Anglocatólico

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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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lunes, 14 de abril de 2014

EL CAMINO DE LA LUZ, “El Vía Lucis”


Así como celebramos el Vía Crucis, con más razón tenemos que celebrar la realidad. El Vía Lucis nos pone en contacto con Jesús Resucitado, el que vive.

En el Tiempo de Pascua, tiempo de plenitud y de realización, hablamos y celebramos el Camino de la Luz: No ya meditar y actualizar los misterios que ya pasaron, sino celebrar la realidad de la Persona de Jesús tal como ahora está: resucitado corporalmente y repleto de luz, gloria y esplendor, tal cual estaremos nosotros con nuestros propios cuerpos transfigurados al final de los tiempos.

Para ello nada más hermoso y gratificante que recrear las escenas bíblicas de Jesús Resucitado, no ya en estaciones dolorosas, sino en estaciones luminosas, gloriosas, transfigurantes.

Así como el “Vía Crucis” se celebra popular y devocionalmente los viernes, y tal vez los martes (días de misterios “dolorosos”), el “Vía Lucis” es propio del Domingo (del lat. “Dominicus”, día del Señor –“Domine”-), día en que resucitó Jesús al amanecer, y también el miércoles, en que tradicionalmente se meditan los misterios gloriosos de salvación.

No obstante, según la devoción y práctica personal, nada impide que uno y otro se celebren también particularmente en distintos días y circunstancias, según lo establezca cada uno por sí mismo, en compañía o en comunidad familiar o eclesial.

Así presentado, puede comenzarse con la señal de la cruz y una oración de pedido de perdón a Dios Padre para celebrar con mayor libertad de corazón y espíritu la gloria del Señor Jesús Resucitado, culminando cada Estación con una oración a Él que haga referencia a lo meditado.

Las Estaciones pueden ser las siguientes. Acompañamos la cita bíblica correspondiente:

1) Jesús Resucitado se aparece a las santas mujeres (Mt. 28, 1-10 y // -textos paralelos-).

2) Pedro y el discípulo amado encuentran el sepulcro vacío (Jn. 20, 2-20).

3) La aparición de Jesús Resucitado a María Magdalena (Jn. 20, 11-18).

4) El Señor Resucitado camina con los discípulos de Emaús haciendo arder sus corazones cuando les explica las Escrituras, y es reconocido en la Fracción del Pan (Lc. 24, 13-33.35).

5) Jesús Resucitado se aparece a Simón Pedro (Lc. 24,34)

6) Jesús Resucitado y los discípulos en Jerusalén (Jn 20, 19-20 y //).

7) Jesús Resucitado abre la inteligencia de los Apóstoles para que comprendan cómo las Escrituras se refieren a Él, anunciado y latente en el Antiguo Testamento (Lc. 24, 44-49).

8) Jesús Resucitado sopla y entrega el Espíritu Santo a los Apóstoles, dándoles el poder de perdonar, ministerio que continúan sus Sucesores, los Obispos (Jn. 20, 21-23).

9) Nueva aparición de Jesús Resucitado a la semana de resucitar, estando los discípulos con Tomás, que toca las llagas glorificadas de Jesús (Jn. 20, 24-29).

10) Jesús Resucitado y los discípulos en un monte de Galilea. Adoración de Jesús y encargo universal para ellos. (Mt. 28, 16-20).

11) Jesús Resucitado se manifiesta a orillas del Mar de Tiberíades, cuando sus Apóstoles fueron a pescar de noche y no aprehendieron nada. Es señalado y reconocido por el discípulo amado, símbolo de aquellos que aman a Jesús y son amados por Él. Pesca milagrosa. Las barcas no se hunden en el mundo de la Resurrección como en Lc. 5, 1-11 (Jn. 21, 1-14).

12) El Señor Resucitado dialoga con Pedro y le encomienda el pastoreo universal de sus ovejas (Jn 21, 15-19).

13) Diálogo con el discípulo amado: Éste permanecerá junto al Señor Resucitado en la persona de aquellos que aman a Jesús, hasta que Él vuelva al final de los tiempos (Jn. 21, 20-23).

14) Jesús Resucitado se aparece a más de 500 hermanos a la vez (I Cor. 15, 6).

15) Jesús Resucitado sube corporalmente a los cielos a la vista de todos (-Ascensión- Lc. 24, 50-53), y en Pentecostés el Espíritu Santo desciende para dar testimonio en los corazones de que Jesús está resucitado y vive (Hch. 2).

Con la meditación del Camino de la Luz, nuestros ojos se harán más transparentes, nuestra mirada más límpida, nuestro corazón más puro.

La gloria de la Resurrección penetrando nuestra pobre vida mortal, puede hacer que nos llenemos de fuerzas nuevas, de una fe capaz de mover montañas y de, por qué no, cambiar nuestra historia personal y comunitaria, de esperanza cierta de que las cosas serán modificadas para bien y que no involucionarán para peor jamás, de amor virtuoso y solidario que busque el bien y la felicidad de todos.

Jesús Resucitó. Es nuestra esperanza y nuestra vida. Ya desde ahora somos dichosos.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica

EL PROCESO DE JESUS ¿Por qué crucifican a Jesús?


El Proceso que llevó a Jesús a dar la vida por nuestra salvación.

Antes de abordar el tema, y para sumergirnos en él, debemos recordar que el territorio de los judíos estaba dominado en tiempos de Jesús por los romanos, por lo que, si bien los judíos podían ejercer su religión, no tenían ciertos derechos, como el de condenar y ajusticiar a alguien (Jn 18,31).

El juicio y la sentencia corrían por parte de los romanos, expertos en leyes además, aunque se escuchaba el alegato de los que acudían a ellos para solicitar sentencia.

Los judíos deciden la muerte de Jesús por envidia (así lo atestigua el procurador romano, en Mt 27,18, donde asevera el evangelista que Pilato sabía bien el motivo de la entrega).

Pero debían presentar una acusación que tuviera cierto peso jurídico y legal, para llevar a cabo sus planes de exterminio del Nazareno.

