Anglocatólico

COMUNIDAD ECUMÉNICA MISIONERA LA ANUNCIACIÓN. CEMLA
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“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

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lunes, 13 de agosto de 2012

DIMENSIÓN MARIANA DEL ANGLICANISMO

I. La Comunión anglicana

Es una asociación de iglesias organizadas a nivel local, diocesano y provincial en muchas partes del mundo, aunque casi exclusivamente en los países que formaron parte del imperio británico. Dichas iglesias expresan cada una a su modo, en plena autonomía, la tradición religiosa de la reforma inglesa del S. XVI.

Por tradición, estructura episcopal, fe y costumbres, la Comunión es, en sustancia, una extensión de la iglesia de Inglaterra, que sigue siendo todavía su parte mayor, la más desarrollada e importante. Todas estas iglesias reconocen un primado de honor al arzobispo de Canterbury. La Comunión tiene un encuentro consultivo de obispos -la Lambeth Conference- cada diez años. Actualmente los anglicanos son unos setenta millones.

La imagen de María en la teología y en el culto anglicano tiene algo de la variabilidad de un fuego fatuo. El tema mariológico debería naturalmente entrelazarse en una urdimbre de doctrina y de culto. Pues bien, en la doctrina y en el culto de la iglesia de Inglaterra, y consiguientemente de la Comunión anglicana, el entramado mariano es difícil de tejer. Visiblemente irregular, no llega a formar nunca un tema dominante. Primero aparece con luz viva y creciente (s. xvii), luego se hace invisible a simple vista (s. xviii) y finalmente pasa a ser una especie de hilo luminoso en una madeja de "comprensibilidad" doctrinal (s. xx). La primera tarea del investigador será la de determinar su existencia en cada tiempo y lugar posible, para valorar a continuación su contenido y su importancia.

La historia y la doctrina constituyen nuestros dos puntos de referencia: la historia, porque -a juicio de Newman "el presente es un texto y el pasado su interpretación"'; la doctrina vigente, en cuanto que constituye el eje de esta investigación.

La reforma inglesa tuvo lugar, entre el 1534 y el 1662 2, en un clima de pensamiento y de sentimientos fuertemente antimarianos. Su objetivo -al menos una de sus intenciones principales- fue la de abolir la superstición.

El culto externo a la Virgen formaba su objetivo más claro e inmediato. Por tanto, era de esperar que los primeros años de la reforma estuvieran marcados por una eliminación progresiva de las prácticas de piedad tradicionales para con la Virgen. Al final de este proceso se vio abolida toda expresión externa de culto: se prohibió el rosario bajo penas severísimas y se destruyeron todos los santuarios del país. La meta final sólo se alcanzó cuando la conciencia cristiana inglesa pareció haberse impregnado de una hostilidad casi instintiva contra toda expresión externa del culto mariano; considerado como pecado contra Dios y contra el único mediador, Jesucristo.

II. Importancia del factor histórico


El rostro auténtico de toda comunidad cristiana se basa en la continuidad. Para la Comunión anglicana se trata de la continuidad con la iglesia de la pre-reforma en Inglaterra. Este es el problema entre anglicanos y católicos: si la ecclesia anglicana -que antes de la reforma era la iglesia en Inglaterra- ha perdido o no su propia identidad al hacerse la iglesia de Inglaterra.

El Vat II habla de una comunión eclesiástica imperfecta (UR 3) en el tema mariano, visto como un punto de discordia entre Roma y algunos hermanos' separados (UR 20). Habla también de una especial afinidad entre Roma y las comunidades de la pre-reforma, tanto por su previa unidad histórica (UR 19) como por el hecho de que han mantenido, en diversos grados, tradiciones y estructuras católicas; entre ellas "ocupa un lugar especial" la Comunión anglicana (UR 13).

Lo primero que hay que constatar, por consiguiente, es la continuidad anglicana con la tradición mariana católica. Pues bien, es innegable que, a pesar de un clima antimariano de pensamiento que prevalece y de unas circunstancias muy adversas al culto mariano, en la iglesia de Inglaterra ha sobrevivido a lo largo de los siglos y sobrevive todavía hoy en toda la Comunión anglicana una corriente mariana, tenue pero inconfundible. Esto debe entenderse como una supervivencia y como parte de todo el patrimonio de fe anglicano.

En 1968, en un Addendum al informe de la Lambeth Conference sobre la renovación de la fe, se intentó hacer el inventario de este patrimonio: "Esta herencia de fe se manifiesta de modo singular en las Escrituras y está proclamada por los símbolos católicos en su contexto de profesión bautismal, enseñanza de los padres y decisiones conciliares. La Comunión anglicana comparte estas cosas con las demás iglesias del mundo.

En el s. xvi la iglesia de Inglaterra fue llamada a dar su propio testimonio de la verdad cristiana, particularmente de sus formulaciones históricas: los 39 artículos de la religión, el Book of Common Prayer (Libro de la oración común), la liturgia de las ordenaciones y las homilías. En su conjunto, estos elementos constituyen un segundo hilo en la trama de la tradición anglicana.

Con el correr de los años, la Comunión anglicana continuó y extendió su testimonio con la predicación y el culto, los escritos de sus estudiosos y maestros, la vida de sus santos y confesores, las declaraciones de sus concilios.

En este tercer hilo -así como en la introducción al Prayer Book de 1549- aparece la autoridad que la tradición anglicana concede a la razón, no menos en el terreno de la investigación histórica y filosófica que en el reconocimiento de las exigencias de la cura pastoral. A esta triple herencia de fe pertenece un concepto de autoridad que se niega a aislarse frente a la prueba de los hechos y al libre obrar de la razón. La autoridad quiere ser creíble e intenta por tanto asegurarse un apoyo histórico suficiente, presentando sus credenciales de manera que satisfaga a las exigencias de la razón"3.

Este panorama histórico de todo el patrimonio de fe sigue siendo el mejor trasfondo para un estudio de la devoción y de los escritos marianos en el anglicanismo. En él se interpreta la situación presente con el pasado, recordándonos que la fe anglicana es como una maroma con tres cuerdas. No hay anglicanos que no lo acepten globalmente. El tipo protestante es aún en muchos aspectos católico, mientras que el tipo "católico" tiene sus venas protestantes. Ambos viven en tensión con el tipo liberal: un nombre, éste, que se ha dado no sin razón a los que están especialmente aferrados a los derechos de la razón.

"La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente"
(Qo 4,12). Este pasaje bíblico estaba ya claramente presente en el pensamiento de quien redactó el mencionado Addendum.

Estudiaremos el tema mariano analizando los tres hilos de la cuerda, dando a cada uno de ellos su propio valor específico y señalando cómo todo el conjunto tiene notas características.

III. Entramado del tema mariano


1. PRIMER HILO DE LA TRAMA. "Esta herencia de fe... con las demás iglesias del mundo" (Addendum). Nótese que la decisión conciliar se refiere aquí a los cuatro y quizá a los seis primeros concilios ecuménicos. Descubrimos así, de pronto, una vena muy rica...: símbolos, enseñanzas patrísticas, concilios. Las palabras "nacido de la virgen María", "por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la virgen María y se hizo hombre" y el título Theotókos son temas fundamentales, premisas muy densas de contenido en muchas conclusiones mariológicas.

Mientras este hilo siga siendo válido y se le reconozca en la Comunión anglicana, siempre será posible un desarrollo mariológico anglicano. En efecto, el tema mariano es parte integrante del patrimonio de fe anglicana. Cualquier futuro desarrollo mariológico tiene que brotar de este hilo primordial. Los primeros signos de desarrollo se encuentran ya en el período primerísimo de la historia anglicana. Desde Hooker (t 1600), "padre de la teología anglicana", hasta el 1715 (muerte de Hickes) tenemos el siglo de oro de la teología anglicana. Los grandes teólogos anglicanos de este período son llamados carolinos, porque florecen principalmente durante el reinado de Carlos I y Carlos II. Generalmente su pensamiento está dominado por una orientación polémica. Los pasajes marianos de sus escritos se tiñen habitualmente de severas condenaciones de la mariolatría y de la invocación a los santos en general. Sin embargo, su contenido mariano es imponente. Recogiendo los escritos marianos anglicanos de este período se obtiene una lista de nombres que casi podría formar una carena patrum anglicanorum. Citemos aquí algunas de sus enseñanzas, refiriendo primero la doctrina, el título o el privilegio, y luego los nombres y las fechas.

Theotókos y Virgen
son títulos que todos reconocen. Algunos autores admiten otras prerrogativas, como la plenitud de gracia (Andrewes [1555-1626], Hall [1574-1656], Frank [1613-1664], Taylor [16131667], Stafford [1587-1645], Pearson [1612-1686], Ken [1637-1711], Hickes [1642-1715]); "el puesto más alto en el cielo" (rey Jacobo I [15661625]); inmaculada concepción y asunción (Stafford); inmunidad de todo pecado actual (Taylor, Clagett [1646-1688], Stafford); modelo de virtudes cristianas (Taylor); digna de todo honor, excepto la adoración (Pearson); madre de todos los hombres (Ken, Henry Vaughan [16221695]); fe tan grande como la de Abrahán (Hickes); santa en el cuerpo y en el alma, más que cualquier otra criatura (Cosin [1594-1672]); puerta del cielo y mujer del Apocalipsis (Frank). Son éstos los, padres fundadores de aquella enseñanza mariana que aparece en el fondo doctrinal de la Comunión anglicana.

2. SEGUNDO HILO DE LA TRAMA. "En el s. xvi..., un segundo hilo en la trama de la tradición anglicana" (Addendum).

Estamos aquí frente al anglicanismo clásico. Los autores que se proponen definir o describir el anglicanismo parten a menudo de esta fuente de informaciones, para llegar a la conclusión de que el anglicanismo no es más que una variante del protestantismo. Doctrinalmente esta observación es bastante justa. En efecto, no puede negarse que hasta tiempos relativamente cercanos los anglicanos se ufanaban del nombre de protestantes. "Católicos y reformados" es otra descripción tradicional, y oficial, que es quizá todavía la más popular. Es un hecho que la fe y la vida anglicana forman una extraña mezcolanza de católicos y de protestantes. No hay un compromiso típicamente inglés (un verdadero anglicano no acepta compromisos), sino más bien una situación típicamente inglesa. La diferencia específica entre católicos y anglicanos está constituida por una mentalidad religiosa. Hay que tomarlos en su conjunto: difieren entre sí como dos personas. Teológica y espiritualmente, los anglicanos están movidos por la convicción de que hay ciertamente una doctrina cristiana y un modo de vivir cristiano, pero que estas dos realidades no son susceptibles de dogmas bajo ningún aspecto. La verdad cristiana podría compararse con un globo de luz: una luz que procede de un centro completamente oscuro (misterios) y que emite algunos rayos más claros (revelación) y una luminosidad capaz de guiar el camino de la vida (principios), pero que no admite una mediación humana infalible de la enseñanza de Cristo. De esta forma, incluso en la iglesia, la única infalibilidad gloriosa del Creador está adecuada a la debilidad de la mente humana.

