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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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martes, 6 de marzo de 2012

LA REDUCCIÓN AL ESTADO LAICAL DE SACERDOTES

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
NORMAS PARA PROCEDER A
LA REDUCCIÓN AL ESTADO LAICAL
EN LAS CURIAS DIOCESANAS Y RELIGIOSAS

I. Sobre lo que debe intentarse para que rectifique quien tiene el propósito de abandonar el sacerdocio antes de proponer casos a la Santa Sede
1. Antes de que propongan a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe la causa de reducción al estado laical con la dispensa de las obligaciones relacionadas con la ordenación sagrada, los Ordinarios afectados, en concreto, los Ordinarios diocesanos para los sacerdotes seculares, y los Superiores Mayores para los religiosos, deben hacer todo lo posible durante un tiempo adecuado para ayudar al peticionario (orator) a superar las dificultades que tiene (cf. Pablo VI, Enc. Sacerdotalis coelibatus, 87), como, por ejemplo, mediante el traslado a otro lugar donde esté libre de peligros, con la ayuda, segundos casos, de compañeros y amigos del peticionario, familiares, médicos y psicólogos.
2. Si todo esto no resultara, y el peticionario insiste en solicitar la dispensa, se deberán recopilar las informaciones necesarias para la cuestión.
II. Sobre la naturaleza de la investigación para recopilar las informaciones
1. Para que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe juzgue con conocimiento de causa si una reducción al estado laical con dispensa de las obligaciones puede ser propuesta al Sumo Pontífice, no basta la solicitud del peticionario, sino que es absolutamente necesario que dicha solicitud esté apoyada por las informaciones recogidas por la autoridad eclesiástica competente, conforme se indica más adelante en el n. III. Esta investigación se establece para que aparezcan de verdad los argumentos por los cuales el peticionario solicita la reducción al estado laical con la dispensa de las obligaciones, de manera que mediante interrogatorios, documentos, deposiciones de testigos, juicio de los médicos y otros testimonios de este tipo se descubra si la solicitud del peticionario se apoya en la verdad.
2. Sin embargo, esta investigación no tiene las características de un proceso judicial. No se ordena a demostrar, conforme a los can. 1993-1998, la invalidez de la ordenación sacerdotal o de la asunción de las obligaciones, sino sólo a conceder la dispensa de las obligaciones, si fuera el caso, del sacerdote, que a la vez es reducido al estado laical. Por esta causa, la autoridad competente no debe constituir un tribunal propiamente dicho, sino que, por sí misma, o por un sacerdote delegado, debe realizar una investigación que corresponde más bien a la misión pastoral. Pero esta investigación se ha de realizar conforme a unas normas definidas, esto es, mediante preguntas determinadas, y recibiendo respuestas concretas, y es necesario un voto final de la misma autoridad según la verdad del asunto.
3. La investigación se refiere, especialmente, a lo que sigue:
a) Aspectos generales del peticionario: tiempo y lugar de nacimiento, antecedentes o «anamnesis», y circunstancias de la familia en la que ha nacido el peticionario, costumbres, estudios, escrutinios sobre él en la recepción de las órdenes, y si el peticionario es religioso, también en la emisión de los votos, tiempo y lugar de la ordenación sagrada, curriculum del ministerio sacerdotal, condición jurídica en la que se encuentra, tanto en el derecho canónico como en el civil, y asuntos semejantes.
b) Causas y circunstancias de las dificultades que sufre el peticionario, o de la defección, antes de la ordenación: como enfermedades, inmadurez, en el orden físico o psíquico, caídas respecto al sexto mandamiento del decálogo en el tiempo de formación del Seminario o en Instituto religioso, presiones por parte de la familia, errores de los Superiores, tanto en el fuero interno (con tal de que haya licencia del peticionario) como en el fuero externo, al juzgar sobre la vocación; después de la ordenación: defectos de adaptación al ministerio sagrado, angustias o crisis en la vida espiritual, o en la misma fe, errores acerca del celibato y del sacerdocio, costumbres disolutas, y otras cuestiones de este tipo.
c) Confianza que merece el peticionario: si lo que aparece en la solicitud responde a la verdad.
d) Interrogatorio de los testigos que hacen al caso, como son los padres, hermanos y hermanas, superiores y compañeros de Seminario o Noviciado, Superiores y compañeros en el ministerio, en la medida en que sea preciso.
e) Según la naturaleza de los casos, y en la medida en que afecte, examen de expertos de oficio en medicina, psicología y psiquiatría. La autoridad a la que corresponde el deber de realizar la investigación puede añadir todo lo que considere útil para una mejor comprensión del caso. Todo lo anterior debe ser hecho bajo juramento, en la medida de la posible, y debe permanecer secreto.
4. Al peticionario, después de haber cursado la solicitud a su Ordinario, y hasta que llegue la respuesta de la Sagrada Congregación, se le debe prohibir de manera cautelar el ejercicio de las órdenes (cf. can. 1997).
III. Sobre la autoridad competente a la que corresponde realizar la investigación
1. La obligación de proponer al Sumo Pontífice, mediante la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el caso de reducción al estado laical con la dispensa de las obligaciones corresponde, per se, al propio prelado del peticionario, esto es, al Ordinario del lugar de incardinación para los sacerdotes diocesanos, y al Superior Mayor para los religiosos.
2. El Ordinario de incardinación o el Superior Mayor religioso no necesita, conforme a las presentes normas, una licencia previa de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe para realizar la investigación, sino que la realiza, en general, por propio derecho y obligación. Una vez terminada la investigación, la autoridad competente enviará las actas a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Este Sagrado Dicasterio examinará cuanto antes el caso y, si decidiera que se debe aceptar la petición, la propondrá al Santo Padre, que es el único al que corresponde decidir si se debe conceder o no la reducción con la dispensa.
3. Cuando el sacerdote peticionario está lejos de la propia diócesis o de la sede del Superior Mayor propio.
a) Si recurriera al propio Ordinario, sea diocesano, sea religioso, se ocupará el mismo Ordinario de rogar al Ordinario del lugar en el que vive habitualmente el peticionario, para que realice la investigación, y para esto comunicará a este Ordinario todo lo que considere que es útil conocer sobre el caso.
b) Si recurriera al Ordinario del lugar en el que habitualmente vive, se ocupará este Ordinario de informar al prelado propio del peticionario, sea diocesano, sea religioso, y de pedirle lo necesario para realizar la investigación.
En ambos casos, el Ordinario del lugar en el que vive habitualmente el peticionario, transmitirá las actas del interrogatorio al Prelado propio del peticionario, sea diocesano, sea religioso, con su propio voto.
4. Por una causa proporcionada, el sacerdote peticionario puede pedir a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que el caso, como excepción a la regla señalada, sea encomendado a otra autoridad que no es el propio Ordinario, ni diocesano ni religioso. Pero, incluso en este caso, el Ordinario al que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe encomendara realizar la investigación, debe pedir, bajo secreto, al Ordinario diocesano o religioso propio del peticionario las oportunas informaciones y el voto; sin embargo, las actas en este caso se enviarán directamente a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
