Anglocatólico

COMUNIDAD ECUMÉNICA MISIONERA LA ANUNCIACIÓN. CEMLA
Palabra + Espíritu + Sacramento + Misión
Evangelizar + Discipular + Enviar


“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

whatsapp +503 7768-5447
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martes, 11 de septiembre de 2012

RITO PARA VOCACIONES ESPECIALES (Religiosos-as)


Ritual para la Vida Consagrada

Los cristianos que, respondiendo al llamamiento de Dios, deseen comprometerse a la vida religiosa, lo pueden hacer ofreciendo sus votos directamente al obispo de la diócesis.

El orden siguiente no tiene intención de sustituir las fórmulas usadas para admitir miembros a las comunidades religiosas.

Cuando haya intención de hacer profesión permanente, el proceso normal incluye tres etapas:
                El noviciado,
                 los votos temporales o anuales, y
                 la profesión permanente.

En algunos casos los candidatos pueden optar por no seguir con los votos anuales.

El noviciado es un periodo de prueba. La admisión al noviciado normalmente se celebra en el Oficio Diario semanal, cuando se canta el himno o antífona que sigue a las colectas. El noviciado requiere la promesa de aceptar y cumplir una especifica  y aceptada regla de vida por un periodo de tiempo que el obispo prescriba.

Los votos temporales o anuales son hechos cuando se termine satisfactoriamente el periodo de prueba requerido. En esta ocasión, la persona hace los votos de pobreza, castidad y obediencia al obispo por un determinado periodo de tiempo. Esta etapa requiere aceptar la obligación de recitar una forma aprobada del Oficio Diario. El rito se efectúa durante la celebración de la Santa Eucaristía, inmediatamente después de la Oración de los Fieles y antes de la Paz. Se puede dar al novicio  vestimentas especiales como signo de dedicación.

Los votos permanentes se hacen en celebración festiva de la Santa Eucaristía. En esta ocasión se pueden dar símbolos adicionales que indican dedicación.

El orden del rito es idéntico para las tres etapas:
1. Petición del candidato para ser admitido al estado correspondiente.
2. Sermón, homilía o plática dirigida al candidato.
3. Exámen del obispo que abriga al candidato en relación a la misma.
4. Promesas o votos correspondientes a la etapa de la profesión.
5. Oración o bendición apropiada que se agrega a ésta u otra fórmula similar.
6. Presentación de hábitos y otros símbolos de la vocación especial.

Salmos y lecciones apropiados

Antiguo Testamento

Génesis 12:1-4a (4b-8)          (El llamamiento de Abrahán)
1 Samuel 3:1-11                    (El llamamiento de Samuel)
1 Reyes 19:16b, 19-21          (El llamamiento de Eliseo)

Salmos

23                               (El Señor es mi pastor)
24:1-6 (7-10)              (¿Quién subirá al monte del Señor?)
27:1-11 (12-18)          (Tu rostro buscaré, oh Señor)
33:(1-11), 12-22         (El ojo del Señor está sobre los que le temen)
34: 1-8 (9-22)             (Bendeciré al Señor en todo tiempo)
40:1-12                       (El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado)
63:1-12                       (Oh Dios, tú eres mi Dios; ardientemente te busco)
100                             (Sirvan al Señor con alegría)

Nuevo Testamento

Hechos 2:42-47          (La enseñanza y fraternidad de los apóstoles)
Hechos 4:32-35          (Tenían todas las cosas en común)
1 Corintios 1:22-32   (Dios escogió lo necio del mundo)
Filipenses 3:8-14       (Para ganar a Cristo)
Colosenses 3:12-17    (Vístanse de amor, que es el vínculo perfecto)
1 Juan 4:7-16            (El que Permanece en amor, permanece en Dios)

El Evangelio

San Mateo 16:24-27 (Toma tu cruz, y sígueme)
San Mateo 19:3-12    (Eunucos por causa del reino de los cielos)
San Mateo 19:16-26 (Vende lo que posees y dáselo a los pobres)
San Juan 15:1-8        (Yo soy la vid, ustedes los pámpanos)

Oración por un novicio

Mira con favor, Dios todopoderoso, a este tu siervo, N., quien, respondiendo a la acción del Espíritu Santo, desea entregarte su vida en una vocación especial y está comprometiéndose para abrazar el triple sendero de la pobreza, la castidad y la obediencia. Concédele la fortaleza de tu gracia para perseverar en este empeño, y la guía del Espíritu para que encuentre su verdadera vocación. Y si es tu voluntad que continúe en este sendero, revélaselo, te lo pedimos, y en tiempo oportuno condúcelo a hacer los votos solemnes; por medio de Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.

Dedicación de una persona que va a hacer votos temporales o anuales

Que Dios el Señor quien llamó a Abrahán para dejar su hogar y parentela y viajar a una tierra desconocida, y quien dirigió al pueblo de Israel por medio de la mano de Moisés su siervo a través del desierto a la tierra prometida: Te guíe en tu peregrinaje, y te conduzca por sendas seguras, por amor a su
Nombre.
 Amén.

Que Dios Hijo, quien en su vida terrenal con frecuencia estuvo a solas pero nunca solitario porque el Padre estaba con él: Sea tu constante compañero en tus retiros del agitado mundo, y tu soporte y fortaleza cuando regreses a dar testimonio del amor y poder de Dios.
 Amén.

Que Dios Espíritu Santo, que nos ayuda en nuestras debilidades, e intercede por los santos de acuerdo con la voluntad del Padre: Te enseñe a orar como debes hacerlo; te fortalezca para lograr pureza de fe, santidad de vida y perfección en el amor, y te mantenga cada día estrechamente unido al Padre por medio del Hijo.
 Amén.

Y que Dios todopoderoso, la santa e indivisa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, guarde tu cuerpo, salve tu alma, y te lleve con seguridad a la mansión celestial, donde vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Dedicación de una persona que va a hacer los votos permanentes

Bendito eres tú, oh Señor Dios nuestro, por tu gran amor al enviar al mundo a tu Hijo unigénito, quien por nosotros y por nuestra salvación, se anonadó a sí mismo de su divino estado, y abrazó una vida separada del consuelo familiar, no teniendo siquiera dónde reclinar su cabeza. También bendecimos tu Nombre porque en toda época y lugar has llamado a hombres y mujeres a imitar a su Señor, llenándoles de celo por tu reino y tu justicia por encima de toda consideración mundana, el amor a tus pequeñuelos sobre todas las exigencias de la carne y de la sangre, y obediencia a tu voluntad en vez de ambiciones personales.

Acepta, te suplicamos, la profesión permanente de N., tu siervo, quien, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús, de Ana la profetisa, del santo Simeón, de la dama Juliana y Nicolás Farrar [de _____ ], y de tus innumerables santos, ahora se ofrece a sí mismo a tu servicio en una vida de pobreza, castidad y obediencia. Concede que tu Espíritu Santo more en él abundantemente, dándole firmeza de propósito, santificándole plenamente, y guiándole por las sendas seguras de servicio y de testimonio, para honra y gloria de tu grandioso Nombre; por medio de Jesucristo nuestro Señor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, ahora y por siempre. Amén.

Ritual para Ocasiones Especiales de la Iglesia Episcopal p. 309-314.


 

jueves, 1 de marzo de 2012

SIETE PASOS PARA EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL

EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL
 “ —Te instruiré, te señalaré el camino que debes seguir te aconsejaré, con mis ojos puestos en ti.”
Sal 32,8. BNP

Discernir es, como dice la palabra misma, pasar por la criba, seleccionar, distinguir. Es la acción del trabajador de la construcción con la arena que prepara para hacer la mezcla. Es la tarea del pastelero que pasa por el tamiz la harina para cocinar un fino pastel.

La harina o la arena serían las opciones o decisiones que hay que ir tomando en el caminar vocacional. La criba sería la experiencia de Dios desde la meditación de su Palabra y la participación en los misterios de la fe, a través de la vida, la liturgia y los sacramentos.

El discernimiento es la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestra vida, en nuestra conducta. Pero en el campo vocacional es llevarlo más adelante, es el discernimiento de nuestra vocación, del descubrimiento de la “llamada divina”.