La figura de María, una doctrina sobre María, la misma devoción a la Virgen, puede coexistir con una perspectiva semejante de las verdades cristianas. Teniendo en cuenta la situación histórica real, es todo lo que podríamos descubrir en este primer hilo de la trama, interpretado a su vez por el segundo y atestiguado por el tercero. Pero esto quedará claro después del análisis de este último.

3. TERCER HILO DE LA TRAMA. "Con el correr de los años... las exigencias de la razón" (Addendum).

Está claro. La referencia sigue siendo histórica. Pero hoy los horizontes anglicanos parecen ofrecer algunas líneas que no se consiguen descubrir en el primer hilo. Así, por ejemplo, la teología anglicana -"los escritos de sus estudiosos y maestros"- parece haberse alejado, con la tolerancia benigna de los obispos, de aquella estructura de ortodoxia que parecía bastante clara en el s. xvi (véase la introducción al Prayer Book de 1549). El impacto sobre la mariología es obvio. Está bastante difundida y se dilata más todavía la negación o la duda sobre la virginidad de María. También se pone en discusión la divinidad de Cristo; y esto hace considerar irrelevante la doctrina de la maternidad divina. No es posible decir hasta qué punto esta corriente liberal ha minado los fundamentos de la mariología anglicana. Siendo anglicano, Newman se opuso decididamente a ella, convencido como estaba de que habría destruido toda la fe anglicana.

Mirando hacia atrás los cien años transcurridos desde entonces y considerando los tres siglos que precedieron a Newman -de manera especial el deísmo inglés-, podemos concluir que durante mucho tiempo estuvo presente en la Comunión anglicana cierto agnosticismo religioso. Oficialmente siempre repudiado, se está convirtiendo en la actualidad en una actitud tolerada oficialmente a propósito de dos doctrinas marianas fundamentales, es decir, la maternidad divina y la virginidad de María. Hay motivos para temer que estas dos verdades fundamentales estén a punto de quedarse limitadas a ser meras opiniones teológicas, dejando de ser doctrinas reconocidas como tales.

Además de las "exigencias de la razón", hay que considerar también en este hilo los demás elementos que con el correr de los años se dice que han ensanchado o profundizado la herencia de la fe desde los tiempos de la reforma.

a) La predicación.
Nos preguntamos si la herencia anglicana se amplió o se profundizó en la predicación y si ésta incluye un desarrollo del tema mariano.

La reforma inglesa se llevó a cabo por medio de la liturgia. Toda la atención se trasladó del sacrificio a la palabra, y la palabra era la palabra escrita (la Escritura) y la palabra oral (las homilías). Se recopilaron y se hicieron legalmente obligatorias ciertas formas preestablecidas de homilías. Esas homilías se enumeran todavía como parte de los formularios en el segundo hilo ya mencionado de nuestra trama.

La predicación es parte natural, y hasta principal, en el desarrollo de la doctrina. Leyendo hoy aquellas homilías anglicanas oficiales, se descubre que son una elaboración de los 39 artículos y exhortaciones a la vida cristiana dentro de aquella estructura. El conjunto abarca 642 páginas (33 homilías). En ellas se habla de María en ocho ocasiones: es obediente (Hom. I, 10), solícita en acudir al templo (Hom. II, 1), nuestro modelo en la obediencia al príncipe ("nuestro legítimo y gracioso soberano", el monarca reinante: Hom. II, 21). En lo demás (II, 2 dos veces, 12 y 13) se trata de alusiones fugaces a María, refiriéndose a ella como Virgen o denunciando el culto a las imágenes. De hecho, las preocupaciones de las homilías se refieren tanto al mal de la desobediencia al monarca (se consagran a este tema 56 páginas), como al peligro de la idolatría (105 páginas). El tema mariano es secundario, marginal y, en conjunto, más bien negativo que positivo. Así debió de ser igualmente a través de gran parte de los años sucesivos. Hubo un tiempo en que predicar la invocación a María suponía poner en peligro la propia vida.

Sin embargo -y ésta es una paradoja histórica típicamente anglicana-, en la predicación del s. XVII se tiene el ejemplo mejor, aislado pero real, del desarrollo del pensamiento y de la devoción a María. Así, en sus discursos, Mark Frank (1613-1664) presenta a María como instrumento y canal de nuestra salvación, figura del pueblo creyente de Dios, la que trae al mundo las bendiciones de Dios, santuario de la presencia de Dios. Parece ser que él ve una analogía entre la concepción virginal de Cristo y el nacimiento de Cristo en el alma cristiana por medio de la fe, y que asocia estos pensamientos a la presencia de Cristo en la eucaristía.

Si tomamos la predicación de Frank y los escritos de A. Stafford (t 1635) como auténticamente anglicanos -y Stafford afirma explícitamente que lo es-, siempre se puede esperar un desarrollo de la doctrina y del culto tal como se perciben entre los anglicanos de nuestro tiempo, apreciando igualmente su florecimiento. Hoy es posible, aunque no frecuente, en ciertos lugares más abiertamente que en otros, hablar de María en una reunión de anglicanos abiertos.

Pero el largo silencio o la reticencia de los predicadores no fue total. La liturgia anglicana ofrecía ocasiones para un discurso mariano; y William Clagett, predicador en Gray's Inn, nos asegura en su discurso sobre el culto de la Virgen y de los santos (1686) que los predicadores aprovecharon esta oportunidad. "Por lo que se refiere a la virgen María en particular, reconocemos con los hombres y con los ángeles que ella fue bendita entre las mujeres, ya que engendró al Salvador de la humanidad y al Señor del cielo y de la tierra; porque no sólo fue madre, sino virgen madre de nuestro Señor, al que concibió por obra del Espíritu Santo. Y puesto que esta confesión, tan honrosa para ella, es inseparable de una recta fe respecto a nuestro Señor Jesús, nosotros la repetimos no sólo en el aniversario de la anunciación, sino frecuentemente en nuestros discursos y todos los días en el Credo "4.

Vale la pena indicar que la predicación que mencionamos se detiene imprevistamente frente a la invocación de María. El citado pasaje de Clagett es realmente una denuncia de dicha invocación, en contra de Bossuet. Recomendar la invocación a María en un discurso era cosa muy peligrosa. Se dice que en 1621 lo hizo Richard Montague en un discurso pronunciado en presencia del rey Jacobo I. Fue denunciado por Antonio de Dominis, arzobispo católico apóstata, y le costó mucho trabajo disculparse de esa acusación. Puede pues decirse que la predicación no haya sido una fuente de difusión del tema mariano en el patrimonio de fe anglicano, sino tan sólo un testimonio de su presencia.

b) El culto.
El desarrollo del tema mariano en el culto anglicano no fue posible desde 1662 hasta nuestros días. En efecto, desde que el Prayer Book recibió su forma estereotipada, nadie puede cambiar una sola palabra del mismo sin el consentimiento del parlamento. Y éste, hasta 1975, no ha permitido ningún cambio. En los últimos años se ha revisado la liturgia anglicana y ahora es leal, aunque facultativa, su nueva forma -el Alternative Service Book (= ASB [Ritual o libro alternativo de la oración], 1980)-. Es evidente que las doctrinas que allí se expresan de modo explícito o implícito son auténticamente anglicanas y compatibles con el Book of Common Prayer. Pero ha habido un propósito y un intento serio de introducir en él una estructura más católica, con ideas y prácticas católicas, con vistas a una futura liturgia común como consecuencia de la unión con Roma. Es ésta la expresión más auténtica y más clara de las líneas y de los límites que separan al culto anglicano del católico 5.

La fe eucarística del ASB podría definirse como presencialista, en contra de la substancialista de los católicos. En este sentido le hace eco el Agreed Statement (Declaración conjunta) del ARCIC.

Sus oraciones de alabanza, como las del Common Prayer Book (= CPB), son espléndidas. Las invocaciones a los santos han sido excluidas desde el principio hasta el final de las 1.291 páginas. El ASB tiene su propio calendario, que imita abiertamente al católico, con las categorías tradicionales de apóstoles, mártires, confesores pontífices y no pontífices. Pero aquí los doctores se convierten en maestros y se escoge solamente a tres para hacer compañía a Agustín, Basilio, Tomás de Aquino, etc., a saber: Richard Hooker, Juan y Carlos Wesley.

Las solemnidades se convierten en festivals y fiestas mayores. Hay fiestas del Señor, de los apóstoles y evangelistas, de san Juan Bautista, santa María Magdalena, san Esteban y los santos Inocentes. En esta lista encontramos el 8 de septiembre a la b. virgen María. La Anunciación y la Purificación, como en el calendario romano, se convierten en fiestas del Señor. En este esfuerzo de equilibrio o de acentuación obtienen más ventajas los romanos que los anglicanos, ya que aquéllos tienen otras muchas formas para mantener la debida acentuación de la calidad mariana innata de estas dos fiestas. Desde un punto de vista específicamente mariano, son notables las líneas litúrgicas presentes en el ASB.
La doctrina anglicana tradicional sobre la comunión de los santos se mantiene plenamente, en el sentido de que se da gracias a Dios por los santos, se pide al Señor que podamos seguir su ejemplo y participar de su gloria. Pero nunca se dirige a ellos la plegaria. Perfectamente idéntica es la actitud con María. Se la puede llamar bienaventurada y honrarla como a la criatura más privilegiada, debido a su relación con el Señor, pero nunca es posible dirigirse a ella o consentir que nuestro culto mariano se convierta en hiperdulía. Se trata de una actitud que no ha cambiado en nada desde el S. XVI.

Se le ha dado mayor relieve a la fe de María, a su humildad y contemplación. Siempre se reconoce su virginidad y su maternidad divina.

Se advierte un ulterior paso hacia atrás en lo que se refiere a la idea de la concepción inmaculada de María, por el hecho de que se suprime la fiesta de la Concepción (8 de diciembre, en el CPB). Se elimina de este modo uno de los motivos católicos para su definición, es decir, su inclusión en las liturgias precedentes:

"Cum nonnisi de Sanctis Ecclesia dies festos concelebret" (bula Ineffabilis Deus). En este mismo contexto se suprime la fiesta de la Natividad de María, mientras que se conserva la de san Juan Bautista. Se añade también la fiesta de san José. Es interesante observar la atribución o el título que le confiere el calendario: esposo de la b. virgen María; también a Ana se la llama madre de la b. virgen María.

En la colecta del 4.0 domingo de adviento se lee la expresión "llena de gracia", que hasta ahora era considerada como la interpretación católica de kejaritoméne (Lc 1,28), y se sugiere esta misma idea en la colecta de la Visitación. Sin embargo, en el texto evangélico sigue figurando -y se destaca en un prefacio particular (p. 154)- la expresión: "O favored one"(Oh tú, favorita). Se propone a María y a José como modelos de vida familiar (p. 155).