5. Siempre que se trate de un peticionario religioso y cuando el peticionario sacerdote secular no viva en la propia diócesis, el Ordinario del lugar en el que vive será consultado por la autoridad competente sobre si hay que temer o no escándalo por la concesión de la dispensa y por el matrimonio canónico del peticionario.
IV. Actas que se deben enviar a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe
Una vez terminada la investigación, el Ordinario propio del peticionario, sea diocesano, sea religioso, debe enviar a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe lo que a continuación se indica:
1) solicitud por escrito del peticionario;
2) actas de la investigación (cf. n. III, 3°);
3) su voto, en el que debe tratar también de lo que ha intentado para ayudar al peticionario a superar las dificultades y de lo que pretende realizar para evitar el escándalo que probablemente se originará entre los fieles por la concesión de la dispensa;
4) en los casos señalados en III, 5°,el voto del Ordinario del lugar de residencia del peticionario sobre si se ha de temer o no el escándalo en dicho lugar.
Procurarán con todo empeño las autoridades competentes que se envíen las actas completas: de esta manera las causas se resolverán rápidamente; si falta algún documento necesario, la solución del caso se prolongará.
V. Rescripto de reducción al estado laical con dispensa de las obligaciones conexas con la ordenación sagrada
1. El Rescripto comprende inseparablemente la reducción al estado laical y la dispensa de las obligaciones que provienen de la ordenación sagrada. Nunca será lícito al peticionario separar los dos elementos, es decir, aceptar el segundo y rechazar el primero. Si el peticionario es religioso, el Rescripto también contiene la dispensa de los votos.
Además, cuando haga falta, llevará consigo la absolución de las censuras en las que ha incurrido y la legitimación de la prole.
El Rescripto entrará en vigor desde el momento de la notificación hecha al peticionario por el prelado competente.
2. El Rescripto es enviado al prelado propio del peticionario, esto es, al Ordinario diocesano para los sacerdotes seculares, al Superior Mayor para los religiosos, de modo que se lo comunique al peticionario, excepto en el caso del que se trata en III, 4.°
3. Si el peticionario es un sacerdote diocesano que está fuera de la propia diócesis, o religioso, el Ordinario del lugar de incardinación, o el Superior Religioso Mayor, informará al Ordinario del lugar de residencia habitual del peticionario sobre la dispensa pontificia, y, si es el caso, le pedirá que comunique el rescripto al peticionario y conceda la delegación necesaria para la celebración del matrimonio canónico. Si las circunstancias particulares sugieren otra cosa, el citado Ordinario recurra a la Sagrada Congregación.
4. En los libros de bautismo de la parroquia, sea del orador o de la pareja, debe anotarse que hay que consultar al Ordinario del lugar cuando se pidan partidas o documentos.
VI. Condiciones que debe cumplir el sacerdote dispensado
1. De por sí, el sacerdote reducido al estado laical y dispensado de las obligaciones conexas con el sacerdocio, y especialmente el sacerdote unido en matrimonio, debe alejarse de aquellos lugares en los que es conocido su estado sacerdotal. El Ordinario del lugar de residencia del peticionario, de común acuerdo, en cuanto sea necesario, con el Ordinario propio de incardinación, o con el Superior Mayor religioso, podría dispensar de esta cláusula que contiene el Rescripto, si no se prevé que la presencia del peticionario vaya a dar lugar a escándalo.
2. Por lo que se refiere a la celebración de matrimonio canónico, el Ordinario procure que se evite cualquier tipo de ostentación y ante un sacerdote probado o, si hiciera falta, ante dos testigos, celebre el matrimonio, del cual se guardará el acta en el archivo secreto de la Curia.
Al Ordinario del lugar de residencia junto con el prelado propio del peticionario, sea diocesano, sea religioso, le corresponde determinar si la dispensa y, de manera similar, la celebración del matrimonio deba ser mantenida en secreto, o se pueda comunicar, con las debidas precauciones a los allegados del peticionario, amigos y patronos, para que se mantenga la buena fama del mismo peticionario y los derechos económicos y sociales que brotan de su nuevo estado de laico casado.
3. En cambio, si el sacerdote reducido al estado laical y dispensado de las obligaciones conexas con la sagrada ordenación no mantiene la promesa de evitar el escándalo, o incluso hace público su caso para provocar el escándalo (empleando la prensa, los medios radiotelevisivos y otros semejantes), haciendo presión con mala voluntad para des preciar el sagrado celibato, será preciso que los Ordinarios a los que afecta, y también el superior religioso en caso de los religiosos, divulguen que ese sacerdote ha sido reducido al estado laical y dispensado de los compromisos asumidos porque la Iglesia ha considerado que no es idóneo para el ejercicio del sacerdocio.
4. El Ordinario, al que corresponde comunicar el Rescripto al peticionario, le debe exhortar intensamente para que participe en la vida del pueblo de Dios de modo congruente con su nueva condición de vida, contribuya a la edificación y se muestre como un hijo amante de la Iglesia. A la vez, le debe comunicar que a todo sacerdote reducido al estado laical y dispensado de las obligaciones le está prohibido:
a) realizar cualquier función del orden sagrado, salvo lo que se determina en los can. 882 y 892 § 2;
b) realizar acción litúrgica alguna en las celebraciones con el pueblo, donde es conocida su condición, y nunca pronuncie una homilía;
c) desempeñar cualquier oficio pastoral;
d) la misión de Rector (u otro ministerio directivo), de Director espiritual y Profesor en Seminarios, Facultades teológicas e Instituciones semejantes;
e) asimismo no desempeñe la labor de director de una escuela católica, ni de maestro de religión en cualquier escuela, sea católica o no. Sin embargo, el Ordinario del lugar, según su prudente juicio, puede, en casos particulares, permitir que el sacerdote reducido al estado laical y dispensado de las obligaciones conexas con la ordenación sagrada enseñe religión en las escuelas públicas, siempre con la excepción de las escuelas católicas, con tal de que no se haya de temer escándalo o extrañeza.
5. Los Ordinarios afectados, entre los que está el Superior Mayor religioso, acompañen a los sacerdotes reducidos al estado laical y dispensados de las obligaciones conexas con la sagrada ordenación, y si es posible ayúdenles en lo necesario para llevar una vida honesta.
VII. Sobre los casos en los que se debe actuar de oficio
Con las debidas acomodaciones, lo que se establece en estas reglas para los casos en los que los sacerdotes piden espontáneamente la reducción al estado laical con la dispensa de las obligaciones que brotan de la ordenación sagrada, se debe aplicar también a los casos en los que algún sacerdote, por su vida depravada, o por los errores doctrinales, o por otra causa grave, parece, después de una necesaria investigación, que debe ser reducido al estado laical, y a la vez dispensado por misericordia, para que no caiga en el peligro de la eterna condenación.

