Anglocatólico

COMUNIDAD ECUMÉNICA MISIONERA LA ANUNCIACIÓN. CEMLA
Palabra + Espíritu + Sacramento + Misión
Evangelizar + Discipular + Enviar


“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

whatsapp +503 7768-5447

martes, 8 de abril de 2014

NUESTRA MISIÓN COMO COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE EN EL SALVADOR

IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA DE EL SALVADOR +COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE+ 
ESCRITURA + ESPÍRITU + SACRAMENTOS + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma

“Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15.)

Este mandato, que resume la misión que Cristo dio a los apóstoles, expresa también con claridad el sentido y los alcances de la misión que el Señor nos ha confiado.

“‘El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.’
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó.
Todos los que estaban allí tenían la vista fija en él.
Él comenzó a hablar, diciendo:—Hoy mismo  se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír.”
 (Lc 4,18-21.)

El corazón de nuestra misión consiste en redescubrir, asumir, implementar y promover incansablemente a la iglesia que nació a partir de la proclamación del primer kerigma y de la vivencia y la confesión de la fe en Jesucristo; que se desarrolló en los primeros siglos del cristianismo y que se ha mantenido íntegra a través del tiempo, en la Tradición viva y en el genuino sentir de fe del Pueblo de Dios.

NUESTRA PROYECCIÓN MISIONERA.

Nuestra misión es la misma misión que el Padre le confió a Cristo y la capacidad que nos ha dado para cumplirla, es la misma capacidad que dio a los apóstoles. Las palabras del evangelio de Juan, tienen que resonar en nuestros oídos y en nuestros corazones con toda la fuerza e incidencia que lo hicieron sobre los primeros apóstoles: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes. Y sopló sobre ellos, y les dijo:—Reciban el Espíritu Santo.”( Jn 20,20-22) Es sentir de fe de nuestras comunidades que el Señor nos ha dado el Espíritu Santo. Eso exige que asumamos como nuestra, la misión que el Padre le dio al Señor. Y, ¿en qué consiste esta misión? Recordemos la forma como el Evangelio de Marcos la formula: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.”(Mc 16,15).

Se trata de ir a todas partes y de anunciar a todas las personas el evangelio, es decir, la llegada del Reino de Dios en medio de nosotros, por la efusión del Espíritu Santo

Indudablemente ante los alcances de esta misión pueden surgir interrogantes. ¿No será esto una forma de proselitismo? ¿No será faltar el respeto a los demás y obstaculizar el ecumenismo?

El testimonio que estamos llamados a dar es totalmente opuesto al proselitismo. El proselitismo es una actitud sectaria en donde se presentan las propias convicciones y la propia organización como lo único que vale, como el camino de la salvación; y, con cierta frecuencia, se atrae ofreciendo prebendas que nada tienen que ver con el mensaje anunciado y se promueven sentimientos de culpa, ansias y temores que limitan la capacidad de hacer una opción serena y libre.

Nuestro testimonio, en cambio, se dirige a la proclamación del kerigma, actualizado y hecho real en nuestra vida personal y eclesial. En la medida en que ese testimonio sea auténtico, es decir, que provenga de un corazón que realmente ha experimentado lo que proclama y que sea propuesto con toda la sencillez y la fuerza del Espíritu, producirá en quienes lo reciban, lo mismo que sucedió entre quienes escuchaban a los apóstoles; (Hech 2-4) es decir, se recibirá la iluminación interior y la capacidad de hacer un discernimiento libre. La meta del testimonio es que quienes nos escuchen crean que “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creyendo tengan vida por medio de él.”(Jn 20,30 )

Si eso les lleva a incorporarse a una de nuestras comunidades, porque descubren allí el espacio propicio para vivir la fe, no será fruto de una presión o de un condicionamiento sino del ejercicio de la propia libertad, guiada por la luz del Espíritu. El hecho de que en nuestro testimonio nos dirijamos a todos, no puede ir en contra de un genuino ecumenismo. Si quienes nos escuchan y reciben nuestro testimonio están viviendo en sus comunidades eclesiales la misma fe viva y transformadora que les proclamamos, lejos de separarse de ellas, se sentirán impulsados a comprometerse con mayor generosidad dentro de las mismas. Pero si al escucharnos descubren que lo que llamaban fe eran simplemente creencias que les mantenían en la esclavitud, en la oscuridad, el temor y la sumisión, no seremos nosotros, sino la fuerza del Espíritu, quien les atraiga y les dé la gracia para pasar de la esclavitud a la libertad; de la oscuridad  a la luz; del temor a la confianza y de la sumisión a la participación creativa. En este caso, lejos de obstaculizar el ecumenismo, estamos siendo instrumentos de que, por la comunión con el Espíritu Santo, se vaya manifestando y creciendo en la verdadera unidad de la iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu.

La realización de esta tarea implica un claro desafío para cada una de nuestras comunidades y de quienes las forman. El compromiso tiene que involucrar a todos, pues el Espíritu ha sido dado a todos y, por lo mismo, cada uno ha sido elegido y capacitado para cumplir la misión.

Prepararse para la misión y preparar el terreno en el que se debe misionar ha de ser uno de los aspectos privilegiados de empeño para todos: ministros ordenados, servidores y miembros de las comunidades. Se requiere preparación. Sobre todo la que se da una fe robusta e inquebrantable, que se va fortaleciendo y madurando a través de la oración y del ayuno y, ante la cual, no hay nada ni nadie que pueda resistir.( Mt 17,14-21; Lc 9,37-43).

Es entonces  cuando nuestro miedo inicial, similar al de Jeremías: “¡Ay, Señor! ¡Yo soy muy joven y no sé hablar!”; es transformado. Pues, al igual que el profeta llegamos a escuchar en el interior del corazón la voz del Señor que nos habla: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene. No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra.” Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: ‘Yo pongo mis palabras en tus labios. Hoy te doy plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar’.”(Jer 1,6-10).

Por lo mismo hermanos, conscientes de la misión que el Señor nos ha confiado; sabiendo que se trata de que su iglesia una, santa, católica y apostólica resplandezca en nuestra iglesia, en cada una de nuestras comunidades y en toda la creación “gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa y perfecta”(Ef 5,27) y que “nos ha capacitado para ser servidores de una nueva alianza, basada no en una ley, sino en la acción del Espíritu”,(2Cor 3,6) tenemos que renovar nuestro compromiso y nuestra entrega, sin ahorrar esfuerzos y utilizando todos los medios que el Señor ponga a nuestro alcance.

Que Santa María, la llena de gracia;(Lc 1,28)  y a quien Cristo dejó como madre de la nueva creación,(Jn 19,26) interceda por nosotros para que, asumiendo una actitud como la suya,(Lc 1,38) respondamos a la elección que el Señor nos ha hecho y cumplamos con fidelidad la misión que nos ha confiado. En el nombre del Señor, les reitero una vez más a que, sin retrasos, sin ambigüedades, sin miedo, sabiendo que “la noche está muy avanzada, y se acerca el día; revestidos de la luz,  como un soldado se reviste de su armadura”(Rom 13,12 ) “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.” (Mc 16,15).

EL COMPROMISO POR VIVIR LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

Padre: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí.”( Jn 17,21-23).   

Estas palabras del evangelio de Juan, nos indican con toda claridad en donde se encuentra el fundamento de la unidad de la iglesia y el dinamismo que ésta tiene. La fe cristiana unánimemente proclama que el estar del Padre en el Hijo y del Hijo en el Padre es fruto de la acción del Espíritu Santo. Por eso, tenemos que entender que al afirmarse que a los creyentes Cristo les da “la misma gloria” que recibió del Padre, para poder llegar a ser perfectamente uno, se está refiriendo a la presencia dinámica del Espíritu Santo que ha sido derramado en sus corazones para constituirse en la base de la unidad eclesial. 
                                            
Pablo igualmente insiste en que la unidad de la iglesia se fundamenta en el Espíritu, que es el que capacita para que ésta se exprese dentro de la comunidad: “Mantengan la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu.” (Ef 4,3-4).  Tanto en Juan como en Pablo, sin embargo, la unidad implica un proceso dinámico: se trata de llegar a ser “perfectamente uno.” (Ef 2,21-22; Jn 17,23) Ese proceso de crecimiento en la unidad es fruto del crecimiento que se va dando en la “vida en el Espíritu Santo”. De allí que asumir e ir creciendo en la unidad que Cristo quiere para la iglesia implica el compromiso incansable de conversión, para que la vida de Cristo, por medio del Espíritu Santo, vaya siendo cada vez más la vida de cada miembro de nuestra iglesia y de cada comunidad, hasta que lleguemos a poder afirmar, tanto personal como comunitariamente, junto a Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí.”(Gal 2,20) En la medida en que vamos creciendo en la vida en el Espíritu, no solo nos vamos uniendo más profundamente a Cristo, cabeza de la iglesia, sino también nos vamos identificando más profundamente con cada uno de los miembros del cuerpo; tanto de aquellos que se reconocen activamente dentro del mismo, como de quienes, por diversas razones, están alejados o incluso ignoran o rechazan su existencia.  Por lo mismo, nuestra fe en que la iglesia es una, conlleva la exigencia de que cada miembro, cada comunidad y cada instancia organizativa de la iglesia nos comprometamos a poner todos los medios a nuestro alcance para ir creciendo en la vida en el Espíritu. El resultado de ello tendrá que ser el experimentar que, efectivamente, estamos caminando para “llegar a ser perfectamente uno”. Y, este crecimiento en la unidad no se limitará al ámbito de nuestra organización eclesial sino, progresivamente, nos llevará a reconocer y a experimentar la comunión viva y la unidad con todo ser humano y con toda la creación


REDESCUBRIR E IMPLEMENTAR LA CATOLICIDAD.

“Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús.”(Lc 24, 31-31)

Es en el momento de la Fracción del Pan o Eucaristía cuando la presencia del Señor glorioso y transformador de los corazones es reconocida en medio de la iglesia local. Las comunidades, diseminadas por muchas partes del orbe e iluminadas por la Palabra, encontraban en la celebración sacramental, el medio para reconocerse en comunión con el cuerpo total de Cristo, es decir, con la iglesia universal –católica– y para recibir la efusión del Espíritu Santo, capaz de disipar sus dudas y su decepción, (Lc 24,21 70) de alejar sus temores (Lc 24,29) y de convertirse en testigos intrépidos de la resurrección.(Lc 24,33-35)

Es por la celebración Eucarística como la presencia de Cristo se hace eclesialmente eficaz y como el Espíritu, también en forma comunitaria, va guiando a la iglesia y proveyéndola de abundantes carismas y como la catolicidad se convierte en una experiencia eclesial. Dentro de la Tradición cristiana primitiva se va reconociendo progresivamente que para la celebración de ciertos sacramentosespecíficamente la Eucaristía, la Reconciliación, la Unción de enfermos y la Confirmaciónes necesaria la presidencia de un ministro ordenado, presbítero u obispo. La razón que explica esta exigencia –que se mantiene inalterada en todas las iglesias católicas hasta nuestros tiempos–, es la convicción de que para poder celebrar dichos sacramentos es indispensable que, de alguna forma, esté presente y actuando sacramentalmente la totalidad de la iglesia, cuerpo de Cristo.

A través del sacramento del orden es como se realiza esta presencia sacramental de la totalidad del cuerpo. Por medio de la ordenación sacramental, el ministro ordenado –presbítero u obispo, según sea el caso–, recibe la capacidad de conectar misteriosamente a cada comunidad local que celebra los sacramentos, con la totalidad del cuerpo de Cristo, garantizando y actualizando, de tal manera, su catolicidad. Esto también explica porqué, en la tradición genuinamente católica, se reconocerá el carácter plenamente sacramental del orden sagrado y cómo, al perder este sentido del ministerio, para reconocerle simplemente como una función pastoral delegada por la comunidad local, se pierde también el sentido sacramental de la catolicidad.

Este don conferido al obispo y al presbítero, sin embargo, no es  un privilegio personal sino un carisma ministerial en y para la comunidad eclesial; por lo  que ejercido al margen de ésta, pierde su sentido sacramental y su eficacia. “Hay un solo cuerpo  y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. Pero cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo le ha querido dar. Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo.”(Ef 4, 4-7.12)  Este texto no lo podemos entender reducido únicamente a quienes se reconocen ya como parte activa del cuerpo de Cristo, sino abarca a la totalidad de la creación. El cuerpo de Cristo, de una forma misteriosa, incluye a toda la humanidad y, por medio del Espíritu Santo, actúa en todo: he aquí otra de las implicaciones que tiene la afirmación de que la iglesia es católica. Sin embargo, esa catolicidad de la iglesia, establecida por la muerte y resurrección de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo, está orientada a expresarse en todo el mundo. Por eso, en la segunda parte del texto mencionado se afirma que el Señor prepara a los miembros de su pueblo santo –con carismas–, para el servicio de edificación del cuerpo de Cristo.  Esto tiene consecuencias prácticas de relevancia en lo que se refiere a nuestras relaciones internas y a nuestra organización eclesial. Una comunidad auténticamente católica, tiene necesariamente que constituirse como “espacio” en el que cada uno de sus miembros es reconocido con sus características e identidad específicas y en el que se abren oportunidades para que cada quien descubra, desarrolle y ejerza los dones específicos que ha recibido del Señor, para la edificación de la comunidad.

Esto exige que nos cuestionemos acerca de muchos prejuicios culturales y religiosos que tienden a marginar –o incluso a excluir– a las minorías, de cualquier tipo que estas sean. Una comunidad genuinamente católica tiene que estar abierta a acoger la participación y la expresión de cada persona y de cada categoría de personas; especialmente los que, por cualquier causa, puedan considerarse más vulnerables a la marginación y a la exclusión. Mujeres, jóvenes, niños, grupos especiales…: a todos se les debe reconocer la posibilidad de involucrarse creativamente en la edificación de la comunidad. Desde una actitud genuinamente católica, la diversidad y el pluralismo no solo no son fuente de desorden ni de división sino sirven para que se exprese y consolide la auténtica unidad. Finalmente la actitud de genuina catolicidad implica asumir la conciencia de que se es enviado como testigo del Reino a toda persona y realidad.  Yendo sin concepciones preconcebidas y sin la pretensión de tener la verdad y de llevarla a quienes aún no la han encontrado, la actitud genuinamente católica es la que es capaz de reconocer que el “Dios y Padre de todos, está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos”, por lo que  la misión consiste, ante todo, en reconocer y venerar con fascinación y humildad esa presencia de Dios en cada persona y realidad. Es desde esa actitud de aprecio y respeto, como se anima a que, quienes aún no han descubierto que ya tienen la presencia viva de Dios, se abran a la fe y al testimonio del Espíritu de Cristo en sus vidas. Es en esta actitud de catolicidad, la que se expresa en la bienaventuranza: “Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios.” ( Mt 5,8).  

LA APOSTOLICIDAD COMO CONTINUIDAD CON LA VIDA Y TESTIMONIO DE LOS APÓSTOLES.

Todos los creyentes “eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles.”( Hech 2,42 )

Y la enseñanza consistía fundamentalmente en la oración y el testimonio: “Nosotros seguiremos orando y proclamando el mensaje de Dios.” (Hech 6,4) Contrariamente a lo que con frecuencia se ha tendido a pensar, la apostolicidad de la iglesia no puede ser reducida a la supuesta correspondencia doctrinal y a la pretendida continuidad histórico-ritual con los apóstoles.

Sin ignorar estos elementos, la apostolicidad consiste ante todo, en la continuidad con el estilo de vida de los apóstoles, que se describe como “seguir orando” y con el testimonio que dieron, que implica la proclamación del Evangelio de que el Reino ha llegado hasta nosotros. La oración en el contexto que es referida a los apóstoles, no puede ser considerada como una actividad sino como una actitud. No se trata de los “rezos” que más o menos frecuentemente y de forma más o menos prolongada pudieran hacer. Se refiere a la “comunión” constante e ininterrumpida con el Señor resucitado, por medio del Espíritu Santo.  El testimonio es consecuencia de la experiencia de oración. El evangelio no es una doctrina y el Reino de Dios que se proclama no se refiere al anuncio de una utopía. El evangelio consiste en el testimonio de que, por la acción del Espíritu, el Señor resucitado vive realmente en medio de su pueblo, al que pastorea y sostiene en medio de las tormentas cotidianas.