No creemos que sea irracional concluir que el ASB no hace más que canonizar, como alternativa libre, la enseñanza de los teólogos carolinos y del movimiento de Oxford. El problema mariano era crucial para Newman y para Pusey. El anglocatólico moderno se encuentra en la misma encrucijada y prefiere a Pusey. Para ello puede apoyarse plenamente en el culto anglicano autorizado. Pero no es eso todo. Recuérdese la distinción que hemos mencionado antes entre anglicanos teóricos y anglicanos realistas. La extensión del culto (por pequeño que sea en este contexto) se realizó por caminos no oficiales en virtud de una desobediencia profética a la regla litúrgica del parlamento. El mismo ASB, en su introducción al calendario, dice: "Se le permite al Ordinario, que está sometido a todas las normas de la Convocatoria provincial, aprobar las fiestas que puedan celebrarse localmente". Es como abrir un portillo. Y será la gente misma la que tenga que resolver el problema de la invocación. Actualmente no hay ningún motivo para pensar que ésta pueda introducirse en el culto oficial y que la gente lo quiera. Sin embargo, la extensión no oficial y tolerada del culto en sentido mariano es digna de atención. Se trata de un movimiento de minorías, pero algunos líderes y personas influyentes lo están fomentando. El mismo arzobispo de Canterbury tomó parte en una celebración mariana en el santuario de Nuestra Señora de Walsingham (situado junto al católico), que acoge todos los años a millares de personas. En esto van abriendo camino las comunidades religiosas; algunas de ellas llevan títulos marianos (incluido el de Siervas de María). La práctica del rosario no es rara entre ellas. Hay una Sociedad de María con cerca de 5.000 miembros. También hay que señalar una participación anglicana en algunos congresos marianos [I Ecumenismo].

c) Los escritos de los estudiosos y maestros.
Con esto se intenta abrazar toda la tradición escrita, toda la teología anglicana como tal, después de cuatro siglos y medio de la reforma. Deberían encontrarse aquí las corrientes teológicas de las fuentes luterana, calvinista y zwingliana del segundo hilo. Tenemos también aquí el gran depósito del que hablaba Newman cuando era anglicano ("... Un vasto patrimonio, pero sin inventario": Prophetical Office, 1837) y los centenares de trabajos teológicos que se han publicado desde entonces 6. Toda esta literatura es un mare magnum, en el cual se da muy poca o ninguna atención al tema mariano y donde no se advierte ninguna señal de evolución en la doctrina sobre María. Es verdad que Mark Frank fue creativo (cf supra), y que sir Edwyn Hoskyns, que tuvo una obra fecunda, fue original con el tema de una nueva familia fundada al pie de la cruz 7; pero fuera de estos dos casos hay muy poco: el tema mariano fue siempre considerado como marginal, aunque digno de cierta atención.

Las fuentes y los recursos son perennes. Siempre cabe la sorpresa de encontrarse con un libro anglicano importante sobre María (Mascall, de Satgé, Lancashire, Carleton), pero son libros solitarios y no sistemáticos, que no añaden nada a la mariología anglicana.

Naturalmente, se pueden considerar los escritos marianos anglicanos para poner de relieve sus características. Es lo que ha hecho el canónigo Allchin de Canterbury. He aquí sus resultados: aunque secundario, el problema de la mariología es un elemento inherente a la estructura entera de la fe cristiana; hay tres temas típicos en los escritos marianos anglicanos posteriores al 1600: se ve siempre a María en relación con la encarnación; se la considera como el tipo de todo cristiano (fe, oración, receptividad y fecundidad de la creación); el hecho de que fuera madre de Cristo es el fundamento de su presencia en la iglesia, especialmente en la eucaristía.

Allchin añade: "A algunos escritores anglicanos de diversos siglos les ha parecido que este tema estaba relacionado tanto con la plena inteligencia de la iglesia y de la naturaleza del hombre como con el modo con que el hombre puede responder a la revelación de Dios"8. Este resumen sincero puede suscitar la esperanza de que la mentalidad de Mark Frank y de Anthony Stafford siga teniendo una influencia significativa en la Comunión anglicana.

La última frase de Allchin trae a la mente una coincidencia en la historia del pensamiento mariano anglicano. Vale la pena recordarla. A saber: cuando se dio un elevado aprecio de la iglesia y de su estructura, también floreció el tema mariano; pero cuando se debilitaron los ideales eclesiales, también disminuyó de tono el pensamiento mariano.

Así, por ejemplo, a lo largo de todo el s. XVIII disminuyó y tendió a desvanecerse el ideal de una iglesia divina e independiente. Al mismo tiempo, el pensamiento mariano quedó como sepultado en el olvido.

Llegó entonces la explosión de catolicidad que se conoce con el nombre de movimiento de Oxford. Resurgen en la mente anglicana la dignidad divina de la iglesia y al mismo tiempo una nueva conciencia de la dignidad de María. Apenas oyen el discurso de John Keble sobre la apostasía nacional (1833), los teólogos carolinos resurgen de sus sepulcros. Y vuelve María, para no dejar ya nunca más a la Comunión anglicana. Este fenómeno extraordinario podría parecer un efecto sin causa. Pero puede compararse con la chispa que se desprende de un pedernal y que aviva el fuego escondido bajo las cenizas. Éste fue el pensamiento de Newman 9. En el apéndice de una de sus cartas se lee una especie de profecía. Aunque no es suya, confirma su pensamiento y sostiene la teoría de que los ideales de la iglesia y los de María estaban sepultados juntamente y juntos iban a resucitar. Hoy este acontecimiento se ha olvidado o al menos se ha silenciado, pero puede tener un gran significado para nuestros días.

"El reverendo W.J. Copeland recoge esta predicción. Recuerdo al buen Mr. Sikes, rector de la parroquia anglicana de Guilsborough y venerado líder del partido de la Old High Church, que murió en 1834. Un día me llevó al refectorio de la casa parroquial, en Hackney, y me confió sus opiniones sobre la situación y las perspectivas de la iglesia. En toda mi vida no recuerdo una conversación que me haya impresionado más que aquélla. Debió de ser por el año 1833 cuando tuvo lugar esta predicción. Hela aquí.

Creo que puedo decirte algo que probablemente podrás ver tú, que eres más joven que yo. Yo no, porque pronto me llamarán fuera del escenario. Por cualquier parte del país que voy, veo entre el clero a no pocos hombres buenos y dignos de estima. Muchos de ellos se muestran solícitos y deseosos de hacer el bien. Pero en su enseñanza encuentro una misma laguna: todos se callan una gran verdad. Nadie, por lo que yo sepa, habla de la santa iglesia católica. Creo que los motivos de este silencio son principalmente dos. La iglesia se ha mantenido fuera de la vista, bien por el establecimiento civil de su rama que existe en este país, bien por una falsa caridad con los disidentes. Pues bien, esta gran verdad es un artículo de fe. Si es así, enseñar el resto del Credo excluyendo este artículo significa destruir la analogía o la armonía de la fe: tén analogían tés písteos. Esto no puede hacerse sin consecuencias muy graves. La doctrina es de la máxima importancia... Judicialmente, un día no lejano tendrá sus compensaciones. Mientras que hoy los demás artículos del Credo parecen haber ensombrecido al de la iglesia, mañana, cuando se le proponga de nuevo, éste absorberá a los demás. Hoy no se oye ni una sola palabra sobre la iglesia; pero pronto los que vivan no oirán hablar de otra cosa y el futuro desarrollo de esta doctrina quizá sea proporcional al silencio que hoy la envuelve. Hoy nuestra confusión se debe probablemente a su ausencia; mañana su despertar suscitará una mayor confusión. Incluso tengo miedo de contemplar las consecuencias de este acontecimiento, especialmente si tuviera que llegar de forma imprevista. ¡Ay de aquellos que, en los designios de la Providencia, estén llamados a explicar esta doctrina! Este punto de fe debería constituir, más que todos los demás, el objeto de la catequesis y de la formación. La doctrina de la iglesia y el privilegio de pertenecer a ella no pueden explicarse desde el púlpito, y los que tengan que explicarlo se sentirán como desorientados, sin saber dónde dirigir la cabeza. Siempre serán mal comprendidos y mal interpretados. Desde todos los puntos del país se levantará un solo grito contra el papismo. La doctrina será impuesta a unas mentes no preparadas y a una iglesia sin catequizar. Algunos la acogerán como una bonita teoría que está por los aires; otros se asustarán y se escandalizarán y la rechazarán. Todos tendrán necesidad de un guía, pero no se sabe dónde podrán encontrarlo. No sabemos cómo podrá proclamarse semejante doctrina la primera vez; pero las potencias del mundo pueden de algún modo volverle las espaldas, y esto conducirá probablemente a los efectos que he descrito" 10

El cumplimiento detallado de esta profecía debió de parecer casi milagroso y el retorno de María sobrepasó todas las esperanzas. No sorprende el hecho de que para Newman y para muchos de los convertidos de Oxford el problema crucial fuera el de María' 11. En su viaje de Canterbury (o de Oxford) a Roma, el influjo de María es claro, inmediato y personal. El último trozo de este viaje es The Development of Doctrine (El desarrollo de la doctrina). Lo había comenzado, si no en el papel en su mente, bajo la guía de María; en un discurso que pronunció en Oxford el día de la Purificación (1843) con el título The Theory of Developments in Religious Doctrine (La teoría de los desarrollos en la doctrina religiosa), partiendo del texto "María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón", escribe: "La fe de María no se limita a un rendimiento pasivo en manos de la Providencia y de las revelaciones de Dios. Como informa el texto, ella meditaba en esas cosas. Se convierte así en el modelo de nuestra fe, tanto en la aceptación como en el estudio de la verdad divina... No basta con consentir. María profundiza... Simboliza no sólo la fe de los iletrados, sino también la de los doctores de la iglesia, que tienen que investigar, sopesar y definir, y no sólo profesar, el evangelio, trazando los límites entre la verdad y la herejía..." 12.

Newman hablaba como anglicano. Si algún día es declarado doctor de la iglesia, podremos afirmar (por el hecho de que no tuvo nada notable que repudiar al hacerse católico) que, con María, él nos ofreció una aproximación auténticamente católico-anglicana al desarrollo de la doctrina y a la definición de una línea divisoria entre la verdad y la herejía.

d) La vida de los santos y confesores.
Es éste un reconocimiento de la fuerza de la santidad personal en el desarrollo del patrimonio de fe. Se trata de una nueva aproximación. El violento ostracismo del culto a los santos y la abolición de la práctica de la canonización habían debilitado la conciencia anglicana del dinamismo de la santidad. Pero la realidad no se había extinguido. En la vida de los santos anglicanos se enriqueció y se dilató verdaderamente la herencia de la fe. En el nuevo calendario (ASB) hay 20 santos anglicanos. En algunos de ellos (Cramer, Bunian, los dos Wesley) difícilmente se podrá descubrir una dimensión que desarrolle el patrimonio mariano. En otros (Hooker, Andrewes, Jeremy Taylor, Thomas Ken, John Keble) se advierte una gran veneración a María, que ciertamente influyó en su crecimiento en la gracia y el amor.

e) Las declaraciones de los concilios.
Ésta es hoy una afirmación ininteligible, ya que hasta los últimos años el único cuerpo anglicano que pudiese tratar de temas doctrinales era la Convocación, y el paso a la Asamblea y luego al Sínodo no constituía un concilio. Tampoco la Lambeth Conference fue nunca reconocida como concilio.

