Anglocatólico

COMUNIDAD ECUMÉNICA MISIONERA LA ANUNCIACIÓN. CEMLA
Palabra + Espíritu + Sacramento + Misión
Evangelizar + Discipular + Enviar


“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

whatsapp +503 7768-5447

miércoles, 18 de enero de 2012

CELEBRACIÓN ECUMÉNICA

CELEBRACIÓN ECUMÉNICA
Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo
(cf. 1 Co 15,51-58)
Introducción a la celebración
La celebración ecuménica para la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2012 nos llega desde Polonia, donde un grupo ecuménico ha preparado una liturgia que se basa en la experiencia de los cristianos polacos que han vivido momentos de alegría y adversidad. La historia de Polonia ha estado marcada por una serie de derrotas, de victorias, de invasiones, de particiones y de opresión por potencias extranjeras y sistemas hostiles. El constante esfuerzo de superar la esclavitud y el deseo de libertad son una característica de la historia polaca.
La celebración tiene como tema 1 Corintios 15,51-58, que habla del poder transformador de la fe en Cristo, particularmente en relación con nuestra oración por la unidad visible de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es orando y esforzándose por la unidad plena y visible de la Iglesia, como nosotros mismos -y las tradiciones a las que pertenecemos- seremos cambiados, transformados y configurados con Cristo. Se trata de una emocionante visión que puede llenarnos de cierto temor. La unidad por la que oramos podrá exigirnos la renovación de formas cotidianas de la vida de la Iglesia. Dicha unidad no es simplemente una noción "cómoda" de amistad y cooperación. Requiere una voluntad de reconocer la colaboración mutua. Tenemos que abrirnos unos a otros, ofrecer y recibir los dones mutuamente, con el fin de poder verdaderamente entrar en la nueva vida de Cristo, que es la única verdadera victoria.
El desarrollo de la celebración consta de:
A. Apertura
De acuerdo con la costumbre local, puede haber un himno procesional, seguido por una oración de apertura y un acto penitencial.
B. La Palabra de Dios
Hay tres lecturas bíblicas. La lectura de 1 Corintios 15 es esencial para el tema. Esta es seguida por un sermón/homilía u otro tipo de comentario sobre las lecturas. Puede seguir una confesión de fe (tipo Credo).
C. Oración por la unidad y la transformación
Las intenciones de las oraciones de intercesión son la unidad y la transformación de diferentes situaciones. Estas oraciones son seguidas por el "signo de la paz".
Signo de la paz y el intercambio del pan (opłatek)
En Polonia hay una costumbre particular de compartir un trozo de pan especial, el "opłatek" (plural: "opłatki"), en las casas antes de la cena de Nochebuena y también durante las Navidades en las iglesias y en el trabajo. Esta costumbre tan preciosa para los polacos en sus casas y los que viven en el extranjero, se practica no sólo por personas de diferentes confesiones, sino también por los no creyentes. Cada persona recibe un “oplatek”. La gente lo comparte partiendo un trozo del pan de otra persona y lo come. De este modo transmiten sus mejores deseos mutuamente. Este intercambio expresa la unidad, el amor y el perdón entre las personas a quien el Salvador ha venido a visitar. Aunque no es la Eucaristía, no obstante, se le asemeja y simboliza la presencia del que nació en una Casa de Pan (Belén) y que él mismo se convirtió en el Pan de Vida.
Si no se dispone de “opłatek”, ni de pan ázimo puede utilizarse pan ordinario. Este intercambio del "signo de paz" puede hacerse de acuerdo con la costumbre local, si se prefiere.
D. Conclusión
Comprende una oración de compromiso, que se basa en los temas de cada uno de los ocho días. La celebración concluye con una bendición que puede realizarse según la costumbre local.