El proceso de conversión personal ha de terminar necesariamente en una decisión vocacional. Este discernimiento está dirigido no a la vocación como algo teórico, solo de ideas, sino a la vocación-en-situación, es decir, que responde a un momento histórico, social y eclesial. La vocación ha de responder a lo que estás viviendo ahora mismo.

Al considerar la vocación específica no debes subrayar únicamente tus gustos, has de considerarla también como un servicio al mundo desde la Iglesia. Cuando tienes los ojos bien abiertos a las necesidades de los hombres, entonces estás también abierto a un verdadero proceso de discernimiento.

Pero bueno, discernir es un asunto personal, donde tú vas escuchando a Dios y tus motivaciones, pero te iluminas por el mundo y por la Iglesia. La vocación es el dialogo entre Dios y tú. El acompañamiento es necesario, pues eso es la Iglesia, la unidad de los creyentes que caminan juntos al Reino, y donde hay pastores encomendados a apacentar el pueblo.

A continuación te ofrecemos siete pasos para el discernimiento vocacional. Son pasos que tienes que ir tomando poco a poco, dándote el tiempo en cada uno, y que al pasar, al siguiente, no puedes dejar los pasados.

Te ofrecemos herramientas para tu discernimiento,  debes ponerte en contacto  para iniciar el acompañamiento. Mayor información escribe a: Obispo Gabriel Orellana
Email:   obispo.gabriel@yahoo.com       

¿Tengo vocación?
Siete pasos para el discernimiento vocacional
Fernando Torre
Misionero del Espíritu Santo

Uno de los grandes retos que debes enfrentar en tu vida es el de encontrar tu lugar en la sociedad y en la Iglesia.

A ti, que buscas tu vocación, estos siete pasos te pueden ayudar a discernir el proyecto que Dios Padre tiene para ti.

Aunque aquí se habla de las vocaciones consagradas (en la vida religiosa, en el diaconado, el presbiterado…), el proceso descrito puede aplicarse en la elección de cualquier estado de vida o profesión.

1. Oración

Señor, ¿qué quieres que haga? (Hch 22,10).

La vocación no es algo que tú inventas, es un tesoro que encuentras. No es el plan que tú elaboras para tu vida, sino el proyecto que Dios-Trinidad te propone y te invita a realizar. No es principalmente una decisión que tú tomas, sino un regalo que recibes, una llamada a la que respondes.

Para descubrir lo que Dios quiere de ti, haz oración. Eso hicieron Samuel (1S 3,10), Ezequiel (Ez 2,1–3,11), Jesús de Nazaret (Lc 3,21), María Magdalena (Jn 20,17), Pablo de Tarso (Hch 9,11)…

En la oración podrás encontrar a Jesucristo y experimentar su amor; el Espíritu Santo afinará tu oído para que puedas escuchar, y te dará fortaleza y audacia para responder.

En el diálogo con Jesús podrás oír su voz que te llama: «ven y sígueme» (Mc 10,21); o bien, escucharás que te dice: «vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti» (Lc 8,39).

No basta con que ocasionalmente te acuerdes de Dios y le pidas que te ilumine, es necesario que dediques momentos formales a la oración. Puedes orar diariamente (al menos unos quince  minutos), tomar un día de retiro o hacer unos ejercicios espirituales.

La oración, además de ser el primer paso del proceso de búsqueda, es un ejercicio que deberá estar presente a lo largo de todo tu discernimiento vocacional.

Al dar este paso podrás decir: «Me fascina Jesucristo». «Quiero encontrar la voluntad de Dios para mí». «Quiero realizar su proyecto».


2. Percepción

Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo hacía esfuerzos por ahogarlo, no podía (Jr 20,9).

Para descubrir lo que Dios quiere de ti, necesitas hacer silencio exterior e interior, pues el ruido te impide percibir.

Percibe tus sentimientos, pensamientos, preocupaciones, deseos. Escucha tanto a las personas que aprueban tu inquietud como a quienes la critican. Mira a los hombres y mujeres que te rodean: ¿qué te suscitan su tristeza, su dolor, su pobreza, su necesidad de Dios?

Ve tu historia: ¿Por cuál camino te ha llevado el Espíritu Santo? ¿Cuáles han sido los hechos más importantes de tu vida? ¿Qué personas han sido significativas para ti?, ¿por qué? Toma conciencia de tu presente: ¿Con quién te relacionas? ¿En qué inviertes tu tiempo? ¿Qué te hace feliz hoy? ¿Cómo es tu relación con Jesucristo? Contempla el futuro: ¿Cómo te imaginas dentro de diez años? ¿Qué experimentas al pensar en la posibilidad de consagrar tu vida a Dios? Tienes sólo una vida, ¿dónde quieres jugártela?

Con la ayuda de tu director/a espiritual, discierne cuidadosamente si tu inquietud es signo de un auténtico llamado al diaconado, al presbiterado o a la vida consagrada, o más bien es manifestación de que Dios quiere que intensifiques tu vida cristiana como laico/a.

Al dar este paso podrás decir: «Intuyo que el Espíritu Santo quiere algo especial de mí». «Siento la inquietud de consagrar mi vida a Dios y de colaborar con Jesucristo en la salvación del mundo».

3. Información

Observen ustedes cómo es el país y sus habitantes, cómo son las ciudades que habitan, cómo es la tierra (Nm 13,18-20).

Los caminos para realizar la vocación consagrada son múltiples. Querer entregar tu vida a Dios y desear dedicarte a la construcción del Reino es necesario, pero insuficiente; debes, además, saber dónde quiere Dios que tú lo sirvas.

Para descubrir tu lugar en la Iglesia es conveniente que conozcas las diversas vocaciones. Investiga cuál es la espiritualidad que viven las diferentes congregaciones religiosas o los institutos seculares. Visítalos y ve cómo viven: una orden contemplativa es diferente de una sociedad de vida apostólica. Averigua cuál es su misión y por qué medios la realizan: enseñanza, hospitales, oración, dirección espiritual, misiones, promoción vocacional, medios de comunicación, parroquias…

Pregunta quiénes son los principales destinatarios de su apostolado: jóvenes, pobres, presbíteros, enfermos, niños, seminarios, indígenas, ancianos…

Aunque ordinariamente cuando se experimenta la inquietud vocacional se siente también el atractivo por una vocación específica, es conveniente que dediques algunas horas a informarte más a fondo sobre esa vocación y sobre las otras.

Al dar este paso podrás decir: «Me atrae la espiritualidad, el estilo de vida y el apostolado de este instituto». «Posiblemente Dios me está llamando a consagrarle mi vida o a ingresar al seminario».


4. Reflexión

Si uno de ustedes quiere construir una torre ¿acaso no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? (Lc 14,28).

La vocación es una empresa muy grande, y es para toda la vida. Por eso, para lanzarte, debes antes haber reflexionado seriamente sobre ti y sobre el estilo de vida que pretendes abrazar.

Analiza tus capacidades y limitaciones. Piensa si podrás vivir las exigencias que implica la vocación —contando, desde luego, con la gracia del Espíritu Santo—.

¿En qué te basas para pensar que Dios te llama? ¿Qué razones a favor y en contra tienes para emprender ese camino? ¿Qué circunstancias o personas pueden favorecer o dificultar tu respuesta? ¿Qué te atrae de ese estado de vida y qué te disgusta?

Dios te pide que te comprometas responsablemente en el discernimiento de tu vocación. Quiere que utilices tu sensibilidad espiritual y tu inteligencia para buscar su voluntad. Con la luz del Espíritu Santo podrás encontrar lo que Dios Padre quiere de ti.

No creas que llegarás a tener certeza absoluta de lo que Dios quiere de ti, algo así como tener un contrato firmado por él. Lo que encontrarás serán signos, a través de los cuales Dios te revela el proyecto que tiene para ti. Al interpretar esos signos podrás tener seguridad de su llamado.

Al dar este paso podrás decir: «Jesucristo me llama a seguirlo. Con la fuerza del Espíritu Santo, podré responder».

5. Decisión

Te seguiré vayas adonde vayas (Lc 9,57).

Habiendo descubierto lo que Dios quiere de ti, decídete a realizarlo.