miércoles, 8 de febrero de 2012

«YA VOY, SEÑOR» CONTEMPLATIVOS EN LA RELACIÓN

José Ignacio González Faus

1.       CONTEMPLACIÓN CRISTIANA Y CONTEMPLACIÓN “RELIGIOSA”
2.       INICIACIÓN A LA CONTEMPLACIÓN Y AL MISTERIO
3.       ORIENTACIONES PRÁCTICAS
                CONCLUSIÓN
                NOTAS
                CUESTIONES PARA LA REFLEXIÓN

Los compañeros de Ignacio de Loyola decían que había sido un «contemplativo en la acción». Esto no abrevia las horas de oración que tenía el santo. Pero marca un corrimiento de la contemplación: desde la pura inactividad a la acción humana. Y el campo principal de la acción humana es precisamente la relación. El manejo de las cosas y de la naturaleza, la investigación, el arte… pueden reclamar atención; pero a un alma contemplativa le abren fácilmente ventanas hacia el misterio del “más-allá”. En cambio, la relación interhumana dificulta mucho más esa apertura: no sólo por el egoísmo propio y ajeno, sino por el misterio, la complejidad y las diferencias de los seres humanos. También por la velocidad o intrascendencia que acompaña a muchas de nuestras relaciones. Todo eso hace plausible el intento de prolongar el lema ignaciano (contemplativos en la acción), hacia esa cumbre de ser “contemplativos en la relación”, donde quizá se encuentran los mayores tesoros de una vida configurada por la fe y el seguimiento de Jesucristo.


1. CONTEMPLACIÓN CRISTIANA Y CONTEMPLACIÓN “RELIGIOSA”

Situar la contemplación en el seno de la misma relación interhumana, es algo muy específico del cristianismo, demasiado olvidado por el intento de acoplar lo más posible la fe cristiana con la religiosidad general del ser humano, y hacerla brotar de ahí. Que algo sea muy específicamente cristiano no significa en modo alguno que sea menos humano sino al revés: es lo más profundamente humano (y, por tanto, perceptible también desde fuera del cristianismo). Pero sí significa aquello que D. Bonhoeffer repetía en sus cartas desde la cárcel: «el Dios que se revela en Jesucristo pone del revés todo lo que el hombre “religioso” esperaría de Dios».