Desarrollo de la celebración
P: Presidente de la celebración
L: Lector
A: Asamblea
A. Apertura
Himno de entrada o preludio
Durante este tiempo, el clero y las personas que intervienen en la celebración pueden entrar en procesión.
Saludos
P: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
A: Y con tu espíritu.
Introducción
Tras los saludos o la presentación de los presentes, puede haber una breve introducción al tema. El presidente de la celebración puede decir, por ejemplo:
P: Voy a confiaros un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados.
A: Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo.
P: En Cristo, Dios es el Vencedor. La victoria requiere esfuerzo y lucha. Cuando oramos y nos esforzamos por la unidad plena visible de la Iglesia, nosotros mismos -y las tradiciones a las que pertenecemos- seremos cambiados, transformados y configurados con Cristo. Los cristianos podemos hacer este esfuerzo juntos, sin triunfalismo, con humildad, al servicio de Dios y del prójimo según el ejemplo de Jesucristo. En la búsqueda de la unidad, esta es la actitud que queremos pedir a Dios juntos.
Oración de apertura
P: Dios Todopoderoso, en Jesús nos has dicho que quien quiera ser primero debe hacerse el último y el servidor de todos. Entramos en tu presencia, sabiendo que tu victoria se gana por la debilidad de la Cruz. Te rogamos para que la Iglesia pueda ser una. Enséñanos a aceptar humildemente que esta unidad es un don de tu Espíritu; a través de este don, cámbianos y transfórmanos y haznos más semejantes a tu Hijo Jesucristo.
A: Amén.
Oración penitencial
P: Dios Todopoderoso, a pesar de la unidad que recibimos en Cristo, persistimos en nuestra desunión. ¡Ten piedad de nosotros!
A: ¡Ten piedad de nosotros! (o cantar "kyrie eleison")
P: Endurecemos nuestros corazones cuando oímos el Evangelio. ¡Ten piedad de nosotros!
A: ¡Ten piedad de nosotros!
P: No te servimos en nuestros hermanos y hermanas. ¡Ten piedad de nosotros!
A: ¡Ten piedad de nosotros!
P: La desobediencia de Adán y Eva nos ha traído el sufrimiento y la muerte, y la creación se ha vuelto herida y rota. ¡Ten piedad de nosotros!
A: ¡Ten piedad de nosotros!
(Se guarda un momento de silencio)
P: Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
A: Amén.
B. La Palabra de Dios
Lecturas de la Biblia Ha 3,17-19; 1 Co 15,51-58; Jn 12,23-26
Homilía
Momento de silencio o de música instrumental.
Confesión de la Fe
Se recita el Credo (por ejemplo, el Símbolo de los apóstoles o el de Nicea-Constantinopla).
Himno/cántico
Durante este tiempo se traen los "opłatki" y se colocan sobre una mesa central.
C. Oraciones por la unidad y la transformación
P: Unidos en Cristo que nos da la victoria, roguemos al Señor: Por la Iglesia, Cuerpo de Cristo: para que viva de verdad esta unidad que recibe a través del Espíritu Santo. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por los responsables de nuestras Iglesias: que sean fieles a la unidad a la que todos los cristianos estamos llamados. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por todas las naciones del mundo: que vivan en paz entre sí y promuevan la justicia para todos. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por todos los seres humanos: que seamos buenos administradores de la tierra. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por todos nuestros conciudadanos: que sean transformados y sepan vivir unos con otros. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por los enfermos y los que sufren, que sean transformados por tu presencia sanadora. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por todas las familias y todos los hogares: que sus luchas y alegrías encuentren su plenitud en tu amor. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: Por los difuntos, que sean reconfortados por tu presencia. ¡Oh Dios, nuestra fuerza!:
A: Transfórmanos por tu gracia.
P: El Señor, que está en medio de nosotros, nos conceda la unidad y la paz.
A: Amén.
La oración del Señor
P: Cuando los discípulos preguntaron a Jesús: "enséñanos a orar", respondió: “cuando oréis, decid:
A: Padre nuestro… (se puede cantar)
Signo de la paz y el intercambio del opłatek
En Polonia hay una costumbre particular de compartir un trozo de pan ázimo, el "opłatek", en iglesias y casas del pueblo en Navidad. Cada persona recibe el “oplatek. La gente inmediatamente comparte rompiendo un trozo del pan de la otra persona y lo come. De este modo transmiten sus mejores deseos mutuamente. Este intercambio del “oplatek” expresa la unidad, el amor y el perdón. Os invitamos a hacer lo mismo como un signo de paz y unidad.
P: La paz del Señor esté siempre con vosotros
A: Y con tu espíritu.
P: Intercambiamos un signo de paz.
D. Conclusión
Himno (se puede hacer una colecta durante este himno)
Oración de compromiso
P: Recordamos lo que el Apóstol Pablo escribe en su primera carta a los Corintios (1 Co 15,57-58):
“Hemos de dar gracias a Dios, que por medio de nuestro Señor Jesucristo nos concede la victoria. Por tanto, hermanos míos muy queridos, manteneos firmes y constantes; destacad constantemente en la tarea cristiana, seguros de que el Señor no permitirá que sea estéril vuestro afán”.
¡Alabado sea el Señor, que nos conduce a la unidad! Padre, dedicamos esta semana a orar para profundizar nuestra unidad en Cristo. Él ha vencido a la muerte y nos ha llamado a una nueva vida en el Espíritu. Por eso te pedimos:
P. Transformados por Cristo servidor:
A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Transformados por la espera paciente del Señor: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Transformados por el Siervo doliente: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Transformados por la victoria del Señor sobre el mal: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Transformados por la paz del Señor Resucitado: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Transformados por el amor constante de Dios: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Transformados por el Buen Pastor: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
P: Unidos en el reino de Cristo: A: ¡Envíanos, y juntos caminaremos!
Bendición y envío
La bendición puede ser otorgada por los responsables de distintas Iglesias, según la siguiente fórmula u otra.
P: El Señor esté con vosotros A: Y con tu espíritu.
P: Que el Señor os bendiga y os guarde. Haga brillar sobre vosotros su rostro, y os conceda su gracia. Vuelva su mirada sobre vosotros y os dé la paz.
A: Amén.
O también:
P: Que Dios Todopoderoso os bendiga, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A: Amén.
P: ¡Id en la paz de Cristo!
A: ¡Demos gracias a Dios!
Himno final o postludio

Ocho días para reflexionar sobre nuestra transformación en Cristo

En la Semana de oración 2012 estamos invitados a profundizar en nuestra fe en la que todos nosotros seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo. Las lecturas bíblicas, comentarios, oraciones y preguntas para la reflexión, buscan los diferentes aspectos de lo que esto significa para la vida de los cristianos y para su unidad, en y para el mundo de hoy. Comenzamos por contemplar a Cristo servidor, y nuestro camino nos lleva a la celebración del reino de Cristo, por medio de su cruz y resurrección.

Día primero: Transformados por Cristo Servidor El hijo del hombre ha venido para servir (cf. Mc 10,45)
Hoy encontramos a Jesús, que camina hacia la victoria a través del servicio. Lo vemos como aquel que "no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos" (Mc 10,45). En consecuencia, la Iglesia de Jesucristo es una comunidad de servicio. La actuación de nuestras capacidades diferentes como servicio común a la humanidad hace visible nuestra unidad en Cristo.

Día segundo: Transformados por la espera paciente del Señor Es menester que cumplamos lo que Dios ha dispuesto (Mt 3,15)
En este día nos concentramos en la espera paciente del Señor. Para lograr los cambios, hay que perseverar y dar pruebas de paciencia. Orar a Dios para alcanzar una transformación es también un acto de fe y de confianza en sus promesas. Esa espera del Señor es esencial para todos los que oran por la unidad visible de la Iglesia en esta semana. Todas las actividades ecuménicas requieren tiempo, atención mutua y acción conjunta. Todos estamos llamados a cooperar con la obra del Espíritu que une a los cristianos.

Día tercero: Transformados por el Siervo doliente Cristo padeció por nosotros (cf. 1 Pe 2,21)
Este día nos invita a reflexionar sobre el sufrimiento de Cristo. Siguiendo a Cristo, el Siervo sufriente, los cristianos estamos llamados a la solidaridad con todos los que sufren. Cuanto más nos acercamos a la Cruz de Cristo más cerca nos acercamos unos a otros.

Día cuarto: Transformados por la victoria del Señor sobre el mal Vence al mal a fuerza de bien (Rm 12,21)
Este día nos introduce en las luchas contra el mal. La victoria en Cristo es una superación de todo lo que daña a la creación de Dios y nos mantiene distantes unos de otros. En Jesús estamos llamados a compartir esta nueva vida, luchando con Él contra lo que está mal en nuestro mundo, con confianza renovada y con una alegría profunda en lo que es bueno. Mientras estemos divididos no podemos ser lo suficientemente fuertes para vencer el mal de nuestro tiempo.

Día quinto: Transformados por la paz de Cristo resucitado Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: la paz esté con vosotros (Jn 20,19)
Hoy celebramos la paz del Señor resucitado. El Resucitado es el gran vencedor sobre la muerte y el mundo de las tinieblas. Él une a sus discípulos, que estaban paralizados por el miedo. Él nos abre nuevas perspectivas de vida y de acción a favor de su Reino que viene. El Señor resucitado une y fortalece a todos los creyentes. La paz y la unidad son los signos de nuestra transformación por su resurrección.

