Anglocatólico

COMUNIDAD ECUMÉNICA MISIONERA LA ANUNCIACIÓN. CEMLA
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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

whatsapp +503 7768-5447

jueves, 18 de agosto de 2011

RITO PÚBLICO DE SANIDAD


Ritual para Ocasiones Especiales
Iglesia Episcopal

El rito comienza corno el señalado para una celebración de la Santa Eucaristía, o con el orden penitencial, o con la siguiente salutación:

Celebrante       Gracia y paz sea con ustedes de Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo.
Pueblo           Y con tu espíritu.
Celebrante       Oremos.

El Celebrante dice ésta o alguna otra colecta apropiada:
Oh Dios de paz, tú nos has enseñado que en la conversión y entrega seremos salvos,
y en la tranquilidad y confianza estará nuestra fortaleza:
Por el poder de tu Espíritu, te suplicamos nos eleves a tu presencia,
en donde podamos estar quietos y saber que tú eres Dios;
por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Se leen una o dos lecciones antes del Evangelio.
Entre las lecciones, y antes del Evangelio, se dice o canta un salmo, himno o antífona.
Si no se usa el Propio del Día, las lecciones, salmo y Evangelio se escogen de la lista.
Después del Evangelio puede seguir un sermón o meditación, o un período de silencio, o ambas cosas.
El rito continúa con el Credo o con la Oración de los Fieles.

Lista de lecciones y salmos que se sugieren:

Antiguo Testamento
Éxodo 16:13-15           (El maná en el desierto)
1 Reyes 17:17-24       (Elías revive al hijo de la viuda)
2 Reyes 5:9-14            (Curación de Naamán)
2 Reyes 20:1-5            (He oído tu oración... he aquí yo te sano)
Isaías 11:1 -3a             (Los dones del Espíritu)
Isaías 42:1 -7             (El siervo sufriente)
Isaías 53:3 -5             (Por sus llagas fuimos sanados)
Isaías 61:1 -3             (Buenas nuevas para los afligidos)

Salmos
Salmo 13                    (Mi corazón se alegrará en tu servicio)
Salmo 20:1-6              (El Señor te escuche en el día de asedio)
Salmo 23                    (Unges mi cabeza con óleo)
Salmo 27, o 27:1-7,9, 18 (El Señor es la fortaleza de mi vida)
Salmo 91                    (El mandará a sus ángeles que te guarden)
Salmo 103                  (El perdona todas tus iniquidades)
Salmo 121                  (Mi socorro viene del Señor)
Salmo 130                  (Mi alma aguarda al Señor)
Salmo 139:1-17          (¿A dónde huiré de tu Espíritu?)
Salmo 145:14-22        (Los ojos de todos esperan en ti, oh Señor)
Salmo 146                  (Dichosos aquellos cuya ayuda es el Dios de Jacob)

Nuevo Testamento
Hechos 3:1-10             (Pedro y Juan curan al hombre cojo)
Hechos 5:12-16          (Curaciones en Jerusalén; la sombra de Pedro)
Hechos 10:36-43        (La predicación apostólica: Pedro anduvo. . . sanando
Hechos 16:16-18        (La muchacha esclava con espíritu de adivinación)
Romanos 8:18-23      (Esperamos la redención de nuestro cuerpo)
Romanos 8:31-39      (Nada nos separará del amor de Dios)
2 Corintios 1:3-5        (Dios nos consuela en nuestras aflicciones)
Colosenses 1:11-20    (Que sean fortalecidos con todo poder)
Hebreos 12:1-2          (Mirando a Jesús, consumador de la fe)
Santiago 5:(13)14-16   (¿Está alguno enfermo entre ustedes?)
1 San Juan 5:13-15    (Que sepan que tienen vida eterna)


El Evangelio
San Mateo 9:2-8        (Tus pecados te son perdonados)
San Mateo 26:26-30, 36-39 (La Ultima Cena: no sea como yo quiero)
San Marcos 1:21-28 (Jesús sana a un hombre con espíritu inmundo)
San Mareos 1:29-34ª ( Jesús sana a la suegra de Pedro y a otras personas)
San Marcos 5:1-20    (Jesús cura a un geraseno endemoniado)
San Marcos 5:22-24 (La curación de la hija de Jairo)
San Marcos 6:7, 12-13 (Y ungían con aceite a muchos enfermos)
San Lucas 17:11-19   (Tu fe te ha salvado)
San Juan 5:1-9           (¿Quieres ser sano?)
San Juan 6:47-51       (Yo soy el pan de vida)
San Juan 9:1-11         (Jesús sana a un ciego de nacimiento)