Tomar tal decisión es difícil. Sentirás miedo. Tus limitaciones te parecerán montañas: El mismo profeta Jeremías, al conocer lo que Dios quería de él, dijo excusándose: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jr 1,6). Sin embargo, consciente de tus limitaciones y confiando en la gracia de Dios, responde como Isaías: «Aquí estoy, Señor, ¡envíame!» (Is 6,8), o como María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Decir el “sí” con el cual comprometes toda tu vida es una gracia. Pídele al Espíritu Santo que te dé esa capacidad de respuesta. Evadir la decisión equivale a desperdiciar tu vida.

Para comenzar el camino vocacional, no te esperes a tener la certeza absoluta del llamado de Dios (“el contrato firmado”). La decisión es un paso en la fe, un acto de confianza en tu amigo Jesús.

Al decidirte a seguir radicalmente a Jesucristo es normal que tengas dudas de si podrás con las exigencias o si llegarás al final; pero no puedes dudar que tú, libremente, tomaste la decisión de seguirlo.

Al dar este paso podrás decir: «Quiero responder a la llamada de Jesucristo». «Quiero consagrar mi vida a Dios en este Ministerio». «Quiero ser diacono o presbítero».

6. Acción

Jesús los llamó. Y ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron (Mt 4,21-22).

Una vez tomada la decisión, ¡lánzate! No te dejes vencer por el miedo, lánzate con todo y miedo. Pon los medios necesarios para realizar lo que has decidido. Resiste a la tentación de posponer tu ingreso en un proceso de formación: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero…» (Lc 9,61).

Entrar en un proceso, ser ADMITIDO como candidato a las ORDENES SAGRADAS, entrar al seminario o al postulantado es el principio de un camino, pero aún no es el compromiso definitivo —como la ordenación diaconal, presbiteral. Los años de formación son también tiempo de discernimiento. Si vives con generosidad todo lo que se te proponga, y eres transparente con los/as formadores/as, Dios te irá aclarando si, de veras, esa es tu vocación o no; y te dará
su gracia para asumir el compromiso definitivo o para continuar tu vida cristiana como laico/a.

Jesús te dice: «El que quiera acompañarme, que renuncie a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga» (Lc 9,23). El camino vocacional es difícil, más de lo que crees: prepárate para la lucha. El sendero es espinoso y a veces oscuro. Sé valiente y confía; el Espíritu Santo te fortalece para que puedas recorrerlo.

Por otro lado, consagrar totalmente tu vida a Dios y dedicarte por completo al servicio de los demás es muy bello, más de lo que te imaginas: prepárate para gozar y ser feliz.

Al dar este paso podrás decir, como Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28).


7. Dirección espiritual

Levántate y vete a Damasco, allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas (Hch 22,10).

La dirección espiritual no es, en realidad, un paso más en el proceso de discernimiento vocacional; es un recurso que puedes aprovechar en cada uno de los pasos anteriores.

Tu director/a espiritual o promotor/a vocacional te motivará a orar y a percibir los signos de la voluntad del Padre; te indicará dónde obtener información y te ayudará a reflexionar. En el momento de la decisión te dejará solo/a, para que tú, frente a Jesús, libremente respondas a su llamado. Te ayudará a prepararte convenientemente para ingresar en una casa de formación.

Si bien es cierto que la vocación es una llamada de Dios que nadie puede escuchar por ti ni responder a ella en tu lugar, también es verdad que necesitas de alguien que te acompañe en tu discernimiento vocacional.

Es fácil hacerse ilusiones; podrías creer que es un llamado de Dios lo que sólo es un deseo tuyo, o bien podrías pensar que no tienes vocación cuando en realidad Dios te está llamando. En consecuencia, para clarificar la autenticidad de tu vocación, dialoga con tu director/a espiritual. Exponle con claridad y confianza todo lo que te pasa.

Después de cada encuentro con tu director/a espiritual podrás decir: «Tengo más luz sobre mi persona y mi proceso vocacional». «Me siento confirmado/a en mi discernimiento». «La Iglesia me acompaña en la búsqueda de la voluntad de Dios».


Encontrar tu vocación es todo un reto; difícil, sí, pero de ninguna manera imposible.

Si con sinceridad te pones a buscar la voluntad de Dios y sigues estos siete pasos, podrás hallarla.

De muchos modos Dios Padre te está revelando el proyecto que tiene para ti y la manera como quiere que colabores en la construcción de su Reino. Él es quien está más interesado en que tú encuentres tu vocación y seas feliz. Por eso, haz oración, dialoga con tu director/a espiritual, percibe, infórmate, reflexiona, decídete y actúa.

HOMOSEXUALIDAD Y ADMISIÓN A LAS ÓRDENES SAGRADAS

Instrucción vaticana sobre homosexualidad y admisión a seminarios y a las Órdenes Sagradas
Congregación para la Educación Católica

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 29 noviembre 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la Instrucción «Sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes Sagradas».

El documento fue publicado este martes por la Congregación para la Educación Católica.

CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA


INSTRUCCIÓN

SOBRE LOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO VOCACIONAL EN RELACIÓN CON LAS PERSONAS DE TENDENCIAS HOMOSEXUALES ANTES DE SU ADMISIÓN AL SEMINARIO Y A LAS ÓRDENES SAGRADAS
ROMA 2005
INTRODUCCIÓN

En continuidad con la enseñanza del Concilio Vaticano II y, en particular, con el decreto «Optatam totius» [1] sobre la formación sacerdotal, la Congregación para la Educación Católica ha publicado diversos documentos con el fin de promover la adecuada formación integral de los futuros sacerdotes, ofreciendo orientaciones y normas precisas acerca de varios de sus aspectos [2]. El Sínodo de los Obispos de 1990 también reflexionó sobre la formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, con la intención de aplicar la doctrina conciliar sobre este tema y hacerla más explícita y adecuada al mundo contemporáneo. Como fruto de este Sínodo, Juan Pablo II publicó la Exhortación Apostólica Postsinodal «Pastores dabo vobis» (3).

A la luz de esta rica enseñanza, la presente Instrucción no pretende tratar todas las cuestiones de orden afectivo o sexual que requieren atento discernimiento a lo largo del período formativo. Contiene únicamente normas acerca de una cuestión particular que las circunstancias actuales han hecho más urgente, a saber, la admisión o no admisión al Seminario y a las Órdenes Sagradas de candidatos con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

1. Madurez afectiva y paternidad espiritual
Según la constante Tradición de la Iglesia recibe válidamente la Sagrada Ordenación exclusivamente el bautizado de sexo masculino [4]. A través del sacramento del Orden el Espíritu Santo configura al candidato, por un título nuevo y específico, con Jesucristo: el sacerdote, en efecto, representa sacramentalmente a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia [5]. Por razón de esta configuración con Cristo, la vida toda del ministro sagrado debe estar animada por la entrega de su persona a la Iglesia y por una auténtica caridad pastoral [6].

El candidato al ministerio ordenado debe, por tanto, alcanzar la madurez afectiva. Tal madurez lo capacitará para situarse en una relación correcta con hombres y mujeres, desarrollando en él un verdadero sentido de la paternidad espiritual en relación con la comunidad eclesial que le será confiada [7].

2. La homosexualidad y el ministerio ordenado
Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy diversos documentos del Magisterio y especialmente el «Catecismo de la Iglesia Católica» han confirmado la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad. El «Catecismo» distingue entre los actos homosexuales y las tendencias homosexuales.
Respecto a los «actos» enseña que en la Sagrada Escritura éstos son presentados como pecados graves. La Tradición los ha considerado siempre intrínsecamente inmorales y contrarios a la ley natural. Por tanto, no pueden aprobarse en ningún caso.

Por lo que se refiere a las «tendencias» homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también éstas objetivamente desordenadas y con frecuencia constituyen, también para ellos, una prueba. Tales personas deben ser acogidas con respeto y delicadeza; respecto a ellas se evitará cualquier estigma que indique una injusta discriminación. Ellas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en sus vidas y a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que puedan encontrar [8].

A la luz de tales enseñanzas este Dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cree necesario afirmar con claridad que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión [9], no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay [10].

Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

Si se tratase, en cambio, de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio, como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada, ésas deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la Ordenación diaconal.