Día sexto: Transformados por el amor inconmovible de Dios Nuestra fe es la que vence al mundo (cf. 1 Jn 5,4)
En este día nuestra atención se concentra en el constante amor de Dios. El misterio pascual revela este amor constante y nos llama a una nueva forma de fe. Esta fe supera el temor y abre nuestros corazones por el poder del Espíritu. Esa fe nos invita a la amistad con Cristo, y de unos con otros.

Día séptimo: Transformados por el Buen Pastor Apacienta mis ovejas (Jn 21,17)
Los textos bíblicos de hoy nos muestran al Señor fortaleciendo a su rebaño. Somos llamados a seguir al Buen Pastor, a reforzarnos mutuamente en el Señor, a apoyar y fortalecer a los débiles y los perdidos. Hay un solo Pastor, y nosotros somos su pueblo.

Día octavo: Reunidos en el Reino de Cristo Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí (Ap 3,21)
En este último día de la semana de oración por la unidad de los cristianos celebramos el Reino de Cristo. La victoria de Cristo nos permite mirar hacia el futuro con esperanza. Esta victoria supera todo lo que nos impide compartir la plenitud de la vida con Él y unos con otros. Los cristianos sabemos que la unidad con todos es un don de Dios. Ella empieza con la victoria gloriosa de Cristo sobre todo lo que divide.

“Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo “

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS 2012
Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo “
1 Co 15,51-58

TEXTO BÍBLICO
1 Co 15,51-58
Mirad, voy a confiaros un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados. Súbitamente, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene -que sonará- la trompeta final, los muertos resucitarán incorruptibles mientras nosotros seremos transformados. Porque es preciso que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que esta vida mortal se revista de inmortalidad.
Y cuando este cuerpo corruptible se revista de inmortalidad, cuando este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que dice la Escritura: La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde tu venenoso aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y el pecado ha desplegado su fuerza con ocasión de la ley. Pero nosotros hemos de dar gracias a Dios, que por medio de nuestro Señor Jesucristo nos concede la victoria. Por tanto, hermanos míos muy queridos, manteneos firmes y constantes; destacad constantemente en la tarea cristiana, seguros de que el Señor no permitirá que sea estéril vuestro afán.
Biblia Traducción Interconfesional

INTRODUCCIÓN AL TEMA DEL AÑO 2012
Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo (Cf. 1 Co 15,51-58)
Los materiales de la semana de oración por la unidad de los cristianos de 2012 han sido preparados por un grupo de trabajo compuesto por representantes de la Iglesia católica-romana, la Iglesia ortodoxa y las Iglesias vetero-católicas y protestantes, presentes en Polonia. Después de largas discusiones, en las que participaron representantes de diversos círculos ecuménicos de Polonia, se decidió centrarse en un tema que concierne al poder transformador de la fe en Cristo, tema muy en relación con nuestra oración por la unidad visible de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Esto se fundamenta en las palabras de San Pablo a la Iglesia de Corinto, que habla del carácter temporal de nuestra vida presente (con toda su dimensión aparente de "victoria" y de "derrota"), en comparación con el don que se nos da por la victoria de Cristo en el misterio pascual.
¿Por qué este tema? La historia de Polonia ha estado marcada por una serie de derrotas y victorias. Se puede mencionar las invasiones, las particiones, la opresión de parte de poderes extranjeros y de sistemas hostiles. El esfuerzo permanente por superar toda esclavitud y el deseo de libertad son las características de la historia polaca que han conducido a cambios significativos en la vida de la nación. Y así, donde hay victoria hay perdedores que no comparten la alegría y el triunfo de los ganadores. Esta particular historia de la nación polaca ha llevado al grupo ecuménico que ha preparado los materiales de este año para reflejar más profundamente lo que significa "ganar" y "perder", especialmente dada la forma en la que el lenguaje de la "victoria" se entiende frecuentemente en términos triunfalistas. Sin embargo, Cristo nos muestra una manera muy diferente.
En 2012 se celebrará el campeonato europeo de fútbol en Polonia y Ucrania. Esto nunca hubiera sido posible en años anteriores. Para muchos esto es un signo de otra "victoria nacional", que cientos de millones de aficionados esperen ansiosamente noticias de equipos ganadores que jugarán en esta parte de Europa. Este ejemplo puede llevarnos a considerar la situación de quienes no ganan no sólo en el deporte sino también en sus vidas y comunidades: a quienes constantemente sufren derrotas se les niega la victoria debido a diversas condiciones y circunstancias. La rivalidad es una característica permanente no sólo en el deporte, sino también en la vida política, empresarial, cultural, incluso eclesial.
Cuando los discípulos de Jesús discutían sobre "quién era el más importante" (Mc 9,34), generaba fuerte polémica. Pero la respuesta de Jesús fue muy simple: "si alguno quiere ser el primero, colóquese en último lugar y hágase servidor de todos" (Mc 9,35). Estas palabras hablan de victoria a través de servicio mutuo, ayudando, aumentando la autoestima de los "últimos", los olvidados, los excluidos. Para todos los cristianos, la mejor expresión de ese servicio humilde es Jesucristo, en su victoria sobre la muerte y la resurrección. Es en su vida, su acción, su enseñanza, su sufrimiento, su muerte y su resurrección donde deseamos buscar, hoy, una vida vigorosa de fe que se traduce en un compromiso social dentro de un espíritu de humildad, servicio y fidelidad al Evangelio. Y, además de conocer el sufrimiento y la muerte que estaban por llegar, Jesús oró por sus discípulos, para que sean uno y el mundo crea. Esta "victoria" no es posible sin la transformación espiritual y la conversión. Por esta razón consideramos que el tema de nuestras meditaciones pueden ser esas palabras del Apóstol de las Naciones. Se trata de lograr una victoria que integre a todos los cristianos a través del servicio de Dios y del prójimo.
En esta oración y esfuerzo por la plena unidad visible de la Iglesia es como nosotros mismos, y aquellas tradiciones a las que nosotros pertenecemos, serán cambiadas, transformadas y conformadas a Cristo. La unidad por la que oramos podrá exigir la renovación de algunas formas cotidianas de vida eclesial. Se trata de una visión emocionante. Nosotros oramos por una unidad que no es una noción "cómoda" de amistad y cooperación. Es una unidad que requiere una voluntad de dejar la competencia entre nosotros. Tenemos que abrirnos unos a otros, dar y recibir los dones en intercambio, con el fin de poder verdaderamente entrar en la nueva vida propuesta por Cristo, que es la única verdadera victoria.
Hay sitio para todos en el plan de salvación de Dios. A través de su muerte y resurrección, Cristo abarca a todos, independientemente de ganadores o perdedores, "para que todo el que cree en él tenga la vida eterna" (Jn 3,15). También podemos participar en su victoria. Basta con creer en Él, y será más fácil vencer el mal con el bien.

martes, 17 de enero de 2012

LAS RESISTENCIAS A LA VOCACIÓN APOSTÓLICA

Vale más cojear en el justo camino, que marchar veloz por un camino equivocado. Porque quien vacila en el justo camino, si bien no hace un recorrido largo, se acerca, de cualquier manera, a la meta; quien en cambio marcha por el camino equivocado, más corre y más se aleja...