1.1. Fundamentación teológica
Precisamente por eso, nuestra afirmación sobre esa especificidad de la contemplación cristiana necesita una demostración basada en los textos mismos cristianos. Por ahí comenzaremos. Y para ello, fijémonos en los rasgos siguientes que apuntan todos en una misma dirección.

a) Infinidad de teólogos modernos se han cansado de repetir que Jesús habló muy poco de Dios y mucho del Reinado de Dios; que no habló de «buscar primero a Dios» sino de «buscar primero el reinado de Dios y su justicia»; ni habló de convertirse a Dios sino de prepararse para entrar en el Reino de Dios (o convertirse para posibilitar su llegada). Estos datos, hoy indiscutibles, podemos desarrollarlos un poco más.

b) Jesús, efectivamente, no da lecciones de teología ni de espiritualidad, no revela atributos del ser de Dios (la invocación Abbá no revela un atributo divino sino un modo de relacionarse con Dios). Jesús, simplemente, anuncia el amor increíble de Dios a los hombres, que el capítulo 15 de Lucas llega a comparar con lo que es el dinero para los seres humanos: la verdadera alegría de Dios se da cuando se recupera “uno solo” de los perdidos (como el hombre rico siente más alegría por la recuperación del millón que había perdido, que por los otros nueve millones que están seguros). En correspondencia con eso, Jesús se estremece de júbilo si ve que los ninguneados por las sociedades humanas comprenden los misterios de Dios mejor que los sabios y poderosos de la tierra.

c) Jesús admira la naturaleza: evoca la belleza de los lirios y la libertad de los pájaros, sabe del cuidado y el cariño que necesita una viña o una higuera, y se asombra ante el poder de la vida para hacer que la semilla crezca por sí sola mientras el labrador duerme. Pero, a la hora de ponernos en contacto con Dios, Jesús no nos invita a dar gracias ni a quedar absortos ante el misterio del universo (aunque esto pueda darse por supuesto). La oración que enseña nos invita a pedir la llegada del Reinado de Dios, que es el triunfo de lo plenamente humano: sustento suficiente para todos y reconciliación entre las personas, la justicia y la paz, en una palabra.

Al igual que Jesús, san Agustín rebosaba sensibilidad ante la hermosura de la naturaleza pero, a la hora de buscar allí a Dios, sentía como una voz que le decía: «busca por encima de nosotras »1. Y es que, si la belleza natural puede sugerir a Dios, la historia manifiesta la voluntad de Dios. Y la historia es el tejido de todas nuestras relaciones humanas.

Y esta enseñanza del Nazareno recibe una explicitación esplendorosa tras su Resurrección, recapituladora de todo el universo (Ef 1,14). Veamos otros ejemplos de ello.

d) El capítulo 3 de la Carta a los Efesios contiene un canto de asombro del autor, que parece reflejar una profunda experiencia personal de Pablo2, sobrecogido ante la revelación de que todos los hombres somos hijos de una misma familia: todos sin excepción. Y que eso no es más que la consecuencia de que se ha revelado el Misterio que lo sostiene todo y lo sobrepasa todo, que está actuante en todo y constituye «la sabiduría más eminente»: el amor de Dios hecho visible en Jesucristo. Desde esa revelación las relaciones humanas quedan transformadas: “cristificadas”, divinizadas. Y esa transformación debe afectar necesariamente nuestra manera de enfocarlas. De modo que el ser «contemplativos en la relación» va en paralelo con «la inteligencia del misterio de Cristo» (Ef 3,4).

e) Por la misma razón, las primeras comunidades cristianas acuñaron la fórmula “en Cristo”, o “en el Señor”, que servía para caracterizar todas las relaciones humanas (pareja, familia, esclavitud …), insertándolas en una especie de atmósfera nueva que las transforma: «hay hermanos, hijos, inspectores y amigos en el Señor, hay saludos, alegrías, exhortaciones… en el Señor, la mutua pertenencia varón-mujer es en el Señor»3… Ese vivir o estar “en Cristo” es lo que fundamenta una contemplación en las relaciones humanas.

f) Y así se comprende la anécdota de la primera tradición cristiana sobre el apóstol Juan: cuando en sus últimos años, casi centenario y siendo el último testigo vivo de Jesús, se le pedía con ansia que explicara cosas del Maestro, Juan se limitaba a repetir: «amaos unos a otros, amaos unos a otros…». Y ante la queja de que siempre decía lo mismo, y la curiosidad por saber más, el apóstol Juan replicaba: «es que ahí está todo, y eso basta». Gran verdad porque ahí está la fe-esperanza-caridad; ahí está Dios, Cristo, la Iglesia y lo mejor del hombre.

1.2. Consecuencias

Todos estos datos marcan una diferencia en el modo de concebir la vivencia de la fe (o la relación con Dios) desde una religiosidad general, o desde el cristianismo que sigue a Jesús porque cree en Él como Revelación de Dios. Por consiguiente, marcan también una diferencia fundamental entre el cristianismo y la idea genérica de religión, a la hora de concebir la dimensión orante y contemplativa.

Para el primero, la relación con las personas y el amor fraterno no pueden quedar excluidos de la relación con Dios. Y por eso, tampoco pueden quedar fuera de la oración y la contemplación cristianas.

Ojalá esto ayude a comprender que cuanto llevamos dicho no es un “reduccionismo”, sino un camino mucho más difícil que el de la religiosidad general (a menos que se quiera acusar al Maestro de reduccionista…). Por eso cabe sospechar que la acusación de reduccionismo es una excusa interesada para dispensarse de ir a Dios por aquello que Jesús denominaba «la puerta estrecha»; o no ha captado la profunda transformación teologal de las relaciones humanas dentro del cristianismo, que expusimos en el apartado anterior.

Tiene, pues, plena razón Egide van Broeckhoven (jesuita obrero belga muerto en accidente de trabajo a los treinta y cuatro años), cuando escribía en su diario: «se da una oración contemplativa falsa que se desarrolla al margen de la vida, y una oración contemplativa verdadera que la domina»; «se encuentra a Dios cuando se deja todo por este mundo»4.