El testimonio de que el Reino de Dios ha llegado se fundamenta en la experiencia compartida de que se ha “recibido el Espíritu que nos hace hijos de Dios; y por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!”; y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio  de que ya somos hijos de Dios; y puesto que somos sus hijos, también tenemos parte en la herencia que Dios nos ha prometido.”(Rom 8,14-17) Como resultado de la experiencia de la llegada del Reino, se logra reconocer que “ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos.” (Rm 14,7-8 ) Si el testimonio apostólico tiene la eficacia que se nos presenta en los escritos del Nuevo Testamento es porque no consiste en la predicación de ocurrencias ni sistemas doctrinales sino en la proclamación algo que es real, accesible y experimentable por todos los que llegan a la fe.
                                             
Por eso para nosotros la conciencia de que nuestra iglesia es “apostólica nos debe llevar a asumir una actitud de vida personal y comunitaria y un estilo de ministerio misionero acorde al de los apóstoles. En medio de los avatares de la vida, se trata de mantener una constante actitud contemplativa. Como el árbol que entre más alto y vistoso es ante el mundo, más profundamente hunde sus raíces en las entrañas de la tierra; así también la fidelidad a la apostolicidad requiere que, entre mayor sea la responsabilidad que se recibe, más profundamente tengamos que arraigarnos en la comunión con el Señor resucitado y con su cuerpo, por la acción del Espíritu. Y el testimonio apostólico tiene que ser la expresión de la experiencia personal y eclesial de la realidad del Evangelio y de la presencia eficaz del Reino entre nosotros. Presupuesta la continuidad vivencial y testimonial con las enseñanzas de los apóstoles, no podemos tampoco olvidar la importancia de asumir, dinámica e integralmente, los elementos que la tradición ha considerado como identificadores comunes de la permanencia en la apostolicidad: el asumir íntegramente los Símbolos Ecuménicos de Fe como expresión común de la fe que profesamos; y el mantener nuestra conexión histórica con los orígenes, a través de cuanto comúnmente es reconocido como Sucesión Apostólica ininterrumpida, a través del ministerio del obispo y de los presbíteros.


Iglesia Católica Antigua Comunidad Ecuménica de Fe
Jurisdicción Nacional Autónoma
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
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EN LA FE DE LOS APÓSTOLES...!


PROFESION DE FE

CREDO BAUTISMAL

 ¿Creen en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?  

 Sí, creo.

¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre? 

 Sí, creo. 

 Creen en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?  

Sí, creo. 

 ¡Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro! 

 
CREDO DE LOS APÓSTOLES

 Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. 

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

 Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.   

 
CREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO

 Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
 
Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos: padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

 Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

 Amén.

SOBRE EL CATOLICISMO ANTIGUO


El Catolicismo antiguo afirma la, la fe apostólica ortodoxa y la tradición de la Iglesia indivisa del primer milenio, donde las diversas iglesias locales y sus obispos eran autónomos. Por lo tanto, al igual que con la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Católica Antigua reconoce los primeros siete concilios ecuménicos y la doctrina aceptada por la Iglesia universal antes del Gran Cisma de 1054.

Una iglesia antigua y apostólica

La Iglesia Católica Antigua ha mantenido su sucesión apostólica, y sus obispos y sacramentos son reconocidos como válidos por la Iglesia Católica Romana, la Iglesia Ortodoxa, las Iglesias de la Comunión Anglicana y por toda la comunidad cristiana. Por lo tanto, la Iglesia Católica Antigua se encuentra en un estado de inter-comunión con la Sede de Roma y todas las Iglesias en la unión con Roma, en virtud de su sucesión apostólica y de la Eucaristía.

La antigua sede de Utrecht en los Países Bajos y sus obispos eran esencialmente independientes de Roma hasta 1702. Los obispos y arzobispos de la Sede de Utrecht fueron elegidos libremente por los canónigos locales, que fueron tomados entre el clero local. Debido a la confusión y el caos originado por la Reforma en los Países Bajos, la Sede de Utrecht fue colocada directamente bajo el control de Roma y su existencia de forma independiente fue disuelta. A pesar de la inhibición del Arzobispo de Utrecht Peter Codde en 1702 y la amenaza papal de “degradar” a la provincia de Utrecht a un territorio misionero – anulando así la Sede de Utrecht y de los derechos de su capítulo – el capítulo de canónigos de la Sede de Utrecht decidió valer sus derechos ancestrales en la Iglesia Católica, y en 1723, el cabildo de canónigos eligió al Rev. Cornelius Steenhoven como arzobispo de Utrecht, el cual fue ordenado obispo por el misionero francés, obispo Dominique Varlet. Por lo tanto, la sucesión apostólica se conserva en la Iglesia Católica Antigua.


LA IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA DE EL SALVADOR
+COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE+ 
ICAESCEF
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma

La ICAESCEF continúa con la antigua fe apostólica y con el derecho que posee el obispado católico independiente de aferrarse a las creencias y prácticas de la patrística de la Iglesia primitiva no dividida, cuya cabeza es Jesucristo. El adjetivo “Antigua” proviene de la creencia de que los católicos antiguos permanecen con la “antigua” (que significa original) enseñanza de la Iglesia católica y apostólica indivisa – negando los “nuevos dogmas” de la supremacía e infalibilidad papal, los cuales se deben entender como una ruptura con la continuidad de la tradición ortodoxa cristiana y no pueden ser consideradas como verdaderamente católicas en ningún sentido.

Cuando en 1870 Roma reunió al Concilio Vaticano I y promulgó como dogma la doctrina de la supremacía papal (jurisdicción universal) y la doctrina de la infalibilidad papal en cuestiones de fe y moral, muchos católicos rechazaron estas enseñanzas por no estar apoyadas en las Escrituras ni en la tradición. Muchos católicos-laicos como clérigos que no podían por conciencia aceptar estos nuevos dogmas, fueron excomulgados (es decir, excluidos de los sacramentos de la Iglesia), y eran, por lo tanto, obligados a formar una Iglesia católica independiente bajo la dirección de sus obispos. Así, como los católicos antiguos, seguimos aferrándonos a la fe y tradición antigua católica y apostólica.

Una Iglesia Episcopal-Sinodal
En la Iglesia Católica Antigua de El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF, los obispos son elegidos Sinodalmente por los laicos y clérigos de la Iglesia Local y con el Consentimiento de los Obispos de las Iglesias hermanas. El Sínodo es el órgano supremo de gobierno de la Iglesia, y el obispo local tiene la autoridad final en su respectiva diócesis. A nivel parroquial, el Consejo Pastoral Parroquial es el órgano de toma de decisiones (no es únicamente consultivo)  elige al párroco, representantes diocesanos y Planifica, Organiza y evalúa el Plan Misionero y Pastoral de la Comunidad Parroquial, los aspectos económicos, físicos de la parroquia o en las misiones. Sin embargo, el Pastor y Cabeza de la Comunidad Parroquial es el Párroco (elegido por el Consejo Pastoral Parroquial y nombrado por el Obispo) es la autoridad final de la parroquia en lo que respecta a la liturgia, los sacramentos y la vida espiritual de la parroquia.

Por lo tanto, como una Iglesia Episcopal-Sinodal, el Catolicismo Antiguo es más democrático de naturaleza, ya que creemos que la Iglesia no puede existir fuera de la sucesión apostólica y del episcopado histórico. Además, se procura que todos los miembros de la Iglesia estén involucrados en el proceso de toma de decisiones, por ejemplo, los obispos y los párrocos son elegidos y no nombrados, los hombres casados pueden recibir el sacramento del Orden, y algunas posiciones de autoridad en la Iglesia pueden ser asumidas por el pueblo Laico. Además, como católicos antiguos, estamos firmemente arraigados a la tradición católica de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, cuya fe y creencias no son negociables. Los concilios universales de la Iglesia Primitiva son como siempre el fundamento de nuestra fe y la comprensión de la Iglesia. Por lo tanto, el Sínodo no es el lugar donde se debaten los artículos de la fe o la moral: Esta facultad pertenece exclusivamente a un concilio universal de la Iglesia.

Una Iglesia Ecuménica
Como Iglesia Ecuménica, damos la bienvenida a todos los cristianos bautizados que creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía para recibir la Santa Comunión durante la Divina Liturgia, el Santo Sacrificio de la Misa. Además, desde 1931, las Iglesias Católicas Antiguas de la Unión de Utrecht han estado en plena comunión con la Sede de Canterbury (la Iglesia de Inglaterra) y la Comunión Anglicana mundial, en los términos del Acuerdo de Bonn. Obispos Católicos Antiguos de la Unión participan en los órganos anglicanos, como lo son las Conferencias de Lambeth y el Consejo Consultivo Anglicano, se mantienen relaciones con las iglesias anglicanas de todo el mundo, incluida la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos. Sin embargo, la Iglesia Católica Antigua en El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF no está bajo la autoridad de la Unión de Utrecht, ya que somos una jurisdicción nacional autónoma en comunión espiritual con las Iglesias que forman parte del Consejo Mundial de Iglesias CMI y con la Iglesia de Roma.

