                                                líbrame, Señor.

c.
Sálvame, Cristo Salvador, por la fuerza
de tu Cruz + [El fiel puede signarse]
tú que salvaste a Pedro en el mar,
ten misericordia de mí.

Por el signo de la Cruz +
líbranos de nuestros enemigos, Dios nuestro.

Por tu Cruz + sálvanos, Cristo redentor,
que muriendo destruiste nuestra muerte
y resucitando restauraste la vida.

Honramos tu Cruz +, Señor,
recordamos tu gloriosa Pasión,
ten compasión de nosotros,
tú que padeciste por nosotros.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
que por tu santa Cruz + redimiste al mundo.