Por eso se ejecutan dos juicios: Uno religioso, ante el tribunal judío, y otro civil, ante el tribunal romano.

Ante el tribunal judío, basta la acusación de blasfemia (Mt 26,66): Siendo un hombre, Jesús se hace pasar por Dios, ya que manifiesta un poder de perdonar los pecados, cosa que solo es atribuible a Dios.

El razonamiento es sensato. Jesús cura y manifiesta explícitamente que lo hace como un signo de que tiene el poder de perdonar los pecados. Es más, al curado, le dice que sus pecados les son perdonados (Lc 5,20-24; 7,48-50).

Ahí estaría la blasfemia. Presentada así es verdad. Un hombre no puede perdonar los pecados. Es prerrogativa solamente de Dios: Y en cualquier religión, sea ésta judía, cristiana, musulmana o hindú. Uno puede predisponerse, pero solo perdona Dios.

La salvedad es que para el cristianismo posterior a la Resurrección, este hombre de Nazareth resulta ser el mismo Dios, el mismo Yahvé, el Yo Soy del Antiguo Testamento (Ex 3,14; Jn 8,24).

Pero una acusación de blasfemia, no era de peso ante un tribunal romano. Delitos religiosos no eran condenados con severidad.

Entonces cambian el motivo de la condena: Jesús quiere hacerse rey, es un revolucionario político (Lc 23,2). Y ellos, que odiaban al César y a su Imperio, manifiestan que el César es su único rey (Jn 19,15c). Extraña conducta del hombre que traiciona, no solo a los demás, sino sus propios principios e ideales.

Viendo Pilato que la cosa iba de mal en peor, y que el pueblo amenazaba con acusarlo de complicidad con el supuesto revolucionarlo, al no condenarlo por querer usurpar el lugar que corresponde solo al César, y viendo peligrar su puesto (Jn 19,12), decide entregarlo para ser crucificado (Jn 19,16).

Pilato, actuando en contra de su conciencia en el proceso contra Jesús, decide colocar una inscripción encima de la cruz: INRI, que en latín quiere decir: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Ésta atrae la atención de éstos, que quieren impedirlo (Jn 19,21), a lo que el gobernante proclama que “lo escrito, escrito está”, reafirmando la realidad no solo de la sentencia, sino de la condición real de Jesús (Jn 19,22).

Como a Jerusalén acudían peregrinos religiosos de toda lengua y nación, hizo colocar además del hebreo, también la inscripción en griego y en latín, de modo que todo el que pasaba podía contemplarla (Jn 19,20b).

Jesús muere con el cargo de blasfemo para los judíos (siendo un hombre común se hacía pasar por Dios), y con el cargo de revolucionario político ante las autoridades romanas:

Sin embargo, el motivo inscripto en su condena, es que es el Rey:
¿Lo es en nuestras vidas?
¿Le damos lugar en el trono de nuestro corazón?
Sin duda las cosas nos irían mejor, personal y comunitariamente, si así lo hiciéramos.


Los idiomas bíblicos en la Cruz de Jesús.

Estos idiomas originarios (hebreo, latín y griego), que señalan la condena de Jesús en el patíbulo, son los que cimientan la base de la realeza mesiánica de Jesús todo el cristianismo.

En efecto, el cristianismo nace bajo el imperio romano, en el que todavía se hablaba la lengua griega de Alejandro Magno, el gran guerrero helénico. El griego popular era la “koiné”, lenguaje utilizado en el Nuevo Testamento y en la traducción bíblica del Antiguo Testamento al griego en el siglo II a.C., la versión llamada Alejandrina o canon (lista de libros bíblicos) largo de 46 libros. 7 libros del Antiguo Testamento escritos directamente en griego son aceptados como inspirados por los católicos, con el nombre de deuterocanónicos (“nuevos” en el canon).

Por supuesto que el hebreo es cuna también del cristianismo, donde se gestan la mayoría de los libros del Antiguo Testamento aceptados por el canon católico, el llamado canon corto de Palestina, de 39 libros.

Y poco a poco el griego es reemplazado en el Imperio por el latín, culto en las cortes, vulgar entre el pueblo.

En el siglo IV el Papa Dámaso pide a San Jerónimo, el más grande biblista de todos los tiempos, y el más grande hebraísta de su época, que traduzca los libros originales del hebreo al latín.

Así lo hace él, completando luego la traducción latina también de los libros griegos. Así aparece el tercer canon típico de la Biblia, el traducido al latín vulgar, llamado “Vulgata”.

39 libros hebreos del Antiguo Testamento, 7 libros griegos del Antiguo Testamento, y 27 libros del Nuevos Testamento.

Un total de 73 libros para la Biblia católica.

Estos tres idiomas originarios en el cristianismo, que sentenciaron con la realeza la condena de Jesús, aparecen también reinando en la Palabra de Dios encarnada en las Sagradas Escrituras.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor Universitario y Bachiller en Teología
Pontificia Universidad Católica

EL CAMINO DE LA CRUZ SEGÚN LOS EVANGELIOS


La característica de este nuevo Vía Crucis es su referencia bíblica, ya que de las catorce estaciones hablan los Evangelistas.

Estas referencias enriquecen el ejercicio del “Camino de la Cruz”, y las hacen más útiles al pueblo cristiano que quiere meditar los pasos de Jesús desde Getsemaní hasta el sepulcro.

Se han suprimido, aunque quedan para la devoción de los fieles por su raigambre en la secular tradición popular, las tres caídas, el encuentro de Jesús con su Madre y con la Verónica. No porque nada de esto haya ocurrido, sino para darle un fundamento evangélico y bíblico, ya que los Evangelios no pueden llegar a contener todo lo que Jesús hizo y dijo (Jn 20, 30-32.21, 25).

En cambio se recuerdan la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, la traición de Judas, la condena del Sanedrín, las negaciones de Pedro, María y Juan al pie de la Cruz, entre otras.

Así el ejercicio del “Vía Crucis” adquiere también el valor de un mayor contacto con las fuentes de la Revelación en la Sagrada Escritura.

Quedaría ordenado en las siguientes estaciones con su correspondiente cita y meditación bíblica:

1) Jesús en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 36-46).