La Iglesia Católica Antigua en El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF, entiende el catolicismo Antiguo como ortodoxia occidental, que abarca las Sagradas Escrituras, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia para interpretar la Escritura y la Sagrada Tradición, los primeros siete concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa, el Credo Niceno-Constantinopolitano en su antigua fórmula, los siete Sacramentos y el gobierno episcopal-sinodal de la Iglesia. Afirmando la idea patrística del obispo, respetamos el ministerio y la dignidad del Papa como obispo de Roma y “primus inter pares” entre las antiguas sedes patriarcales y los obispos cristianos de todo el mundo. Como católicos antiguos, somos ortodoxos, cristianos católicos de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica preservando la tradición viva de la Iglesia antigua, la fe apostólica, la Santa Tradición y Cánones.
Como Iglesia sacramental, ofrecemos los Ritos de Iniciación Cristiana de Bautismo, Crismación (Confirmación) y la Sagrada Comunión a los niños y adultos siguiendo la antigua práctica ortodoxa. También como ortodoxos, ordenamos a nuestros nuevos clérigos. Siguiendo el ejemplo de Cristo y la tradición apostólica de la Iglesia Primitiva, ordenamos a los hombres casados y célibes al diaconado, al sacerdocio y al episcopado. Además, hemos restaurado la solemnidad y el misticismo propio de la celebración de la divina liturgia y del sacrificio en la Santa Eucaristía. 

La Iglesia Católica Antigua en El Salvador +Comunidad Ecuménica de Fe+ ICAESCEF,  también valora el llamado al celibato y el significado de la vida monástica (religiosa-consagrada) en la formación del cristianismo y la espiritualidad cristiana. Por lo tanto, si nuestros ministros ordenados están casados o célibes, todos miramos a la vida monástica como un ejemplo de la perfección cristiana. Por lo tanto, tenemos monjes católicos antiguos, canónigos y religiosos por la tradición benedictina, dominica, franciscana y carmelita


+Gabriel Orellana
Obispo
Email: obispo.gabriel@yahoo.com
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sábado, 7 de diciembre de 2013

CELEBREMOS EL ADVIENTO HOY

 
Un poco de historia
 
 En el siglo IV de nuestra era los cristianos comenzaron a celebrar la venida del Señor entre los hombres. Era una celebración nueva, en esa época, pues antes de ella sólo se celebraba el día de Cristo, la Pascua del Señor, no sólo el día anual de la Pascua sino cada domingo. Surge la fiesta de la Navidad para celebrar el aniversario de la venida del Señor y también como ocasión para combatir las fiestas paganas -que se celebran el 25 de Diciembre en Roma y para los egipcios el 6 de Enero- proclamando la fe de la Iglesia en la Encarnación y Nacimiento del Verbo.
 
 Fijada la celebración del Nacimiento del Señor, ésta se va preparando durante un tiempo. Esta costumbre tuvo su origen en Francia y España; y en el siglo VII, aproximadamente, se extiende a Roma naciendo así este tiempo litúrgico, que hoy llamamos Adviento.
 
 Ya en los primeros datos sobre el Adviento se descubre un carácter escatológico a la vez del carácter de preparación a la Navidad, lo cual ha llevado a la discusión sobre el sentido originario del Adviento. En estas discusiones unos han optado por la tesis del adviento orientado a la Navidad, mientras otros optaron la tesis de preparación a la venida escatológica.
 
 SENTIDO Y ESTRUCTURA DEL ADVIENTO
 
 La celebración del Adviento dura cuatro semanas que están divididas en dos etapas. Durante este tiempo se prepara la Venida del Señor contemplada en dos aspectos: la Venida escatológica y la venida histórica.
 
 La primera etapa empieza el primer domingo de Adviento y termina el día 16 de diciembre. En esta etapa la Venida del Señor es contemplada en sus dos dimensiones, los creyentes son invitados a prepararse para salir al encuentro del Señor y recibirlo en la existencia concreta.
 
 La segunda etapa pone la atención en la venida histórica del Señor, es como una "Semana Santa" que prepara la Navidad.
 De lo señalado hasta el momento se puede inducir cuál es el sentido del Adviento, lo más importante es que se trata de la Venida del Señor, el Señor vendrá y por eso hay que estar preparado; no de cualquier manera se puede recibir al Señor, es necesaria una preparación previa. Esta preparación es la conversión del corazón acompañada del gozo y la alegría, la esperanza y la oración. El tiempo del Adviento es el tiempo de la esperanza, de poner en ejercicio esta virtud que con la fe y el amor constituyen la trama de la vida espiritual.
 
 El Adviento difiere de la Cuaresma, pues no es directamente penitencial, sería un error pensar en el Adviento como una Cuaresma que antecede a la Navidad.
 
 Las lecturas de este tiempo nos orientan en las dos dimensiones de la Venida del Señor ya señaladas, en la primera lectura se escucha a los profetas mesiánicos, especialmente Isaías, anunciando al Salvador y los tiempos nuevos y definitivos; en el Evangelio se oyen exhortaciones del Señor a la vigilancia y textos del Evangelio de la infancia.
 
 Este sentido de espera de lo definitivo se expresa en la liturgia mediante la supresión de los símbolos festivos, falta algo para la fiesta completa que sólo tendrá el culmen de la alegría cuando el Señor esté con su pueblo.
 
 PERSONAJES DEL ADVIENTO
 
 El tiempo del Adviento nos presenta tres personajes que nos ayudan a preparamos para las fiestas navideñas.
 
 Isaías es el profeta del Adviento. En sus palabras resuena el eco de la gran esperanza que confortará al pueblo elegido en tiempos difíciles y trascendentales, en su actitud y sus palabras se manifiesta la espera, la venida del Rey Mesías. Él anuncia una esperanza para todos los tiempos. En nuestro tiempo conviene mirar la figura de Isaías y escuchar su mensaje que nos dice que no todo está perdido, porque el Dios Fiel en quien creemos no abandona nunca a su pueblo, sino por el contrario, le da la salvación.
 
 Juan Bautista, el Precursor, es otro de los personajes del Adviento; él en su persona y sus palabras nos resume toda la historia anterior, él prepara los caminos del Señor, nos invita a la conversión, anuncia la salvación, señala a Cristo entre los hombres. Las palabras de invitación a la penitencia de Juan el Bautista cobran una gran actualidad hoy, su invitación es importantísima; para recibir al Señor hay que cambiar nuestra mentalidad engendradora de malas acciones, para encontrarnos con Él después de nuestro cambio interior.
 
 María, la Madre del Señor es el tercer personaje del Adviento. En ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda la esperanza del mesianismo hebreo. María espera al Señor cooperando en la obra redentora. El Adviento es el mes litúrgico mariano, en este tiempo María aparece en los textos bíblicos, sobre todo en la última semana. Su actitud de confianza y esperanza activa es un modelo a seguir.
 
 ESPIRITUALIDAD DEL ADVIENTO
 
 Durante el tiempo del Adviento la liturgia pone a nuestra consideración al Dios - Amor que se hace presente en la historia de los hombres, Dios que salva al género humano por medio de Jesús de Nazaret en quien el Padre se revela.
 
 El Adviento nos debe hacer crecer en nuestra convicción de que Dios nos ama y nos quiere salvar, y debe acrecentar nuestro amor agradecido a Dios.
 
 Adviento es el tiempo litúrgico de dimensión escatológica, el tiempo que nos recuerda que la vida del cristiano no termina acá, sino que Dios nos ha destinado a la eternidad, a la salvación; en este proyecto la historia es el lugar de las promesas de Dios.
 
 Dios anuncia y cumple sus promesas en nuestra historia. Adviento es el tiempo en que celebramos la dimensión escatológica de nuestra fe, pues nos presenta el plan divino de salvación con elementos ya realizados en Cristo y con otros elementos de plenitud que aún esperamos se cumplan.
 
 Esta esperanza escatológica supone una actitud de vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensamos. La vigilancia requiere la fidelidad, la espera ansiosa y también el sacrificio; la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor es el grito interior de: ¡VEN, SEÑOR JESÚS!.
 
 Esperar en el Señor supone estar convencido que sólo de Él viene la salvación, sólo Él puede liberarnos de nuestra miseria, de esa miseria que nos esclaviza e impide crecer; el tiempo de Adviento nos recuerda que se acerca el Salvador por eso la esperanza va unida a la alegría, el gozo y la confianza.
 
 Adviento es también, el tiempo del compromiso terreno; la invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos presenta como ideal una espera activa y eficaz. No se espera al Señor que vendrá con los brazos cruzados sino en actividad, en el esfuerzo por contribuir a construir un mundo mejor, más justo, más pacífico donde se viva la fraternidad y la solidaridad. La espera del cielo nuevo y tierra nueva nos impulsa a esta acción transformante de nuestro mundo, pues así éste va madurando y preparándose positivamente para la transformación definitiva al final de los tiempos.
 