Esta intuición de Tomas de Aquino puede sintetizar lo que la atestación neo-testamentaria muestra, acerca de los recorridos vocacionales de los llamados por el Señor. Algunos de ellos, a pesar de cojear y tropezar a causa de la cruz de Cristo, quedaron fieles a su seguimiento en el “camino de Dios” (Mc 12,14). Otros en cambio no acogieron la invitación de seguir a Jesús “camino, verdad y vida” (Jn 14,6), perdiéndose así en las sendas interrumpidas de la tristeza (cfr. Mc 10,22) y del rechazo culpable de su luminosa revelación (cfr. Jn 1,5.10-11).

En el Nuevo Testamento se pueden encontrar muchos casos de resistencias vocacionales. Se puede trazar rápidamente una fenomenología, haciendo una distinción fundamental entre las vocaciones suscitadas por Jesús durante su ministerio público y las que fueron generadas por el Espíritu Santo luego de la Pentecostés.

A. RESISTENCIAS A LA ATRACCIÓN DE JESÚS EN SU MINISTERIO PÚBLICO

1- “ ¡Ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres!”

El relato evangélico paradigmático del rechazo vocacional es, sin duda, lo del rico que pide a Jesús la manera para acceder a la vida eterna. Respondiendo a este pedido entusiasta, Jesús recuerda a su interlocutor el deber de observar los mandamientos. Mas luego, intuido, con una mirada de amor (Mc 10,21), el deseo de hacer algo más que se manifiesta en las palabras del rico (v.20), añade: “Una cosa sola te falta: ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y obtendrás un tesoro en el cielo. Luego ¡ven y sígueme!” (21).

El motivo que lleva aquel hombre a rechazar la invitación de Jesús es explícitamente identificado por los sinópticos con la posesión de muchas riquezas. Es una resistencia muy grave. Al punto que Jesús pone en guardia a sus discípulos frente al riesgo de la perdición eterna, que puede ser causada por el apego a las riquezas: “¡cuán difícilmente los que tienen riquezas entrarán en el reino de Dios!” (23).

En concreto, la resistencia puesta a Jesús por parte de este llamado consiste en el rechazo de confiar en él como única seguridad de vida: el rico no acepta de ratificar con un gesto de radical generosidad, un punto de no retorno en su existencia, para jugársela, desde aquel momento en adelante, solamente por Jesús y en el servicio de la realización del reino de Dios en la historia.

En aquel encuentro aconteció algo parecido a lo que dice la parábola de Jesús a propósito de la semilla derramada entre espinos: la palabra de Dios fue ahogada “por causa de riquezas y placeres de la vida” que en realidad son un “engaño” (Mc 4,19).

El rechazo libre y consciente a la llamada de Jesús por parte de un hombre atraído por él y distraído por la ilusión gozosa de las riquezas, no queda sin consecuencias; y provoca un sufrimiento que es interior (se llenó de pena), que además se percibe también al exterior (se marchó triste, v.22).

2- “El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”

Si los evangelios son concordes en sostener que la resistencia a renuncias de carácter material llevó al rico a rechazar la llamada de Jesús, acerca de otros tipos de resistencias no relevan como se haya desenvuelto la relación entre el llamado y Jesús.

En particular se habla de “un tal” (Lc 9,57-58) o, más exactamente, de un escriba (Mt 8,19-20) que se acerca a Jesús, considerándolo con estima como un rabí: “Maestro – le dice – ¡te seguiré adonde tú vayas!” (Mt 8,19). Muy probablemente el es-criba, fascinado por Jesús, entiende entrare en una relación con él conforme a un esquema cultural del todo tradicional en aquel tiempo: el discípulo se ponía a servicio de un rabí para dejarse instruir a través de una vida común conducida en una misma casa-escuela, por un tiempo que podía durar también algunos años.

La respuesta de Jesús toma distancia de este modelo pedagógico: “Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 8,20; Lc 9,58).
La elección toca ahora al escriba. Es cierto que el modelo habitual de discipulado estable, si bien temporáneo, resiste frente a la propuesta innovadora de Jesús. El discipulado de Jesús debía aparecer más bien un vagabundeo sin fin, sin estabilidad, sin una casa-escuela, sin un trabajo retribuido, sin una mujer (cfr. Sir 36,25); y, además, también con riesgo de la vida.

Los zorros pueden encontrar refugio en una cueva, las aves en un nido; en cambio, si estallara una persecución en contra de Jesús, no tendrían reparo ni él ni sus discípulos (cfr. Mt 8,20; Lc 9,58).
Es más que verosímil que las duras condiciones de vida del discipulado itinerante de Jesús hayan provocado en el escriba resistencias nada indiferentes. Los evangelistas no lo aclaran. Además tampoco manifiestan qué decidió el escriba: ¿se rindió frente a la dificultad o se rindió a la invitación de Jesús?

3- “Nadie que puso mano al arado y luego vuelve atrás, es apto para el reino de Dios”

La primacía de la relación con Jesús incluso frente a los vínculos familiares, es evidenciada por un episodio referido únicamente en Lucas 9,61-62. Un personaje anónimo declara a Jesús el propio deseo de ponerse a su seguimiento. Pone solamente una condición previa: despedirse de sus parientes. La respuesta de Jesús es de una rigidez aparentemente sin razones: “Nadie que puso mano al arado y luego vuelve atrás, es apto para el reino de Dios”.

Elías, también profeta itinerante como Jesús, había permitido a Eliseo, por él mismo llamado a ser profeta, ir a despedirse de sus padres.

En el relato evangélico sobresale una diferencia sustancial respeto a la perícope del antiguo testamento: la irrupción definitiva del reino de los cielos que se realizaba mediante la intervención del mismo Hijo de Dios, bien superior a Elías, hacía que ciertas concesiones fueran inoportunas para quien era atraído por el seguimiento de Jesús.

Frente a una renuncia afectiva de este tipo, podemos suponer el surgir, en el llama-do, de una cierta resistencia, pero el evangelista Lucas no la resuelve.

4- “Deja que los muertos entierren sus muertos”

Las resistencias de carácter afectivo que pueden resquebrajar una aventura vocacional, son trazadas también en el episodio de Mt 8,21-22 y Lc 9,59-60. En este caso la renuncia afectiva es agravada por una motivación religiosa.