Y esa “transformación cristiana” debe afectar nuestro modo de enfocar las relaciones humanas, precisamente porque es una revelación que choca con la más elemental de nuestras experiencias: la gran dificultad y ardua tarea que son
muchas veces las relaciones humanas.

Es conocido el comentario del bondadoso Juan de la Cruz, a su regreso a Castilla desde Jaén, cuando trabajando en el campo y recogiendo garbanzos, comentaba: «es más lindo manosear estas criaturas muertas que ser manoseado por las vivas»5. A ello cabe añadir que hoy quizá vivimos una época histórica de particular deterioro de las relaciones humanas, y de constantes desavenencias en todos los campos: crecen los racismos y los nacionalismos excluyentes, crecen las diferencias de clases, las culturas prefieren chocar en vez de encontrarse, fracasan las parejas y aumenta la violencia de género, los partidos políticos prefieren mirarse como totalidades y no como “partidos”; y el autismo cultural que respiramos nos induce a mirar a los demás como meros objetos o estímulos, pero no como sujetos de dignidad absoluta.

Creyentes o no creyentes, todos deberíamos hacer un esfuerzo por engrasar las junturas de nuestra convivencia, si no queremos deslizarnos por una pendiente que podría terminar en una catástrofe sin precedentes, como si no bastara con todas las catástrofes que hemos ido provocando a lo largo de la historia.

Estas líneas se dirigen principalmente a cristianos, sobre todo en su primera parte. Pero, al menos en su última parte, aspiran a ser de alguna utilidad también para quienes no tienen la enorme e inmerecida suerte de la fe, o para aquellos buscadores de los que seguramente vale el dicho de Pascal: «No me buscarías si no me hubieses ya encontrado».


1.3. Necesidad de recuperar el mejor cristianismo

A lo largo de la historia, se ha producido aquí un oscurecimiento del mensaje cristiano, pese a que nunca se haya perdido del horizonte la importancia de lo que el Nuevo Testamento llama sorprendentemente «mandamiento nuevo». En esa deformación jugó un papel innegable la helenización del cristianismo. Que fue una tarea necesaria y una epopeya admirable pero que, como todas las inculturaciones, suele pagar un precio que sólo se percibe con claridad cuando fenece la cultura en que estaba encarnada la fe.

Por ejemplo, de algunos padres del desierto se cuentan anécdotas de que iban “tan embebidos en Dios” que ni siquiera respondían al saludo si alguien se cruzaban con ellos. Más tarde, Tomás de Kempis, en un libro superclásico de la espiritualidad católica y lleno de valores innegables, escribe un apotegma famoso: «cuantas veces estuve con los hombres, volví menos hombre»6 (n. 147). Lo grave de esta frase (que, según algunos, no es de Kempis sino de Séneca7) no es aquello que afirma sino el que sólo afirme eso.

1.3.1. Una antropología más cristiana

En cambio, los textos bíblicos y el hombre Jesús nunca hablan así, pese a que son plenamente conscientes de los peligros incontables que envuelven las relaciones humanas. Pero creen también (aquí hay un elemento mucho más de fe que de argumentación racional), que los seres humanos y sus relaciones (libres y fraternas) son precisamente lo que más ama Dios, hasta el punto de haberles dado “a su propio Hijo”. Y saben que a todas las metas grandes se llega por sendas escarpadas o a través de puertas estrechas.

Si ese neoplatonismo donde entró el cristianismo veía sólo lo negativo del ser humano, buscando la perfección humana en la huída de los hombres, Jesús sabe que “el impuro” es una imagen de Dios que no debe ser rechazada sino restaurada, que el enfermo no debe quedarse en la cuneta sino que debe ser reintegrado en la comitiva, y que hasta al ladrón opresor como Zaqueo se le debe dar una oportunidad… En la tercera parte retomaremos estas figuras. Ahora baste con asegurar que, en ese tipo de consejos de la tradición ascética, se deja sentir más la presencia del estoicismo que la presencia de Jesús.

Por otro lado, el empeño por buscar la contemplación cristiana en la misma relación humana puede ser mucho más coherente con la antropología moderna que insiste en que el ser humano (y el ser en general) queda mucho mejor definido como relación que como mera sustancia: la visión evolutiva del mundo –en la biología, y en la filosofía y teología que brotan de ella– va conceptuando «la realidad como un proceso interdependiente y relacional». Toda la realidad es ontológicamente relacional y, naturalmente, mucho más la realidad personal, en pálida analogía con el ser de Dios donde la persona se define como relación8. La «imagen y semejanza de Dios» que define al hombre (Gen 1,26ss) tiene que ver, entre otros rasgos, con la consistencia y la densidad del aspecto relacional en la definición de la persona.

1.3.2. Una teología más cristiana

Y no sólo es más coherente con la antropología sino también con la teología: si Dios es “Comunión Absoluta” y no meramente “el ser absoluto” (y ése es uno de los significados más primarios del dogma de la Trinidad), sumergirse en Dios, como forma privilegiada de contemplación, no es meramente anegarse en un misterio metafísico, sino envolverse en una atmósfera de relación: en un misterio interpersonal donde la persona se define como relación: donación y unión.

Todo eso convierte nuestro ser humanos en “una tarea relacional”: como enseña el psicoanálisis, somos “seres separados” desde nuestro nacimiento. Esa separación, que queda sellada al cortar el cordón umbilical, es la raíz de nuestra inagotable capacidad de deseo que nos convierte en seres deseantes en pos de esa fusión total que supere nuestra separación: primero con el pecho materno, después con todo lo que nos llevamos a la boca, más tarde con los celos, los protagonismos las posesividades la búsqueda de una fusión sexual absoluta…, «siempre buscando al todo entre la niebla», si vale la parodia de un verso de Machado9. Hasta que  prendemos que esa totalidad ansiada es imposible y que nuestro crecer como personas consiste en poner en su lugar la alteridad y aprender a relacionarnos con ella10.