 La espera escatológica definitiva al final de los tiempos no es una invitación a la ausencia del compromiso con la sociedad terrena sino un estímulo a prepararla para esa transformación.
 
 El Adviento nos hace desear ardientemente el retorno de Cristo, pero la visión de nuestro mundo injusto, sembrado de odio y división nos revela su falta de preparación para recibir al Señor. Los creyentes hemos de preparar el mundo, madurarlo para venida del Señor.
 
 PASTORAL DE LA CELEBRACIÓN
 
 La venida de Cristo y su presencia en el mundo es ya una realidad, Cristo está presente en la Iglesia y en el mundo y esa presencia se prolongará ¿por qué, entonces, esperar su venida?
 Cristo está presente pero su presencia no es aún total ni definitiva, el Adviento nos sitúa en lo realizado en la encarnación y lo que queda por realizar de la plenitud escatológico, en el "ya", pero "todavía no".
 
 Hay muchos hombres que aún no han reconocido a Jesucristo, el mundo no está plenamente reconciliado con el Padre aunque sí en germen, es preciso, entonces, seguir anunciando la venida plena del Señor hasta la reconciliación plena de Dios con los hombres al final de los tiempos; hemos de pedir que venga a nosotros el reino del Señor.
 
 También en nuestra vida personal Cristo no se ha posesionado totalmente de nosotros porque nosotros muchas veces lo hemos impedido. En nuestra vida personal hemos de seguir esperando la venida del Señor. En la Navidad, en cada misa, en el hoy de cada celebración eucarística se actualizan el acontecimiento histórico de la venida del Señor y su futura Parusía; de allí la importancia de la celebración litúrgica en todo tiempo y también en Adviento.
 
 Por eso queremos ofrecer algunas sugerencias para la celebración que ayuden a captar en mayor profundidad el sentido y la espiritualidad del Adviento.
 
 La ambientación del lugar de la celebración debe ayudar a los fieles a darse cuenta que empieza una nueva etapa dentro de la liturgia dominical, la etapa de la espera. Un primer elemento es el tono morado de los ornamentos, junto con la ausencia de flores en el altar, así resaltará más la alegría festiva de la Navidad con los ornamentos blancos y los arreglos florales. No se han de colocar flores, pero sí sería oportuno colocar algunas plantas de interior en el presbiterio. Puede ser muy expresivo, también, una pancarta en un lugar visible del templo, en el atrio y dentro de la iglesia con frases como: "Ven, Señor Jesús', 'Esperamos tu venida', 'Preparemos los caminos del Señor", etc.
 
 La música sólo debería usarse para acompañar los cantos y si en algún caso se tocara música instrumental que sea creadora de un ambiente de serenidad. Antes y después de las celebraciones convendría una ambientación musical con cantos gregorianos de Adviento o música de órgano que mantengan el ambiente discreto y recogido.
 
 También sería conveniente potenciar el tiempo de Adviento como tiempo mariano, en el espíritu de la exhortación “Marialis Cultus”. Ayudaría mucho colocar una imagen de la Virgen con el Niño ya que así se evoca la venida. En el rito de entrada sería conveniente encender progresivamente cada domingo las velas de la corona de Adviento sea en el momento en que habitualmente se encienden los cirios o cuando el sacerdote ha llegado al altar y se sigue cantando el canto de entrada o en el silencio posterior al saludo.
 El cirio puede ser encendido cada semana por diferentes personas, por ejemplo: un niño, una familia, una religiosa, el presidente de la celebración. Hay que cuidar también en este tiempo el canto de entrada, el cual deberá crear el ambiente de la celebración, cantos como: 'Ven, Señor no tardes', "Cielos, lloved vuestra justicia", 'Esperando al Mesías' pueden ser muy oportunos. Este canto es preferible repetirlo los cuatro domingos en vez de cambiarlo perdiendo el sentido creador de atmósfera.
 
 En la liturgia de la Palabra convendría remarcar el primer domingo de Adviento el inicio de un nuevo ciclo de lecturas, para lo cual, aparte de una monición presidencial, puede ayudar la actualización del rito de inauguración del lugar de la Palabra dentro de la Dedicación de una iglesia. El ministro que acompaña al presidente de la celebración o él mismo, lleva el leccionario durante la procesión de entrada y al llegar lo deja sobre el altar, antes de besarlo. Terminada la oración colecta, el presidente va al altar, toma el leccionario y lo lleva al ambón, allí muestra el leccionario al pueblo y dice éstas o palabras semejantes: "iniciamos hoy, como cada año en este domingo, un ciclo de lecturas bíblicas (el Evangelio de... ). Que la Palabra de Dios halle eco en nosotros, cada domingo, para que conozcamos mejor el misterio de Jesús y para que se realice en nosotros la salvación que Dios quiere para todos los hombres".
 
 Luego deja el libro abierto sobre el ambón, va a su sitio y el lector proclama la lectura. El salmo responsorial deberá cantarse, en lo posible, o al menos aprender antífonas propias o apropiadas. El Aleluya debería cantarse los domingos y mejor omitirse los días feriales. Sería también oportuno cantar los cuatro domingos una misma respuesta para la oración de los fieles, la cual podría ser: "Ven, Señor Jesús", "Ven, Señor no tardes más", "Venga a nosotros tu reino". etc.
 
 En la liturgia eucarística sería conveniente hacer en silencio la presentación de los dones o con una melodía suave, en todo caso, mejor sin canto, para resaltar el carácter austero del tiempo y permitir la meditación de los fieles. Sí, por el contrario, convendría cantar la aclamación primera después de la consagración ya que expresa mejor el ansia por la venida del Señor. También conviene en este tiempo que como prolongación de la austeridad en la celebración eucarística se viva una austeridad en la disposición y arreglo del lugar de la Reserva Eucarística.
 
 VIVAMOS EL "ADVIENTO" ... DEL SEÑOR QUE LLEGA
 
 INVOCACIÓN. Adviento o "advenimiento" son palabras que significan tiempo y actitud de espera ... con llegada. Por su fuerza intensiva, no las aplicamos al acontecer rutinario en el que los hombres nos hallamos inmersos, acaso sin emoción y sobresalto... Las reservamos para hablar de acontecimientos altamente deseados y esperados (si reportan bienes) o pavorosamente temidos, si traen consigo males ... Advenimiento altamente deseado y esperado es, para una joven, el día de su desposorio; para una esposa, el de su maternidad; y para un pueblo en guerra, el de su paz. Y advenimiento intensamente temido es, para una familia, el zarpazo de la crisis en sus relaciones hogareñas; y para una economía modesta, la pérdida del puesto de trabajo que garantizaba el pan. ...Invoquemos muchas veces este tipo de "advientos" que salpican de gracia o dolor nuestras vidas, y aprenderemos a valorar otros igualmente fuertes
 
 EXPECTACIÓN. ¡Feliz el hombre que sabe vivir en constante "adviento"! .... Si consideramos atentamente las cosas, los avatares de cada día nos obligan a vivir siempre expectantes, pues, queramos o no, transitamos, de la mañana a la noche, por caminos siempre inacabados... , siempre abiertos a la sorpresa ... Nos hacemos y rehacemos a golpe de sorpresas y esperanzas, sobre todo de sorpresas gratas y de esperanzas fundadas .... ¿No es verdad que, si bien con frecuencia soportamos días grises, y con lágrimas, damos primacía a los advenimientos alegres que muestran el rostro positivo de las cosas...? Del "adviento humano", venturoso, podríamos decir que es tiempo de esperanza firme y de preparación robusta para dar alcance a presas arduas: a un amor difícil, a una amistad profunda, a una actitud solidaria, a una mesa compartid ..
 
 EXPECTACIÓN RELIGIOSA. ¡Feliz el hombre cuyos "advientos humanos" colman sus esperanzas! Pero más feliz todavía aquel cuyos advientos tienen auras de "religiosidad" ..... Miremos al hombre que es creyente. Su adviento, por ser religioso (pues habla de advenimiento de Dios, o de los dioses), es el más bello y sublime que cabe en la escala de las "esperanzas"... Con razón todas las religiones, primitivas o evolucionadas, celebraron su peculiar adviento una y otra vez. A todas les gusta revivir con cierta expectación solemne la cercanía de su Dios (o de sus dioses)... ¡Cómo "suspiramos" todos los mortales por que "advenga" a nuestra vida un Ser Divino de rostro amigable y protector ...
 
 ADVIENTO JUDEO-CRISTIANO Y EXPECTACIÓN SUPREMA.
Todas las religiones celebran su Adviento.... Pero, entre todos los Advientos celebrados, el que proclaman el judaísmo y el cristianismo ofrece singularidades extraordinarias, al calor de una fe que se alimenta en la Palabra y el Amor desbordante de un Dios que es padre del pueblo elegido...
 