Sea cual fuere el significado que se le dé a esta expresión, considerada la negativa de la Convocación a aceptar las instancias del obispo Gore para que fuera declarada artículo de fe la virginidad de María (29 abril 1914; cf From Gore to Temple, de Michael Ramsey, p. 82) y considerando la acogida benévola que se le hizo a la Doctrine in the Church of England (Doctrina en la iglesia de Inglaterra), con sus insinuaciones que manifestaban dudas sobre este mismo tema (6 enero 1938), no es posible pensar que un concilio anglicano haya desarrollado su propia herencia de fe en una dirección mariana.

IV. Situación actual


La exposición de todo el patrimonio de fe del anglicanismo implica la posibilidad de no pocos conflictos de fe. Efectivamente, ésta es la situación actual tanto en el terreno del pensamiento mariano como en cualquier otro terreno. El pensamiento mariano católico es solamente uno entre otros muchos. Se da una comprensibilidad a la que resulta bastante difícil en muchas ocasiones asignar algunos límites. Pero en la doctrina mariana los límites están claros. Los dogmas marianos (la inmaculada concepción y la asunción a los cielos) no pueden ser aceptados como dogmas por los anglicanos; como opiniones teológicas, sin embargo, entran perfectamente en el ámbito de la comprensibilidad. La virginidad de María parece también moverse en esta dirección, lo cual sería una verdadera tragedia desde el momento en que representó siempre un rasgo característico de la doctrina anglicana. El contenido de la palabra Theotókos se va ofuscando en la medida en que se va debilitando la doctrina de la divinidad personal de nuestro Señor. Es imposible decir hasta dónde se ha llegado en este campo. Tan sólo cabe esperar que la publicidad que se le ha dado a esta herejía esté en proporción inversa a su valor de supervivencia.

No nos encontramos frente a una situación completamente nueva. "El espectro de la fe anglicana -escribía el profesor anglicano Hodges en 1955- presenta una serie continua e ininterrumpida de matices desde un extremo al otro" 13. Este pluralismo fue siempre inherente al anglicanismo, y ya Newman predijo los tristes efectos que habría de tener en la teología anglicana. Ofrece ventajas y desventajas. Los escritores marianos anglicanos son hoy más numerosos y albergan mayor confianza. La tolerancia es universal, "desde un extremo al otro". Ya no se considera ninguna extravagancia el hecho de tomar en serio el tema mariano. Pero la mariología, como estudio sistemático, no ha adquirido todavía derecho de ciudadanía y podría ser considerada como una acentuación fuera de lugar, que revelase una falta de sentido de proporción. No obstante, hay escritores (por ejemplo, el doctor Eric Mascall) cuyas enseñanzas marianas no se distinguen en nada de la de los escritores católicos romanos, excepto, como es natural, en el campo del valor vinculante de los dogmas marianos.

Finalmente, se puede pensar en la aparición de una mariología anglicana que tenga las características descritas por el canónigo Allchin, la exuberancia de Anthony Stafford, la perspicacia de Mark Frank y la orientación escriturística de sir Edwyn Hoskyns. Y esto es una cosa importante. Pero más importante es la presencia de María en la oración y en la devoción personales anglicanas. La situación presente está llena de posibilidades y la oración es la respuesta a este problema, como a todos los demás.

V. Aspectos ecuménicos


El alma del trabajo ecuménico, aquí como en otros terrenos, es la oración y la conversión del corazón. La dimensión mariana del trabajo ecuménico en Inglaterra y en todos los lugares en que existe la Comunión anglicana depende de la oración y de la eclesiología. La oración anglicana oficial, como se ha visto, promete más bien poco. Pero la oración no oficial es otra cosa. Algunos anglicanos -no muchos, pero en número significativo- alcanzan y superan la barrera histórica de la invocación a María. Ha vuelto a aparecer entre ellos el rosario. Hasta ahora se le reza en forma privada, probablemente con mayor frecuencia en las comunidades religiosas creadas como consecuencia del movimiento de Oxford. No hay signos que indiquen que se vaya haciendo popular, pero hay estímulos en ese sentido. Recientemente, un escritor metodista muy conocido, J. Neville Ward, ha publicado un libro en el que no sólo explica y recomienda el rosario, sino que afirma que lo ha conocido en la práctica 14.

La veneración a María es ahora mucho más común y pública que antes, especialmente en Walsingham. En los encuentros de oración ecuménica que se van abriendo camino por todo el país hay un diálogo implícito cuando los católicos introducen o impiden intencionalmente la introducción de oraciones a María. Tenemos además un continuo aprecio espiritual recíproco, más importante que los diálogos oficiales de las comisiones.

En el nivel de la eclesiología se da un fenómeno inesperado en la bienvenida que algunos teólogos anglicanos le han dado al título de madre de la iglesia. Por su misma naturaleza, este título de la Virgen no podría ser aceptado por los anglicanos. Sin embargo, el profesor John Macquarrie -uno de los teólogos anglicanos más eminentes- ha dicho lo siguiente: "Madre de la iglesia es el título que durante el concilio Vat II proclamó el papa Pablo VI como propio de la la Virgen, y yo creo que ese título particular ofrece mejor que cualquier otro una interpretación del papel de María, en el que podrían ponerse de acuerdo los católicos romanos, los ortodoxos, los anglicanos y los protestantes" 15. Otros expresan opiniones afines. Desde los tiempos de Hoskyns (1882-1937) estaba ya presente esta idea, aunque no se le hacía mucho caso. Ahora hemos de añadir al gran nombre de Hoskyns, los de Mascall, de Satgé, Allchin, Lancashire y otros 16.

Siempre a nivel teológico debe señalarse otro fenómeno inesperado en el éxito de la Ecumenical Society of the Blessed Virgin Mary (Sociedad ecuménica de la b. v. María). Fundada por el laico católico Martin Gillet en 1969 a fin de reunir juntos a católicos y a no católicos en un encuentro-diálogo mariano dentro de un marco litúrgico-teológico, atrajo desde el principio a oradores y representantes de alto rango y cualificación: anglicanos, metodistas, ortodoxos, bautistas, judíos y otros.

Muchas de sus conferencias se han publicado ya en opúsculos y forman la fuente mejor y más significativa de informaciones sobre la convergencia del pensamiento mariano católico y no católico.

De todos los obstáculos a la unión entre la Comunión anglicana y la iglesia católica, los más definidos e insuperables son los dogmas marianos de la inmaculada concepción y de la asunción. No es de extrañar que en el diálogo oficial el tema mariano se haya evitado siempre y que la única referencia a María sea la Agreed Statement on Authority (Declaración conjunta sobre la autoridad), en donde se admite que no hay acuerdo sobre los dogmas marianos.

En la vida de oración -en la que los cristianos deberían encontrarse unidos, ya que comulgan juntos con el único Dios- la línea divisoria es la invocación. También este hecho parece inmutable, desde el momento en que implica una doctrina distinta sobre la comunión de los santos. Pero aquí el contraste no es tan fuerte. En ciertos lugares la contradicción se ha eliminado volviendo a introducir el rosario. No por esto hemos de limitarnos a decir que "el corazón tiene sus razones". Sin embargo, nos conforta la esperanza que expresaba el cardenal Künig: "Una verdadera devoción a María será el signo de que los cristianos han vuelto a descubrir la fuerza del corazón y la comunión del pensamiento. Y ésa será la hora de gracia de la reunificación de todos los cristianos separados" 17 [1 Reforma].

NOTAS:

1 Ess. Crit. and His!., v. 11, Longmans Green, Londres 1980 (escrito en 1841), 250 -
2 El año 1534 fue cuando Enrique VIII se autodenominó cabeza de la iglesia en Inglaterra, y el año 1662 fue el de la última edición del Prayer Book -
3 Lambeth Conference 1968, SPCK, Londres 1982 (citado por gentileza de H.G. Robert Runcie, arzobispo de Canterbury) -
4 Cf More-Cross, Anglicanism, SPCK, Londres 1962, 535s -
5 "Cuantos quieran conocer el pensamiento de la iglesia de Inglaterra en el último cuarto del s. xx, lo encontrarán seguramente en este libro como en las primeras formulaciones" (ASB, Prólogo, 10) -
6 Cf M. Ramsey, From Gore to Temple, Longmans, Londres 1960; R.J. Page, New Directions in Anglican Theology, Mowbrays, Londres 1967 -
7 The Fourth Gospel, v. II, Faber and Faber, Londres 1939, 631 -
8 One in Christ 5/3 (1969) 275-290 -
9 Ess. Crit. and Hist., v. l, Longmans Green, Londres 1890, 293 -
10 Letters and Correspondence v.
11, (ed. Anne Mozley), Longmans Green, Londres 1891, 483s -- 11 "Vosotros decís, como yo dije hace años: Este amplio mundo relativo a la b. Virgen... fue para nosotros el punto crucial particular del organismo romano" -
12 University Sermons, Longmans Green, Londres 1892 (new edition), 312-313 -
13 Anglicanism and Ortodoxy, SCM, Londres 1955, 27 -
14 Five for Sorrow, Ten for Joy, Epworth Press, Londres 1971 - 15 Principles of Christian Theology, SCM, Londres 1966 -
16 Cí` Mar (1975) 281-290 -
17 Entrevista en Messaggero di S. Antonio (1980) 5,8.
G. Corr

BIBLIOGRAFÍA. TRASFONDO HISTÓRICO: Bright-Goldsmith, Liber Precum Publicarum, Rivington, Londres 1876; Moorman J.R.H., A History of the Church in England, Black, Londres 1967; Wand J.W.C., La Comunione anglicana; Chadwick O., 77íe Reformation, Penguin, Harmondsworth 1977; Constant G., La Reforme en Angleterre, 2 vols., Perrin, París 1930; Alsatia, París 1939; Hughes P., The Reformation in England, v. 111, Hollis and Carter, Londres 1954; Gallo I., Maria nella letteratura inglese del 600, Ed. Marianum, Roma 1976; Cwiertnak S., La Vierge Marie dons la tradition anglicane, Fleurus, París 1958; Church R.W., The Oxford Movement, Macmillan, Londres 1932; Newman J.H., Apologia pro vita sua (cc. II-IV), Vallecchi, Florencia 1967; Brendon P., Hurrell Froude and the Oxford Movement, Paul Elek, Londres 1974. SITUACIÓN ACTUAL: Para comprenderla, cf Sykes S.W., The Integrity of Anglicanism, Mowbray, Oxford 1978; para estudiar el aspecto ecuménico/ mariológico, cf Papini G.M., Linee di teologia ecumenicomariana in Oriente e in Occidente, sec. Anglicanesimo, 95-123; AA.VV., ME 16 (1980) 2; Corr G. M., La doctrine mariale et la pensée anglicane contemporaine, en MARIA III, 713-731; Reynolds Smythe H., Maria nella spiritualitá anglicana, en AA.VV., Maria nella comunitñ ecumenica, Ed. Monfortane, Roma 1982, 93101; L. Iglesias A., Significación de María en la Iglesia Anglicana, en Esi Mar 22 (1961) 125156; Cristología y mariología de un anglicano "casi católico" : John de Satgé y su "Mary and the Christian Gospel"; en EstMar 47 (1982) 191-233.