3. El discernimiento de la idoneidad de los candidatos por parte de la Iglesia

Dos son los aspectos inseparables en toda vocación sacerdotal: el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre. La vocación es un don de la gracia divina, recibido a través de la Iglesia, en la Iglesia y para el servicio de la Iglesia. Respondiendo a la llamada de Dios, el hombre se ofrece libremente a El en el amor [11]. El solo deseo de llegar a ser sacerdote no es suficiente y no existe un derecho a recibir la Sagrada Ordenación. Compete a la Iglesia, responsable de establecer los requisitos necesarios para la recepción de los Sacramentos instituidos por Cristo, discernir la idoneidad de quien desea entrar en el Seminario [12], acompañado durante los años de la formación y llamado a las Órdenes Sagradas, si lo juzga dotado de las cualidades requeridas [13].

La formación del futuro sacerdote debe integrar, en una complementariedad esencial, las cuatro dimensiones de la formación: humana, espiritual, intelectual y pastoral [14]. En ese contexto, se debe anotar la particular importancia de la formación humana, base necesaria de toda la formación [15]. Para admitir a un candidato a la Ordenación diaconal, la Iglesia debe verificar, entre otras cosas, que haya sido alcanzada la madurez afectiva del candidato al sacerdocio [16].

La llamada a las Órdenes es responsabilidad personal del Obispo [17] o del Superior Mayor. Teniendo presente el parecer de aquellos a los que se ha confiado la responsabilidad de la formación, el Obispo o el Superior Mayor, antes de admitir al candidato a la Ordenación, debe llegar a formarse un juicio moralmente cierto sobre sus aptitudes. En caso de seria duda a este respecto, no debe admitido a la Ordenación [18].

Es también un grave deber del rector y de los demás formadores del Seminario el discernimiento de la vocación y de la madurez del candidato. Antes de cada Ordenación, el rector debe expresar su juicio sobre las cualidades requeridas por la Iglesia [19].

Corresponde al director espiritual una tarea importante en el discernimiento de la idoneidad para la Ordenación. Aunque vinculado por el secreto, representa a la Iglesia en el fuero interno. En los coloquios con el candidato debe recordarle de modo muy particular las exigencias de la Iglesia sobre la castidad sacerdotal y sobre la madurez afectiva específica del sacerdote, así como ayudado a discernir si posee las cualidades necesarias [20]. Tiene la obligación de evaluar todas las cualidades de la personalidad y cerciorarse de que el candidato no presenta desajustes sexuales incompatibles con el sacerdocio. Si un candidato practica la homosexualidad o presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas, su director espiritual, así como su confesor, tienen el deber de disuadido en conciencia de seguir adelante hacia la Ordenación.

Ciertamente el candidato mismo es el primer responsable de la propia formación [21]. Debe someterse confiadamente al discernimiento de la Iglesia, del Obispo que llama a las Órdenes, del rector del Seminario, del director espiritual y de los demás formadores a los que el Obispo o el Superior Mayor han confiado la tarea de educar a los futuros sacerdotes. Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación. Disposición tan falta de rectitud no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el ministerio sacerdotal.

CONCLUSIÓN

Esta Congregación reafirma la necesidad de que los Obispos, los Superiores Mayores y todos los responsables implicados realicen un atento discernimiento sobre la idoneidad de los candidatos a las Órdenes Sagradas, desde su admisión al Seminario hasta la Ordenación. Este discernimiento debe hacerse a la luz de un concepto de sacerdocio ministerial en sintonía con las enseñanzas de la Iglesia.

Los Obispos, las Conferencias Episcopales y los Superiores Mayores vigilen para que las normas de esta Instrucción sean observadas fielmente para el bien de los candidatos mismos y para garantizar siempre a la Iglesia sacerdotes idóneos.

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, con fecha del 31 de agosto de 2005, ha aprobado la presente Instrucción y ha mandado su publicación.


Roma, 4 de noviembre de 2005, Memoria de San Carlos Borromeo, Patrono de los Seminarios.

ZENON Card. GROCHOLEWSKI
Prefecto

+ J. MICHAEL MILLER, C.S.B.
Arzobispo tit. de Vertara
Secretario

________________________________________________
NOTAS
[1] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius (28 de octubre de 1965): AAS 58 (1966), 713-727.

[2] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (6 de enero de 1970; edición nueva, 19 de marzo de 1985); Carta Circular sobre la enseñanza de la Filosofía en los Seminarios (20 de enero de 1972); Orientaciones para la educación en el celibato sacerdotal (11 de abril de 1974); Carta Circular sobre la enseñanza del Derecho Canónico para los aspirantes al sacerdocio (2 de abril de 1975); La formación teológica de los futuros sacerdotes (22 de febrero de 1976); Epistula circularis de formatione vocationarum adultarum (14 de julio de 1976); Instrucción sobre la formación litúrgica en los Seminarios (3 de junio de 1979); Carta Circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6 de enero de 1980); Orientaciones educativas sobre el Amor Humano. Pautas de educación sexual (1 de noviembre de 1983); Carta Circular sobre la pastoral de la Movilidad Humana en la formación de los futuros sacerdotes (25 de enero de 1985); Orientaciones para la formación de los futuros sacerdotes para el uso de los instrumentos de la Comunicación Social (19 de marzo de 1986); Carta Circular acerca de los estudios sobre las Iglesias Orientales (6 de enero de 1987); Carta Circular sobre la Virgen María en la formación intelectual y espiritual (25 de marzo de 1988); Orientaciones para el estudio y la enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes (30 de diciembre de 1988); Instrucción sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal (10 de noviembre de 1989); Directrices sobre la preparación de los Formadores en los Seminarios (4 de noviembre de 1993); Directrices sobre la formación de los seminaristas acerca de los problemas relativos al matrimonio y a la familia (19 de marzo de 1995); Instrucción a las Conferencias Episcopales sobre la admisión al Seminario de candidatos provenientes de otros Seminarios o Familias religiosas (9 de octubre de 1986 y 8 de marzo de 1996); El Período Propedéutico: documento informativo (1 de mayo de 1998); Lettere circolari circa le norme canoniche relative alle irregolarità e agli impedimenti sia ad Ordines recipiendos, sia ad Ordines exercendos (27 de julio de 1992 y 2 de febrero de 199).

[3] JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de
1992): AAS 84 (1992), 657-864.

[4] Cf. CI.C, can. 1024 y CCE.O., can. 754; JUAN PABLO 11, Carta apostólica Ordinatio sacerdotales sobre reservar la Ordenación sacerdotal sólo a los hombres (22 de mayo de 1994): AAS 86 (1994), 545-548.

[5] Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO 11, Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis (7 de diciembre de 1965), n. 2: AAS 58 (1966), 991-993; Pastores dabo vobis, n. 16: AAS 84 (1992), 681-682.
Respecto a la configuración con Cristo, Esposo de la Iglesia, la Pastores dabo vobis afirma: «El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia [...]. Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo» (n. 22): AAS 84 (1992), 691.

[6] Cf. Presbyterorum ordinis, n. 14: AAS 58 (1966), 1013-1014; Pastores dabo vobis, n. 23: AAS 84 (1992), 691-694.

[7] Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio Dives Ecclesiae para el ministerio y la vida de los presbíteros (31 de marzo de 1994), n.58.

[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (edición típica, 1997), nn.2357-2358.

Cf. también los diversos documentos de la CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE: Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual Persona humana (29 de diciembre de 1975); Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales Homosexualitatis problema (1 de octubre de 1986); Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales (23 de julio de 1992); Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (3 de junio de 2003).

Respecto a la inclinación homosexual, la Carta Homosexualitatis problema afirma: «La particular inclinación de la persona homosexual, aunque no sea en sí un pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada» (n.3).

[9] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (edición típica, 1997), n.2358; cfr. también CI.C, can. 208 y CCE.O., can. 11.

[10] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, A memorandum to Bishops seeking advice on matters concerning homosexualiry and candidates ftr admission to Seminary (9 de julio de 1985); CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Carta (16 de mayo de 2002): Notitiae 38 (2002), 586.

[11] Cf. Pastores dabo vobis, n. 35-36: AAS 84 (1992), 714-718.

[12] Cf. CI.C, can. 241 § 1: «El Obispo diocesano sólo debe admitir en el seminario mayor a aquellos que, atendiendo a sus dotes humanas y morales, espirituales e intelectuales, a su salud física y a su equilibrio psíquico, y a su recta intención, sean considerados capaces de dedicarse a los sagrados ministerios de manera perpetua» y CCE.O., can. 342, § 1.