2) Jesús es detenido traicionado por Judas (Mt 26, 47-50).

3) Jesús es condenado por el Sanedrín (tribunal religioso judío) (Mt 26, 57-59). 4) Jesús es negado por Pedro (Mt 26, 69-75).

5) Jesús es juzgado por Poncio Pilato (Mt 27, 24-26).

6) Jesús es azotado y coronado de espinas (Mt 27, 27-31).

7) Jesús es cargado con la Cruz (Mt 27, 24-26.31).

8) Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la Cruz (Mt 27, 32)

9) Jesús se encuentra con las mujeres de la ciudad de Jerusalén (Lc 23, 27-32)

10) Jesús es crucificado (Mt 27, 33-35)

11) Jesús promete su Reino al Buen Ladrón (Lc 23, 39-42)

12) Jesús en la Cruz, la Madre y el discípulo amado (Jn 19, 25-27)

13) Jesús muere en la Cruz (Mt 27, 48-50)

14) Jesús es colocado en el Sepulcro (Mt 27, 60)

Hemos colocado solamente una cita bíblica de cada “Estación”, pero se pueden buscar las paralelas correspondientes en los Evangelios.

Esto provoca también un acercamiento ecuménico para la meditación común del Camino de la Cruz para los creyentes cristianos, tanto católicos, como evangélicos y ortodoxos.

Y como el seguimiento de Jesús no culmina en el viernes santo, sino en el amanecer de la Pascua, el Vía Crucis no es el fin de la vida de Jesús ni de la vida del cristiano.

En el amanecer pascual contemplaremos el Vía Lucis, el Camino de la Luz, las escenas de Jesús Resucitado, quien corporalmente resurge de la muerte con su cuerpo inmortalizado y repleto de claridad, tal como sucederá con los nuestros en su Segunda Venida Gloriosa.

El Camino de la Luz es aconsejable para meditar durante los 50 días del tiempo de la Pascua, en los días Domingo, en que resucita el Señor, y siempre que uno encuentre gusto y consuelo en hacerlo. Lo veremos más adelante.

Gustavo Daniel D´Apice – Profesor de Teología – Pontificia Universidad Católica

PREPARANDO LA PASCUA


Mirar a Jesús, "al que traspasaron" (Jn 19,27)

La Fiesta más grande de la cristiandad es la Pascua, en la que Jesús resucita corporalmente de entre los muertos, como primicia de que también nosotros resucitaremos corporalmente como Él en el Juicio Final, en su Segunda Venida Gloriosa.

Ésta, la Pascua cristiana, va precedida por un Tiempo de preparación, llamado Cuaresma, pues consta de cuarenta días que comienzan con el miércoles de Ceniza y terminan con el Triduo Pascual.

El Papa Benedicto XVI ha enviado el Mensaje de preparación, centrando la reflexión en el texto de Jn 19,37, en el que se nos invita a “mirar al que traspasaron”, es decir, a Jesús en la Cruz, atravesado su corazón por la lanza del soldado romano. Con la mirada contemplativa de María y de Juan que estaban acompañando al Señor al pie de la Cruz.

De este Corazón traspasado brota el Amor de Dios, tratado en la Carta “Deus Caritas est” como agapé y eros: El agapé es el amor generoso y oblativo que busca exclusivamente el bien del otro. El eros anhela lo que le falta del otro, y busca la unión con aquel que ama. Ambos forman parte del Corazón de Dios, que nos quiere con pasión, a pesar de darnos todo y no necesitar nada de nosotros (Os 3,1-3; Ez 16,1-22)

El hombre se ha cerrado muchas veces a este amor, pero Dios no se dio por vencido, y con toda su fuerza manifestó su amor redentor.

Esta fuerza irrefrenable del amor misericordioso del Padre Celestial se manifiesta en la Cruz de su Hijo Jesús, quien muere amorosamente por su creatura perdida. Muerte libre y divina en la que manifiesta también su amor de “eros”, buscándonos para unirnos a Él, aún sin necesitarlo.

Jesús traspasado en la Cruz es la revelación más impresionante del amor de Dios, en el que el eros y el agapé se iluminan y complementan mutuamente, sin contraponerse. Jesús es “mendigo” de nuestro amor, y “tiene sed” del amor de cada uno de nosotros.
El Apóstol Tomás creyó en Jesús Resucitado como Señor y Dios cuando colocó su mano en ese costado traspasado y glorioso ya de Jesús.

Eros y agapé se unen en Jesús: Búsqueda apasionada de nuestro amor y donación total de sí mismo hasta el extremo de morir por amor.

Y recordando también la "philía" griega: el amor de amistad, con el que mutuamente retroalimentamos nuestras necesidades, carencias y afectos.

Jesús desea que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Luego hay que corresponder y comunicarlo también a los demás, ya sea en su forma de eros apasionado que busca lo que le falta y su complementariedad, o de agapé oblativo y generosamente desinteresado.

O dando, entregando y recibiendo en la philía de amistad.

Del costado de Jesús traspasado brotó sangre y agua (Jn 19,34). Siempre se han considerado estos dos elementos como signos del Bautismo y de la Eucaristía. Por el uno nace la Iglesia, y por el otro se alimenta. Al hablar de la Iglesia hablamos de los cristianos.

El Bautismo nos otorga el Amor pleno de Dios. Esta preparación para la Pascua nos invita a renovar nuestro Bautismo para abrirnos con confianza al abrazo misericordioso del Padre.

La Sangre de Jesús se nos da en la Eucaristía como símbolo de su amor pleno y oblativo, repleto de entrega generosa.

Esta preparación para la Pascua tiene que ser un tiempo en que aceptemos el Amor pleno de Jesús, y lo difundamos a nuestro alrededor, con o sin palabras, con nuestros gestos, incluso a través de nuestros poros.

Mirar a Jesús, “al que traspasaron”, nos llevará a abrir el corazón a los demás, principalmente a aquellos que son heridos en su dignidad humana; nos llevará a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y explotación de los demás, y a aliviar los dramas de la soledad y el abandono de muchos, asistiendo al que sufre y al necesitado.