Artículo tomado de MERCABA
 

lunes, 6 de agosto de 2012

EL PRINCIPIO BÍBLICO DEL PEQUEÑO NÚMERO

NORBERT LOHFINK

“Nuestras iglesias están cada vez más vacías. Disminuyen las vocaciones a la vida religiosa. La práctica religiosa es cada vez menor en cada vez mayores capas de la población. Y, como consecuencia de todo este panorama, se apodera de los creyentes una difusa e incómoda sensación de desánimo. Tal es la percepción que podemos tener cuando echamos una ojeada a la situación de la Iglesia. Se entiende, claro está, de la Iglesia del así llamado primer mundo. Porque en los países del así llamado tercer mundo la vitalidad de las comunidades cristianas es mucho mayor. En una conferencia pronunciada en un congreso de abades benedictinos, el autor del presente artículo, biblista de reconocido prestigio, afronta toda esta problemática. Y lo hace originalmente, relacionándola con la idea bíblica del pequeño número, del resto. Habrá que saber ver en todo ello la obra de Dios, quien empieza siempre por realidades pequeñas y las hace crecer. Y habrá que evitar también que el pequeño número no sea consecuencia de la desidia humana, que puede malograr la obra iniciada por Dios.”

Kleiner werdende Konvente und das biblische Prinzip der kleinen Zahl, Die beiden Türme. Niederaltaicher Rundbriefe 37 (2001) 66-81.

En uno de los documentos preparatorios de este capítulo general se lee: “la situación de nuestros monasterios es un espejo de la situación general de la Iglesia en nuestras latitudes”. Las iglesias y los monasterios se vacían. Las parroquias no siguen rumbos diferentes. Pronto parecerá normal en Alemania (y, tal vez, sea lo más acertado teológicamente) lo que recomendaba el obispo de Hildesheim: que el domingo se celebre una sola Eucaristía en las parroquias. Si no se reúnen más fieles, es importante que celebren la Eucaristía como una comunidad.

Percibí los primeros síntomas de esta evolución hacia la disminución numérica hace unos 30 años. Después de trabajar muchos años en Roma, encontré el mundo cambiado al regresar a casa. Del interés vital por la Biblia no quedaba ni rastro, ni entre estudiantes ni entre laicos. Los sacerdotes de Frankfurt me aconsejaron que me pasara a la sociología o a la psicología. Los obispos no dieron facilidades económicas para un proyecto misional bíblico. ¿Se había rendido la Iglesia y por ello habían descendido drásticamente los números?

Por otro lado, un grupo de laicos, que querían fundar una comunidad de base donde se volviera a celebrar un servicio religioso digno, me pidió si no podría ser yo su sacerdote. Muy pronto hice la doble experiencia de una gran iglesia que se iba reduciendo en un automatismo letal y de la fascinación que ejerce el empezar de nuevo, difícil pero lleno de espíritu y radiante de esperanza.

Recuerdo un video de la “comunidad integrada”, titulado “La nueva ciudad”, que intentaba hallar el hilo conductor del proceder de Dios en este mundo, a través de la historia de Israel y de la Iglesia. Su lema era: “el principio bíblico del pequeño número”:
Abrahán con su familia, segregado del confuso mundo de pueblos; el resto de Israel, regresado de Babilonia; los apóstoles y la comunidad primitiva, nuevo resto de Israel.
Después del crecimiento de la iglesia, los nuevos pequeños comienzos de la realidad monacal y de los anacoretas del desierto; Benito y sus monasterios; las órdenes mendicantes; las órdenes de los tiempos modernos; y hoy en día las nuevas comunidades.

Cuando Dios quiere obrar algo en la historia, empieza por un pequeño número. Así adquirió para mi un sentido positivo y esperanzador la experiencia del pequeño número.

El principio bíblico del pequeño número irradia esperanza.

Claro que el hecho de que Dios empiece siempre por el pequeño número no implica que, dondequiera que se den números pequeños, esté Dios allí para empezar de nuevo. Los números pequeños pueden significar igualmente el fin de algo que empezó por un pequeño número y alcanzó grandes dimensiones, pero que la sopa perdió su sabor por habérsele echado demasiada agua. No se debe empobrecer el bíblico principio del pequeño número.

EL PEQUEÑO NÚMERO COMO INICIO DE LAS OBRAS DE DIOS

En su libro ¿Necesita Dios a la Iglesia?, muestra mi hermano Gerhard cómo Dios quiere la libertad de los que se asocian a su revolución. Esto pide tiempo y Dios tiene todo el tiempo para empezar con cosas pequeñas, dando así una oportunidad a la libertad. Las revoluciones no tienen tiempo. La vida de cada uno tiene una duración limitada y la masa es inerte. Los cambios rápidos sólo pueden lograrse por la fuerza. Sólo Dios puede cambiar radicalmente el mundo y la sociedad humana sin suprimir la libertad. No intenta cambiarlo todo de una vez. Empieza a partir de cosas pequeñas. Establece un lugar bien visible, donde el mundo se convierte radicalmente en lo que debe ser según su punto de  vista, y a partir del cual podrá extenderse la novedad. No por indoctrinación e intentos de persuasión u opresión. Todos deben poder ir y ver. Si lo desean, podrán dejarse introducir  en la obra de salvación obrada por Dios. Sólo así se respeta la libertad. Esto exige tiempo y Dios se lo toma.

Este es el sentido de la historia de los patriarcas. Según la historia primitiva, la rivalidad y la violencia han ido en aumento. Luego todo se concentra. Gn 12 empieza con la historia de Abrahán. Esta pequeña historia conducirá a la Nueva Ciudad (Ap 21). Al principio una única familia va hacia lo desconocido; pero enseguida sobreviene la promesa (Gn 1, 1-3).

Al principio de la historia salvífica tenemos un diminuto rebaño que vivirá un éxodo y cuyo futuro es promesa.

Esos pocos elegidos son un tesoro para Dios. El tiene tiempo. No todos los hombres deben ser de estos elegidos. Pero, a quienes entran en contacto con ellos, Dios los mide según su reacción (Gn 12,3). Más tarde dirá Jesús: “lo que habéis hecho a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo habéis hecho” (Mt, 25, 40). Los “hermanos más pequeños” no significaban en un principio todos los pobres de esta tierra. La pregunta latente era: ¿qué será de quienes no son de los nuestros? La respuesta es: estos poquitos discípulos del Señor, perseguidos, son tan valiosos a los ojos de Dios, que a los demás les basta reaccionar debidamente ante ellos. Quien viene en ayuda de los discípulos perseguidos de Jesús, colabora con la obra de Dios y pertenece a los bendecidos por el Padre. Quien no, destruye su propia vida. Ese pequeño rebaño de los realmente pobres es lo más importante que tiene Dios en el mundo. Sólo se podrá ayudar a la infinitud de pobres de la tierra si se ayuda a esos poquitos.

Así ocurrió con Abrahán y así sigue siendo. Siempre habrá una sola línea de salvación para las generaciones venideras. Aunque al final se forme un gran pueblo de doce tribus en un gran país. Cuando éste claudique y perezca, sobreviviendo sólo la tribu de Judá, y de ella tan sólo un pequeño resto, deportado a Babilonia, Dios hará que Ciro, rey de los persas, les permita regresar. Y en la destruida Jerusalén empezará Dios con ellos de nuevo. La historia se repetirá. El Israel de Dios volverá a hacerse el sordo a su llamada.

Algún pequeño grupo del pueblo (por ejemplo, la gente de Qumran, cuyos manuscritos descubrimos a orillas del Mar Muerto) se acordará del principio bíblico del pequeño número e intentará vivir como el verdadero Israel. En esta situación hicieron acto de presencia Juan Bautista y el mismo Jesús, promoviendo el verdadero renacimiento de Israel, una vez más en pequeño número.

Jesús es plenamente consciente del principio del pequeño número. A los suyos les llama “pequeño rebaño” (Lc 12, 32). En sus parábolas desarrolla una doctrina teológica del principio del pequeño número, cuando compara el reino de los cielos a un grano de mostaza (Mc 4, 30-3). Una semilla de brassica nigra pesa apenas un miligramo y tiene un diámetro de un milímetro. Esta planta anual alcanza en pocas semanas de un metro y medio hasta tres. Jesús no compara el reino de Dios con la mostaza, sino que se refiere a todo el proceso, de semilla a hortaliza y se remonta desde esta hortaliza a la imagen mística del árbol del mundo, al que acuden los pájaros, anidando en sus ramas. La analogía no es estática: habla de la venida del Reino de Dios. Pero diciendo: Dios empieza por realidades pequeñas.

En la parábola de la levadura (Lc 13, 20s) no sólo compara estáticamente la soberanía divina con el pequeño puñado de fermento, sino con todo el proceso. Las tres medidas, unos cuarenta litros, de harina en que se introdujo el fermento, forman también parte del juego. El resultado final, cuando el pan sale del horno, son unos 50 Kg. de pan, lo que significaba entonces pan para unas 150 personas. Una sola noche le ha bastado al pequeño puñado de levadura para fermentar esta enorme cantidad. Esta parábola aporta algo nuevo. El pequeño principio posee una increíble capacidad de transformación: la potencia de Dios para transformar el mundo y hacerlo sabroso. De esto está seguro Jesús en medio del desconcertado y perdido puñadito de discípulos que le rodea.