En vez de la Oración de los Fieles se puede usar la siguiente Letanía:
Letanía de sanidad

El Celebrante comienza la Letanía con la siguiente petición:
Nombremos ante Dios a aquéllos por quienes vamos a ofrecer nuestras oraciones.
El pueblo dice en voz alta el nombre de las personas por quienes va a interceder.

Una persona señalada dirige la Letanía.
Dios el Padre, tu voluntad es que toda persona tenga salud y salvación;
Te alabamos y te damos gracias, Señor.

Dios el Hijo, viniste para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia;
Te alabamos y te damos gracias, Señor.

Dios el Espíritu Santo, nuestros cuerpos son el templo donde moras;
Te alabamos y te damos gracias, Señor.

Santa Trinidad, un solo Dios, en ti vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser;
Te alabamos y te damos gracias, Señor.

Señor, concede tu gracia curativa a todos los que están enfermos, heridos o incapacitados, para que puedan ser sanos;
Óyenos, oh Señor de vida.

Concede a todos los que buscan tu dirección y a todos los que se hallan solitarios, ansiosos o deprimidos, el conocimiento de tu voluntad y la seguridad de tu presencia;
Óyenos, oh Señor de vida.

Enmienda las relaciones desechas, y restaura al buen estado mental y serenidad de espíritu a los que padecen angustia emocional;
Óyenos, oh Señor de vida.

Bendice a los médicos, a las enfermeras y a todas las personas que ministran a los que sufren, concediéndoles sabiduría y destreza, simpatía y paciencia;
Óyenos, oh Señor de vida.

Concede paz a los moribundos y una muerte serena, y por la gracia y consuelo de tu Santo Espíritu sostén a los afligidos;
Óyenos, oh Señor de vida.

Restaura a su integridad lo que haya sido quebrantado por el pecado humano, en nuestra vida, en nuestra nación y en el mundo;
Óyenos, oh Señor de vida.

Tú eres el Señor que hace portentos:
Has declarado tu poder entre los pueblos.

Contigo, oh Señor, está el manantial de la vida:
Y en tu luz veremos luz.

Óyenos, oh Señor de vida:
Cúranos y haznos íntegros.

Oremos.

Sigue un período de silencio.
El Celebrante concluye las oraciones con una de las siguientes colectas, u otra apropiada:

Dios todopoderoso, dador de vida y salud:
Envía tu bendición sobre todos los que están enfermos y sobre quienes les ministran, para que toda debilidad pueda ser derrotada por el triunfo del Cristo resucitado; que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

o ésta:
Padre celestial, tú has prometido escuchar lo que pidamos en Nombre de tu Hijo:
Acepta y cumple nuestras peticiones, te suplicamos, no como te lo pedimos en nuestra ignorancia ni
como lo merecemos por nuestro pecado, sino como tú nos conoces y amas en tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Amén
.
o ésta:
Oh Señor y Dios nuestro, acepta las fervientes plegarias de tu pueblo; en la multitud de tus piedades, vuelve tus ojos compasivos hacia nosotros y a cuantos acuden a ti por socorro, pues tú eres bondadoso, oh amante de las almas; y a ti rendimos gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y por siempre. Amén.

Sigue la confesión de pecado, si es que no se ha hecho al principio del rito

El Diácono o el Celebrante dice:
Confesemos humildemente nuestros pecados a Dios todopoderoso.