En Mateo el protagonista ya es discípulo de Jesús (8,21). Pero cuando Jesús ordena de trasladarse en otro lugar (v.18), este le pide de ir antes al entierro de su padre (21). En Lucas, el pedido es hecho a Jesús por un tal, que él recién había llamado para que lo siguiera como su discípulo. Si para Mateo se trata de una dificultad surgida ya al interior del proceso vocacional, para Lucas se trata de una resistencia a la vocación en su momento inicial.

De todos modos, Jesús responde reivindicando la primacía de la vida común con él (cfr. Mc 3,14) respeto a los vínculos de sangre más estrechos – como lo con su pro-pio padre – incluso todavía más fuertes por el deber religioso del entierro del querido difunto: “Sígueme y ¡deja que los muertos entierren sus muertos!” (Mt 8,22; Lc 9,60). El entierro puede ser acompañado por otros familiares. Solamente algunos, en cambio, pueden compartir la misión urgente de Jesús de anunciar la “buena noticia” del adviento definitivo del reino de Dios: “Tú ve y ¡anuncia el reino de Dios!” (Lc 9,60).

5- “Si alguien quiere seguirme niegue a sí mismo”

A diferencia del caso del rico que se resiste a la atracción de Jesús, por ser personalmente distraído por el ilusorio placer de los bienes materiales, en los otros tres casos, las resistencias al encanto ejercitado por Jesús son causadas por exigencias intrínsecas a la relación con él. Esta relación comporta renunciar no solamente a realidades ilusorias – como la riqueza – sino también a valores humanos – como un saludo afectuoso a sus padres – y religiosos – como el entierro del padre difunto. Jesús pide a quien desea seguirlo como discípulo, de otorgarle la primacía incluso respeto a valores de este tipo.

Estas exigencias de Jesús no pueden no crear sentimientos de resistencia en el corazón de quien se siente atraído por él. La raíz última de tales resistencias consiste en el hecho de que Jesús, sustancialmente, pide a los llamados de renunciar totalmente a sí mismos. En positivo, Jesús les invita a que asuman la tarea de compartir su urgente misión evangelizadora como criterio supremo e incontrastable de vida. La vocación entonces es una “rendición incondicionada” a Cristo e implica negarse  a sí mismo: Jesús dijo a sus discípulos: “Si alguien quiere seguirme niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; mas quien pierda su vida por mí, la salvará”.

6- “Ellos no entendían estas palabras”

Se entiende, entonces, porque las resistencias sobretodo de los Doce en seguir a Jesús sean reconducidas concordemente por los evangelios a una incomprensión múltiple de su identidad con relación a la muerte en la cruz.

Especialmente en el evangelio de Marco, la identidad de Jesús es un “secreto” que provoca muchas incomprensiones. Más bien, Jesús mismo oculta voluntariamente sus obras y en particular su identidad de Hijo de Dios y de Mesías. Su identidad se hace así objeto de equivocaciones para todos, hasta la crucifixión, cuando la misma es revelada: “Jesús, lanzando un grito, expiró. El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: realmente este hombre era Hijo de Dios” (15,37-39).

Propio por el hecho que está orientado a la cruz, el camino vocacional de los Doce, si bien guiado por Jesús, no es carente de estupor y de temor (cfr. 10,32), ni es exento de faltas de fe y de incomprensiones:

Subiendo hacia Jerusalén por la Galilea, Jesús no quería que alguien lo supiera. Instruía de hecho a sus discípulos diciendo: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después de morir, pasando tres días, resucitará. Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a hacerle preguntas (Mc 9,31-32).

El motivo fundamental de la incomprensión es que, desde un cierto momento en adelante, el itinerario de los discípulos tras de Jesús es definido explícitamente por él como un vía crucis (Mc 8,34). Además pide a los llamados privaciones no indiferentes, como Pedro recuerda a Jesús: “Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc 10,28).

7- “Todos, abandonándolo, huyeron”

Llega la “hora” en que para ser coherentes con su vocación, los Doce no solo tienen que renunciar a las seguridades materiales, convicciones culturales, vínculos afectivos y deberes religiosos, sino que ven que su misma vida está en peligro. De hecho, una vez llegado a Jerusalén, Jesús se enfrenta con el rechazo de la gente. No es más escuchado como antes por la muchedumbre y pierde muchos de sus seguidores.

Sin embargo, la incomprensión más escandalosa para nosotros lectores del evangelio y más desgarradora para Jesucristo es la que experimentan los Doce. Las resistencias de estos crecen en manera directamente proporcional a la revelación siempre más clara de Jesús acerca de su propia muerte en la cruz. No nos maravillamos entonces por el comportamiento incoherente de los apóstoles durante la pasión. Sus resistencias surgen ya en forma de indignación presenciando la unción de Jesús en Betania.

Estando él en Betania, invitado en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco muy costoso de perfume de nardo puro. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. Algunos comentaban indignados: ¿A qué viene este derroche de per-fume? Se podía haber vendido el perfume por trescientos denarios para dárselo a los pobres. Y la reprendían” (Mc 14,3-5).

A esta primera incomprensión sigue la traición de Judas Iscariote: “Judas Iscariote, uno de los Doce, se dirigió a los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo se alegraron y prometieron darle dinero. Y él se puso a buscar una oportunidad para entregarlo” (10-11).

También el extraño entumecimiento que vence a Pedro, Santiago y Juan en el Getsemani es síntoma que ellos no entienden lo que está aconteciendo a Jesús: “Volvió otra vez (Jesús) y oró repitiendo las mismas palabras. Al volver, los encontró otra vez dormidos porque los ojos se les cerraban de sueño; y no supieron qué contestar” (39-40).

También después, ¡cuantas formas de resistencia de los Doce a la revelación definitiva de la identidad de Jesús y de la verdad de Dios! El golpe de espada al siervo del sumo sacerdote dado por uno de los Doce al momento del arresto de Jesús (47); la huida de todos (50); y sobretodo la triple negación de Pedro (66-72).

El motivo de estas resistencias de los discípulos a la revelación de Cristo es, en sustancia, muy semejante a la causa de la incomprensión de los demás: la muerte en cruz de Jesús como evento revelador de su identidad de Hijo de Dios y de la verdad de Dios queda, humanamente hablando, irracional y escandalosa (cfr. 14,27).

8- “Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios”

Si desde la pasión vamos atrás en la lectura del evangelio de Marcos – y también de los otros dos evangelios sinópticos, – podemos descubrir que los momentos en que los discípulos aparecen del todo reacios a las palabras de Jesús, son los tres anuncios de su muerte (8,31-33; 9,31-32; 10,32-34).