No hay fuerza adversa capaz de impedir que el pequeño inicio de Dios llegue a ser grande. Por esto explica Jesús la parábola del destino de la siembra en el campo (Mc 4, 3-8). Está la semilla que cayó en el camino y se la comieron los pájaros. No tenía la menor alternativa. Luego, la que cayó en terreno pedregoso de poca tierra. Creció, pero el sol la agostó. Por lo menos había crecido un poco, pero se acabó. Luego, la semilla entre espinos: creció, pero los espinos la asfixiaron. Según las leyes de las narraciones populares, ahora llega lo importante. La semilla que cayó en buena tierra creció. De cada grano salieron 30, 60 ó 100 granos. De nuevo se refiere la parábola al proceso, del que forman también parte los enemigos del reino de Dios, los fracasos, los rechazos, a pesar de los cuales se impondrá al fin el gran triunfo divino. Jesús conoce muy bien la imposibilidad de la obra divina en este mundo. Además de la pequeñez de los principios, hay que tener en cuenta la oposición masiva. Esta, sin embargo, no acabará con la obra de Dios, que se irá abriendo camino, no sólo en el mundo venidero, sino también en éste.

Las cifras diminutas de Dios están preñadas de esperanza y de futuro. Claro está que no se dan tan solo números pequeños de Dios: también hay, lamentablemente, otras insignificantes cantidades que nosotros, los hombres, hemos producido.


EL PEQUEÑO NÚMERO AL FINAL INFELIZ DE UNA HISTORIA FELIZ

A lo largo de la historia de Israel y de la Iglesia Dios no ha empezado únicamente una sola vez, sino una y otra vez con pequeños números. No quedaba gran cosa de lo que había crecido a partir de pequeños comienzos. No sólo se da un número insignificante al principio, sino también en el final desafortunado de grandes acontecimientos. ¿Tiene que ser así? ¿Por qué?

Fácilmente pensamos en la secuencia irreversible de juventud, vejez y muerte, una ley válida no sólo para cada individuo, sino para los organismos sociales. También éstos se ven sujetos a continuos envejecimientos que, lejos de fomentar la vida, más bien la frenan. También ellos llegan al final. ¿No es ésta la ley general? ¿No deben también las instituciones aprender y aceptar el morir? Estas leyes actúan en la Iglesia y en los conventos.

Tal vez sea ésta la razón de ser de las diversas genealogías de patriarcas que hallamos en el Génesis, al comienzo de la historia de la salvación. No era nada fácil un crecimiento en una dimensión siempre nueva. Cada uno de esos portadores de la promesa, excepto quizá Abrahán, murió sin dejar rastro de sí. Cada vez llegaba algo a su fin. Lo que a partir de Abrahán creció en Isaac, envejeció con éste. Se dividió luego al pelearse los mellizos de Isaac y el embustero Jacob tuvo que exiliarse. Los doce hijos que aumentaron su familia cuando regresó, aportaron algo nuevo al país. Pero de nuevo llegó a su fin cuando el uno fue vendido a Egipto, donde estallaría la hambruna. Todos sobrevivieron, tanto el padre como los hijos con sus familias. Pero era un nuevo comienzo igualmente transitorio, una vez más en el extranjero, donde José los había salvado. Sólo el éxodo de Egipto, bajo Moisés, sacudió ese repetido recomenzar y fue el inicio de algo completamente nuevo.

Cada una de esas tres fases empezó algo nuevo, y luego venía la ascensión y el ocaso. No sólo poseemos los arcos vitales de generaciones, sino el gran arco de toda una realidad social e histórica. Dios mantuvo siempre en la mano el hilo de su propia historia y lo fue devanando. Nada de lo que se fue sucediendo fue una mera repetición.

Las leyes del devenir y transcurrir de las realidades sociales están en vigor donde Dios impulsa su historia. Son leyes naturales que Dios ha puesto en su creación y no piensa revocar. Conducen una y otra vez a puntos del pequeño número, a últimas estaciones antes del final, donde hay que despedirse. Esto no pone en entredicho la obra de Dios, puesto que él ha sembrado diversas semillas en su campo y siempre se da en su entorno un nuevo germen. Un fragmento de esta necesidad de despedirse puede tener lugar tal vez muy cerca de nosotros, en aquellas realidades ricas de tradiciones donde hemos encontrado nuestra patria. Dios se lo puede permitir. En este proceso tenemos una tarea específica. No encuentro mal que algunos asesores, en especial de conventos de monjas sin ninguna vocación desde hace años, las familiaricen con la idea del proceso inevitable hacia el previsible final de la historia de su propia comunidad, llevándolas a aceptar su situación ante Dios: también, en determinadas fases antes de la muerte individual, hay que ayudar a muchas personas a mirar de cara a la muerte y a abandonarse a Dios. Aceptando esta evidencia, algunas comunidades comenzaron a brillar de manera sorprendente en la última fase de su existencia.

Todo esto es verdad. También aquí se realiza la ley del pequeño número. Esto debe aceptarse y así se puede luego vivir y morir. Los números decrecientes muestran que se acerca la hora. No tiene por qué ser un mal fin. Todo esto puede soportarse gracias a la fe en que la obra de Dios seguirá adelante, pues es mayor que el período vital del individuo y de las comunidades (que, en su tiempo, hicieron historia –historia de Dios–, pero cuya hora pasó). Pero esto no es todo. A los pequeños números les puede ocurrir algo distinto que el devenir y el desaparecer.

En la parábola del crecimiento de las semillas ha quedado claro que existen las fuerzas adversas a la semilla que brota. La obra divina sufre desde su humilde comienzo. Aunque se desarrolle, no deja de tener tribulaciones. Cuando la mujer del Apocalipsis ha dado a luz a su hijo, sobreviene una amenaza superior a todos los dolores del parto: el dragón. La mujer es llevada al desierto sobre las alas del águila, donde el dragón no puede dañarla.

Pero éste lucha contra el resto de su simiente, que obedece los mandamientos divinos y se mantiene firme en el testimonio de Jesús. Y es poderoso. Su cola ha barrido ya un tercio de las estrellas del cielo (Ap 12). Al pensar hoy en los números que se han hecho pequeños, tal vez tengamos poco en cuenta la fuerza del dragón y que estamos en guerra.

El AT tiene la imagen del “resto” para los números pequeños. Procede del lenguaje bélico. Al principio del libro de Isaías (1,7-9) se nos presenta plásticamente esta imagen. Podemos datar estas palabras con toda exactitud en el año 701 a.C. La ciudad de Jerusalén es el resto del que habla Isaías. Ya no queda nada más. Dos siglos antes, Asur había conquistado Samaria, anexado el Reino del Norte, borrado definitivamente del mapa diez tribus de Israel, por genocidio e intercambios de población. Sólo quedaba Judá, el reino del Sur, reducido a país vasallo del imperio asirio. Ezequías, tras largos años de equipamiento y preparación logística, había intentado sublevarse, fracasando miserablemente. Asur había conquistado todas las ciudades del país de Judá, destruyéndolas con todos los pueblos. Toda la economía rural estaba agotada, ya que se habían cortado todas las cepas y olivos. Las comarcas de Judá se repartieron entre las naciones vecinas del sur o del oeste. La población de la tierra que no había fallecido fue deportada en su totalidad (unos 200.000 hombres). Jamás regresó: quedó esparcida entre otros pueblos. La región quedó inhabitada. Se convirtió en matorrales donde los filisteos cazaban ciervos. Únicamente Jerusalén quedaba por conquistar. Los ejércitos asirios tuvieron que retirarse porque había problemas en otras partes del reino. Se resarcieron de la retirada con amplias compensaciones. Isaías describe la situación. Todo converge en la ciudad de Jerusalén como el resto que ha
permanecido y que Dios ha conservado.

Despojo de una guerra totalmente perdida.

En el AT, resto significa el pequeño número todavía superviviente. En el antiguo oriente se trata de una imagen propia del mundo de la guerra. Las guerras eran infinitamente crueles. Lo que no se entregaba a la esclavitud era sacrificado. No sólo eran derrotadas las tropas, sino toda la población. “Resto” designaba a los afortunados que, de una manera u otra, habían escapado de la catástrofe. “Resto de Israel” significa, por tanto: ha tenido lugar la guerra, no queda apenas nada de Israel, tan sólo unos pocos han sobrevivido.

“Resto” es, por lo tanto, una denominación de pequeños números, y hace referencia a una derrota al final de una guerra asesina. Atónitos ante nuestros pequeños números, no se nos ocurre a nosotros la idea de que pueda haber tenido lugar una guerra, quizá todavía amenazante. ¿De qué clase de guerra se trata?

Los profetas de Israel no eran ingenuos. No se imaginaban que, en el fondo, sólo se trataba de ensayos de poder de las estructuras políticas. Detrás de estos frentes visibles veían el auténtico desarrollo del frente invisible y más profundo de estas guerras que diezmaban Israel. Si el Israel de Dios era derrotado por fuerzas políticas, esto sólo quería decir que hacía tiempo que había regresado a un sistema del que propiamente se había despedido para siempre. En lucha con su propio destino se convirtió en algo que los asirios podían destruir. Pero Israel no vio nada. Los profetas tuvieron que abrirle los ojos.

Is 1, 7-9 se dirige ahora a Jerusalén. Es pura gracia que Dios haya dejado un resto. Propiamente deberían haber sido destruidos. En realidad, el resto superviviente adoptaba exactamente el mismo comportamiento que había provocado la destrucción de Gomorra. Isaías se dirige a los habitantes de Jerusalén, tratándoles como si de Sodoma y Gomorra se tratase (cf. 1,10).

Luego pasa a hablar del culto de Israel. Isaías no impugna aquí la liturgia como tal, sino que la usa como trampolín para tratar de lo que era realmente más importante, razón por la cual debería encontrar su expresión en la liturgia. ¿Por qué Dios no aguanta más el culto que se le tributa? Porque las manos de los sacerdotes, ensangrentadas por los  animales sacrificados, son manos asesinas. La sangre de las animales se mezcla con la de los hombres.

La única obra de Dios en la historia consiste en formarse un pueblo en el que haya justicia, bondad y solidaridad. Las sociedades del mundo se fundan en la fuerza y terminan en sangre. La verdadera guerra se da entre estos dos proyectos del mundo. Si Israel ha llegado a su fin y sólo sobrevive un pequeño resto al que Dios ha dejado por su misericordia, esto significa que, anteriormente, ha perdido la otra guerra más profunda y ha sido destronado por las sociedades del mundo. Se ha pasado al enemigo y, a pesar de ello, ha sido aniquilado. A lo mejor, por esto ha sido aniquilado con particular crueldad pues, después de haberse adaptado al mundo de los pueblos, seguía sin embargo marcado por su pasado.

Volvamos ahora a la primera parte de la parábola de Jesús sobre la semilla esparcida, que habla de los granos perdidos. Jesús aclaró luego a sus discípulos qué significan el picar de los pájaros, el calor del sol y la congestión de los espinos (Mc 4, 13-19). Se acostumbra a ver aquí diversos tipos de amenaza para la fe. Pero yo hablaría más bien de diversos niveles de seriedad.