Puede guardarse un período de silencio.
Ministro y Pueblo:
Dios de misericordia,
confesamos que hemos pecado contra ti
por pensamiento, palabra y obra,
por lo que hemos hecho
y lo que hemos dejado de hacer.
No te hemos amado con todo el corazón;
no hemos amado a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Sincera y humildemente nos arrepentimos.
Por amor de tu Hijo Jesucristo,
ten piedad de nosotros y perdónanos;
así tu voluntad será nuestra alegría
y andaremos por tus caminos,
para gloria de tu Nombre. Amén.

o ésta:
Omnipotente y misericordiosísimo Padre:
Hemos errado, y nos hemos extraviado de tus caminos
como ovejas perdidas.
Hemos seguido demasiado los designios y deseos de
nuestro propio corazón.
Hemos faltado a tus santas leyes.
Hemos dejado de hacer lo que debíamos haber hecho;
y hemos hecho lo que no debíamos hacer.
Mas tú, oh Señor, compadécete de nosotros;
libra a los que confiesan sus culpas;
restaura a los que se arrepienten,
según tus promesas declaradas al género humano
en Jesucristo nuestro Señor.
Y concédenos, oh Padre misericordiosísimo, por su amor,
que de aquí en adelante vivamos
una vida sobria, santa y justa,
para gloria de tu santo Nombre. Amén.

El Obispo, si está presente, o el Presbítero, puesto de pie, dice:
El Señor Omnipotente y misericordioso, os conceda
absolución y remisión de todos vuestros pecados,
verdadero arrepentimiento, enmienda de vida y la gracia
y el consuelo de su Espíritu Santo. Amén.

El Celebrante invita ahora a pasar al frente a aquellos que quieran recibir la imposición de manos (y la unción).

Si el aceite para la unción de los enfermos ha de bendecirse, se usa la fórmula  del Libro de Oración Común.
Oh Señor, Padre Santo, dador de la salud y salvación:
Envía tu Santo Espíritu para santificar este óleo, a fin de que,
así como tus santos apóstoles ungieron a muchos
enfermos y los sanaron, del mismo modo sean sanados
cuantos reciban con fe y arrepentimiento esta santa
unción; por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina
contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Se canta o dice la siguiente antífona:
Salvador del mundo, por tu cruz y preciosa sangre nos has redimido;
Sálvanos y ayúdanos, te suplicamos humildemente, oh Señor.

El Celebrante pronuncia la siguiente bendición sobre los que han pasado al frente:
El Dios todopoderoso, que es torre fuerte de todos los que
ponen su confianza en él, a quien todas las cosas en el cielo, en
la tierra y debajo de la tierra se inclinan y obedecen: Sea su
defensa ahora y siempre, y les haga saber y sentir que el único
Nombre dado bajo el cielo para salud y salvación es el Nombre
de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Entonces el Celebrante impone las manos sobre cada persona (y habiendo mojado el dedo pulgar en el aceite para la unción de los enfermos, hace señal de la Cruz en sus frentes), y dice una de las siguientes oraciones:
N., yo impongo las manos sobre ti, [y te unjo con aceite] en el
Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, suplicando a
nuestro Señor Jesucristo que te sostenga con su presencia, que
ahuyente de ti toda enfermedad de cuerpo y espíritu, y que te
conceda esa victoria de vida y de paz, la cual te capacitará para
servirle ahora y siempre. Amén.

o ésta:
N., yo impongo las manos sobre ti [y te unjo con aceite] en el
Nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, suplicándole te
sostenga y te colme de su gracia, a fin de que conozcas el poder
sanativo de su amor. Amén.

o ésta:
N., yo impongo las manos sobre ti [y te unjo con aceite] en el
Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Puede ofrecerse una oración por cada persona de acuerdo a sus necesidades con la imposición de manos (y la unción).
Los laicos, con el don de sanidad, pueden unirse al Celebrante en la imposición de manos.

El rito continúa con el intercambio de la Paz.

Si no se celebra la Comunión, el rito concluye con el Padre Nuestro y la oración y bendición que se encuentran más abajo.
Si se celebra la Eucaristía, la liturgia continúa con el ofertorio.

En lugar de la oración usual de poscomunión (o, si no ha habido Comunión después del Padre Nuestro), se dice la siguiente oración:
Dios todopoderoso y eterno, atrae nuestro corazón hacia ti,
dirige nuestra mente, inspira nuestra imaginación y gobierna
nuestra voluntad, de tal modo que seamos totalmente tuyos,
dedicados por completo a ti. Te rogamos nos uses según tu
voluntad, y siempre para tu gloria y el bienestar de tu pueblo;
por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

El Celebrante pronuncia esta bendición:
Que Dios Padre les bendiga, Dios Hijo les sane y Dios Espíritu
Santo les fortalezca. Que Dios, la santa e indivisa Trinidad,
guarde sus cuerpos, salve sus almas y les lleve con seguridad a
sus país celestial, done él vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén.