 En la tradición judía, YAVÉ, Dios único y creador, se convierte en providencia amorosa y luz que alumbra toda la historia del pueblo elegido a través de Alianzas de fidelidad, Leyes de vida y culto, y Promesas de gracia que recorren los libros del Antiguo Testamento.... Entre esas Promesas, el ventanal del Adviento se abre con un compromiso sagrado y una exigencia: compromiso divino de que Yavé enviará a Israel un MESÍAS LIBERADOR ..; y exigencia al pueblo de que viva a la espera del Mesías, en prolongado Adviento, sin desfallecer .... ¿No es hermosa esta de Israel, pueblo llamado a vivir en permanente Adviento, porque el MESÍAS prometido llegará...? ¡Hermosura es la promesa ! ... Pero no lo es el dolor de la esperanza frustrada... Porque ese Mesías, el prometido, llegó ya; llegó en la plenitud de los tiempos, en JESÚS DE NAZARET....! ¡ Y los suyos no le recibieron....! ... Los judíos recorren todavía hoy el mundo soñando con otros mesías..
 
 En la tradición cristiana, las cosas cambiaron. Nosotros, iluminados por la gracia del Nuevo Testamento, confesamos en Adviento y Navidad que Jesús de Nazaret es el MESÍAS ESPERADO DE ISRAEL y lo adoramos como a tal ... Por eso hacemos un Adviento jubiloso que colma toda expectación..! Nosotros creemos que Jesús es el Hijo del Padre, y que el Padre, por amor, nos le envió a compartir con nosotros la tienda de la vida, haciéndose Niño en las entrañas de la virgen María.... En la fe, aceptamos que el Mesías anunciado, Dios Hijo, ya se vistió de nuestra naturaleza y se hizo apto para sentir, imaginar, amar, sufrir, reir, llorar... como nosotros ..... Gocémonos en ello .
 
 ¡Adviento! ¡Adviento! ... ¡Seas para nosotros esperanza, acogida y escucha del mensaje del Mesías que viene a transformar el mundo por el Amor ...! ¡Ven, Señor, no tardes!

EL CONCILIO VATICANO II: 50 AÑOS DESPUÉS UNA CLAVE DE LECTURA


Padre Raniero Cantalamessa

1. El Concilio: hermenéutica de la ruptura y de la continuidad

 En esta meditación querría reflexionar sobre el segundo motivo de celebración de este año: el 50º aniversario del Concilio Vaticano II.

 En las últimas décadas se han multiplicado los intentos de trazar un balance de los resultados del Concilio Vaticano II . No es el caso de continuar en esta línea, ni, por otra parte, lo permitiría el tiempo a disposición. Paralelamente a estas lecturas analíticas ha existido, desde los años mismos del Concilio, una evaluación sintética, o en otras palabras, la investigación de una clave de lectura del acontecimiento conciliar. Yo quisiera insertarme en este esfuerzo e intentar, incluso, una lectura de las distintas claves de lectura.

 Fueron básicamente tres: actualización, ruptura, novedad en la continuidad. Juan XXIII, al anunciar al mundo el concilio, usó repetidamente la palabra «aggiornamento = actualización», que gracias a él entró en el vocabulario universal. En su discurso de apertura del Concilio dio una primera explicación de lo que entendía con este término:

«El Concilio Ecuménico XXI quiere transmitir la doctrina católica pura e íntegramente, sin atenuaciones ni deformaciones, [...]. Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que recorre la Iglesia desde hace veinte siglos [...]. Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo» .

Sin embargo, a medida que progresaban los trabajos y las sesiones del Concilio, se delinearon dos facciones opuestas según que, de las dos necesidades expresadas por el Papa, se acentuara la primera o la segunda: es decir, la continuidad con el pasado, o la novedad respecto de éste. En el seno de estos últimos, la palabra aggiornamento terminó siendo sustituida por la palabra ruptura. Pero con un espíritu y con intenciones muy diferentes, dependiendo de su orientación. Para el ala llamada progresista, se trataba de una conquista que había que saludar con entusiasmo; para el frente opuesto, se trataba de una tragedia para toda la Iglesia.

 Entre estos dos frentes —coincidentes en la afirmación del hecho, pero opuestos en el juicio sobre él—, se sitúa la posición del Magisterio papal que habla de «novedad en la continuidad». Pablo VI, en la Ecclesiam suam, retoma la palabra aggiornamento de Juan XXIII, y dice que la quiere tener presente como «dirección programática» . Al inicio de su pontificado, Juan Pablo II confirmó el juicio de su predecesor y, en varias ocasiones, se expresó en la misma línea. Pero ha sido sobre todo el actual papa Benedicto XVI el que ha explicado qué entiende el Magisterio de la Iglesia por «novedad en la continuidad». Lo hizo pocos meses después de su elección, en el famoso discurso programático a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005. Escuchemos algunos pasajes:
«Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. […] A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma».

Benedicto XVI admite que ha habido una cierta discontinuidad y ruptura, pero ésta no afecta a los principios y a las verdades a la base de la fe cristiana, sino a algunas decisiones históricas. Entre éstas enumera la situación de conflictividad que se ha creado entre la Iglesia y el mundo moderno, que culminó con la condena en bloque de la modernidad bajo Pío IX, pero también situaciones más recientes, como la creada por los avances de la ciencia, por la nueva relación entre las religiones con las implicaciones que ello tiene para el problema de la libertad de conciencia; no en último lugar, la tragedia del Holocausto que imponía un replanteamiento de la actitud hacia el pueblo judío.
«Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción. Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma».
Si del plano axiológico, es decir, el de los principios y valores, pasamos al plano cronológico, podríamos decir que el Concilio representa una ruptura y una discontinuidad respecto al pasado próximo de la Iglesia, y representa, en cambio, una continuidad con respecto a su pasado remoto. En muchos puntos, sobre todo en el punto central que es la idea de Iglesia, el Concilio ha querido realizar una vuelta a los orígenes, a las fuentes bíblicas y patrísticas de la fe.

 La lectura del Concilio hecha propia por el Magisterio, es decir, la de la novedad en la continuidad, tuvo un precursor ilustre en el Ensayo sobre desarrollo de la doctrina cristiana del cardinal Newman, definido a menudo, también por esto, como «el Padre ausente del Vaticano II». Newman demuestra que, cuando se trata de una gran idea filosófica o de una creencia religiosa, como es el cristianismo,
«no se pueden juzgar desde sus inicios sus virtualidades y metas a las que tiende. [...]. Según las nuevas relaciones que tenga, surgen peligros y esperanzas y aparecen principios antiguos bajo forma nueva. Ella muda junto con ellos para permanecer siempre idéntica a sí misma. En un mundo sobrenatural las cosas van de otra forma, pero aquí en la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones» .

San Gregorio Magno anticipaba, de algún modo, esta convicción cuando afirmaba que la Escritura cum legentibus crescit, «crece con aquellos que la leen» ; es decir, crece a fuerza de ser leída y vivida, a medida que surgen nuevas solicitudes y nuevos desafíos por la historia. La doctrina de la fe cambia, por tanto, pero para permanece fiel a sí misma; muda en las coyunturas históricas, para no cambiar en la sustancia, como decía Benedicto XVI.

 Un ejemplo banal, pero indicativo, es el de la lengua. Jesús hablaba la lengua de su tiempo; no el hebreo, que era la lengua noble y de las Escrituras (¡el latín del tiempo!), sino el arameo hablado por la gente. La fidelidad a este dato inicial no podía consistir, y no consistió, en seguir hablando en arameo a todos los futuros oyentes del Evangelio, sino en hablar griego a los griegos, latín a los latinos, armenio a los armenios, copto a los coptos, y así siguiendo hasta nuestros días. Como decía Newman, es precisamente cambiando como a menudo se es fiel al dato originario.

2. La carta mata, el espíritu de la vita

 Con todo el respeto y la admiración debidos a la inmensa y pionera contribución del cardenal Newman, a distancia de un siglo y medio de su ensayo y con lo que el cristianismo ha vivido entretanto, no se puede, sin embargo, dejar de señalar también una laguna en el desarrollo de su argumento: la casi total ausencia del Espíritu Santo. En la dinámica del desarrollo de la doctrina cristiana, no se tiene en cuenta suficientemente: el papel preponderante que Jesús había reservado al Paráclito en la revelación de esas verdades que los apóstoles no podían entender en el momento y para conducir a la Iglesia «a la verdad plena» (Jn 16, 12-13).