Cae la simiente sobre el camino, enseguida viene el pájaro y se la come. Creo que se trata de las personas socializadas tan evidentemente en nuestra sociedad normal que a veces perciben de algún modo lo que les llega de Dios. “Oyen la palabra”, dice Jesús. ¿Cómo podríamos dejar de oír esta “palabra” en nuestro mundo? Ha dejado sus huellas por todos los rincones de nuestra cultura (p. ej., en la arquitectura de las iglesias y en los monasterios barrocos). Pero luego Satanás, bajo la forma de los coloreados pájaros de todas nuestras fluctuantes y chirriantes evidencias, se la ha tragado. Tal vez sean estas personas las más felices de los tres grupos. No han reconocido en realidad nada de lo que se les ofrecía. Aquí no cabe hablar de guerra. Cuanto más superficial y socialmente pueda reinterpretarse la “palabra” en nuestras latitudes, tanto más aumentará el número de estas personas. Hace dos o tres generaciones, muchas de ellas incluso habrían acudido a la iglesia los domingos, pues esto era bien visto en nuestra cultura. Hoy ya no es así: así
puede verse quiénes llenaban antaño las iglesias. ¿Cómo iban en estas circunstancias entrar en un monasterio? Hace ya tiempo que los pájaros les han picoteado la auténtica simiente.

En el segundo grupo, donde hay poca tierra sobre la roca, las cosas van todavía más en serio, y el sol acaba por agostarlo todo. Aquí no sólo se oye la palabra, sino que es “acogida con alegría”. Estos hombres experimentan durante una temporada el gusto por Dios y por la causa de Dios en este mundo. Al principio corren más rápido que los demás y parecen los mejores. Pero están “entregados al instante”. Dependen de la situación. Cuando ésta cambia y al gusto sucede la angustia o la persecución, no están suficientemente enraizados. Ninguna fuerza de contraposición sube desde lo profundo. Se secan. ¿Cómo no van a sufrir dificultades y persecución los que escuchan la palabra de Dios? También el número de estas personas es grande hoy en día. Quizá de modo especial entre los jóvenes. Se encuentra con la guerra; pero pronto es vencida la palabra que había dado fruto. Es más fuerte el temor por la dificultad inherente a la novedad. En el fondo, nos encontramos con la adaptación a un mundo que promete ser más llevadero, el mundo de los muchos, donde uno no debe sentirse aislado. Algunos de los pertenecientes a este grupo incluso pueden entrar en un monasterio y perseverar unos años, hasta que el sol les abrasa tanto que aparece su falta de raíces. De repente, advierten que no pueden aguantar siendo distintos a la mayoría. Nuestra sociedad dominante produce en su fase postmoderna un aislamiento cada vez mayor del individuo, que favorece paradójicamente la presión por la adaptación. Aumenta fácilmente el temor de no hallarse en el lado acertado y no se encuentra a nadie que pueda ayudarle a uno.

El número de los que caen entre espinos es quizá menor y más noble. Se encuentran en el centro de la batalla. La semilla divina ha crecido en ellos. Pertenecen en verdad a la siembra de Dios. Se les puede reconocer, pues ellos mismos lo proclaman. Sólo que, en torno a ellos, crecen muy altos los abrojos. Jesús define exactamente cuáles son estos espinos: el gusto por la riqueza y el ansia por todo lo relacionado con ella (poder, honor, perpetuidad en la tierra). Esto es todo lo contrario del gusto de Dios y su causa. Las opciones básicas de ambos mundos son contrapuestos. Lo normal será que hasta se entrelacen mutuamente. Para servir a Dios se busca la mediación del poder y de la posición. O al revés: para servir a este mundo, se echa mano de la causa divina. Y, sin embargo, ambos mundos son como el fuego y el agua. Es imposible que se ayuden recíprocamente. Su abrazo es mortal. Estos tallos no producen al fin ningún fruto. Estos brotes siguen creciendo en el campo. No se han extinguido, ni picoteados por los pájaros ni abrasados por el sol. No dan fruto. Pero, cuando tenemos que ocuparnos de ellos, nos encuentran en la Iglesia, en los conventos. Toda una comunidad o toda una iglesia puede convertirse también en tal abrojo. Una iglesia, por ejemplo, que se deja abrazar por el estado y la sociedad, dejándose golpear las espaldas hasta tal punto, que acaba por pertenecerles únicamente a ellos. Un monasterio que no se distingue realmente de los demás, con una escuela como todas las escuelas, con hospitales como todos los hospitales, con un estilo de vida como los de clase media. Esto puede ir a la par con un rito completo, ondeante hábito espiritual y clara profesión de fe. La semilla divina se asfixia porque no da fruto. Volvemos con esto al pequeño número. Este puede indicar que se acerca el punto final para la vida de la soberanía de Dios, que faltan fuerzas para seguir viviendo y que un gusto ha ahogado al verdadero.

En la historia que nos narra el AT los pequeños números se originaron precisamente así.

En la situación actual, en la que el reino de Dios ha sobrepasado el marco de un solo pueblo, no tiene porqué repetirse el hecho de que el cambio de Israel en una sociedad de este mundo traiga como consecuencia que la nación y su tierra, según las leyes de este mundo, hayan de ser aniquiladas un día por potencias mundiales más poderosas. Pero el fenómeno del pequeño número se dio entonces y se da ahora. Es la señal de que se acerca un mal final para una buena cosa.

La Biblia considera el hecho de que Dios haya dejado un “resto” como una gracia. Amós había profetizado en nombre de Dios que nadie podría liberarse. Un terremoto recorre el país. La espada matará lo que sobreviva (Am 9, 1. Cf. también: 3,12; 6,9). Tan sólo una vez (5,3) habla de una décima parte que sobrevive (5,3), añadiendo: “tal vez el Señor, Dios de los ejércitos, otorgue su gracia al resto de José” (5,15). La gracia sólo puede consistir en que se frene el camino de la destrucción y esta décima parte no perezca. Si Israel experimenta que, después de tales catástrofes, un resto sobreviva, nos encontramos con una primera señal de una gracia posible, o una nueva ayuda de parte de Dios.

EL PEQUEÑO NÚMERO Y LAS DESCONOCIDAS POSIBILIDADES DE DIOS

Lo que yo desearía decir aquí a modo de conclusión, puede indicarse con el nombre del hijo menor del profeta Isaías, que éste tenía cogido de la mano cuando se dirigió, con el oráculo del Emmanuel, al rey Acaz en la calzada del campo del Batanero, en Jerusalén.

Es un nombre simbólico: Shear Yashub. En su siempre discutible significado se hallan latentes todas las potencialidades que tiene la idea del resto. El nombre, en primer lugar,  es una simple amenaza: si tú, rey sigues así con tu política, conduces a tu pueblo a una derrota tan terrible, que se dirá: “sólo un [pequeño] resto regresará”. En segundo lugar, el nombre puede entenderse como un alivio en la desgracia: seréis derrotados, pero éste no es el final definitivo: “por lo menos, un resto regresará”. La palabra viene a ser entonces una palabra de gracia. Finalmente, en tercer lugar, de acuerdo con la interpretación postexílica, puede entenderse como profecía de la conversión del resto de Israel salvado de las grandes catástrofes: “el resto se convertirá al Dios fuerte”. “El Gibbor”, Dios fuerte, es uno de los cuatro nombres de entronización del hijo mesiánico de la paz (Is 9,5). La palabra “resto” se ha convertido en nombre honorífico del Israel regresado del exilio a Babilonia. Este “resto” llega hasta los días del Mesías. Se le pide a Israel lo que Dios espera de él: convertirse. Todo esto se relaciona con la llamada de Jesús a la conversión (metanoia). Nuestros números, más pequeños aún, nos convierten en “resto”.

La guerra prosigue. Somos diezmados. Pero no estamos acabados. A lo mejor, la próxima estación es la última y la espada de la ira se apresure sobre los que han podido escapar. Todavía estamos ahí como pequeño resto, pero salvado. Y es una gracia que todavía existamos, señal de una nueva ayuda divina. Todo esto vale para las iglesias disminuidas en nuestras latitudes y vale también para los monasterios que se han hecho pequeños. Y, si Dios nos ha permitido seguir viviendo como resto, espera de nosotros lo que significa el tercer nivel de significación del nombre del niño: conversión.

Jutta Hausmann hace ver que, en los textos postexílicos del AT, la palabra “resto” aparece siempre que se habla de conversión. Si Israel sigue todavía existiendo como resto, la conversión garantizará que Dios sigue ayudando a su pueblo y le conduce a una situación de mayor salvación.

En la palabra bíblica del “resto” se une n lo que antes eran dos términos contrapuestos, a saber, el número pequeño como inicio de los caminos de Dios y el número pequeño como mal final de un buen comienzo. El resto de Israel queda abierto a todas las posibilidades divinas. El pequeño número como mal final puede convertirse en el pequeño número como maravilla de un nuevo comienzo. Esto no está en nuestras manos. Todo es gracia, como ya es gracia el que haya sobrevivido un pequeño resto. Nosotros podemos unirnos a esta benévola ayuda de Dios si seguimos su llamada a la conversión.

¿Cómo fue el regreso de aquel resto que volvía de Babilonia? Lo más importante que nos ha dejado este “resto de Israel” es la Torah, que recibió entonces su estructuración. En ella reflexionó el resto que regresó a casa sobre los principios de Israel: la creación, la elección de los padres, el éxodo del extranjero, el Sinaí. En el Sinaí plasmó Israel los  grandes temas a los que debía conducir la conversión: la ley y la liturgia.

Ley, palabra susceptible de malas interpretaciones, significa, en este contexto, el proyecto de una sociedad justa, como Dios la quiere para este mundo. Se halla condensada en el Decálogo y explicada en los tres grandes proyectos de sociedad para Israel: el libro de la alianza, la ley de la santidad y la ley deuteronómica. Aquí el resto de Israel que había regresado a casa describió cómo quiere Dios el mundo de los hombres. Así comprenderá más tarde la multitud mesiánica de la comunidad primitiva, desde Pentecostés, la vida que quiere llevar, siguiendo este proyecto: una comunidad que era un corazón y una sola alma, en la que nadie llamaba propiedad suya lo que poseía, sino que todo lo tenían en común y nadie padecía necesidad (cf. Hch 4, 32-34). Este texto era tan central para san Benito, que lo cita en tres capítulos distintos de la regla benedictina (RB 33, 34, 55).

La misma importancia tiene en el Sinaí el establecimiento de la liturgia. El sentido del Israel que Dios ha conducido a la libertad y a la fraternidad es hacer que la creación desemboque en alabanza de Dios. Por esto se levanta la tienda sagrada y en ella se desarrollan los ritos litúrgicos. Después de Pentecostés, repetición mesiánica de la teofanía del Sinaí, la comunidad primitiva vio también en ello el sentido de su existencia.

Los primeros cristianos no sólo formaban una comunidad y lo tenían todo en común, sino que perseveraban diariamente en la oración en el templo, partían el pan en sus casa y comían unidos con alegría y sencillez de corazón. Glorificaban a Dios y eran apreciados por todo el pueblo (cf. Hch 2, 44-47). El pequeño número del resto salvado está a punto de convertirse en el pequeño número del nuevo inicio establecido por Dios (Hch 2, 47).