Un diácono, o el Celebrante, despide al pueblo.

Tomado del
Ritual para Ocasiones Especiales
Iglesia Episcopal

¿QUE ES EL EXORCISMO?


Para poder entender qué es el exorcismo, se debe partir de Jesús y de su misma praxis. Jesucristo vino al mundo y a los hombres para anunciar e inaugurar el reino de Dios. Los hombres poseen una innata capacidad para recibir a Dios en su corazón (cf. Rm 5, 5). Sin embargo, esta capacidad para acoger a Dios es ofuscada por el pecado, y en algunas ocasiones el mal ocupa en el hombre el puesto que sólo le corresponde a Dios. Por ello, Jesucristo vino a liberar al hombre del mal y del pecado, y también de todas las formas de dominación del maligno, es decir, del diablo y de sus espíritus malignos, llamados demonios, que quieren pervertir el sentido de la vida del hombre. Por esta razón, Jesucristo expulsaba los demonios y liberaba a los hombres de la posesión de los espíritus malignos, para hallar cabida en el corazón del hombre y darle la posibilidad de conseguir la libertad ante Dios, que quiere darle su Espíritu Santo, para que se convierta en su templo vivo (cf. 1 Co 6, 19; 1 P 2, 5) y dirija sus pasos hacia el camino de la paz y de la salvación (cf. Rm 8, 1-17; 1 Co 12, 1-11; Ga 5, 16-26).

La Iglesia está llamada a seguir a Jesucristo y ha recibido, de Cristo mismo, el poder de continuar, en su nombre, su misión. De aquí que la acción de Cristo para liberar al hombre del mal se ejercita a través del servicio de la Iglesia y de sus ministros ordenados, delegados por el obispo para cumplir los ritos sagrados dirigidos a librar a los hombres de la posesión del maligno.

El exorcismo constituye una antigua y particular forma de oración que la Iglesia emplea contra el poder del diablo. He aquí cómo explica el Catecismo de la Iglesia católica en qué consiste el exorcismo y cómo se lleva a cabo: «Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra la influencia del maligno y substraído a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (cf. Mc 1, 25 ss); de él deriva a la Iglesia el poder y la tarea de exorcizar (cf. Mc 3, 15; 6, 7. 13; 16, 17). De una manera simple, el exorcismo se practica durante la celebración del bautismo. El exorcismo solemne, llamado «gran exorcismo», puede ser practicado sólo por un presbítero y con el permiso del obispo. En esta materia es necesario proceder con prudencia, observando rigurosamente las normas establecidas por la Iglesia. El exorcismo tiene como objeto expulsar a los demonios o liberar de la influencia demoníaca, mediante la autoridad que Jesús ha dado a su Iglesia. Muy diferente es el caso de enfermedades, sobre todo psíquicas, cuya curación pertenece al campo de la ciencia médica. Es importante, por lo tanto, asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, que se trate de una presencia del maligno y no de una enfermedad (cf. Código de derecho canónico, c. 1172)» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1673).

La sagrada Escritura nos enseña que los espíritus malignos, enemigos de Dios y del hombre, realizan su acción de modos diversos; entre éstos se señala la obsesión diabólica, llamada también posesión diabólica. Sin embargo, la obsesión diabólica no constituye la manera más frecuente como el espíritu de las tinieblas ejerce su influjo. La obsesión tiene características de espectacularidad; en ella el demonio se apropia, en cierto modo, de las fuerzas y de la actividad física de la persona que sufre la posesión.

No obstante esto, el demonio no puede adueñarse de la libre voluntad del sujeto, lo que impide el compromiso de la libre voluntad del poseído, hasta el punto de hacerlo pecar. Sin embargo, la violencia física que el diablo ejerce sobre el obseso constituye un incentivo al pecado, que es lo que él quisiera obtener. El ritual del exorcismo señala diversos criterios e indicios que permiten llegar, con prudente certeza, a la convicción de que se está ante una posesión diabólica. Es solamente entonces cuando el exorcista autorizado puede realizar el solemne rito del exorcismo. Entre estos criterios indicados se encuentran: el hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas; desvelar cosas escondidas o distantes; demostrar fuerzas superiores a la propia condición física, y todo ello juntamente con una aversión vehemente hacia Dios, la santísima Virgen, los santos, la cruz y las sagradas imágenes.