 ¿Qué es lo que permite hablar de novedad en la continuidad, de permanencia en el cambio, si no es precisamente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia? Lo había entendido perfectamente san Ireneo cuando afirma que la revelación es como un «depósito precioso contenido en una vasija valiosa que, gracias al Espíritu de Dios, rejuvenezca siempre y hace rejuvenecer también a la vasija que lo contiene» . El Espíritu Santo no dice palabras nuevas, no crea nuevos sacramentos, nuevas instituciones, pero renueva y vivifica constantemente las palabras, los sacramentos y las instituciones creadas por Jesús. No hace cosas nuevas, pero, ¡hace nuevas las cosas!

 La insuficiente atención al papel del Espíritu Santo explica muchas de las dificultades que se han creado en la recepción del Concilio Vaticano II. La tradición, en nombre de la cual algunos han rechazado el concilio, era una Tradición donde el Espíritu Santo no jugaba ningún papel. Era un conjunto de creencias y prácticas fijado una vez para siempre, no la onda de la predicación apostólica que avanza y se propaga en los siglos y que, como toda onda, sólo se puede captar en movimiento.

Congelar la Tradición y hacerla partir o terminar en un cierto punto, significa hacer de ella una tradición muerta y no como la define Ireneo, una «Tradición viva». Charles Péguy expresa, como poeta, esta gran verdad teológica:

«Jesús no nos ha dado palabras muertas
que nosotros debamos encerrar en pequeñas cajas (o en grandes),
y que debamos conservar en aceite rancio…
Como las momias de Egipto.
Jesucristo, niña,
no nos ha dado conservas de palabras que haya que conservar.
Sino que nos ha dado palabras vivas para alimentar…
De nosotros depende, enfermos y carnales,
hacer vivir, alimentar y mantener vivas en el tiempo
esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo» .

En seguida hay que decir, sin embargo, que también en el lado del extremismo opuesto las cosas no iban de modo distinto. Aquí se hablaba gustosamente del «espíritu del Concilio», pero no se trataba, lamentablemente, del Espíritu Santo. Por «espíritu del Concilio» se entendía ese mayor impulso, valentía innovadora, que no habría podido entrar en los textos del Concilio por las resistencias de algunos y de los compromisos necesarios entre las partes.

 Querría tratar ahora de explicar lo que me parece que es la verdadera clave de lectura neumatológica del Concilio, es decir, cuál es el papel del Espíritu Santo en la actuación del Concilio. Retomando un pensamiento audaz de san Agustín a propósito del dicho paulino sobre la letra y el espíritu (2 Cor 3,6) San Tomás de Aquino escribe:

«Por letra se entiende cualquier ley escrita que queda fuera del hombre, también los preceptos morales contenidos en el Evangelio; por lo cual también la letra del Evangelio mataría, si no se añadiera, dentro, la gracia de la fe que sana» .

En el mismo contexto, el santo Doctor afirma: «La ley nueva es principalmente la misma gracia del Espíritu Santo que se da a los creyentes» . Los preceptos del Evangelio son también la nueva ley, pero en sentido material, en cuanto al contenido; la gracia del Espíritu Santo es la ley nueva en sentido formal, porque da la fuerza para poner en práctica los mismos preceptos evangélicos. Es la que Pablo define como «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rom 8, 2),

 Éste es un principio universal que se aplica a cualquier ley. Si incluso los preceptos evangélicos, sin la gracia del Espíritu Santo, serían «letra que mata», ¿qué decir de los preceptos de la Iglesia, y qué decir, en nuestro caso, de los decretos del Concilio Vaticano II? La «implementación», o la aplicación del Concilio no tiene lugar, por lo tanto, de manera inmediata, no hay que buscarla en la aplicación literal y casi mecánica del Concilio, sino «en el Espíritu», entendiendo con ello el Espíritu Santo y no un vago «espíritu del concilio» abierto a cualquier subjetivismo.

 El Magisterio papal fue el primero en reconocer esta exigencia. Juan Pablo II, en 1981, escribía:
«Toda la labor de renovación de la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha propuesto e iniciado tan providencialmente —renovación que debe ser al mismo tiempo “puesta al día” y consolidación en lo que es eterno y constitutivo para la misión de la Iglesia— no puede realizarse a no ser en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su luz y de su virtud» .

3. ¿Dónde buscar los frutos del Vaticano II

 ¿Ha existido, en realidad, esto «nuevo Pentecostés»? Un conocido estudioso de Newman, Ian Ker, ha puesto de relieve la contribución que él puede dar, además de al desarrollo del Concilio, también a la comprensión del post-Concilio . A raíz de la definición de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I en 1870, el cardinal Newman fue llevado a hacer una reflexión general sobre los concilios y sobre el sentido de sus definiciones. Su conclusión fue que los concilios pueden tener a menudo efectos no pretendidos en el momento por aquellos que participaron en ellos. Estos pueden ver mucho más en ellos, o mucho menos, de lo que sucesivamente producirán tales decisiones.

 De este modo, Newman no hacía más aplicar a las definiciones conciliares el principio del desarrollo que había explicado a propósito de la doctrina cristiana en general. Un dogma, toda gran idea, no se comprende plenamente si no después de que se han visto las consecuencias y los desarrollos históricos; después de que el río —por usar su imagen— desde el terreno accidentado que lo ha visto nacer, descendiendo, encuentra finalmente su lecho más amplio y profundo .

 Ocurrió así a la definición de la infalibilidad papal que en el clima encendido del momento pareció a muchos que contenía mucho más de lo que, de hecho, la Iglesia y el Papa mismo dedujeron de ella. No hizo ya inútil cualquier futuro concilio ecuménico, como alguno temió o esperó en el momento: el Vaticano II es la confirmación .

 Todo esto encuentra una singular confirmación en el principio hermenéutico de Gadamer de la «historia de los efectos» (Wirkungsgeschichte), según el cual para comprender un texto es preciso tener en cuenta los efectos que haya producido en la historia, al integrarse en esta historia y dialogando con ella . Es lo que sucede de forma ejemplar en la lectura espiritual de la Escritura. Ella no explica el texto sólo a la luz de lo que lo ha precedido, como hace la lectura histórico-filológica con la investigación de las fuentes, sino también a la luz de lo que lo ha seguido; explica la profecía a la luz de su realización en Cristo, el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

 Todo esto arroja una singular luz sobre el tiempo del post-Concilio. También aquí las verdaderas realizaciones se sitúan quizás en una parte diferente hacia la que nosotros mirábamos. Nosotros mirábamos al cambio en las instituciones, a una diferente distribución del poder, a la lengua a utilizar en la liturgia, y no nos dábamos cuenta de lo pequeñas que eran estas novedades en comparación con lo que el Espíritu Santo estaba obrando.

 Hemos pensado romper con nuestras manos los odres viejos y nos hemos dado cuenta de que eran más resistentes y duros que nuestras manos, mientras que Dios nos ofrecía su método de romper los odres viejos, que consiste en poner en ellos el vino nuevo. Quería renovarlos desde dentro, espontáneamente, no asaltándolos desde el exterior.

 A la pregunta de si ha habido un nuevo Pentecostés, se debe responder sin vacilación: ¡Sí! ¿Cuál es su signo más convincente? La renovación de la calidad de vida cristiana, allí donde este Pentecostés ha sido acogido. Todos están de acuerdo en considerar como el hecho más nuevo y más significativo del Vaticano II los dos primeros capítulos de la Lumen gentium, donde se define a la Iglesia como sacramento y como pueblo de Dios en camino bajo la guía del Espíritu Santo, animada por sus carismas, bajo la guía de la jerarquía. La Iglesia como misterio y no solamente institución. Juan Pablo II ha lanzado nuevamente esta visión haciendo de su aplicación el compromiso prioritario en el momento de entrar en el nuevo milenio .

 Nos preguntamos: ¿de dónde ha pasado esta imagen de Iglesia de los documentos a la vida? ¿Dónde ha tomado «carne y sangre» ? ¿Dónde se vive la vida cristiana según «la ley del Espíritu», con alegría y convicción, por atracción y no por coacción? ¿Dónde se tiene la palabra de Dios en gran honor, se manifiestan los carismas y es más sentida el ansia por una nueva evangelización y por la unidad de los cristianos?

 La respuesta ultima a esta pregunta sólo la conoce Dios, pues se trata de un hecho interior que acontece en el corazón de las personas. Tendríamos que decir del nuevo Pentecostés lo que Jesus decía del reino de Dios: “Ni se dirá: Vedlo aquí o allá, porque, mirad, el Reino de Dios ya está entre vosotros” (Lc 17,21). Sin embargo, es posible discernir algunos signos, ayudados también por la sociología religiosa que se ocupa de estos fenómenos. Desde este punto de vista, la respuesta que se da a aquella pregunta desde varias partes es: ¡en los movimientos eclesiales!