Establecida así la centralidad e importancia teórica de nuestro tema, vamos ahora a intentar acercarnos a él en una especie de introducción o de guía experiencial (mistagogía).

2. INICIACIÓN A LA CONTEMPLACIÓN Y AL MISTERIO

Según acabamos de ver, la fe cristiana toma muy en serio que el ser humano es imagen de Dios: mucho más que la hermosura de la naturaleza, la inmensidad del mar y el desierto, el misterio oculto del cielo estrellado, o todos esos “flashes” que parecen hablarnos de Dios. Y esa seriedad no se quiebra, sino que más bien se incrementa, aunque se trate de «Tu imagen empañada por la culpa» como cantan los cristianos  o, a veces, mucho más que empañada: destrozada y hecha añicos. Esta fractura puede crear dificultades a nuestro propósito. Pero…

2.1. El misterio humano y el Misterio divino

Si las cosas son así, el cristiano debe ir habituándose poco a poco a mirar cada persona que le sale al paso en la vida, como un miembro de Cristo y un hijo de Dios “igual que yo”: tanto si se trata de un amigo como de un desconocido, un mendigo, un banquero, un terrorista, un pariente, un monarca, un enemigo, un ateo o un obispo. Ser cristiano es acostumbrarse a mirar así a todos, como primer calificativo. Y convertir esa mirada en un factor decisivo de mi conducta para con cada persona.

Sólo desde aquí, se puede llegar fundadamente a lo que cada persona tiene de único y de irrepetible, más allá de sus condicionamientos de cultura, clase social, familiar, historia médica o evolución personal... Si no recuerdo mal, Jacques Leclerq escribió años atrás, hablando del amor humano: «el que dice de veras ‘te amo’ dice algo completamente nuevo aunque, antes de él, hayan dicho eso mismo millones de personas»11. El animal macho que copula con la hembra no hace algo completamente nuevo o inédito. Y esta perenne novedad de la persona humana, que es reflejo de lo dicho en el capítulo anterior y fuente de su dignidad sacrosanta, vale para todos los hombres y mujeres, no sólo para los de la propia familia, patria, religión o raza.

Pero llegar hasta ahí, conseguir esa mirada y esa postura, no es nada fácil, es como un horizonte que nunca se alcanza. Sin embargo, y aunque el horizonte no se alcance nunca, caminar en esa dirección lleva la vida humana hacia parajes desconocidos y sorprendentes.

El verdadero objeto de lo que la tradición llamó «ascética»12  es la capacitación de la voluntad y la sensibilidad humana para ese modo de ver y de situarse en el mundo. La ascética cristiana no es un esfuerzo dedicado a la propia cirugía estética, sino una capacitación para descubrir la insospechada riqueza y el tesoro escondido que puede caber en las relaciones humanas. Por ahí van transitando nuestras relaciones en una especie de maratón interminable, desde el “hombre (o mujer)-objeto” al “hombre (o mujer)-misterio”. Y así se comprende la observación de Egide van Broeckhoven: «el desprendimiento más profundo sólo tiene sentido como una etapa hacia el apego más profundo»13.

El cristiano acomete este esfuerzo ascético desde la profunda convicción y experiencia de su incapacidad. Pero contando con que su pequeño y duro trabajo, dirigido por el que la fe cristiana llama «el Aliento (el espíritu) de Dios», puede llevarle a metas insospechadas y muy de agradecer. En ese esfuerzo confiado se le irán recolocando y enriqueciendo muchas de las dimensiones presentes en toda relación, contradictorias tantas veces en una primera experiencia, pero capaces de ser armonizadas conforme maduran las personas.

Como único ejemplo veamos la sorprendente dualidad entre las dos formas más bellas de relación y las más espontáneamente contemplativas: la amistad y el amor. El amor anhela siempre más fusión y percibe que se ha quedado a medias en colmar su anhelo; mientras que en la amistad, el gesto más “pobre” y más sencillo abre un trasfondo inmenso de unión. Ahí percibe el ser humano que amistad y amor, las dos cumbres de toda relación humana, no son simplemente contrarias: ambas son, sí, parciales y tienen su campos y sus momentos en lo que toca a la materialidad de la relación; pero son armónicas, y suman más que restan, en lo que es el elemento formal de la relación. Por eso, ambas pueden hablar de Dios y remitir a Él.

Por eso también, nada de lo dicho en este apartado significa que el ser contemplativos en la relación no necesite ratos y horas de soledad y contemplación  personal. Lo único que significa es que esa oración personal debería ser en buena medida una escuela y una preparación para esa otra contemplación más difícil, y que no brota espontáneamente.

Los otros han de ser materia de mi oración muchas veces: lo cual empalma con aquella enseñanza de un viejo maestro del espíritu: orar no es mirar a Dios sino «mirar al mundo con los ojos de Dios».

2.2. Del Dios atisbado al Dios revelado

En la vida humana hay experiencias que sugieren trascendencia o, al menos, invitan a adentrarse en ellas buscando algo más: son experiencias de belleza y gratuidad, de inmensidad en el desierto o ante el mar, de grandeza en las cumbres de las montañas, o de profundidad en una relación humana, de plenitud o paz (en la música), de amor (sensación de fusión junto a la del placer)… En realidad todas esas experiencias brotan de la vivencia misma del ser, y de la conciencia de ser que se percibe tan real como infundada: «Asombro de ser: ¡cantar!», cantaba Jorge Guillén14, de manera tan escueta como trinitaria: el ser, la conciencia asombrada de ser (el Logos) y la dicha de ser (el canto)15.