En Mc 8,31-33 Pedro, un minuto después de haber reconocido a Jesús como el Mesías (29), se escandaliza frente su primer anuncio de la pasión: “Jesús empezó a explicarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y luego de tres días resucitar. Jesús les hablaba con franqueza. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. Pero él se volvió y, viendo a los discípulos, dice a Pedro: ¡Retírate, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios”.

Para reprender a Jesús, Pedro lo lleva aparte (32). Se pone así a su lado. Abandona la posición típica del discípulo, que es la de estar atrás de Jesús, siguiéndolo en el camino de la cruz. Mas, desde cuando empieza a dejar su lugar de discípulo, Pedro no sabe más entender su enseñanza. Por esto se escandaliza frente a la cruz de Cristo. Oponiéndose a ella, se hace él mismo piedra de tropiezo por Cristo.

Por esta razón, Jesús marca a Pedro con el título de “Satanás”: Pedro no está pensando en aquella situación según la “lógica” de Dios, sino según la de los hombres.

Es interesante este aspecto demoníaco de la resistencia de Pedro frente a la llama-da de Jesús para que lo siguiera en el camino de la cruz (34). El llamado cede a la tentación satánica de realizarse, prescindiendo del seguimiento de Jesús, que permanece, al contrario, obediente a la voluntad salvadora universal de Dios Padre “hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8). En este caso, también el llamado acaba de conformarse “a la mentalidad de este mundo” (Rm 12,2) “malvado” (Gal 1,4).

Las tentaciones satánicas, enfrentadas y superadas por Jesús desde el comienzo (Lc 4,1-13) hasta el fin de su ministerio (23,35-37.39), caen también en contra de sus discípulos para cernirlos “como el trigo” (22,31). Al comienzo del ministerio público de Jesús, “el diablo, concluida la tentación, se alejó de él hasta otra ocasión” (4.13) hasta el tiempo establecido de la pasión de Jesús. En aquella ocasión los discípulos cederán clamorosamente a la tentación de renegar a Jesús y a su misma vocación.

Pero también durante el seguimiento de Cristo, las resistencias a su maestro se explican en última análisis como rendiciones repetidas a las tentaciones de Satanás; y se manifiestan, en primer lugar en Pedro, como rechazo de la pasión y de la muerte de Jesús.

En el segundo anuncio de la pasión (9,31-32) Jesús, todavía no termina de hablar del trágico final que le espera, que los discípulos ya discuten sobre quien sea de ellos el más grande (34). De aquí la turbación cuando luego Jesús les pregunta de qué estuviesen discutiendo “en el camino” (33).

De hecho, ¡habría sido mejor callar! Pero al silencio vergonzoso de los discípulos sigue un silencio mucho más profundo cuando chocan con la revelación de la cruz (32). Es evidente que quien no entiende la cruz de Cristo – o peor, se resiste a en-tenderla, pidiendo por lo menos alguna explicación sobre el asunto – no puede sino caer en la equivocación de seguir a Cristo solo en apariencia. En realidad, él persigue sueños de éxito humano. Esta equivocación aparece en manera todavía más chocante en el tercer anuncio de la cruz:

“Mientras que iban de camino subiendo a Jerusalén, Jesús se les adelantó. Ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían iban con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que le iba a suceder: Miren, estamos subiendo a Jerusalén; el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los letrados; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, que se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte y luego de tres días resucitará” (10,32-34).

Aquí el contraste está entre el anuncio de Jesús acerca de su pasión, muerte y resurrección, y el pedido de Santiago y Juan de poder sentarse a su lado en la gloria de su reino terreno, que después de poco tiempo él habría fundado (10,35-37).

Desde estos tres episodios, concordemente certificados en los evangelios sinópticos, resulta en manera históricamente incontrastable que por fin los Doce, con los cuales Jesús había marchado días tras días en el camino de Dios, opusieron una tenaz resistencia a la meta efectiva del camino de la cruz, que sin embargo hasta un cierto punto habían recorrido siguiendo a Jesús.

9- “Todos vosotros seréis escandalizados por causa de mí”

En términos generales podemos decir que lo que viene de la “carne” y de la “sangre” (Mt 16,17) no es conforme a la llamada de Jesús para seguirlo hasta el don in-condicionado de la vida. Las resistencias vocacionales de los Doce tienen que ser reconducidas al final en el horizonte de una fe todavía no madura, que entró en crisis por causa de la muerte “escandalosa” de Jesús crucificado (cfr. 1Cor 1,23; Gal 3,13).

De otra parte, a fin de que la vocación apostólica pueda permanecer en vida necesita una relación permanente del discípulo llamado con Jesús viviente. Por eso, en la “hora” en que el pastor ha sido matado, sus ovejas se han escondido. Sin la vid, los sarmientos se secan (Jn 15,6).

Pero cuando los Once encuentran el Señor resucitado, su vocación apostólica recibe nueva savia vital y comienza a dar frutos abundantes de testimonio evangélico. El Espíritu Santo rehabilita a los Once a la misión apostólica y les permite superar las resistencias debidas al escándalo de la crucifixión de Jesús. La memoria guiada por el Espíritu santo (cfr. Jn 14,26) de la experiencia vocacional pre-pascual permite a los apóstoles recuperar el sentido de su misión evangelizadora.

B. RESISTENCIAS A LA ATRACCIÓN DEL ESPÍRITU EN LA VIDA DE LA IGLESIA

También después de Pentecostés, los primeros cristianos resistieron algunas veces a la atracción del Espíritu. Por ejemplo, Ananías y Safira “mintieron al Espíritu santo” (Hech 5,3; cfr. 9), engañando la comunidad cristiana.

Entonces, ¿cómo se llevó en la Iglesia de los orígenes la relación entre resistencia y disponibilidad en ámbito propiamente vocacional? Se puede intuir reflexionando emblemáticamente sobre la evolución y afirmación de la vocación de Simón Pedro y sobre el nacimiento de la vocación de Pablo.

1- “Simón de Juan, ¿tu me quieres?”

En el evangelio de Juan (21,15-19) el Señor resucitado rehabilita Pedro en el ministerio apostólico:
“Cuando terminaron de comer, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón hijo de Juan, ¿me quieres más que estos? Él le responde: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Le pregunta por segunda vez: Simón hijo de Juan, ¿me quieres? Él le responde: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: Simón hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro, cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías; cuando seas viejo, extenderás las manos, otros te atará y te llevará a donde no quieras. Lo decía indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Después de hablar así, añadió: Sígueme”.