Es la manera de participar plenamente de la alegría de la vida Pascual, llena de Resurrección y de Gloria.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
(Pontificia Universidad Católica)

sábado, 12 de abril de 2014

SEMANA SANTA 2014 + LECCIONARIO COMÚN REVISADO


Sexto domingo de Cuaresma

Domingo de La Pasión

Domingo de Ramos / Domingo de Palmas

 

Liturgia de las Palmas 

Año A

Mateo 21:1-11

Salmo 118:1-2, 19-29

 

Liturgia de la Pasión 

Año A

Isaías 50:4-9a

Salmo 31:9-16

Filipenses 2:5-11

Mateo 26:14—27:66 o Mateo 27:11-54

 

SEMANA  SANTA

 

Lunes de Semana Santa 

(A, B, C)

Isaías 42:1-9

Salmo 36:5-11

Hebreos 9:11-15

Juan 12:1-11  

 

Martes de Semana Santa 

(A, B, C)

Isaías 49:1-7

Salmo 71:1-14

1 Corintios 1:18-31

Juan 12:20-36  

 

Miércoles de Semana Santa 

(A, B, C)

Isaías 50:4-9a

Salmo 70

Hebreos 12:1-3

Juan 13:21-32

 

Jueves Santo 

(A, B, C)

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14

Salmo 116:1-2, 12-19

1 Corintios 11:23-26

Juan 13:1-17, 31b-35

  

Viernes Santo 

(A, B, C)

Isaías 52:13—53:12

Salmo 22

Hebreos 10:16-25 o Hebreos 4:14-16; 5:7-9

Juan 18:1—19:42

 

Sábado Santo

Las siguientes lecturas son para ser utilizadas en cualquier servicio que no sea de la Vigilia Pascual. 

(A, B, C)

Job 14:1-14 o Lamentaciones 3:1-9, 19-24

Salmo 31:1-4, 15-16

1 Pedro 4:1-8

Mateo 27:57-66 o Juan 19:38-42

 


TIEMPO DE LA PASCUA 

La Resurrección del Señor Vigilia Pascual 

Las siguientes lecturas y salmos se proveen para ser  utilizadas en la Vigilia Pascual. Deben escogerse un mínimo de tres lecturas del Antiguo Testamento. La lectura de Éxodo 14 debe ser utilizada siempre. 

 

Lecturas del Antiguo Testamento y Salmos 

(A, B, C)

1.) Génesis 1:1—2:4a

Salmo 136:1-9, 23-26

 

2.) Génesis 7:1-5, 11-18; 8:6-18; 9:8-13

Salmo 46 

 

3.) Génesis 22:1-18

Salmo 16 

 

4.) Éxodo 14:10-31; 15:20-21

Éxodo 15:1b-13, 17-18 

 

5.) Isaías 55:1-11

Isaías 12:2-6 

 

6.) *Baruc 3:9-15, 32—4:4  o Proverbios 8:1-8, 19-21; 9:4b-6

Salmo 19 

 

7.) Ezequiel 36:24-28

Salmo 42 y 43 

 

8.) Ezequiel 37:1-14

 Salmo 143 

 

9.) Sofonías 3:14-20

Salmo 98

 

Lectura del Nuevo Testamento y Salmo 

(A, B, C)

Romanos 6:3-11

Salmo 114 

Evangelio Año A Mateo 28:1-10 

 

La Resurrección del Señor Día de Pascua 

Año A

Hechos 10:34-43 o Jeremías 31:1-16

Salmo 118:1-2, 14-24

Colosenses 3:1-4 o Hechos 10:34-43

Juan 20:1-18 o Mateo 28:1-10

 

La Resurrección del Señor Anochecer de la Pascua

(A, B, C)

Isaías 25:6-9

Salmo 114

1 Corintios 5:6b-8

Lucas 24:13-49

jueves, 10 de abril de 2014

CELEBRACIÓN PENITENCIAL PARA CUARESMA

Ritos Iniciales
Mientras él (o los) ministro (s) ingresa (n), se sugiere un canto adecuado.

Celebrante: Hermanos y hermanas, la gracia, el amor y la paz de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor, que se entregó a sí mismo a la muerte por nuestros pecados y nos rescató con su gracia, esté con todos ustedes.
R. Amén.



Guía: Disponibles a la acción de Dios por medio de su Espíritu, nos reunimos como comunidad creyente en esta renovación espiritual, incorporándonos al misterio de la Pascua de Cristo, por medio de la conversión. Intensificamos en nosotros el cambio de mentalidad, de voluntad y corazón, para dar Paso al hombre nuevo, es decir, a la victoria de la Vida sobre la muerte.



Celebrante: Oremos hermanos y hermanas, para que Dios, que nos llama a la conversión, nos conceda la gracia de una verdadera vida y una auténtica reconciliación.

Todos oran en silencio durante algunos momentos. Luego, el celebrante recita la siguiente plegaria.

Celebrante: Padre de toda misericordia y Dios de todo consuelo, que no te complaces en la muerte del pecador sino en que se convierta y viva. Auxilia a tu pueblo para que vuelva a ti su rostro y seamos todos hermanos de un mismo Padre. Ayúdanos a escuchar tu palabra, confesar nuestros pecados y darte gracias por el perdón que nos otorgas. Haz que, realizando el sacramento de la reconciliación: la verdad nos ilumine, el amor nos plenifique y hagamos crecer todas las cosas en Cristo tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Liturgia de la Palabra


Guía: La Palabra del Señor viene a iluminar nuestras tinieblas, a sanar nuestros corazones heridos, a devolvernos la libertad. Escuchemos con atención la voz del Padre misericordioso que nos espera con los brazos abiertos para darnos su amor:

1ra Lectura



Deut 5, 1-3. 6-7. 11-12. 16-21a; 6, 4-6.
Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón.




Salmo responsorial



Sal 50, 12-13. 14-15. 18-19.


R. Piedad Señor, pecamos contra ti.

2da Lectura:



Ef 5, 1-14.
Caminen en el amor, como Cristo nos amó.




Antífona antes del Evangelio:



Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; quien me sigue tendrá la luz de la vida.