Todos esos atisbos de trascendencia están en la base de muchas actitudes religiosas, y con frecuencia se ha hablado del “sentimiento oceánico” como base de la búsqueda de Dios, mucho más que el miedo, que sólo sabe forjar ídolos. Pues bien, lo específico del cristianismo a nivel de actitudes (no precisamente de contenidos) se sitúa en la invitación a escuchar que, a esos atisbos de trascendencia, Dios les responde: «lo que atisbas está más a tu alcance de lo que crees, pero está ahí donde no lo buscas: en los pobres y enfermos..., vaciado de sí y anonadado». De modo que si lo específico del eros religioso brota del «busca más arriba» que creía escuchar Agustín, lo específico del eros cristiano sería un «busca más abajo».

Esa conversión el eros religioso es imperativa para un cristiano; y aquí cabe evocar una frase de la tradición ignaciana: «lo divino es ser inabarcable para lo máximo y caber en lo mínimo»16. Como también se entiende desde ahí el lema que aglutinó toda la experiencia creyente descubierta por Etty Hillesum: «ayudar a Dios»17. Ayudar a Dios a no morir en mí (cuando Le acojo en su rostro desfigurado), y a nacer o crecer (o renacer) en los demás.

La sorprendente paradoja cristiana reside ahí, en que el adorar a Dios se convierte en ayudar a Dios, y ayudar al hermano se convierte en adorar a Dios. Además de Etty Hillesum, Dietrich Bonhoeffer y otros testigos cristianos del pasado siglo testificaron de mil variadas formas esa paradoja, que parece dar contenido a lo que Jesús recomendaba a la samaritana: adorar a Dios, no aquí o allá, sino «en espíritu y verdad… porque Dios es espíritu y así quiere que sean los que le adoran» (Jn 4, 23).

Curiosamente, los testigos citados testifican que esa actitud acaba convirtiéndose en algo que cabría designar como “experiencia de resurrección”. En testimonios de curas obreros, o de muchos misioneros (a veces mártires) del tercer y cuarto mundo, es frecuente esa experiencia de resurrección en la muerte, a la que Mons. Romero aludió una vez en una entrevista: «si me matan resucitaré en mi pueblo». No se trataba ahí de negar la resurrección futura sino de anticiparla en esa resurrección de Cristo que se actualiza cuasi sacramentalmente en toda humanidad oprimida, maltratada o ninguneada que se libera y se humaniza.

Por eso, para una mística auténtica que nos haga contemplativos en la relación, es importante recordar que el cristianismo no es una religión de muerte, ni tampoco una religión de resurrección. Es una fe de resurrección en la muerte. Y en ese proceso, la muerte no es propiamente buscada sino sobrevenida, como le sucedió a Jesús. Y la resurrección tampoco es buscada sino regalada y (en todo caso) esperada. También como le sucedió a Jesús.

Finalmente, en este paso del Dios atisbado al Dios revelado, el ser humano acaba descubriendo su propia impotencia. Esa impotencia propia le remite de otra manera a Dios que, Infinito, Inmanipulable e Inobjetivable como es, no deja de ser por ello su Roca, su Alcázar y su Refugio como cantan los salmos infinidad de veces.

2.3. Del Dios revelado a la realidad rebelde

Para no salirnos de la paradoja cristiana, es precisamente esa total referencia a Dios la que lleva al creyente a poner todos los medios humanos a su alcance (en análisis, discernimiento, entrenamiento y paciencia) para recibir la ayuda de Dios «que nos enriquece con su pobreza», nos hace crecer con su debilidad y está con nosotros en su abandono.18

Ello nos obligará a añadir a estas reflexiones una tercera parte, para buscar caminos prácticos y pautas de acción y crecimiento en ese programa de ser contemplativos en la relación. Como ya dije, esta última parte puede ser útil también para el no creyente que, a pesar de lo que él cree ser su falta de fe, adivina quizás algo de verdad y de belleza en cuanto llevamos expuesto, y desea o busca también una cierta mística de las relaciones humanas.

Pero, en esta última parte de nuestro recorrido, el autor del Cuaderno deberá ir desapareciendo, empequeñeciéndose o bajando la voz cada vez más: porque no existen recetas prefabricadas y cada cual ha de acabar siendo el maestro de sí mismo, que va aprendiendo de sí y encontrando su propio camino. En un lenguaje que quiere ser general ya no cabe afirmar sino sugerir, no imponer sino orientar, ni exponer sistemas o construcciones teológicas sino sólo condensar o procesar experiencias humanas. Eso intentaremos en la parte siguiente “con la boca chiquita”. Antes, para suplir la falta de recetas concretas, irá bien, a modo de transición, enmarcar las páginas que siguen en una reflexión sobre el amor, que parece ser el marco y la cumbre de todas las relaciones humanas, hacia la que apuntan todas ellas.

2.4. De la realidad al amor “que es de Dios”

De manera general podemos definir al amor como la entrega de uno mismo, hecha desde la más absoluta libertad, para hacer crecer a la otra parte. Esa sería como la cumbre de todo un proceso general de “querer el bien del otro”, que culmina en las formas más particularizadas (amor de pareja, amistad), para las cuales podemos mantener la definición dada, pero hablando ahora de entrega mutua.