[13] Cf. Optatam totius, n. 6: AAS 58 (1966), 717. Cf. también CI.C, can. 1029: «Sólo deben ser ordenados aquellos que, según el juicio prudente del Obispo propio o del Superior mayor competente, sopesadas todas las circunstancias, tienen una fe íntegra, están movidos por recta intención, poseen la ciencia debida, gozan de buena fama y costumbres intachables, virtudes probadas y otras cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que van a recibir» y C.C.E.O., can. 758.

No llamar a las órdenes a aquel que no tiene las cualidades requeridas no es una injusta discriminación: Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales.

[14] Cf. Pastores dabo vobis nn. 43-59: AAS 84 (1992), 731-762.

[15] Cf. ibid., n.43: «El presbítero, llamado a ser "imagen viva" de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se trasparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás»: AAS 84 (1992), 732.

[16] Cf. ibid., nn. 44 y 50: AAS 84 (1992), 733-736 Y 746-748. Cfr. también: CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Carta circular Entre las más delicadas a los Excmos. y Revmos. Señores Obispos diocesanos y demás Ordinarios canónicamente facultados para llamar a las Sagradas Órdenes, sobre los escrutinios acerca de la idoneidad de los candidatos (10 de noviembre de 1997): Notitiae 33 (1997),495-506, particularmente el Adjunto V.

[17] Cf. CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS, Directorio para el Ministerio pastoral de los obispos Apostolorum Successores (22 de febrero de 2004), n.88.

[18] Cf. C.I.C, can. 1052 § 3: « Si [...] el Obispo duda con razones ciertas de la idoneidad del candidato para recibir las órdenes, no lo debe ordenar». Cf. también C.C.E.O., can. 770.

[19] Cf. C.I.C, can. 1051: «Por lo que se refiere a la investigación de las cualidades que se requieren en el ordenando […] el rector del seminario o de la casa de formación ha de certificar que el candidato posee las cualidades necesarias para recibir el orden, es decir, doctrina recta, piedad sincera, buenas costumbres y aptitud para ejercer el ministerio; e igualmente, después de la investigación oportuna, hará constar su estado de salud física y psíquica».

[20] Cf. Pastores dabo vobis, nn. 50 y 66: AAS 84 (1992), 746-748 Y 772-774. Cf. también Ratio
fundamentalis institutionis sacerdotalis, n. 48.

[21] Cf. Pastores dabo vobis, n. 69: AAS 84 (1992), 778.


[Traducción distribuida por la Santa Sede]
ZS05112911

miércoles, 8 de febrero de 2012

«YA VOY, SEÑOR» CONTEMPLATIVOS EN LA RELACIÓN

José Ignacio González Faus

1.       CONTEMPLACIÓN CRISTIANA Y CONTEMPLACIÓN “RELIGIOSA”
2.       INICIACIÓN A LA CONTEMPLACIÓN Y AL MISTERIO
3.       ORIENTACIONES PRÁCTICAS
                CONCLUSIÓN
                NOTAS
                CUESTIONES PARA LA REFLEXIÓN

Los compañeros de Ignacio de Loyola decían que había sido un «contemplativo en la acción». Esto no abrevia las horas de oración que tenía el santo. Pero marca un corrimiento de la contemplación: desde la pura inactividad a la acción humana. Y el campo principal de la acción humana es precisamente la relación. El manejo de las cosas y de la naturaleza, la investigación, el arte… pueden reclamar atención; pero a un alma contemplativa le abren fácilmente ventanas hacia el misterio del “más-allá”. En cambio, la relación interhumana dificulta mucho más esa apertura: no sólo por el egoísmo propio y ajeno, sino por el misterio, la complejidad y las diferencias de los seres humanos. También por la velocidad o intrascendencia que acompaña a muchas de nuestras relaciones. Todo eso hace plausible el intento de prolongar el lema ignaciano (contemplativos en la acción), hacia esa cumbre de ser “contemplativos en la relación”, donde quizá se encuentran los mayores tesoros de una vida configurada por la fe y el seguimiento de Jesucristo.


1. CONTEMPLACIÓN CRISTIANA Y CONTEMPLACIÓN “RELIGIOSA”

Situar la contemplación en el seno de la misma relación interhumana, es algo muy específico del cristianismo, demasiado olvidado por el intento de acoplar lo más posible la fe cristiana con la religiosidad general del ser humano, y hacerla brotar de ahí. Que algo sea muy específicamente cristiano no significa en modo alguno que sea menos humano sino al revés: es lo más profundamente humano (y, por tanto, perceptible también desde fuera del cristianismo). Pero sí significa aquello que D. Bonhoeffer repetía en sus cartas desde la cárcel: «el Dios que se revela en Jesucristo pone del revés todo lo que el hombre “religioso” esperaría de Dios».

1.1. Fundamentación teológica
Precisamente por eso, nuestra afirmación sobre esa especificidad de la contemplación cristiana necesita una demostración basada en los textos mismos cristianos. Por ahí comenzaremos. Y para ello, fijémonos en los rasgos siguientes que apuntan todos en una misma dirección.

a) Infinidad de teólogos modernos se han cansado de repetir que Jesús habló muy poco de Dios y mucho del Reinado de Dios; que no habló de «buscar primero a Dios» sino de «buscar primero el reinado de Dios y su justicia»; ni habló de convertirse a Dios sino de prepararse para entrar en el Reino de Dios (o convertirse para posibilitar su llegada). Estos datos, hoy indiscutibles, podemos desarrollarlos un poco más.

b) Jesús, efectivamente, no da lecciones de teología ni de espiritualidad, no revela atributos del ser de Dios (la invocación Abbá no revela un atributo divino sino un modo de relacionarse con Dios). Jesús, simplemente, anuncia el amor increíble de Dios a los hombres, que el capítulo 15 de Lucas llega a comparar con lo que es el dinero para los seres humanos: la verdadera alegría de Dios se da cuando se recupera “uno solo” de los perdidos (como el hombre rico siente más alegría por la recuperación del millón que había perdido, que por los otros nueve millones que están seguros). En correspondencia con eso, Jesús se estremece de júbilo si ve que los ninguneados por las sociedades humanas comprenden los misterios de Dios mejor que los sabios y poderosos de la tierra.

c) Jesús admira la naturaleza: evoca la belleza de los lirios y la libertad de los pájaros, sabe del cuidado y el cariño que necesita una viña o una higuera, y se asombra ante el poder de la vida para hacer que la semilla crezca por sí sola mientras el labrador duerme. Pero, a la hora de ponernos en contacto con Dios, Jesús no nos invita a dar gracias ni a quedar absortos ante el misterio del universo (aunque esto pueda darse por supuesto). La oración que enseña nos invita a pedir la llegada del Reinado de Dios, que es el triunfo de lo plenamente humano: sustento suficiente para todos y reconciliación entre las personas, la justicia y la paz, en una palabra.

Al igual que Jesús, san Agustín rebosaba sensibilidad ante la hermosura de la naturaleza pero, a la hora de buscar allí a Dios, sentía como una voz que le decía: «busca por encima de nosotras »1. Y es que, si la belleza natural puede sugerir a Dios, la historia manifiesta la voluntad de Dios. Y la historia es el tejido de todas nuestras relaciones humanas.