Evangelio



Mt 22, 34-40 o Jn 13, 34-35; 15, 10-13.
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.




Homilía

Examen de conciencia



Se guarda un tiempo de silencio para examinar la conciencia, se puede ayudar a los fieles con breves pensamientos, preces litánicas.







I. Dice el Señor: Amarás a tu Dios con todo el corazón
1) ¿He amado a Dios sobre TODO? ¿O he amado de manera interesada para sacar provecho?

2) ¿He hecho de mi familia, trabajo, apostolados, programas, ideas u otras cosas buenas mi primer amor?

3) ¿He profesado siempre, con vigor y sin temores, mi fe en Dios? ¿He manifestado mi condición de cristiano en la vida pública y privada?

4) ¿He amado a Dios Padre como hijo, correspondiendo a su amor gratuito y permanente?

5) ¿He puesto en él toda mi confianza? ¿Recurrí a la superstición, espiritismo, magia, u otra práctica religiosa ajena al cristianismo?

6) ¿Guardo los domingos y días de fiesta de la Iglesia participando activa, atenta y piadosamente en la celebración litúrgica, sobre todo en la Misa, como medio para crecer en el amor a Dios?

II. Dice el Señor: Ámense los unos a los otros como yo los he amado



1) ¿Amo de corazón a mi prójimo como a mí mismo y como Jesús me pide que lo ame?

2) ¿En mi familia colaboro en crear un clima de reconciliación con paciencia y espíritu de servicio?

3) ¿Comparto mis bienes y mi tiempo con los más pobres?, ¿soy egoísta e indiferente al dolor de los demás?

4) ¿He hecho algún daño físico o moral a otros? ¿Me he enemistado? ¿He buscado perdonar a mi prójimo?

5) ¿He sido honesto, justo en mi trabajo? ¿He sido fiel a los compromisos con mis hermanos?

6) ¿He atentado contra la vida? ¿He apoyado al aborto, al suicidio, la agresión, la violencia, el conducir sin cuidado?

III. Cristo, el Señor, nos dice: Sean perfectos como el Padre de ustedes es perfecto



1) ¿Cuál es la dirección fundamental de mi vida? ¿Me esfuerzo por superar mis resistencias, egoísmos y resentimientos?

2) ¿He buscado crecer en las virtudes y valores contrarios a los pecados capitales como la humildad contra la soberbia, la generosidad contra la avaricia, el respeto contra la lujuria, la templanza contra la gula, la caridad contra la envidia, la diligencia contra la pereza, la paciencia contra la ira?

3) ¿Qué he hecho con el uso del tiempo, he multiplicado mis talentos, he perfeccionado los dones recibidos para la gloria de Dios y el servicio a mis hermanos?

4) ¿He sido pobre de espíritu, manso, misericordioso, limpio de corazón?

5) ¿Me esfuerzo por avanzar en la vida espiritual, por medio de la oración, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, y la participación en los sacramentos?

6) ¿Cómo vivo en la vida cotidiana mi compromiso bautismal, de renuncia a las obras del mal, y mi testimonio de ser sal y luz en mi ambiente familiar y social? ¿Me esfuerzo para que Cristo sea conocido y amado por todos?

Rito de Reconciliación


Confesión General de los Pecados. Se recita la confesión general (el "Yo pecador", por ejemplo).






Guía: Hermanos y hermanas, confesemos nuestros pecados y oremos los unos por los otros.



Todos: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión...



Celebrante: Señor, escucha las oraciones de tu pueblo que gime en el dolor y quiere volver a tus brazos. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.



Guía: A cada petición aclamamos: Te rogamos, óyenos.
* Que quienes nos hemos apartado de la santidad de la Iglesia, consigamos el perdón de nuestras faltas. Oremos.
* Que quienes con el pecado nos hemos apartado de Dios y de la comunidad, nos devuelvas a la comunión de vida. Oremos.
* Que, al acercarnos de nuevo a tu altar santo, seamos transformados por la esperanza de la vida eterna. Oremos.
* Que permanezcamos, de aquí en adelante, con esta entrega sincera, fieles a tus sacramentos, y mostremos siempre nuestra adhesión a ti y al compromiso con nuestro prójimo. Oremos.
* Que, renovados en la caridad, seamos testigos de tu amor en el mundo. Oremos.
* Que perseveremos fieles en el camino de tu gracia y lleguemos a una vida plena. Oremos.

Con las palabras que Cristo nos enseñó, pidamos a Dios Padre que perdone nuestros pecados y nos libre de todo mal:


Todos: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre…



Celebrante: Escucha Señor a tus siervos, que se reconocen pecadores; y haz que, liberados por tu Iglesia de toda culpa, merezcan darte gracias con un corazón renovado. Por Jesucristo nuestro Señor.

Confesión y Absolución individual



A continuación, los fieles se acercan a la confesión de sus pecados (se puede ambientar con una música para la meditación).

Acción de Gracias por la Misericordia de Dios

Finalizada las confesiones, se canta la acción de gracias, para proclamar el poder y la misericordia de Dios; puede ser el "Magnificat –Lc 1,
46-55" o el "Salmo 135".

Celebrante: Padre Santo, tú nos has renovado a imagen de tu Hijo; concédenos tu misericordia, para que seamos testigos de tu amor en el mundo. Por Jesucristo nuestro Señor.



Todos: Amén.



Celebrante: El Señor dirija sus corazones en la caridad de Dios y en la espera de Cristo. R. Amén.
Para que puedan caminar en una vida nueva y agradar a Dios en todas las cosas. R. Amén.
Y que los bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo @ y Espíritu Santo. R. Amén.

El Señor ha perdonado sus pecados. Pueden ir en paz.






Todos: Demos gracias a Dios.

martes, 8 de abril de 2014

NUESTRA MISIÓN COMO COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE EN EL SALVADOR

IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA DE EL SALVADOR +COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE+ 
ESCRITURA + ESPÍRITU + SACRAMENTOS + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma

“Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15.)

Este mandato, que resume la misión que Cristo dio a los apóstoles, expresa también con claridad el sentido y los alcances de la misión que el Señor nos ha confiado.