Se subraya que para llevar a cabo el exorcismo es necesaria la autorización del obispo diocesano. Autorización que puede ser concedida para un caso específico o de un modo general y permanente al sacerdote que ejerce en la diócesis el ministerio de exorcista.

El Ritual romano contenía, en un capítulo especial, las indicaciones y el texto litúrgico de los exorcismos. Este capítulo era el último, y había quedado sin ser revisado después del concilio Vaticano II. La redacción final del Rito de los exorcismos ha requerido muchos estudios, revisiones, renovaciones y modificaciones, consultas a las diversas Conferencias episcopales; todo ello analizado por parte de una Asamblea ordinaria de la Congregación para el culto divino. El trabajo ha costado diez años de esfuerzos, dando como resultado el texto actual, aprobado por el Sumo Pontífice, que hoy se hace público y se pone a disposición de los pastores y de los fieles de la Iglesia. Resta, no obstante, un trabajo que incumbe a las respectivas Conferencias episcopales: la traducción de este Ritual a las lenguas habladas en sus respectivos territorios. Estas traducciones deben ser exactas y fieles al original latino, y deben ser sometidas, según la norma canónica, a la recognitio de la Congregación para el culto divino.

En el Ritual que hoy presentamos se encuentra, sobre todo, el rito del exorcismo propiamente dicho, que debe realizarse sobre la persona obsesa. Siguen las oraciones que debe decir públicamente un sacerdote, con el permiso del obispo, cuando se juzga prudentemente que existe un influjo de Satanás sobre lugares, objetos o personas, sin llegar al nivel de una posesión propiamente dicha. Contiene, además, una serie de oraciones que pueden ser dichas privadamente por los fieles, cuando sospechan con fundamento que están sujetos a influjos diabólicos.

El exorcismo tiene como punto de partida la fe de la Iglesia, según la cual existen Satanás y los otros espíritus malignos, y que su actividad consiste en alejar a los hombres del camino de la salvación. La doctrina católica nos enseña que los demonios son ángeles caídos a causa del propio pecado; que son seres espirituales con gran inteligencia y poder: «El poder de Satanás, sin embargo, no es infinito. Éste no es sino una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del reino de Dios. Aunque Satanás actúe en el mundo por odio contra Dios y su reino en Cristo Jesús, y su acción cause graves daños –de naturaleza espiritual e, indirectamente, también de naturaleza física- a cada hombre y a la sociedad, esta acción es permitida por la divina Providencia, que guía la historia del hombre y del mundo con fuerza y suavidad. La permisión por parte de Dios de la actividad diabólica constituye un misterio grande, sin embargo nosotros sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman (Rm 8, 28)» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 395).

Quisiera subrayar que el influjo nefasto del demonio y de sus secuaces es habitualmente ejercitado a través del engaño, la mentira y la confusión. Así como Jesús es la Verdad (cf. Jn 8, 44), el diablo es el mentiroso por excelencia. Desde siempre, desde el inicio, la mentira ha sido su estrategia preferida. No hay lugar a dudas de que el diablo tiene la capacidad de atrapar a muchas personas en las redes de las mentiras, pequeñas o grandes. Engaña a los hombres haciéndoles creer que no tienen necesidad de Dios y que son autosuficientes, sin necesitar ni la gracia ni la salvación. Logra engañar a los hombres amortiguando en ellos, e incluso haciendo desaparecer, el sentido del pecado, sustituyendo la ley de Dios como criterio de moralidad por las costumbres o consensos de la mayoría. Persuade a los niños para que crean que la mentira constituye una forma adecuada para resolver diversos problemas, y de esta manera se forma entre los hombres, poco a poco, una atmósfera de desconfianza y de sospecha. Detrás de las mentiras, que llevan el sello del gran mentiroso, se desarrollan las incertidumbres, las dudas, un mundo donde ya no existe ninguna seguridad ni verdad, y en el cual reina, en cambio, el relativismo y la convicción de que la libertad consiste en hacer lo que da la gana. De esta manera no se logra entender que la verdadera libertad consiste en la identificación con la voluntad de Dios, fuente del bien y de la única felicidad posible.