Y esta enseñanza del Nazareno recibe una explicitación esplendorosa tras su Resurrección, recapituladora de todo el universo (Ef 1,14). Veamos otros ejemplos de ello.

d) El capítulo 3 de la Carta a los Efesios contiene un canto de asombro del autor, que parece reflejar una profunda experiencia personal de Pablo2, sobrecogido ante la revelación de que todos los hombres somos hijos de una misma familia: todos sin excepción. Y que eso no es más que la consecuencia de que se ha revelado el Misterio que lo sostiene todo y lo sobrepasa todo, que está actuante en todo y constituye «la sabiduría más eminente»: el amor de Dios hecho visible en Jesucristo. Desde esa revelación las relaciones humanas quedan transformadas: “cristificadas”, divinizadas. Y esa transformación debe afectar necesariamente nuestra manera de enfocarlas. De modo que el ser «contemplativos en la relación» va en paralelo con «la inteligencia del misterio de Cristo» (Ef 3,4).

e) Por la misma razón, las primeras comunidades cristianas acuñaron la fórmula “en Cristo”, o “en el Señor”, que servía para caracterizar todas las relaciones humanas (pareja, familia, esclavitud …), insertándolas en una especie de atmósfera nueva que las transforma: «hay hermanos, hijos, inspectores y amigos en el Señor, hay saludos, alegrías, exhortaciones… en el Señor, la mutua pertenencia varón-mujer es en el Señor»3… Ese vivir o estar “en Cristo” es lo que fundamenta una contemplación en las relaciones humanas.

f) Y así se comprende la anécdota de la primera tradición cristiana sobre el apóstol Juan: cuando en sus últimos años, casi centenario y siendo el último testigo vivo de Jesús, se le pedía con ansia que explicara cosas del Maestro, Juan se limitaba a repetir: «amaos unos a otros, amaos unos a otros…». Y ante la queja de que siempre decía lo mismo, y la curiosidad por saber más, el apóstol Juan replicaba: «es que ahí está todo, y eso basta». Gran verdad porque ahí está la fe-esperanza-caridad; ahí está Dios, Cristo, la Iglesia y lo mejor del hombre.

1.2. Consecuencias

Todos estos datos marcan una diferencia en el modo de concebir la vivencia de la fe (o la relación con Dios) desde una religiosidad general, o desde el cristianismo que sigue a Jesús porque cree en Él como Revelación de Dios. Por consiguiente, marcan también una diferencia fundamental entre el cristianismo y la idea genérica de religión, a la hora de concebir la dimensión orante y contemplativa.

Para el primero, la relación con las personas y el amor fraterno no pueden quedar excluidos de la relación con Dios. Y por eso, tampoco pueden quedar fuera de la oración y la contemplación cristianas.

Ojalá esto ayude a comprender que cuanto llevamos dicho no es un “reduccionismo”, sino un camino mucho más difícil que el de la religiosidad general (a menos que se quiera acusar al Maestro de reduccionista…). Por eso cabe sospechar que la acusación de reduccionismo es una excusa interesada para dispensarse de ir a Dios por aquello que Jesús denominaba «la puerta estrecha»; o no ha captado la profunda transformación teologal de las relaciones humanas dentro del cristianismo, que expusimos en el apartado anterior.

Tiene, pues, plena razón Egide van Broeckhoven (jesuita obrero belga muerto en accidente de trabajo a los treinta y cuatro años), cuando escribía en su diario: «se da una oración contemplativa falsa que se desarrolla al margen de la vida, y una oración contemplativa verdadera que la domina»; «se encuentra a Dios cuando se deja todo por este mundo»4.

Y esa “transformación cristiana” debe afectar nuestro modo de enfocar las relaciones humanas, precisamente porque es una revelación que choca con la más elemental de nuestras experiencias: la gran dificultad y ardua tarea que son
muchas veces las relaciones humanas.

Es conocido el comentario del bondadoso Juan de la Cruz, a su regreso a Castilla desde Jaén, cuando trabajando en el campo y recogiendo garbanzos, comentaba: «es más lindo manosear estas criaturas muertas que ser manoseado por las vivas»5. A ello cabe añadir que hoy quizá vivimos una época histórica de particular deterioro de las relaciones humanas, y de constantes desavenencias en todos los campos: crecen los racismos y los nacionalismos excluyentes, crecen las diferencias de clases, las culturas prefieren chocar en vez de encontrarse, fracasan las parejas y aumenta la violencia de género, los partidos políticos prefieren mirarse como totalidades y no como “partidos”; y el autismo cultural que respiramos nos induce a mirar a los demás como meros objetos o estímulos, pero no como sujetos de dignidad absoluta.

Creyentes o no creyentes, todos deberíamos hacer un esfuerzo por engrasar las junturas de nuestra convivencia, si no queremos deslizarnos por una pendiente que podría terminar en una catástrofe sin precedentes, como si no bastara con todas las catástrofes que hemos ido provocando a lo largo de la historia.

Estas líneas se dirigen principalmente a cristianos, sobre todo en su primera parte. Pero, al menos en su última parte, aspiran a ser de alguna utilidad también para quienes no tienen la enorme e inmerecida suerte de la fe, o para aquellos buscadores de los que seguramente vale el dicho de Pascal: «No me buscarías si no me hubieses ya encontrado».


1.3. Necesidad de recuperar el mejor cristianismo

A lo largo de la historia, se ha producido aquí un oscurecimiento del mensaje cristiano, pese a que nunca se haya perdido del horizonte la importancia de lo que el Nuevo Testamento llama sorprendentemente «mandamiento nuevo». En esa deformación jugó un papel innegable la helenización del cristianismo. Que fue una tarea necesaria y una epopeya admirable pero que, como todas las inculturaciones, suele pagar un precio que sólo se percibe con claridad cuando fenece la cultura en que estaba encarnada la fe.

Por ejemplo, de algunos padres del desierto se cuentan anécdotas de que iban “tan embebidos en Dios” que ni siquiera respondían al saludo si alguien se cruzaban con ellos. Más tarde, Tomás de Kempis, en un libro superclásico de la espiritualidad católica y lleno de valores innegables, escribe un apotegma famoso: «cuantas veces estuve con los hombres, volví menos hombre»6 (n. 147). Lo grave de esta frase (que, según algunos, no es de Kempis sino de Séneca7) no es aquello que afirma sino el que sólo afirme eso.

1.3.1. Una antropología más cristiana

En cambio, los textos bíblicos y el hombre Jesús nunca hablan así, pese a que son plenamente conscientes de los peligros incontables que envuelven las relaciones humanas. Pero creen también (aquí hay un elemento mucho más de fe que de argumentación racional), que los seres humanos y sus relaciones (libres y fraternas) son precisamente lo que más ama Dios, hasta el punto de haberles dado “a su propio Hijo”. Y saben que a todas las metas grandes se llega por sendas escarpadas o a través de puertas estrechas.

Si ese neoplatonismo donde entró el cristianismo veía sólo lo negativo del ser humano, buscando la perfección humana en la huída de los hombres, Jesús sabe que “el impuro” es una imagen de Dios que no debe ser rechazada sino restaurada, que el enfermo no debe quedarse en la cuneta sino que debe ser reintegrado en la comitiva, y que hasta al ladrón opresor como Zaqueo se le debe dar una oportunidad… En la tercera parte retomaremos estas figuras. Ahora baste con asegurar que, en ese tipo de consejos de la tradición ascética, se deja sentir más la presencia del estoicismo que la presencia de Jesús.

Por otro lado, el empeño por buscar la contemplación cristiana en la misma relación humana puede ser mucho más coherente con la antropología moderna que insiste en que el ser humano (y el ser en general) queda mucho mejor definido como relación que como mera sustancia: la visión evolutiva del mundo –en la biología, y en la filosofía y teología que brotan de ella– va conceptuando «la realidad como un proceso interdependiente y relacional». Toda la realidad es ontológicamente relacional y, naturalmente, mucho más la realidad personal, en pálida analogía con el ser de Dios donde la persona se define como relación8. La «imagen y semejanza de Dios» que define al hombre (Gen 1,26ss) tiene que ver, entre otros rasgos, con la consistencia y la densidad del aspecto relacional en la definición de la persona.

1.3.2. Una teología más cristiana

Y no sólo es más coherente con la antropología sino también con la teología: si Dios es “Comunión Absoluta” y no meramente “el ser absoluto” (y ése es uno de los significados más primarios del dogma de la Trinidad), sumergirse en Dios, como forma privilegiada de contemplación, no es meramente anegarse en un misterio metafísico, sino envolverse en una atmósfera de relación: en un misterio interpersonal donde la persona se define como relación: donación y unión.

Todo eso convierte nuestro ser humanos en “una tarea relacional”: como enseña el psicoanálisis, somos “seres separados” desde nuestro nacimiento. Esa separación, que queda sellada al cortar el cordón umbilical, es la raíz de nuestra inagotable capacidad de deseo que nos convierte en seres deseantes en pos de esa fusión total que supere nuestra separación: primero con el pecho materno, después con todo lo que nos llevamos a la boca, más tarde con los celos, los protagonismos las posesividades la búsqueda de una fusión sexual absoluta…, «siempre buscando al todo entre la niebla», si vale la parodia de un verso de Machado9. Hasta que  prendemos que esa totalidad ansiada es imposible y que nuestro crecer como personas consiste en poner en su lugar la alteridad y aprender a relacionarnos con ella10.