El contexto post pascual del relato nos empuja a pensar que también en el tiempo de la Iglesia la vocación de los apóstoles sigue madurando, gracias a la permanente atracción divina.

La diferencia fundamental es que los signos de revelación mediante los cuales una persona percibe ser llamada por Dios no son más ofrecidos por el Jesús terreno – él mismo dócil al influjo del Espíritu santo – sino por el Señor resucitado, siempre por medio del Espíritu. Según las promesas de Jesús expresadas en el evangelio de Juan, el Espíritu Santo continúa lo que el Jesús terreno hacía ya, impulsado por el mismo Espíritu: el Espíritu queda a lado de los apóstoles, mejor dicho, “al interior” de ellos (14,17) con el fin de rendir testimonio de Cristo. Antes de la muerte de Jesús, el Espíritu estaba presente, cierto, pero cerca de los discípulos, porque actuaba en Jesús (14,23-25). En virtud de la muerte y de la resurrección de Jesús, el Espíritu está “con” los discípulos (cfr. 16), “dentro” de ellos (17).

Es el Espíritu santo, entonces, que respetando la libertad de los creyentes (cfr. 1Cor 15,10), suscita al interior de la comunidad cristiana varias vocaciones, todas finalizadas a la edificación de la misma Iglesia, pues “Existen diversos dones espirituales, pero un mismo Espíritu; existen ministerios diversos, pero un mismo Señor; existen actividades diversas, pero un mismo Dios que actúa en todos. A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común” (1Cor 12,4-7).

La carta a los Efesios (4,11-13) explica con relación a esta verdad: “Él (Cristo) nombró a unos apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. Así preparó a los suyos para los trabajos del ministerio, para construir el cuerpo de Cris-to; hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez de la plenitud de Cristo”.

“Igualmente ustedes – exhorta Pablo en la primera carta a los Corintios (14,12) – ya que aspiran a dones espirituales, procuren tener en abundancia aquello que ayuda a la edificación de la Iglesia”.

2- “¡De que te sirve resistirte al aguijón!”

La vocación apostólica de Pablo es una de las vicisitudes vocacionales más significativas acontecidas después de Pentecostés.

También en este caso la acción del Señor resucitado es tan discreta que deja a Pablo la posibilidad de resistir a su atracción. Según el testimonio directo de Lucas, Pablo comprendió esta resistencia suya al Señor solamente después, es decir cuando tuvo que contar a otros su rendición al Resucitado. En aquel entonces, el apóstol testimonió que el Señor, compareciéndole en el camino de Damasco, le había dicho: “Sàulo, Sàulo, ¿por qué me persigues? ¡De que te sirve resistirte al aguijón!” (Hech 26,14). Según Lucas, la relectura que como creyente Pablo hace de su vida le consiente de darse cuenta que, hasta el encuentro con el Resucitado, él había resistido a la acción del Espíritu santo, como una bestia de carga que no quiere trabajar, aunque el dueño la golpee con un bastón punzante.

La resistencia de Pablo a Cristo se había concretado en la persecución cruel y ensañada contra los cristianos (cfr. Gal 1,13-14). De igual manera el vencimiento de cada resistencia y el rendimiento a la llamada del Señor acontece dentro de la Iglesia y por la mediación eclesial, actuada sobre todo con Ananías, Bernabé, Santiago, Cefas y Juan (2,9).

Las razones que favorecieron la resistencia de Pablo a Dios, que lo había elegido desde el vientre materno (1-15) eran distintas: la fuerte personalidad de Pablo, su celosa formación de fariseo y la actitud fundamentalmente persecutoria del judaísmo hacia el cristianismo de los orígenes. No obstante, el Resucitado intervino con eficacia en la historia de este hombre y lo empujó para que no obstaculizara más la difusión del evangelio, más bien para que creyera en él y contribuyera a su anuncio.

3- “Lo que Dios purificó, tú no lo llames profano”

También Simón Pedro, luego de Pentecostés, resistió a la acción del Espíritu. En particular, hizo dificultad en entender la destinación universal de su vocación apostólica. Sin embargo, no mucho tiempo después de Pentecostés, un hecho – in-dudablemente signo del Espíritu – permitió a Pedro tomar conciencia de eso. Se trata de la conversión cristiana del centurión romano Cornelio.

El relato de Hechos 10 testimonia que la resistencia de Pedro surgía de convicciones de carácter religioso, debidas a la ley mosaica. Además, la fuerte desconfianza inicial del apóstol acerca de la evangelización de los paganos era favorecida por un cierre muy rígido por parte del sector judaico cristiano de la Iglesia naciente.

Sin embargo el Espíritu santo consiguió que Pedro comprendiera que también los paganos podían hacer parte de la Iglesia. Más que nada, el Espíritu santo actuó en el corazón del centurión Cornelio. Al mismo tiempo, mediante la visión de un mantel descendido por tres veces del cielo, en el que había cada especie de animales, puros e impuros, el Espíritu empujó Pedro para que venciera la desconfianza inicial en anunciar el evangelio también a los paganos:

“Y oyó una voz: ¡Vamos Pedro, mata y come! Pedro respondió: De ningún modo, Señor; nunca he probado un alimento profano o impuro. Por segunda vez sonó la voz: Lo que Dios declara puro tù no lo tengas por impuro” (13-15).

Iluminado por este y por otros signos del Espíritu, Pedro se decidió bautizar a Cornelio y a su familia, así que estos entraron a pleno título en la Iglesia, sin estar circuncisos. Rindiéndose a la voluntad salvadora de Dios, el apóstol superó las resistencias que se referían a la destinación universal de su propia vocación.

4- “ ¿Por qué continúan tentando a Dios?”

Esta toma de conciencia por parte de Pedro y de otros cristianos corría el riesgo de conducir a un verdadero cisma dentro de la Iglesia. De hecho, sobre todo por la actividad misionera de Pablo, numerosos paganos eran bautizados sin la obligación de observar la ley de Moisés.

Para evitar fracturas al interior de la Iglesia, los apóstoles y los ancianos se reunieron en Jerusalén (Hech 15,1-29). Propio el testimonio de Pedro acerca del caso de Cornelio fue determinante para aclarar la cuestión:

Luego de una agitada discusión, se levantó Pedro y les dijo: Hermanos, ustedes saben que desde el principio me eligió Dios entre ustedes, para que por mi medio los paganos escucharan la Buena Noticia y creyeran. Dios, que conoce los corazones, mostró que los aceptaba dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros. Él no hizo ninguna distinción entre unos y otros y los purificó por medio de la fe. ¿Por qué ahora, ustedes tientan a Dios imponiendo al cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos sido capaces de soportar? Al contrario, nosotros creemos que tanto ellos como nosotros hemos sido salvados por la gracia del Señor Jesús” (7-11).