Al concentrarse el regreso a casa del resto salvado de Israel en la nueva comunidad y en la nueva alabanza divina, ya no nos encontramos sólo con la primitiva comunidad cristiana, sino con lo que determinó íntimamente la fundación de San Benito. El llama a la conversión: de ella debe salir una nueva vida en una nueva comunidad y una permanente alabanza divina. Esto no es nada nuevo, si lo planteamos desde el punto de vista del tema bíblico del pequeño número.

Todos los detalles que deben tomarse en consideración al enfrentarse con la disminución de los números tienen su peso y no se deben tomar a la ligera. Aquí la objetividad y el coraje tienen la palabra, sin invocar ni una sola palabra de la Biblia. Sin embargo, cada decisión particular debe contar con el mensaje bíblico del resto. Si los números disminuyen debemos darnos cuenta de que, en la guerra de los dos mundos, por lo menos en nuestra latitud, no estamos del lado de los vencedores. Hemos sido derrotados y el combate todavía no ha terminado. Pero el resto que nos ha quedado puede ser una gracia que albergue las insospechadas posibilidades de un nuevo inicio divino. Se nos pide si queremos convertirnos a lo que es genuinamente nuestro.

Es obvio preguntarse de qué “nosotros” se trata. Sigue siendo cierto que la situación de nuestros monasterios no es más que “un espejo de la situación general de la Iglesia en nuestras latitudes”. Si ésta no quiere tenerse por un resto salvado y llamado a la conversión, entonces no sabemos realmente dónde han de crecer nuestras vocaciones y cómo han de aumentar de nuevo nuestros números. La Iglesia y los monasterios son como vasos comunicantes. Pero precisamente por esto deberíamos aprender a ver las cosas desde otro punto de vista. A lo largo de la historia fueron precisamente los monjes y los monasterios los lugares a partir de los cuales se inició la conversión que luego renovó toda la iglesia.

Podemos ser el espejo de la situación global de la iglesia en nuestras latitudes. Pero ¿no podría tener Dios la idea de que en esta iglesia se pueda reflejar lo que empezó en los monasterios? ¿Y precisamente según el principio bíblico del pequeño número?

Tradujo y condensó: RAMON PUIG MASSANA
Tomado de SELECCIONES DE TEOLOGÍA

lunes, 9 de julio de 2012

Ministración en la Hora de la Muerte (LOC p. 384-389).



Ministración en la Hora de la Muerte según el LOC
(Del Manual del LOC).

Esta sección contiene oraciones y ritos para usarse en los momentos inmediatamente antes y después de la muerte de un moribundo. Las tres secciones son la Letanía por los Agonizantes, Oraciones por una Vigilia y Recepción del Cuerpo1.

Además, hay varias oraciones útiles en la sección, como comendatorias [386], etc.

Letanía por los Agonizantes

Esta Letanía es breve pero de buen contenido. Expresa bien los deseos de los creyentes —especialmente familiares y amigos— por uno que está al punto de morir. Es muy importante y tiene un impacto positivo, tanto a los que asisten como —suponemos— al moribundo.

Especialmente se recomiende que el ministro tenga memorizadas la Comendatoria al Momento de la Muerte y la Oración Comendatoria [386]. Las dos son cortas pero buenas y se pueden utilizar fácilmente. Son muy apropiadas para usarlas al momento de morir una persona.

En este contexto debemos notar que en contraste con la Iglesia Católica Romana que tiene bien desarrollado un horario en cuanto a la muerte, sobre el momento en que sale el alma, etc., a un lado, o los protestantes que no aceptan la idea de orar por los muertos, nosotros tenemos la libertad de orar por los moribundos, sin preocuparnos mucho con los detalles de que la persona sí o no está o estuviera muerta o cualquier otra pregunta de este estilo. Es decir, nuestra justificación es que somos llamados a orar por los demás. No hay ninguna razón para terminar nuestras oraciones por una persona que acaba de morir, porque creemos que todos estamos en la mano de Dios; o vivos o muertos estamos bajo su cuidado y si oramos por los vivos, no es ilegítimo o malo orar por los muertos también.

Esto no quiere decir que podemos dominar a Dios o forzarle a hacer lo que Él no quiere hacer, pero es cierto que una de las obras más importantes de la colaboración a que Dios nos ha llamado es la oración. Dios quiere que oremos y toma en serio nuestras oraciones. Por eso no debe molestarnos la cuestión del momento de la muerte. Si una persona ya está muerta o no, podemos orar y seguir orando por ella.




Ministración en la Hora de la Muerte
LOC p. 384-389.

Cuando una persona esté a punto de morir, a fin de proporcionarle las ministraciones de la Iglesia, debe avisarse al Ministro de la Congregación.

Oración por un Agonizante
Dios todopoderoso, mira a este tu siervo que yace en gran debilidad, y consuélale con la promesa de la vida eterna que nos diste en la resurrección de tu Hijo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Letanía por los Agonizantes
Cuando sea posible, es deseable que los miembros de la familia y amigos se unan a la Letanía.

Dios Padre,
Ten piedad de tu siervo.

Dios Hijo,
Ten piedad de tu siervo.

Dios Espíritu Santo,
Ten piedad de tu siervo.

Santa Trinidad, un solo Dios,
Ten piedad de tu siervo.

De todo mal, de todo pecado, de toda tribulación,
Líbrale buen Señor.

Por tu santa Encarnación, por tu Cruz y Pasión, por tu preciosa Muerte y Sepultura,
Líbrale, buen Señor.

Por tu gloriosa Resurrección y Ascensión, y por la Venida del Espíritu Santo,
Líbrale, buen Señor.

Nosotros, pecadores, te suplicamos nos oigas, Cristo Señor: Que te dignes librar el alma de tu siervo del poder del mal y de la muerte eterna,
Suplicámoste nos oigas, buen Señor.

Que te dignes en tu misericordia perdonar todos sus pecados,
Suplicámoste nos oigas, buen Señor.

Que te dignes concederle un lugar de alivio y beatitud eterna,
Suplicámoste nos oigas, buen Señor.

Que te dignes concederle gozo y alegría en tu reino con tus santos en luz,
Suplicámoste nos oigas, buen Señor.

Oh Jesús, Cordero de Dios:
Ten piedad de él.

Oh Jesús, que cargas nuestros pecados:
Ten piedad de él.

Oh Jesús, redentor del mundo:
Concédele tu paz.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Oficiante y Pueblo:
Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre,
venga tu reino,
hágase tu voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en tentación
y líbranos del mal.

El Oficiante dice la Colecta siguiente:
Oremos.
Libra a tu siervo Diácono Miguel Ángel Cortéz de todo mal, oh Soberano Cristo
Señor, y desátale de toda ligadura, para que descanse con todos tus santos en las moradas eternas; donde con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Comendatoria al Momento de la Muerte
Parte, oh alma cristiana, de este mundo;
En el nombre de Dios Padre todopoderoso, que te creó;
En el nombre de Jesucristo, que te redimió;
En el nombre del Espíritu Santo, que te santifica.
Que en este día, tu descanso sea en paz,
y tu morada en el Paraíso de Dios.

Oración Comendatoria
En tus manos, oh misericordioso Salvador, encomendamos a tu siervo Diácono Miguel Ángel Cortéz.
Reconoce, te suplicamos humildemente, a una oveja de tu propio redil, a un cordero de tu propio rebaño, a un pecador que tú has redimido. Recíbele en los brazos de tu misericordia, en el bendito descanso de la paz eterna y en la gloriosa comunión de los santos en luz. Amén.

Que su alma, y las almas de todos los difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.

Oraciones para una Vigilia
Es conveniente que los miembros de la familia y los amigos se reúnan para ofrecer oraciones antes de las exequias. Pueden usarse Salmos,Lecciones y Colectas adecuadas, como las que se encuentran en el Rito de Entierro. Puede decirse la Letanía por los Agonizantes, o laque sigue:

Muy amados:
Fue el mismo Jesús nuestro Señor quien dijo: "Vengan a mí todos los que están trabajados y cargados, y yo les haré descansar".

Oremos, entonces, por nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz, para que descanse de sus trabajos, y entre a la luz del eterno descanso pascual de Dios.

Recibe, oh Señor, a tu siervo, que regresa a ti.
En tus manos, oh Señor, encomendamos a nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz.

Lávale en la fuente santa de la vida eterna, y revístele con su traje de boda celestial.
En tus manos, oh Señor,
encomendamos a nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz.

Que oiga tus palabras de invitación: "Vengan, benditos de mi Padre".
En tus manos, oh Señor,
encomendamos a nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz N.

Que te vea, oh Señor, cara a cara, y se deleite en la beatitud del perfecto descanso.
En tus manos, oh Señor,
encomendamos a nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz.

Que los ángeles le rodeen, y los santos le den la bienvenida en paz.
En tus manos, oh Señor,
encomendamos a nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz.

El Oficiante concluye:
Dios todopoderoso, nuestro Padre celestial, en cuya presencia viven todos los que mueren en el Señor:
Recibe a nuestro hermano Diácono Miguel Ángel Cortéz. en los atrios de tu morada en los cielos. Que ahora su corazón y su alma resuenen de gozo en ti, oh Señor, Dios vivo y Dios de los que viven. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

Recepción del Cuerpo
El siguiente rito puede usarse en cualquier momento que el cuerpo sea llevado a la iglesia.
El Celebrante recibe el cuerpo en la puerta de la iglesia y dice:

Con fe en Jesucristo recibimos el cuerpo de nuestro hermano N. para su entierro. Confiando en Dios, Dador de la vida, oremos para que le resucite a la perfección en
la comunión de los santos.

Puede guardarse un período de silencio, después del cual el Celebrante dice:
Libra a tu siervo Diácono Miguel Ángel Cortéz de todo mal, oh Soberano Cristo Señor, y desátale de toda ligadura, para que descanse con todos tus santos en las moradas eternas: donde con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Oremos también por todos los dolientes, para que depositen en Dios sus aflicciones y conozcan el consuelo de su amor.

Puede guardarse un período de silencio, después del cual el Celebrante dice:
Dios todopoderoso, mira con piedad las tristezas de tus siervos por quienes oramos. Recuérdalos, Señor, en tu misericordia; nútrelos con paciencia; fortalécelos con el
sentido de tu bondad; dirige a ellos tu rostro y dales la paz; por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Si el Rito de Entierro no sigue inmediatamente, el cuerpo se lleva a la iglesia, mientras se canta o dice una antífona o salmo apropiado.
Pueden usarse devociones apropiadas, como las señaladas para la Vigilia en la página 387.
Cuando sigue inmediatamente el Rito de Entierro, se continúa en la página 391.
Un miembro de la congregación, llevando encendido el Cirio Pascual, puede encabezar la procesión al interior de la iglesia.