La presencia del diablo y de su acción explica la advertencia del Catecismo de la Iglesia católica: «La dramática condición del mundo que "yace" todo él "bajo el poder del maligno" (1 Jn 5, 19), hace que la vida del hombre sea una lucha: "Toda la historia humana se encuentra envuelta en una tremenda lucha contra el poder de las tinieblas; lucha que comenzó ya en el origen del mundo, y que durará, como dice el Señor, hasta el último día. Inserto en esta batalla, el hombre debe combatir sin descanso para poder mantenerse unido al bien; no puede conseguir su unidad interior si no es al precio de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios" (Gaudium et spes, 37, 2)» (n. 409).

La Iglesia está segura de la victoria final de Cristo y, por tanto, no se deja arrastrar por el miedo o por el pesimismo; al mismo tiempo, sin embargo, es consciente de la acción del maligno, que trata de desanimarnos y de sembrar la confusión. «Tengan confianza -dice el Señor-; yo he vencido al mundo» (Jn 8, 33). En este marco encuentran su justo lugar los exorcismos, expresión importante, pero no la única, de la lucha contra el
maligno.

Card. Jorge A. MEDINA ESTÉVEZ
Prefecto

LO CONCERNIENTE AL EXORCISMO



La práctica de ahuyentar espíritus malignos por medio de la oración y fórmulas establecidas reciben su autoridad del mismo Señor quien identificó estos actos como señales de su mesianismo. A principios de la vida de la Iglesia, el desarrollo y práctica de tales ritos eran reservados para el Obispo, quien a su discreción podía delegar la práctica a presbíteros seleccionados y a otras personas que creyera competentes.

De acuerdo con esta tradición establecida, los que tengan necesidad de tal ministerio, deberán notificarlo al obispo mediante el presbítero de la parroquia, con el fin de que el obispo determine la necesidad del exorcismo, la persona que ha de celebrar el rito y las oraciones y otras fórmulas que han de emplearse.

RITOS PASTORALES
Ritual para Ocasiones Especiales p.205.
Iglesia Episcopal USA

El exorcismo es una antigua y particular forma de oración que hace un ministro ordenado de la Iglesia, en nombre de Jesucristo y por el poder que Jesucristo ha otorgado a su Iglesia para liberar del poder de Satanás, demonio. Por lo tanto no es oración personal sino de la Iglesia.

SÚPLICAS QUE PUEDEN SER EMPLEADAS  PRIVADAMENTE POR LOS FIELES EN LA LUCHA CONTRA LAS POTESTADES DE LAS TINIEBLAS
Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos

Del ‘RITUAL ROMANO DE LOS EXORCISMOS’
(APÉNDICE II)

 Oraciones

Señor Dios, ten misericordia de mí, tu siervo,
que por la multitud de las asechanzas
estoy como un vaso resquebrajado;
líbrame de la mano de mis enemigos,
asísteme para que busque al que está perdido,
lo pueda encontrar y restituirlo para ti,
lo pueda restituir y entregártelo para que no lo abandones.
Concédeme que te agrade en todo
ya que he podido conocerte y saber que me has redimido.
Amén.

Dios omnipotente,
que a los abandonados los haces habitar en tu casa,
y concedes la felicidad a los cautivos,
mira mi aflicción
y ven en mi auxilio,
vence al enemigo inicuo;
de modo que, superada la presencia del adversario,
mi libertad alcance su descanso
y restituido a la tranquila devoción
pueda confesar que eres admirable
y que concediste a tu pueblo la fuerza.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Dios, creador y defensor del género humano
tú formaste al hombre a tu imagen
y lo recreaste admirablemente con la gracia del Bautismo;
vuelve tu mirada sobre este siervo tuyo,
y escucha bondadosamente mis súplicas.
Te pido que brote en mi corazón el esplendor de tu gloria
para que, eliminado todo terror, miedo y temor,
sereno en mente y alma
junto a los hermanos en tu Iglesia
pueda alabarte eternamente. Amén.