Cumplido un discernimiento eclesial sobre aquel signo del Espíritu, los apóstoles y los ancianos de la comunidad cristiana reconocieron a la unanimidad e hicieron pro-pio el deseo de salvación universal del Espíritu santo, superando toda desconfianza hacia la destinación universal de la vocación de la Iglesia como tal.

C. ATRACCIÓN VOCACIONAL DEL ESPÍRITU Y REACCIÓN DEL LLAMADO

Es posible sintetizar el análisis precedente con algunas conclusiones.

1- Resistencia y rendición a la atracción de Dios

En el tiempo de la vida terrena de Jesús como luego de su ascensión al cielo, las resistencias a la vocación hay que comprenderlas en el horizonte de la misteriosa relación instituida por el Espíritu de Dios con la libertad del hombre.

En este horizonte histórico-salvífico, la acción del hombre es siempre precedida por la atracción del Espíritu santo (cfr. Rm 8,29-30). En consecuencia la acción de la libertad humana aparece en realidad como una “reacción” que se determina a la vez como rendición, o bien como resistencia al Espíritu santo.

También en el caso específico de la vocación apostólica, la primacía de la atracción divina brota de la frecuente puntualización neo testamentaria que quienes llaman algunos cristianos a la misión evangelizadora son, antes, el Jesús terreno y, luego de Pentecostés, el Espíritu santo. Sin embargo, sería demasiado sencillo pensar, fundándose en los pasos analizados del nuevo testamento, que la llamada de Dios pueda constituirse totalmente, antes e independientemente del hombre, el cual solo después sería capaz de responder a Dios en manera totalmente autónoma.

La invitación o llamada no es una actividad exclusiva de Dios, más bien un diálogo permanente de la iniciativa divina y de la capacidad de acogida del hombre. Esto es tan verdadero que los evangelios declaran que algunos hombres manifiestan a Jesús la intención de seguirlo, porque ya se sienten atraídos por él, sin que él les haya llamados todavía abiertamente. De la misma manera, la respuesta no es una actividad exclusiva del hombre, sino una cooperación humana a la originaria y constante moción divina. El esquema llamada-respuesta no se refiere a dos acciones distintas de dos sujetos, respectivamente Dios y el hombre. Al contrario, designa dos aspectos del único evento vocacional, debido a la recíproca colaboración de Dios y del hombre.

2- Atracción de Jesús en la vocación de los Doce

La rápida reflexión sobre las resistencias vocacionales ha evidenciado como en el ministerio público de Jesús, las resistencias por parte de los Doce son de particular importancia.

Hay que precisar que sobretodo para los Doce – pero no solo para ellos – el relato de la aventura vocacional coincide con el relato de la experiencia de fe. Para los Doce creer en Jesús inmediatamente quiso decir participar a su misión evangeliza-dora. Aún salvaguardando la originalidad irrepetible de la vocación apostólica de los Doce, hay que reconocer este aspecto como significativo en cada vocación cristiana: de un lado, cada vocación cristiana nace siempre en el horizonte de la fe en Cristo; del otro, la elección fundamental de seguir existencialmente al Señor Jesús se concretiza en manera esencial en una determinada figura vocacional.

Las múltiples resistencias vocacionales presentadas como ejemplos en el Nuevo Testamento – resistencias a renuncias materiales, culturales, afectivas y religiosastienen sus raíces en la “poca fe” en Cristo. Además, esta “poca fe” puede llegar a una perdida total de la fe y, por tanto, a una verdadera traición de Jesús y de la llamada apostólica, como aconteció en el caso de Judas Iscariote. El análisis de la progresión de la fe en los discípulos muestra que el seguimiento de Jesús, más que a un camino linealmente progresivo tras de él, se parece a lo que el teólogo Hans Urs von Baltasar llamaría “teodrama”. En este drama la libertad del creyente en Cristo, si bien continuamente atraída hacia él, es también permanentemente distraída por la intervención de Satanás, por las pruebas y persecuciones, por las preocupaciones del mundo, la ilusión de las riquezas y de los placeres de la vida, como pone en relieve en manera incisiva la explicación de la parábola del sembrador.

De otro lado, en todos los evangelios vemos que los Doce seguían a Jesús con la generosidad de la que eran capaces. Sin embargo, se encontraban como lejos, se-parados, de él. Antes de la venida del Espíritu santo, la relación entre los discípulos y Jesús no había alcanzado entonces el debido nivel. Jesús les enseñaba el “camino de Dios” (Mc 12,14) exhortándoles a seguirlo, pero su invitación era acogida solo parcialmente, porque “Dios es Espíritu” (Jn 4,24) y “el hombre natural no entiende las cosas del Espíritu de Dios” (2 Cor 2,14). La presencia “exterior” de Jesús no era suficiente. Necesitaba una presencia interior del Espíritu santo, capaz de transformar con detenimiento la humanidad de los Doce, para ponerlos en condición de responder adecuadamente a la vocación apostólica. Como había prometido en la última cena (Jn 16,7) Jesús “se fue” por medio de su muerte en la cruz; así pudo enviar al Espíritu Santo. Gracias al Espíritu los discípulos consiguieron, por fin, vivir su vocación de testigos del Crucificado y Resucitado.

3- Atracción del Espíritu en la vocación de los apóstoles

En el día de Pentecostés el Espíritu santo penetró en los corazones de los apóstoles y les permitió superar todas las anteriores resistencias hacia Jesús. Además, respetando su libertad, el Espíritu ejerció “en” ellos una atracción hacia Jesús, con-forme a la promesa del mismo Jesús: “Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

El Espíritu consintió así a los apóstoles llamados por Jesús, de madurar en la fe y al mismo tiempo también en su vocación. Otros hombres – como Pablo – se tornaron, siempre por la multiforme intervención del Espíritu, “apóstoles por vocación, elegidos para anunciar el evangelio de Dios” (Rm 1,1). Así como es el mismo Espíritu el que llamó otros cristianos para que desarrollaran múltiples ministerios eclesiales (1Cor 12,4-11).

No se puede negar sin embargo que el Espíritu Santo nunca violenta la libertad de los cristianos, dejando la posibilidad de oponer resistencia, como claramente aconteció, sea en el caso de cristianos particulares, sea en el caso de tendencias colectivas de la Iglesia.

Solamente rindiéndose en la fe al influjo salvador del Espíritu que, a pesar de tantas resistencias humanas, continúa en actuar misteriosamente en la Iglesia, la comunidad cristiana logra obedecer al mandamiento de Jesús, de proseguir en la obra de evangelización para la salvación de todos los pueblos.