Establecida así la centralidad e importancia teórica de nuestro tema, vamos ahora a intentar acercarnos a él en una especie de introducción o de guía experiencial (mistagogía).

2. INICIACIÓN A LA CONTEMPLACIÓN Y AL MISTERIO

Según acabamos de ver, la fe cristiana toma muy en serio que el ser humano es imagen de Dios: mucho más que la hermosura de la naturaleza, la inmensidad del mar y el desierto, el misterio oculto del cielo estrellado, o todos esos “flashes” que parecen hablarnos de Dios. Y esa seriedad no se quiebra, sino que más bien se incrementa, aunque se trate de «Tu imagen empañada por la culpa» como cantan los cristianos  o, a veces, mucho más que empañada: destrozada y hecha añicos. Esta fractura puede crear dificultades a nuestro propósito. Pero…

2.1. El misterio humano y el Misterio divino

Si las cosas son así, el cristiano debe ir habituándose poco a poco a mirar cada persona que le sale al paso en la vida, como un miembro de Cristo y un hijo de Dios “igual que yo”: tanto si se trata de un amigo como de un desconocido, un mendigo, un banquero, un terrorista, un pariente, un monarca, un enemigo, un ateo o un obispo. Ser cristiano es acostumbrarse a mirar así a todos, como primer calificativo. Y convertir esa mirada en un factor decisivo de mi conducta para con cada persona.

Sólo desde aquí, se puede llegar fundadamente a lo que cada persona tiene de único y de irrepetible, más allá de sus condicionamientos de cultura, clase social, familiar, historia médica o evolución personal... Si no recuerdo mal, Jacques Leclerq escribió años atrás, hablando del amor humano: «el que dice de veras ‘te amo’ dice algo completamente nuevo aunque, antes de él, hayan dicho eso mismo millones de personas»11. El animal macho que copula con la hembra no hace algo completamente nuevo o inédito. Y esta perenne novedad de la persona humana, que es reflejo de lo dicho en el capítulo anterior y fuente de su dignidad sacrosanta, vale para todos los hombres y mujeres, no sólo para los de la propia familia, patria, religión o raza.

Pero llegar hasta ahí, conseguir esa mirada y esa postura, no es nada fácil, es como un horizonte que nunca se alcanza. Sin embargo, y aunque el horizonte no se alcance nunca, caminar en esa dirección lleva la vida humana hacia parajes desconocidos y sorprendentes.

El verdadero objeto de lo que la tradición llamó «ascética»12  es la capacitación de la voluntad y la sensibilidad humana para ese modo de ver y de situarse en el mundo. La ascética cristiana no es un esfuerzo dedicado a la propia cirugía estética, sino una capacitación para descubrir la insospechada riqueza y el tesoro escondido que puede caber en las relaciones humanas. Por ahí van transitando nuestras relaciones en una especie de maratón interminable, desde el “hombre (o mujer)-objeto” al “hombre (o mujer)-misterio”. Y así se comprende la observación de Egide van Broeckhoven: «el desprendimiento más profundo sólo tiene sentido como una etapa hacia el apego más profundo»13.

El cristiano acomete este esfuerzo ascético desde la profunda convicción y experiencia de su incapacidad. Pero contando con que su pequeño y duro trabajo, dirigido por el que la fe cristiana llama «el Aliento (el espíritu) de Dios», puede llevarle a metas insospechadas y muy de agradecer. En ese esfuerzo confiado se le irán recolocando y enriqueciendo muchas de las dimensiones presentes en toda relación, contradictorias tantas veces en una primera experiencia, pero capaces de ser armonizadas conforme maduran las personas.

Como único ejemplo veamos la sorprendente dualidad entre las dos formas más bellas de relación y las más espontáneamente contemplativas: la amistad y el amor. El amor anhela siempre más fusión y percibe que se ha quedado a medias en colmar su anhelo; mientras que en la amistad, el gesto más “pobre” y más sencillo abre un trasfondo inmenso de unión. Ahí percibe el ser humano que amistad y amor, las dos cumbres de toda relación humana, no son simplemente contrarias: ambas son, sí, parciales y tienen su campos y sus momentos en lo que toca a la materialidad de la relación; pero son armónicas, y suman más que restan, en lo que es el elemento formal de la relación. Por eso, ambas pueden hablar de Dios y remitir a Él.

Por eso también, nada de lo dicho en este apartado significa que el ser contemplativos en la relación no necesite ratos y horas de soledad y contemplación  personal. Lo único que significa es que esa oración personal debería ser en buena medida una escuela y una preparación para esa otra contemplación más difícil, y que no brota espontáneamente.

Los otros han de ser materia de mi oración muchas veces: lo cual empalma con aquella enseñanza de un viejo maestro del espíritu: orar no es mirar a Dios sino «mirar al mundo con los ojos de Dios».

2.2. Del Dios atisbado al Dios revelado

En la vida humana hay experiencias que sugieren trascendencia o, al menos, invitan a adentrarse en ellas buscando algo más: son experiencias de belleza y gratuidad, de inmensidad en el desierto o ante el mar, de grandeza en las cumbres de las montañas, o de profundidad en una relación humana, de plenitud o paz (en la música), de amor (sensación de fusión junto a la del placer)… En realidad todas esas experiencias brotan de la vivencia misma del ser, y de la conciencia de ser que se percibe tan real como infundada: «Asombro de ser: ¡cantar!», cantaba Jorge Guillén14, de manera tan escueta como trinitaria: el ser, la conciencia asombrada de ser (el Logos) y la dicha de ser (el canto)15.

Todos esos atisbos de trascendencia están en la base de muchas actitudes religiosas, y con frecuencia se ha hablado del “sentimiento oceánico” como base de la búsqueda de Dios, mucho más que el miedo, que sólo sabe forjar ídolos. Pues bien, lo específico del cristianismo a nivel de actitudes (no precisamente de contenidos) se sitúa en la invitación a escuchar que, a esos atisbos de trascendencia, Dios les responde: «lo que atisbas está más a tu alcance de lo que crees, pero está ahí donde no lo buscas: en los pobres y enfermos..., vaciado de sí y anonadado». De modo que si lo específico del eros religioso brota del «busca más arriba» que creía escuchar Agustín, lo específico del eros cristiano sería un «busca más abajo».

Esa conversión el eros religioso es imperativa para un cristiano; y aquí cabe evocar una frase de la tradición ignaciana: «lo divino es ser inabarcable para lo máximo y caber en lo mínimo»16. Como también se entiende desde ahí el lema que aglutinó toda la experiencia creyente descubierta por Etty Hillesum: «ayudar a Dios»17. Ayudar a Dios a no morir en mí (cuando Le acojo en su rostro desfigurado), y a nacer o crecer (o renacer) en los demás.

La sorprendente paradoja cristiana reside ahí, en que el adorar a Dios se convierte en ayudar a Dios, y ayudar al hermano se convierte en adorar a Dios. Además de Etty Hillesum, Dietrich Bonhoeffer y otros testigos cristianos del pasado siglo testificaron de mil variadas formas esa paradoja, que parece dar contenido a lo que Jesús recomendaba a la samaritana: adorar a Dios, no aquí o allá, sino «en espíritu y verdad… porque Dios es espíritu y así quiere que sean los que le adoran» (Jn 4, 23).

Curiosamente, los testigos citados testifican que esa actitud acaba convirtiéndose en algo que cabría designar como “experiencia de resurrección”. En testimonios de curas obreros, o de muchos misioneros (a veces mártires) del tercer y cuarto mundo, es frecuente esa experiencia de resurrección en la muerte, a la que Mons. Romero aludió una vez en una entrevista: «si me matan resucitaré en mi pueblo». No se trataba ahí de negar la resurrección futura sino de anticiparla en esa resurrección de Cristo que se actualiza cuasi sacramentalmente en toda humanidad oprimida, maltratada o ninguneada que se libera y se humaniza.