Padre Dios, autor de la misericordia y de todo amor,
que quisiste que tu Hijo sufriera por nosotros el patíbulo de la Cruz
para expulsar de nosotros el poder del enemigo,
mira atentamente mi humillación y dolor,
y mantente firme, te pido,
para que a quien renovaste en la fuente del Bautismo
vencido el combate del Maligno,
lo llenes con la gracia de tu bendición.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia
y quisiste que fuera hijo de la luz,
concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios
y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Invocaciones a la Santísima Trinidad

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

Honor y gloria al único Dios.

Bendigamos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
alabémoslo y exaltémoslo por los siglos.

Te invocamos, te alabamos, te adoramos, oh bienaventurada Trinidad.
Esperanza nuestra, salvación nuestra, honor nuestro, oh bienaventurada Trinidad.
Líbrame, sálvame, vivifícame, oh bienaventurada Trinidad.

Santo, Santo, Santo, Señor Dios omnipotente
el que es, el que era y el que vendrá.

A ti la honra y el imperio, oh bienaventurada Trinidad.
A ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh bienaventurada Trinidad.
Santo Dios, Santo y fuerte, Santo e inmortal, ten compasión de mí.

Invocaciones a nuestro Señor Jesucristo

a.
Jesús, Hijo del Dios vivo,                                           ten misericordia de mí.
Jesús, imagen del Padre,                                           ten misericordia de mí.
Jesús, Sabiduría eterna,                                             ten misericordia de mí.
Jesús, esplendor de la luz eterna,                          ten misericordia de mí.
Jesús, Palabra de Vida,                                                               ten misericordia de mí.
Jesús, Hijo de la Virgen María,                                                ten misericordia de mí.
Jesús, Dios y hombre,                                                  ten misericordia de mí.
Jesús, Sumo Sacerdote,                                              ten misericordia de mí.
Jesús, heraldo del Reino de Dios,                          ten misericordia de mí.
Jesús, camino, verdad y vida,                                   ten misericordia de mí.
Jesús, pan de Vida,                                                       ten misericordia de mí.
Jesús, Vida verdadera,                                                                ten misericordia de mí.
Jesús, hermano de los pobres,                                                ten misericordia de mí.
Jesús, amigo de los pecadores,                               ten misericordia de mí.
Jesús, médico del alma y del cuerpo,                   ten misericordia de mí.
Jesús, salvación de los oprimidos,                         ten misericordia de mí.
Jesús, consuelo de los abandonados,                   ten misericordia de mí.
Tú, que viniste a este mundo,                                 ten misericordia de mí.
Tú, que libraste a los oprimidos por el Diablo,                 ten misericordia de mí.
Tú, que pendiste de la Cruz,                                     ten misericordia de mí.
Tú, que aceptaste la muerte por nosotros,        ten misericordia de mí.
Tú, que yaciste en el sepulcro,                                                ten misericordia de mí.
Tú, que descendiste a los infiernos,                     ten misericordia de mí.
Tú, que resucitaste de entre los muertos,          ten misericordia de mí.
Tú, que ascendiste a los cielos,                               ten misericordia de mí.
Tú, que enviaste el Espíritu Santo a los Apóstoles,        ten misericordia de mí.
Tú, que estás sentado a la derecha del Padre,                 ten misericordia de mí.
Tú, que has de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, ten misericordia de mí.

b.
Por tu encarnación,                                       líbrame, Señor.
Por tu nacimiento,                                        líbrame, Señor.
Por tu bautismo y tu santo ayuno,          líbrame, Señor.
Por tu Cruz y tu Pasión,                               líbrame, Señor.
Por tu muerte y resurrección,                  líbrame, Señor.
Por tu admirable ascensión,                     líbrame, Señor.
Por la efusión del Espíritu Santo,            líbrame, Señor.
Por tu gloriosa venida,                                                líbrame, Señor.

c.
Sálvame, Cristo Salvador, por la fuerza
de tu Cruz + [El fiel puede signarse]
tú que salvaste a Pedro en el mar,
ten misericordia de mí.

Por el signo de la Cruz +
líbranos de nuestros enemigos, Dios nuestro.

Por tu Cruz + sálvanos, Cristo redentor,
que muriendo destruiste nuestra muerte
y resucitando restauraste la vida.

Honramos tu Cruz +, Señor,
recordamos tu gloriosa Pasión,
ten compasión de nosotros,
tú que padeciste por nosotros.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
que por tu santa Cruz + redimiste al mundo.