“‘El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.’
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó.
Todos los que estaban allí tenían la vista fija en él.
Él comenzó a hablar, diciendo:—Hoy mismo  se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír.”
 (Lc 4,18-21.)

El corazón de nuestra misión consiste en redescubrir, asumir, implementar y promover incansablemente a la iglesia que nació a partir de la proclamación del primer kerigma y de la vivencia y la confesión de la fe en Jesucristo; que se desarrolló en los primeros siglos del cristianismo y que se ha mantenido íntegra a través del tiempo, en la Tradición viva y en el genuino sentir de fe del Pueblo de Dios.

NUESTRA PROYECCIÓN MISIONERA.

Nuestra misión es la misma misión que el Padre le confió a Cristo y la capacidad que nos ha dado para cumplirla, es la misma capacidad que dio a los apóstoles. Las palabras del evangelio de Juan, tienen que resonar en nuestros oídos y en nuestros corazones con toda la fuerza e incidencia que lo hicieron sobre los primeros apóstoles: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes. Y sopló sobre ellos, y les dijo:—Reciban el Espíritu Santo.”( Jn 20,20-22) Es sentir de fe de nuestras comunidades que el Señor nos ha dado el Espíritu Santo. Eso exige que asumamos como nuestra, la misión que el Padre le dio al Señor. Y, ¿en qué consiste esta misión? Recordemos la forma como el Evangelio de Marcos la formula: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.”(Mc 16,15).

Se trata de ir a todas partes y de anunciar a todas las personas el evangelio, es decir, la llegada del Reino de Dios en medio de nosotros, por la efusión del Espíritu Santo

Indudablemente ante los alcances de esta misión pueden surgir interrogantes. ¿No será esto una forma de proselitismo? ¿No será faltar el respeto a los demás y obstaculizar el ecumenismo?

El testimonio que estamos llamados a dar es totalmente opuesto al proselitismo. El proselitismo es una actitud sectaria en donde se presentan las propias convicciones y la propia organización como lo único que vale, como el camino de la salvación; y, con cierta frecuencia, se atrae ofreciendo prebendas que nada tienen que ver con el mensaje anunciado y se promueven sentimientos de culpa, ansias y temores que limitan la capacidad de hacer una opción serena y libre.

Nuestro testimonio, en cambio, se dirige a la proclamación del kerigma, actualizado y hecho real en nuestra vida personal y eclesial. En la medida en que ese testimonio sea auténtico, es decir, que provenga de un corazón que realmente ha experimentado lo que proclama y que sea propuesto con toda la sencillez y la fuerza del Espíritu, producirá en quienes lo reciban, lo mismo que sucedió entre quienes escuchaban a los apóstoles; (Hech 2-4) es decir, se recibirá la iluminación interior y la capacidad de hacer un discernimiento libre. La meta del testimonio es que quienes nos escuchen crean que “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creyendo tengan vida por medio de él.”(Jn 20,30 )

Si eso les lleva a incorporarse a una de nuestras comunidades, porque descubren allí el espacio propicio para vivir la fe, no será fruto de una presión o de un condicionamiento sino del ejercicio de la propia libertad, guiada por la luz del Espíritu. El hecho de que en nuestro testimonio nos dirijamos a todos, no puede ir en contra de un genuino ecumenismo. Si quienes nos escuchan y reciben nuestro testimonio están viviendo en sus comunidades eclesiales la misma fe viva y transformadora que les proclamamos, lejos de separarse de ellas, se sentirán impulsados a comprometerse con mayor generosidad dentro de las mismas. Pero si al escucharnos descubren que lo que llamaban fe eran simplemente creencias que les mantenían en la esclavitud, en la oscuridad, el temor y la sumisión, no seremos nosotros, sino la fuerza del Espíritu, quien les atraiga y les dé la gracia para pasar de la esclavitud a la libertad; de la oscuridad  a la luz; del temor a la confianza y de la sumisión a la participación creativa. En este caso, lejos de obstaculizar el ecumenismo, estamos siendo instrumentos de que, por la comunión con el Espíritu Santo, se vaya manifestando y creciendo en la verdadera unidad de la iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu.

La realización de esta tarea implica un claro desafío para cada una de nuestras comunidades y de quienes las forman. El compromiso tiene que involucrar a todos, pues el Espíritu ha sido dado a todos y, por lo mismo, cada uno ha sido elegido y capacitado para cumplir la misión.

Prepararse para la misión y preparar el terreno en el que se debe misionar ha de ser uno de los aspectos privilegiados de empeño para todos: ministros ordenados, servidores y miembros de las comunidades. Se requiere preparación. Sobre todo la que se da una fe robusta e inquebrantable, que se va fortaleciendo y madurando a través de la oración y del ayuno y, ante la cual, no hay nada ni nadie que pueda resistir.( Mt 17,14-21; Lc 9,37-43).

Es entonces  cuando nuestro miedo inicial, similar al de Jeremías: “¡Ay, Señor! ¡Yo soy muy joven y no sé hablar!”; es transformado. Pues, al igual que el profeta llegamos a escuchar en el interior del corazón la voz del Señor que nos habla: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene. No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra.” Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: ‘Yo pongo mis palabras en tus labios. Hoy te doy plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar’.”(Jer 1,6-10).

Por lo mismo hermanos, conscientes de la misión que el Señor nos ha confiado; sabiendo que se trata de que su iglesia una, santa, católica y apostólica resplandezca en nuestra iglesia, en cada una de nuestras comunidades y en toda la creación “gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa y perfecta”(Ef 5,27) y que “nos ha capacitado para ser servidores de una nueva alianza, basada no en una ley, sino en la acción del Espíritu”,(2Cor 3,6) tenemos que renovar nuestro compromiso y nuestra entrega, sin ahorrar esfuerzos y utilizando todos los medios que el Señor ponga a nuestro alcance.