Por eso, para una mística auténtica que nos haga contemplativos en la relación, es importante recordar que el cristianismo no es una religión de muerte, ni tampoco una religión de resurrección. Es una fe de resurrección en la muerte. Y en ese proceso, la muerte no es propiamente buscada sino sobrevenida, como le sucedió a Jesús. Y la resurrección tampoco es buscada sino regalada y (en todo caso) esperada. También como le sucedió a Jesús.

Finalmente, en este paso del Dios atisbado al Dios revelado, el ser humano acaba descubriendo su propia impotencia. Esa impotencia propia le remite de otra manera a Dios que, Infinito, Inmanipulable e Inobjetivable como es, no deja de ser por ello su Roca, su Alcázar y su Refugio como cantan los salmos infinidad de veces.

2.3. Del Dios revelado a la realidad rebelde

Para no salirnos de la paradoja cristiana, es precisamente esa total referencia a Dios la que lleva al creyente a poner todos los medios humanos a su alcance (en análisis, discernimiento, entrenamiento y paciencia) para recibir la ayuda de Dios «que nos enriquece con su pobreza», nos hace crecer con su debilidad y está con nosotros en su abandono.18

Ello nos obligará a añadir a estas reflexiones una tercera parte, para buscar caminos prácticos y pautas de acción y crecimiento en ese programa de ser contemplativos en la relación. Como ya dije, esta última parte puede ser útil también para el no creyente que, a pesar de lo que él cree ser su falta de fe, adivina quizás algo de verdad y de belleza en cuanto llevamos expuesto, y desea o busca también una cierta mística de las relaciones humanas.

Pero, en esta última parte de nuestro recorrido, el autor del Cuaderno deberá ir desapareciendo, empequeñeciéndose o bajando la voz cada vez más: porque no existen recetas prefabricadas y cada cual ha de acabar siendo el maestro de sí mismo, que va aprendiendo de sí y encontrando su propio camino. En un lenguaje que quiere ser general ya no cabe afirmar sino sugerir, no imponer sino orientar, ni exponer sistemas o construcciones teológicas sino sólo condensar o procesar experiencias humanas. Eso intentaremos en la parte siguiente “con la boca chiquita”. Antes, para suplir la falta de recetas concretas, irá bien, a modo de transición, enmarcar las páginas que siguen en una reflexión sobre el amor, que parece ser el marco y la cumbre de todas las relaciones humanas, hacia la que apuntan todas ellas.

2.4. De la realidad al amor “que es de Dios”

De manera general podemos definir al amor como la entrega de uno mismo, hecha desde la más absoluta libertad, para hacer crecer a la otra parte. Esa sería como la cumbre de todo un proceso general de “querer el bien del otro”, que culmina en las formas más particularizadas (amor de pareja, amistad), para las cuales podemos mantener la definición dada, pero hablando ahora de entrega mutua.

Partir de esa definición permite poner de relieve las deficiencias o deformaciones del amor, tan frecuentes e inacabables entre nosotros, y que encontraremos en otras muchas relaciones.

a) Comencemos por la segunda de las características descritas: la libertad en la entrega: muchas veces sucede que la entrega no se hace “desde la más plena libertad”, sino por engaño, seducción, falsa necesidad… La libertad suele tener mil falsificaciones entre los humanos, sin que esto signifique abdicar de ella, sino buscarla cada vez más auténtica.

b) Esa falta de auténtica libertad en la entrega suele desfigurar la meta de ésta que era el bien de la otra parte: uno puede entregarse no para hacer crecer al otro sino para conseguir la rendición del otro. O puede entregarse, pero pasar luego facturas por el propio don, contabilizar las respuestas, etc.

c) Y por estos dos desvíos se falsifica el sustantivo que define al amor: la entrega. Si la fuente y la meta del don están falseadas, la entrega puede ser simulada, calculada, inferior a la medida justa, etc.

Y hablo expresamente de “medida justa” porque, naturalmente, no en toda relación humana se exige una entrega plena y absoluta, cosa absolutamente imposible. Sólo en determinadas relaciones (de pareja o familiares o de amistad íntima) la entrega podrá aspirar a diversas formas de plenitud. En muchos otros casos, el amor al prójimo será simplemente el deseo libérrimo de su crecimiento; deseo que podrá requerir incluso determinados grados o gestos de entrega, o se limitará, por las circunstancias que sea, a mantenerse en actitudes de respeto profundo.

En cualquier caso, y prescindiendo ahora de las mil concreciones prácticas posibles, esta última forma de amor (el deseo desinteresado del bien del otro) suministra una base para el enfoque contemplativo de la relación. Y esa base coincide con la fórmula clásica de algunos místicos: «amar a Dios en todos y a todos en Dios». Amar a Dios en el prójimo es amar lo mejor de él, presente o latente, amar la presencia del Espíritu de Dios en él, que es lo más íntimo y lo más profundamente suyo. Amar al otro en Dios es amarlo como Dios le ama: para ayudarle a que dé lo mejor de sí, para que haga rendir ese capital de su filiación divina, sinónimo de libertad y fraternidad.

2.4.1. Posible objeción

Desaparece así un falso dilema que oímos plantear a veces: «si se ama al prójimo por Dios, no se le ama por sí mismo, con lo que ese amor queda devaluado ». Quien arguye de este modo sigue pensando a Dios y al hombre de una manera competitiva y no desde una relación «posibilitante e impelente» (X. Zubiri). Por eso no ha comprendido que, precisamente amar al otro por Dios, es la manera más intensa de amarlo por sí mismo: porque nada hay más profunda ni más valiosamente suyo que la presencia de Dios en él. Al revés de lo que ocurre en la experiencia –más imperfecta– de nuestros amores humanos, el amar al otro por Dios y amarlo por sí mismo, no son magnitudes inversamente proporcionales, sino que crecen ambas en la misma proporción. Y cuando esto no se dé así (si Dios fuese realmente el único resorte en nuestra relación con el otro), podemos sospechar que no hemos llegado todavía a amar, sino a “soportar” (o quizás perdonar) pacificadamente al otro. Cosa que no será infrecuente en la trama de nuestras relaciones.

Aquí se vuelve a insinuar la gran dificultad que este tema nos plantea en la práctica: todo lo expuesto, por diáfano y verdadero que pueda parecer, sirve de poco porque, en la realidad, se encuentra con infinidad de lastres y de choques, derivados de las limitaciones, propias y de los otros, de las deformaciones presentes en ambos, o de circunstancias o momentos poco compatibles en el tiempo de la relación.

Efectivamente, lo que hemos intentado describir era un modelo más que una realidad. Y un modelo del que la más mínima dosis de lucidez nos hará ver cuán lejos estamos de él: como cuando Jesús decía «sed misericordiosos19 como lo es vuestro Padre celestial». De ahí que un punto de partida imprescindible para ser contemplativos en la relación es la plegaria que pide constantemente al Señor eso tan fácil de decir, tan aparentemente cercano y tantas veces distante de nosotros: “enséñame a querer: haz que aprenda a amar como Tú amas». No cabe concebir vida cristiana donde esta forma de plegaria no esté insistente y cotidianamente presente. Cada uno de nosotros posee una variedad llamativa de registros y de teclas.

Y los demás constituyen para nosotros, a pesar de tantas semejanzas y rasgos comunes o universales, un inmenso caleidoscopio de colores móviles que no podemos fijar ni generalizar totalmente. Por eso, el aprendizaje del amor nos obliga también al rigor y al análisis, precisamente por la mayor responsabilidad del amor en el ser humano. Los buenos sentimientos y la buena voluntad son necesarios e imprescindibles, pero no bastan: pues el amor implica una donación personal; y la persona es más que voluntad y sentimientos: es también inteligencia y capacidad de captar lo real. Pasión y rigor dan lo mejor de sí cuando están hermanados, pero pueden correr graves riesgos si están divorciados.

De ahí que nos veamos llevados a seguir con un pequeño catálogo y análisis de actitudes propias a buscar, y de variantes humanas que podremos encontrar, y que nos llevarán a preguntarnos cómo mira Dios a las personas con las que trato, para acercarnos así a la pregunta de cómo debemos nosotros mirarlas primero, y tratarlas después.
Así podemos pasar a la tercera parte antes anunciada, recordando lo dicho: aquí no valen recetas mecánicas sino sólo orientaciones, y cada cual deberá realizar estos análisis por sí mismo.