Partir de esa definición permite poner de relieve las deficiencias o deformaciones del amor, tan frecuentes e inacabables entre nosotros, y que encontraremos en otras muchas relaciones.

a) Comencemos por la segunda de las características descritas: la libertad en la entrega: muchas veces sucede que la entrega no se hace “desde la más plena libertad”, sino por engaño, seducción, falsa necesidad… La libertad suele tener mil falsificaciones entre los humanos, sin que esto signifique abdicar de ella, sino buscarla cada vez más auténtica.

b) Esa falta de auténtica libertad en la entrega suele desfigurar la meta de ésta que era el bien de la otra parte: uno puede entregarse no para hacer crecer al otro sino para conseguir la rendición del otro. O puede entregarse, pero pasar luego facturas por el propio don, contabilizar las respuestas, etc.

c) Y por estos dos desvíos se falsifica el sustantivo que define al amor: la entrega. Si la fuente y la meta del don están falseadas, la entrega puede ser simulada, calculada, inferior a la medida justa, etc.

Y hablo expresamente de “medida justa” porque, naturalmente, no en toda relación humana se exige una entrega plena y absoluta, cosa absolutamente imposible. Sólo en determinadas relaciones (de pareja o familiares o de amistad íntima) la entrega podrá aspirar a diversas formas de plenitud. En muchos otros casos, el amor al prójimo será simplemente el deseo libérrimo de su crecimiento; deseo que podrá requerir incluso determinados grados o gestos de entrega, o se limitará, por las circunstancias que sea, a mantenerse en actitudes de respeto profundo.

En cualquier caso, y prescindiendo ahora de las mil concreciones prácticas posibles, esta última forma de amor (el deseo desinteresado del bien del otro) suministra una base para el enfoque contemplativo de la relación. Y esa base coincide con la fórmula clásica de algunos místicos: «amar a Dios en todos y a todos en Dios». Amar a Dios en el prójimo es amar lo mejor de él, presente o latente, amar la presencia del Espíritu de Dios en él, que es lo más íntimo y lo más profundamente suyo. Amar al otro en Dios es amarlo como Dios le ama: para ayudarle a que dé lo mejor de sí, para que haga rendir ese capital de su filiación divina, sinónimo de libertad y fraternidad.

2.4.1. Posible objeción

Desaparece así un falso dilema que oímos plantear a veces: «si se ama al prójimo por Dios, no se le ama por sí mismo, con lo que ese amor queda devaluado ». Quien arguye de este modo sigue pensando a Dios y al hombre de una manera competitiva y no desde una relación «posibilitante e impelente» (X. Zubiri). Por eso no ha comprendido que, precisamente amar al otro por Dios, es la manera más intensa de amarlo por sí mismo: porque nada hay más profunda ni más valiosamente suyo que la presencia de Dios en él. Al revés de lo que ocurre en la experiencia –más imperfecta– de nuestros amores humanos, el amar al otro por Dios y amarlo por sí mismo, no son magnitudes inversamente proporcionales, sino que crecen ambas en la misma proporción. Y cuando esto no se dé así (si Dios fuese realmente el único resorte en nuestra relación con el otro), podemos sospechar que no hemos llegado todavía a amar, sino a “soportar” (o quizás perdonar) pacificadamente al otro. Cosa que no será infrecuente en la trama de nuestras relaciones.

Aquí se vuelve a insinuar la gran dificultad que este tema nos plantea en la práctica: todo lo expuesto, por diáfano y verdadero que pueda parecer, sirve de poco porque, en la realidad, se encuentra con infinidad de lastres y de choques, derivados de las limitaciones, propias y de los otros, de las deformaciones presentes en ambos, o de circunstancias o momentos poco compatibles en el tiempo de la relación.

Efectivamente, lo que hemos intentado describir era un modelo más que una realidad. Y un modelo del que la más mínima dosis de lucidez nos hará ver cuán lejos estamos de él: como cuando Jesús decía «sed misericordiosos19 como lo es vuestro Padre celestial». De ahí que un punto de partida imprescindible para ser contemplativos en la relación es la plegaria que pide constantemente al Señor eso tan fácil de decir, tan aparentemente cercano y tantas veces distante de nosotros: “enséñame a querer: haz que aprenda a amar como Tú amas». No cabe concebir vida cristiana donde esta forma de plegaria no esté insistente y cotidianamente presente. Cada uno de nosotros posee una variedad llamativa de registros y de teclas.

Y los demás constituyen para nosotros, a pesar de tantas semejanzas y rasgos comunes o universales, un inmenso caleidoscopio de colores móviles que no podemos fijar ni generalizar totalmente. Por eso, el aprendizaje del amor nos obliga también al rigor y al análisis, precisamente por la mayor responsabilidad del amor en el ser humano. Los buenos sentimientos y la buena voluntad son necesarios e imprescindibles, pero no bastan: pues el amor implica una donación personal; y la persona es más que voluntad y sentimientos: es también inteligencia y capacidad de captar lo real. Pasión y rigor dan lo mejor de sí cuando están hermanados, pero pueden correr graves riesgos si están divorciados.

De ahí que nos veamos llevados a seguir con un pequeño catálogo y análisis de actitudes propias a buscar, y de variantes humanas que podremos encontrar, y que nos llevarán a preguntarnos cómo mira Dios a las personas con las que trato, para acercarnos así a la pregunta de cómo debemos nosotros mirarlas primero, y tratarlas después.
Así podemos pasar a la tercera parte antes anunciada, recordando lo dicho: aquí no valen recetas mecánicas sino sólo orientaciones, y cada cual deberá realizar estos análisis por sí mismo.