Que Santa María, la llena de gracia;(Lc 1,28)  y a quien Cristo dejó como madre de la nueva creación,(Jn 19,26) interceda por nosotros para que, asumiendo una actitud como la suya,(Lc 1,38) respondamos a la elección que el Señor nos ha hecho y cumplamos con fidelidad la misión que nos ha confiado. En el nombre del Señor, les reitero una vez más a que, sin retrasos, sin ambigüedades, sin miedo, sabiendo que “la noche está muy avanzada, y se acerca el día; revestidos de la luz,  como un soldado se reviste de su armadura”(Rom 13,12 ) “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.” (Mc 16,15).

EL COMPROMISO POR VIVIR LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

Padre: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí.”( Jn 17,21-23).   

Estas palabras del evangelio de Juan, nos indican con toda claridad en donde se encuentra el fundamento de la unidad de la iglesia y el dinamismo que ésta tiene. La fe cristiana unánimemente proclama que el estar del Padre en el Hijo y del Hijo en el Padre es fruto de la acción del Espíritu Santo. Por eso, tenemos que entender que al afirmarse que a los creyentes Cristo les da “la misma gloria” que recibió del Padre, para poder llegar a ser perfectamente uno, se está refiriendo a la presencia dinámica del Espíritu Santo que ha sido derramado en sus corazones para constituirse en la base de la unidad eclesial. 
                                            
Pablo igualmente insiste en que la unidad de la iglesia se fundamenta en el Espíritu, que es el que capacita para que ésta se exprese dentro de la comunidad: “Mantengan la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu.” (Ef 4,3-4).  Tanto en Juan como en Pablo, sin embargo, la unidad implica un proceso dinámico: se trata de llegar a ser “perfectamente uno.” (Ef 2,21-22; Jn 17,23) Ese proceso de crecimiento en la unidad es fruto del crecimiento que se va dando en la “vida en el Espíritu Santo”. De allí que asumir e ir creciendo en la unidad que Cristo quiere para la iglesia implica el compromiso incansable de conversión, para que la vida de Cristo, por medio del Espíritu Santo, vaya siendo cada vez más la vida de cada miembro de nuestra iglesia y de cada comunidad, hasta que lleguemos a poder afirmar, tanto personal como comunitariamente, junto a Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí.”(Gal 2,20) En la medida en que vamos creciendo en la vida en el Espíritu, no solo nos vamos uniendo más profundamente a Cristo, cabeza de la iglesia, sino también nos vamos identificando más profundamente con cada uno de los miembros del cuerpo; tanto de aquellos que se reconocen activamente dentro del mismo, como de quienes, por diversas razones, están alejados o incluso ignoran o rechazan su existencia.  Por lo mismo, nuestra fe en que la iglesia es una, conlleva la exigencia de que cada miembro, cada comunidad y cada instancia organizativa de la iglesia nos comprometamos a poner todos los medios a nuestro alcance para ir creciendo en la vida en el Espíritu. El resultado de ello tendrá que ser el experimentar que, efectivamente, estamos caminando para “llegar a ser perfectamente uno”. Y, este crecimiento en la unidad no se limitará al ámbito de nuestra organización eclesial sino, progresivamente, nos llevará a reconocer y a experimentar la comunión viva y la unidad con todo ser humano y con toda la creación


REDESCUBRIR E IMPLEMENTAR LA CATOLICIDAD.

“Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús.”(Lc 24, 31-31)

Es en el momento de la Fracción del Pan o Eucaristía cuando la presencia del Señor glorioso y transformador de los corazones es reconocida en medio de la iglesia local. Las comunidades, diseminadas por muchas partes del orbe e iluminadas por la Palabra, encontraban en la celebración sacramental, el medio para reconocerse en comunión con el cuerpo total de Cristo, es decir, con la iglesia universal –católica– y para recibir la efusión del Espíritu Santo, capaz de disipar sus dudas y su decepción, (Lc 24,21 70) de alejar sus temores (Lc 24,29) y de convertirse en testigos intrépidos de la resurrección.(Lc 24,33-35)

Es por la celebración Eucarística como la presencia de Cristo se hace eclesialmente eficaz y como el Espíritu, también en forma comunitaria, va guiando a la iglesia y proveyéndola de abundantes carismas y como la catolicidad se convierte en una experiencia eclesial. Dentro de la Tradición cristiana primitiva se va reconociendo progresivamente que para la celebración de ciertos sacramentosespecíficamente la Eucaristía, la Reconciliación, la Unción de enfermos y la Confirmaciónes necesaria la presidencia de un ministro ordenado, presbítero u obispo. La razón que explica esta exigencia –que se mantiene inalterada en todas las iglesias católicas hasta nuestros tiempos–, es la convicción de que para poder celebrar dichos sacramentos es indispensable que, de alguna forma, esté presente y actuando sacramentalmente la totalidad de la iglesia, cuerpo de Cristo.

A través del sacramento del orden es como se realiza esta presencia sacramental de la totalidad del cuerpo. Por medio de la ordenación sacramental, el ministro ordenado –presbítero u obispo, según sea el caso–, recibe la capacidad de conectar misteriosamente a cada comunidad local que celebra los sacramentos, con la totalidad del cuerpo de Cristo, garantizando y actualizando, de tal manera, su catolicidad. Esto también explica porqué, en la tradición genuinamente católica, se reconocerá el carácter plenamente sacramental del orden sagrado y cómo, al perder este sentido del ministerio, para reconocerle simplemente como una función pastoral delegada por la comunidad local, se pierde también el sentido sacramental de la catolicidad.

Este don conferido al obispo y al presbítero, sin embargo, no es  un privilegio personal sino un carisma ministerial en y para la comunidad eclesial; por lo  que ejercido al margen de ésta, pierde su sentido sacramental y su eficacia. “Hay un solo cuerpo  y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. Pero cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo le ha querido dar. Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo.”(Ef 4, 4-7.12)  Este texto no lo podemos entender reducido únicamente a quienes se reconocen ya como parte activa del cuerpo de Cristo, sino abarca a la totalidad de la creación. El cuerpo de Cristo, de una forma misteriosa, incluye a toda la humanidad y, por medio del Espíritu Santo, actúa en todo: he aquí otra de las implicaciones que tiene la afirmación de que la iglesia es católica. Sin embargo, esa catolicidad de la iglesia, establecida por la muerte y resurrección de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo, está orientada a expresarse en todo el mundo. Por eso, en la segunda parte del texto mencionado se afirma que el Señor prepara a los miembros de su pueblo santo –con carismas–, para el servicio de edificación del cuerpo de Cristo.  Esto tiene consecuencias prácticas de relevancia en lo que se refiere a nuestras relaciones internas y a nuestra organización eclesial. Una comunidad auténticamente católica, tiene necesariamente que constituirse como “espacio” en el que cada uno de sus miembros es reconocido con sus características e identidad específicas y en el que se abren oportunidades para que cada quien descubra, desarrolle y ejerza los dones específicos que ha recibido del Señor, para la edificación de la comunidad.