 Pero hay que precisar una cosa en seguida. De los movimientos eclesiales forman parte, si no en la forma sí en la sustancia, también esas parroquias y comunidades nuevas, donde se vive la misma koinonia y la misma calidad de vida cristiana. Desde este punto de vista, movimientos, parroquias y comunidades espontáneas no deben ser vistos en oposición o en competencia entre sí, sino unidos en la realización, en contextos diferentes, de un mismo modelo de vida cristiana. Entre ellas se deben enumerar también las denominadas «comunidades de base», al menos aquellas en las que el factor político no ha tomado la ventaja al factor religioso.

 Sin embargo, es necesario insistir en el nombre correcto: movimientos «eclesiales», no movimientos «laicales». La mayor parte de ellos están formados, no por uno solo, sino por todos los componentes eclesiales: laicos, ciertamente, pero también obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas. Representan el conjunto de los carismas, el «pueblo de Dios» de la Lumen gentium. Sólo por razones prácticas (porque ya existe la Congregación del clero y la de los religiosos) se ocupa de ellos el «Pontificio Consejo de los laicos».

Juan Pablo II veía en estos movimientos y comunidades parroquiales vivas «los signos de una nueva primavera de la Iglesia» . En el mismo sentido se ha expresado, en varias ocasiones, el papa Benedicto XVI. En la homilía de la Misa crismal del Jueves Santo de 2012 dijo:
«Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en momentos llenos de vida y que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo».

Hablando de los signos de un nuevo Pentecostés, no se puede dejar de mencionar en particular, aunque sólo fuera por la amplitud del fenómeno, a la Renovación Carismática, o Renovación en el Espíritu. Cuando, por primera vez, en 1973, uno de los artífices mayores del Vaticano II, el cardinal Suenens, oyó hablar del fenómeno, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas, y esto es lo que relata en sus memorias:

«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que pudiera manifestarse de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado en la noticia del despertar de los carismas, por cuanto el Concilio había invocado un despertar semejante».

Y esto es lo que escribió después de haber comprobado en persona y vivido desde dentro dicha experiencia, compartida mas tarde por millones de otras personas:

«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecían hacerse vivos y convertirse en parte del presente; lo que era auténticamente verdad en el pasado, parece que ocurre de nuevo ante nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que siempre está actuando, tal como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia» .

Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades no realizan por cierto todas las potencialidades y las esperas del Concilio, pero responden a la mas importante de ellas, al menos a los ojos de Dios. No son libres de debilidades humanas y a veces de fracasos, pero ¿cual grande novedad ha hecho su aparición en la historia de la Iglesia de manera diferente? ¿No pasó lo mismo cuando, en el siglo XIII, hicieron su aparición las ordenes mendicantes? También en esta ocasión fueron los Romanos pontífices, sobre todo Inocencio III, quienes por primeros acogieron la novedad del momento y animaron el resto del episcopado a hacer lo mismo.

4. Una promesa cumplida

 Entonces, nos preguntamos, ¿cuál es el significado del Concilio, entendido como el conjunto de los documentos producidos por él, la Dei Verbum, la Lumen gentium, Nostra aetate, etc.? ¿Los dejaremos de lado para esperar todo del Espíritu? La respuesta está contenida en la frase con la que Agustín resume la relación entre la ley y la gracia: «La ley fue dada para que se buscara la gracia y la gracia fue dada para que se observara la ley» .

Por tanto, el Espíritu no dispensa de valorar también la letra, es decir, los decretos del Vaticano II; al contrario, es precisamente él quien empuja a estudiarlos y a ponerlos en práctica. Y, de hecho, fuera del ámbito escolar y académico donde ellos son materia de debate y de estudio, es precisamente en las realidades eclesiales recordadas anteriormente donde son tenidos en mayor consideración.
Lo he experimentado yo mismo. Yo me liberé de los prejuicios contra los judíos y contra los protestantes, acumulados durante los años de formación, no por haber leído Nostra aetate, sino por haber hecho yo también, en mi pequeñez y por mérito de algunos hermanos, la experiencia del nuevo Pentecostés. Después descubrí Nostra aetate, igual que descubrí la Dei Verbum después de que el Espíritu hizo nacer en mí el gusto por la palabra de Dios y el deseo di evangelizar. Pero yo sé que el movimiento es en los dos sentidos: algunos de la letra ha sido empujados a buscar el Espíritu, otros del Espíritu han sido empujados a observar la ley.

 El poeta Thomas S. Eliot escribió unos versos que nos pueden iluminar en el sentido de las celebraciones de los 50 años del Vaticano II:

«No debemos detenernos en nuestra exploración
y el fin de nuestro explorar
será llegar allí de donde hemos partido
y conocer el lugar por primera vez» .

Después de muchas exploraciones y controversias, somos reconducidos también nosotros a allí de donde hemos partido, es decir, al acontecimiento del Concilio. Pero todo el trabajo alrededor de él no ha sido en vano porque, en el sentido más profundo, sólo ahora estamos en condiciones de «conocer el lugar por primera vez», es decir, de valorar su verdadero significado, desconocido para los mismos Padres del concilio.

 Esto permite decir que el árbol crecido desde el Concilio es coherente con la semilla de la que ha nacido. En efecto, ¿de qué ha nacido el acontecimiento del Vaticano II? Las palabras con las que Juan XXIII describe la conmoción que acompañó «el repentino florecer en su corazón y en sus labios de la simple palabra concilio» , tienen todos los signos de una inspiración profética. En el discurso de clausura de la primera sesión habló del Concilio como de «un nuevo y deseado Pentecostés, que enriquecerá abundantemente a la Iglesia de energías espirituales» .

A 50 años de distancia sólo podemos constatar el pleno cumplimiento por parte de Dios de la promesa hecha a la Iglesia por boca de su humilde servidor, el beato Juan XXIII. Si hablar de un nuevo Pentecostés nos parece que es por lo menos exagerado, vistos todos los problemas y las controversias surgidos en la Iglesia después y a causa del Concilio, no debemos hacer otra cosa que ir a releer los Hechos de los apóstoles y constatar cómo no faltaron problemas y controversias ni siquiera después del primer Pentecostés. ¡Y no menos encendidos que los de hoy!

 [Traducción de Pablo Cerve

Cf. Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo [R. FISICHELLA ed.] (Ed. San Paolo 2000).
2 Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio, 6,5.
3 Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, 52; cf. también Insegnamenti di Paolo VI, vol. IX (1971) 318.
4 Juan Pablo II, Audiencia general del 1 agosto de 1979.
5 J.H. Newman, Lo sviluppo della dottrina cristiana (Bologna, Il Mulino 1967) 46s. [trad. esp: Ensayo sobre desarrollo de la doctrina cristiana (Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca 1998)].
6 S. Gregorio Magno, Comentario a Job XX, 1: CCL 143 A, 1003.
7 S. Ireneo, Adv. Haer., III, 24,1.
8 Ch. Péguy, Le Porche du mystère de la deuxième vertu (La Pléiade, París 1975) 588s. [trad. esp. El pórtico del misterio de la segunda virtud (Encuentro, Madrid 1991)].
9Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-IIae, q. 106, a. 2.
10Ibid., q. 106, a. 1; cf. ya Agustín, De Spiritu et littera, 21, 36.
11 Juan Pablo II, Carta apostólica A Concilio Constantinopolitano I, 25 marzo 1981: AAS 73 (1981) 515-527.
12 I. Ker, «Newman, the Councils, and Vatican II»: Communio. International Catholic Review (2001) 708-728.
13 Newman, op. cit. 46.
14Un ejemplo, en mi opinión, aún más claro es lo que ocurrió con el concilio ecuménico de Éfeso del año 431. La definición de María como la Theotokos, Madre de Dios, en las intenciones del concilio y sobre todo de su promotor san Cirilo de Alejandría, debía servir únicamente para afirmar la unidad de persona de Cristo. De hecho, dio pie a la inmensa floración de devoción a la Virgen y a la construcción de las primeras basílicas en su honor, entre las cuales está la de Santa María la Mayor, en Roma. La unidad de persona de Cristo fue definida en otro contexto y de manera más equilibrada, en el concilio de Calcedonia del año 451.
15Cf. H.G. Gadamer, Wahrheit und Methode (Tubinga 1960) [trad. esp. Verdad y método (Sígueme, Salamanca, 2012)].
16Novo millennio ineunte, 42 ss.
17 I. Ker, art. cit. 727.
18Novo millennio ineunte, 46.
19 L.-J. Suenens, Memories and Hopes (Veritas, Dublín 1992) 267.
20 Agustín, De Spiritu et littera, 19, 34.