Esto exige que nos cuestionemos acerca de muchos prejuicios culturales y religiosos que tienden a marginar –o incluso a excluir– a las minorías, de cualquier tipo que estas sean. Una comunidad genuinamente católica tiene que estar abierta a acoger la participación y la expresión de cada persona y de cada categoría de personas; especialmente los que, por cualquier causa, puedan considerarse más vulnerables a la marginación y a la exclusión. Mujeres, jóvenes, niños, grupos especiales…: a todos se les debe reconocer la posibilidad de involucrarse creativamente en la edificación de la comunidad. Desde una actitud genuinamente católica, la diversidad y el pluralismo no solo no son fuente de desorden ni de división sino sirven para que se exprese y consolide la auténtica unidad. Finalmente la actitud de genuina catolicidad implica asumir la conciencia de que se es enviado como testigo del Reino a toda persona y realidad.  Yendo sin concepciones preconcebidas y sin la pretensión de tener la verdad y de llevarla a quienes aún no la han encontrado, la actitud genuinamente católica es la que es capaz de reconocer que el “Dios y Padre de todos, está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos”, por lo que  la misión consiste, ante todo, en reconocer y venerar con fascinación y humildad esa presencia de Dios en cada persona y realidad. Es desde esa actitud de aprecio y respeto, como se anima a que, quienes aún no han descubierto que ya tienen la presencia viva de Dios, se abran a la fe y al testimonio del Espíritu de Cristo en sus vidas. Es en esta actitud de catolicidad, la que se expresa en la bienaventuranza: “Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios.” ( Mt 5,8).  

LA APOSTOLICIDAD COMO CONTINUIDAD CON LA VIDA Y TESTIMONIO DE LOS APÓSTOLES.

Todos los creyentes “eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles.”( Hech 2,42 )

Y la enseñanza consistía fundamentalmente en la oración y el testimonio: “Nosotros seguiremos orando y proclamando el mensaje de Dios.” (Hech 6,4) Contrariamente a lo que con frecuencia se ha tendido a pensar, la apostolicidad de la iglesia no puede ser reducida a la supuesta correspondencia doctrinal y a la pretendida continuidad histórico-ritual con los apóstoles.

Sin ignorar estos elementos, la apostolicidad consiste ante todo, en la continuidad con el estilo de vida de los apóstoles, que se describe como “seguir orando” y con el testimonio que dieron, que implica la proclamación del Evangelio de que el Reino ha llegado hasta nosotros. La oración en el contexto que es referida a los apóstoles, no puede ser considerada como una actividad sino como una actitud. No se trata de los “rezos” que más o menos frecuentemente y de forma más o menos prolongada pudieran hacer. Se refiere a la “comunión” constante e ininterrumpida con el Señor resucitado, por medio del Espíritu Santo.  El testimonio es consecuencia de la experiencia de oración. El evangelio no es una doctrina y el Reino de Dios que se proclama no se refiere al anuncio de una utopía. El evangelio consiste en el testimonio de que, por la acción del Espíritu, el Señor resucitado vive realmente en medio de su pueblo, al que pastorea y sostiene en medio de las tormentas cotidianas.

El testimonio de que el Reino de Dios ha llegado se fundamenta en la experiencia compartida de que se ha “recibido el Espíritu que nos hace hijos de Dios; y por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!”; y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio  de que ya somos hijos de Dios; y puesto que somos sus hijos, también tenemos parte en la herencia que Dios nos ha prometido.”(Rom 8,14-17) Como resultado de la experiencia de la llegada del Reino, se logra reconocer que “ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos.” (Rm 14,7-8 ) Si el testimonio apostólico tiene la eficacia que se nos presenta en los escritos del Nuevo Testamento es porque no consiste en la predicación de ocurrencias ni sistemas doctrinales sino en la proclamación algo que es real, accesible y experimentable por todos los que llegan a la fe.
                                             
Por eso para nosotros la conciencia de que nuestra iglesia es “apostólica nos debe llevar a asumir una actitud de vida personal y comunitaria y un estilo de ministerio misionero acorde al de los apóstoles. En medio de los avatares de la vida, se trata de mantener una constante actitud contemplativa. Como el árbol que entre más alto y vistoso es ante el mundo, más profundamente hunde sus raíces en las entrañas de la tierra; así también la fidelidad a la apostolicidad requiere que, entre mayor sea la responsabilidad que se recibe, más profundamente tengamos que arraigarnos en la comunión con el Señor resucitado y con su cuerpo, por la acción del Espíritu. Y el testimonio apostólico tiene que ser la expresión de la experiencia personal y eclesial de la realidad del Evangelio y de la presencia eficaz del Reino entre nosotros. Presupuesta la continuidad vivencial y testimonial con las enseñanzas de los apóstoles, no podemos tampoco olvidar la importancia de asumir, dinámica e integralmente, los elementos que la tradición ha considerado como identificadores comunes de la permanencia en la apostolicidad: el asumir íntegramente los Símbolos Ecuménicos de Fe como expresión común de la fe que profesamos; y el mantener nuestra conexión histórica con los orígenes, a través de cuanto comúnmente es reconocido como Sucesión Apostólica ininterrumpida, a través del ministerio del obispo y de los presbíteros.


Iglesia Católica Antigua Comunidad Ecuménica de Fe
Jurisdicción Nacional Autónoma
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
+ Gabriel Orellana.
Obispo 
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.
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